Mi cornudo lamió las bragas que me dejó su jefe
Algo en mí cambió la noche del cumpleaños de su madre. No fue un cambio brusco; fue como si una pieza que llevaba años desencajada por fin encontrara su sitio. Descubrí que me gustaba mandar. Descubrí que me gustaba que él se arrodillara. Y descubrí, sobre todo, que me gustaba ensuciarme para él.
Mateo me observaba desde el otro extremo del salón con esa mirada de perro fiel que se le había instalado desde que empecé a darle órdenes. Antes éramos una pareja normal, simétrica, aburrida. Ahora yo era todo lo que él no se atrevía a ser, y él era todo lo que yo necesitaba humillar para sentirme plena.
—¿Has elegido al siguiente? —me preguntó esa noche, ya en la cama, con la voz pequeña.
—Andrés —dije sin mirarlo.
Se quedó muy quieto.
—Mi jefe.
—Tu jefe —le confirmé, y giré la cabeza para verle la cara.
Me costó no reírme. Mateo tenía los ojos muy abiertos, la boca entreabierta y un bulto creciente bajo la sábana que delataba la única parte de su cuerpo todavía honesta. Su mente decía que no, su voz decía que no, su erección decía que sí.
—No puedes —susurró.
—Ya está hablado con él. Le escribí esta tarde.
—Camila, por favor.
—Mañana a las cinco. Tú estarás en la oficina, en la planta de abajo, picando datos para él. Y yo estaré en su piso, en su cama, abriéndole las piernas.
No respondió. Le acaricié la mejilla con dos dedos y noté que le ardía la piel. Le bajé la mano por el cuello, por el pecho, por el vientre, y se la dejé apoyada en la base de su sexo, sin tocarlo del todo.
—Te voy a contar todo cuando vuelva —le prometí—. Cada detalle.
—Cami…
—Y vas a oler dónde estuve. ¿Me oyes? Vas a oler dónde estuve.
Cerró los ojos. Un gemido se le escapó del fondo de la garganta, un gemido que él no quería que yo oyera y que era exactamente la confirmación que yo necesitaba.
***
Andrés vivía en un piso bajo, oscuro, con olor a tabaco frío y a colonia barata. Me abrió la puerta en camiseta interior, descalzo, con la cara recién afeitada. Tenía cuarenta y tantos, el pelo a medio encanecer y unas manos enormes, gruesas como las de un albañil, aunque se pasara el día firmando informes en una mesa de roble.
—Pasa —dijo, y al cerrar la puerta me empujó contra ella.
Sin saludo. Sin un café. Sin esa cortesía falsa de los que fingen que están haciendo otra cosa. Me levantó la falda con una mano y me apretó por encima de las bragas con la otra. Yo había decidido no ducharme desde la noche anterior y llevaba la misma ropa interior que me había puesto antes de salir a correr esa mañana. Quería llegar marcada y salir más marcada todavía.
—Hueles a calle —dijo, hundiendo la cara en mi cuello—. Hueles a sudor. Me gusta.
—Eso es lo que pretendía.
Me agarró del pelo y me empujó hacia su dormitorio. La puerta golpeó la pared. Sobre la cama, una toalla extendida. Sin sábanas. Como si supiera de antemano que íbamos a ensuciarlo todo.
Me desnudó él mismo, con esa torpeza ansiosa de los hombres que no se creen del todo lo que les está pasando. Me besó en la boca y me lamió la lengua como si llevara años sin probar a una mujer. Me dejé hacer porque me gustaba ver a un hombre poderoso volverse pequeño entre mis muslos.
—Tu novio sabe que estás aquí —dijo, y no era pregunta.
—Sabe que estoy en algún sitio. Lo está pasando muy mal en este momento.
Se rió. Una risa fea, animal.
—Pobre Mateo.
—Pobre Mateo —repetí.
Después no hubo más palabras inteligentes. Me tumbó boca abajo, me separó los muslos sin pedir permiso y me hundió la cara entre las piernas. Me lamió como si quisiera sacarme algo de dentro. Cada vez que yo me retorcía, él volvía a sujetarme por las caderas y me empujaba contra su boca. Olía mi sudor, mi piel, el rastro de la mañana, y gruñía. Gruñía como un perro al que le acaban de tirar un hueso.
Lo dejé a medio terminar para girarme y mirarlo a la cara.
—No te corras dentro de mi boca —le advertí—. Quiero llevárselo a casa.
Me embistió por detrás, fuerte, sin contemplaciones, durante mucho rato. Me dijo cosas al oído. Que era una zorra. Que era la zorra de Mateo. Que iba a volver a su casa con su olor pegado a la piel. Yo me reía y le contestaba que sí, que sí a todo. Y cuando se vino, lo hizo donde le había pedido: en mi vientre, en mis muslos, en la parte interior de mis bragas, que él mismo se ocupó de colocar para que recogieran cada gota.
Me las puso él. Me las subió por las piernas con un mimo grotesco, como si me estuviera vistiendo de novia.
—Llévaselo —dijo—. Y si quiere repetir, ya sabe dónde encontrarme.
—No se lo voy a decir.
—Mejor.
***
Mateo me esperaba en el sofá, con la luz apagada y el móvil entre las manos, como un crío al que le han prohibido la consola. Cuando entré, levantó la cabeza y se quedó muy quieto. Yo me quedé en la puerta, todavía con el bolso colgado del hombro.
—Levántate —ordené.
Se levantó.
—Acércate.
Se acercó despacio, como quien se aproxima a un animal que no entiende del todo. A medio paso, frunció el ceño. A un paso, se le aflojó la mandíbula.
—Hueles… —empezó.
—Sigue.
—Hueles a otro hombre.
—Bien. Estás aprendiendo.
Le agarré la mano y me la pasé por el cuello, por la clavícula, por el escote. Su mano temblaba. La bajé hasta mi cintura, hasta la goma de la falda, y le obligué a meterla por debajo de la tela hasta tocar el borde de mis bragas. Estaban húmedas. Estaban tibias. Estaban llenas.
—¿Lo notas?
—Camila, por favor.
—¿Lo notas, Mateo?
—Sí.
—Dime qué notas.
—Notas… notas de él.
—Más concreto.
—Está mojado. Está… está pegajoso.
—Eso es lo que ha dejado dentro de mi ropa interior tu jefe. Andrés. El que firma tus nóminas. ¿Te suena?
Mateo se mordía el labio inferior para no llorar y no le estaba saliendo bien. Una lágrima se le escurrió por el lado de la nariz y se quedó parada sobre el labio. Yo se la limpié con el pulgar y luego le metí el pulgar en la boca.
—Chupa.
Chupó.
—Bien.
Lo guié hasta la habitación, sin soltarle el pulgar de la boca. En el umbral le dije que se desnudara. Lo hizo torpe, atropellado, dejando la ropa caer al suelo como si tuviera prisa por estar a mi merced. Cuando lo vi entero, con esa erección vergonzosa atascada bajo el algodón, supe que esa noche iba a poder pedirle cualquier cosa.
—Arrodíllate al pie de la cama.
Se arrodilló.
Yo me subí a la cama, frente a él, y muy despacio, mirándolo a los ojos, me bajé la falda. Después me bajé las bragas. Las saqué con dos dedos, como quien manipula una prueba en un juicio. Las acerqué a su cara y se las apoyé en la nariz. Inhaló sin que yo se lo pidiera. Inhaló profundo, como un alérgico al que por fin le quitan la mascarilla.
—Dime qué hueles.
—A ti —dijo.
—¿Y?
—A él.
—Bien. Ahora ábrelas con las manos, así, como si fueran un libro. Apoya la nariz dentro. Más adentro.
Obedeció. Le caían las lágrimas y la nariz le moqueaba un poco y aun así no se separó. Yo me toqué mientras lo veía. Me toqué despacio, con dos dedos, sin teatro, porque no había necesidad de teatro: mi placer venía de él, de su humillación, de cómo cada inspiración suya lo hundía un poco más en lo que era.
—Te voy a contar lo que ha pasado esta tarde —empecé—. Y tú vas a escuchar sin moverte. Y vas a apretar las bragas contra tu cara. Si las sueltas, paro. ¿Entendido?
—Entendido.
—Andrés ha abierto la puerta. Andrés me ha empujado contra la pared. Andrés me ha lamido el cuello como me lo lames tú a veces. Pero mejor. Andrés me ha llevado a la cama y me ha desnudado. Andrés me ha comido. Mateo, cómo me ha comido. Andrés me ha follado durante una hora. Andrés se ha venido en mí. Andrés me ha vestido con las bragas que tú ahora estás oliendo.
Cada frase era un golpe. Cada golpe lo movía un milímetro hacia adelante, como si quisiera meterse entero dentro del tejido. Su erección, ya fuera del calzoncillo, palpitaba sola, sin que él la tocara.
—Vas a correrte sin manos —dije—. Vas a correrte oliendo a tu jefe en mí.
—Cami, no puedo…
—Sí puedes. Se te nota que sí puedes. Mírate.
Lo miré. Estaba al borde. Estaba en ese punto en el que un hombre ya no puede mentir.
—Repite conmigo: «Yo soy el cornudo de Camila».
—Yo soy el cornudo de Camila.
—«Y me encanta».
—Y me encanta.
—«Y huelo a mi jefe en mi novia».
—Y huelo a mi jefe en mi novia.
—«Y voy a correrme por eso».
—Y voy…
No le dejé terminar. Se corrió. Se corrió sin tocarse, en chorro, sobre el parqué, sobre sus propios muslos, sobre el borde de la cama. Se corrió como yo había imaginado que se iba a correr, con un sollozo largo que era, a partes iguales, placer y vergüenza y derrota.
Le quité las bragas de la cara. Las doblé con cuidado, como si fueran un pañuelo de seda, y se las dejé sobre la almohada de su lado de la cama.
—Esta noche duermes con esto al lado. Cada vez que te despiertes, las hueles. Y mañana, cuando lo veas en la oficina, te acuerdas de esto. ¿Está claro?
—Está claro.
Me levanté, me puse una bata y fui al baño. Me duché por fin, despacio, dejándome el agua caer encima durante mucho rato. Cuando volví a la habitación, Mateo seguía en el suelo, en la misma postura, con las bragas apoyadas contra el pecho. Me miró como se mira a una santa a la que se acaba de descubrir.
—¿Volverás a hacerlo? —preguntó en voz muy baja.
Me senté en el borde de la cama, le acaricié el pelo y le besé la coronilla.
—Cuando yo lo decida, mi amor. No cuando tú me lo pidas.
Asintió. Cerró los ojos. Y yo entendí, por fin, que esto no iba a parar nunca. Que iba a seguir saliendo. Que iba a seguir volviendo. Que él iba a seguir esperándome, arrodillado, con el corazón roto y la verga dura, y que ese sería el equilibrio nuevo de nuestra vida juntos. Sucio. Asimétrico. Mío.