La noche que mi marido me entregó a su amigo
Mi marido y yo llevábamos años con el mismo juego. No sé si fue idea suya o mía, pero con el tiempo se convirtió en una de esas costumbres íntimas que solo entienden quienes las viven. Él invitaba a algún conocido a cenar, yo me ponía algo que no debería ponerme delante de nadie más, y pasábamos la velada provocando al pobre invitado. Después, ya en la cama, contábamos cómo se había puesto, qué cara había hecho, dónde había mirado. Y follábamos con eso metido en la cabeza, con el nombre del invitado saliéndonos de la boca mientras Mateo me embestía imaginando que era otro el que me abría de piernas.
Era nuestro pequeño secreto, nuestra forma de mantener vivo lo que otras parejas dejan morir. Pero esa noche el juego se nos fue de las manos.
Esa noche le tocaba a Tomás.
Lo conocía de los partidos de pádel. Llevaban unos seis meses jugando juntos los miércoles por la tarde. Yo lo había visto un par de veces, siempre brevemente, siempre con educación. Era un tipo grande, de hombros anchos y manos enormes. Tendría unos cuarenta años, divorciado, y según mi marido, le había confesado entre cervezas que llevaba más de un año sin tocar a una mujer.
—Es perfecto —me había dicho Mateo aquella mañana, mientras yo me probaba el vestido frente al espejo—. Lleva meses mirándote en el grupo de WhatsApp. Cada vez que subo una foto de los dos, le da «me gusta» a los dos minutos.
Yo me reí. El vestido era negro, ajustado, y me llegaba justo donde debía y no un centímetro más abajo. Me lo había comprado tres semanas antes pensando exactamente en esa noche.
—¿Y la tanga? —pregunté.
—La de hilo. La roja.
Asentí. Era el código. La tanga roja significaba que iba a ir más lejos que otras veces. Que iba a inclinarme delante de él al servir el vino. Que iba a dejar caer la servilleta dos o tres veces durante la cena. Que iba a bailar.
***
Tomás llegó a las nueve en punto. Traía una botella de vino tinto y olía a colonia cara. Cuando me dio dos besos, sentí cómo aspiraba un poco más de la cuenta cerca de mi cuello. Mateo, detrás de mí, sonreía sin que él lo viera.
La cena fue larga. Yo me reía un poco más de la cuenta de los chistes de Tomás, le tocaba el brazo cuando me hablaba, lo miraba a los ojos un segundo más de lo cortés. Él me seguía el juego, aunque con cierta cautela. Mateo nos observaba desde el otro lado de la mesa, bebiendo más despacio que nosotros, disfrutando la función.
—¿Y cómo se conocieron ustedes? —preguntó Tomás en algún momento, intentando reconducir la conversación a un terreno seguro.
—En una boda —contesté yo, cruzando las piernas de modo que el vestido subiera apenas un poco—. Mateo me sacó a bailar y no me dejó marchar hasta el día siguiente.
Tomás soltó una carcajada nerviosa. Le serví más vino. Su mano tembló cuando rozó la mía al sostener la copa.
***
Después del postre puse música. Una bossa lenta, de esas que parecen pedir cuerpos pegados. Le tendí la mano a Tomás.
—Vamos —dije.
—No, no, yo bailo fatal.
—Yo te llevo.
Lo arrastré al pequeño espacio que habíamos despejado entre el sofá y la mesa. Mateo se quedó sentado, con la copa en la mano y esa sonrisa que solo le sale cuando está muy excitado. Apoyé las manos en los hombros de Tomás y empecé a moverme contra él, despacio, sin prisa, dejando que mi cadera dictara el ritmo.
Sentí su polla dura contra mi vientre antes de que él pudiera disimularla. Estaba durísima, marcándose bajo la tela del pantalón como un bulto grueso que me golpeaba cada vez que me apretaba contra él. Le pasé la pierna por fuera del muslo, restregándome, y noté cómo se le escapaba un jadeo. Levanté la cabeza y lo miré. Tenía la mandíbula apretada y una gota de sudor le bajaba por la sien.
—Lo siento —murmuró—. Es que tú…
—Tranquilo —le contesté contra el oído, deslizando la mano por su cintura y bajándola hasta rozarle la bragueta con las yemas—. Mateo lo sabe.
Él se quedó quieto. Yo me separé un poco y lo miré a los ojos.
—¿Qué quieres decir con que lo sabe?
Sonreí, le di un beso en la mejilla y lo dejé ahí plantado, con la polla marcada bajo el pantalón y sin saber qué hacer con ella. Fui hacia la cocina a servirme otra copa, dándole tiempo a Mateo para hacer su parte.
Desde la puerta los vi. Mi marido se había levantado y le hablaba al oído a Tomás, con una mano apoyada en su hombro. Tomás abría los ojos cada vez más, sacudía la cabeza, volvía a mirarme. Mateo le palmeó la espalda y le dijo algo más. Entonces Tomás soltó una risa corta, incrédula, y se pasó la mano por la cara.
—¡Cabrón! —oí que decía—. Me has tenido toda la noche…
—Pues vete —respondió Mateo, y movió la cabeza hacia mí—. Fóllatela. Lleva toda la noche con las bragas mojadas por ti.
Tomás se dio la vuelta. Y me miró distinto. Ya no era el invitado tímido que se reía nervioso de mis bromas. Era un hombre que llevaba más de un año sin tocar a una mujer y que acababa de recibir permiso para follarse a la que llevaba todo ese tiempo deseando. Caminó hacia mí sin prisa, con los ojos fijos en los míos, con la polla todavía marcada bajo el pantalón como una amenaza.
***
No me dio tiempo a dejar la copa. Me la quitó de la mano y la apoyó sobre la encimera. Después me agarró por la cintura, con esas manos enormes que parecían rodearme entera, y me besó.
Su boca era distinta. Mateo besaba con dulzura, con paciencia. Tomás besaba como si llevara meses imaginándolo y no quisiera perder un segundo más. Su lengua entró en mi boca sin pedir permiso, sus dientes me mordisquearon el labio inferior, y una de sus manos bajó hasta mi nuca y me sujetó el pelo en un puño. No fue suave. Y a mí, lejos de molestarme, me puso completamente fuera de mí. Le mordí la lengua, le pasé las uñas por la nuca, y noté cómo gemía dentro de mi boca.
Sentí cómo la otra mano me subía el vestido por la cadera, cómo descubría la tanga roja, cómo se quedaba un instante palpando la tela. Deslizó dos dedos por encima del hilo y notó lo empapada que estaba. Apartó la tela y metió el dedo del medio hasta el nudillo, sin avisar. Yo me arqueé contra la encimera y solté un gemido que le hizo sonreír.
—Hilo dental —dijo, separándose un segundo para mirarme, sacando el dedo brillante y chupándoselo delante de mí—. Y encima chorreando. Hija de puta.
Y volvió a besarme, empujando dos dedos dentro de mí a la vez, moviéndolos con una torpeza brusca que me hizo mojarme todavía más. Con el pulgar me buscó el clítoris y lo apretó, y yo me abrí de piernas contra su mano como una perra en celo.
Me arrastró al sofá. No exagero al decir arrastró. Me cogió del brazo con firmeza y me empujó contra los cojines. El vestido ya estaba hecho un revoltijo a la altura de mi cintura. Me lo quitó tirando hacia arriba, sin cuidado, y en menos de un minuto yo estaba en sujetador y tanga, con él de pie delante de mí desabrochándose el cinturón.
Cuando se bajó los pantalones, abrí mucho los ojos. Era distinto a lo que estaba acostumbrada. Más grueso, más largo, con las venas marcadas, y una cabeza ancha y morada que no sabía si me iba a caber. Le colgaba pesada, apuntándome, con una gota espesa de líquido preseminal en la punta. Mateo, desde su butaca, soltó una pequeña risa.
—Ahora vas a entender por qué llevaba semanas insistiéndole en que viniera a cenar.
***
Tomás se quitó la camisa por la cabeza y se inclinó sobre mí. Me arrancó el sujetador con una mano, casi sin esfuerzo, y las tetas me saltaron libres contra su cara. Se lanzó a chupármelas como un hambriento, mordiéndome los pezones hasta hacerme gritar, tirando de ellos con los dientes y soltándolos para escupir encima y volver a mamar. Yo le cogí la cabeza y se la apreté contra el pecho, arqueándome, empujándole la boca contra mí.
—Chúpamelas —le pedí, sin reconocer mi propia voz—. Muérdemelas más fuerte.
Él bajó por mi vientre, dejando un rastro de saliva, y me arrancó la tanga de un tirón. Literalmente. El hilo cedió con un chasquido seco y la tela quedó colgando de una sola cadera. Me abrió las piernas con las manos, sin ninguna delicadeza, y me hundió la cara en el coño.
No me chupó, me devoró. Su lengua me recorrió entera, de abajo a arriba, y se quedó chupándome el clítoris con una fuerza que me hizo dar un respingo. Metía dos dedos, los sacaba, volvía a meterlos curvándolos hacia arriba mientras la lengua no paraba. Yo agarré los cojines del sofá con las dos manos y empecé a follarle la cara, empujando la pelvis hacia arriba, restregándome contra su boca sin ninguna vergüenza.
—Me voy a correr —le avisé—. Joder, me voy a correr en tu cara.
—Córrete —gruñó él contra mi coño, y siguió chupando más fuerte.
Me corrí gritando, con los muslos apretándole la cabeza, empapándole la boca y la barbilla. Él no paró. Siguió lamiéndome mientras yo temblaba, prolongando el orgasmo hasta que ya no podía más, hasta que le tuve que empujar la frente con las dos manos para que se separara.
Cuando levantó la cara la tenía brillante, la barba mojada. Se relamió. Y entonces se incorporó, se agarró la polla con el puño, y me la apartó a un lado sin molestarse en bajármela del todo. Me pasó la cabeza por los labios del coño, arriba y abajo, restregándomela, empapándola en mi propia humedad. Yo temblaba, todavía sensible, esperando.
Y me penetró de una sola embestida. Hasta el fondo. Sin avisar.
Solté un grito que no era enteramente de placer. Por un segundo pensé que no iba a poder. La sentí golpearme algo dentro que no sabía que existía. Pero él no se detuvo. Se quedó dentro un instante, apoyando la frente contra la mía, dándome tiempo a acostumbrarme a esa polla enorme que me abría por dentro, y después empezó a moverse con un ritmo que no me dejaba pensar. Yo solo podía agarrarme al respaldo del sofá y dejarme hacer.
Cada embestida me sacaba un sonido distinto. Yo nunca había sido callada, pero esa noche fui peor que nunca. Cada vez que Tomás me la sacaba casi entera y me la volvía a clavar, yo gritaba, gemía, le pedía más. El sonido de sus huevos golpeándome el culo llenaba el salón. Mateo se había abierto los pantalones y se hacía una paja despacio, mirándonos, con la polla brillante entre los dedos y los ojos vidriosos. Cada vez que yo lo miraba, él asentía, como diciéndome que siguiera, que no parara, que se la diera toda.
—Dile lo que quieres —me ordenó Mateo—. Díselo.
—Fóllame —le pedí a Tomás, mirándolo a los ojos—. Fóllame más fuerte. Rómpeme.
Él soltó un gruñido y empezó a embestirme más rápido, agarrándome de las caderas, clavándome los dedos. Me puso una pierna sobre su hombro y cambió el ángulo, y la polla empezó a rozarme por dentro un punto que me hizo ver luces. Yo me tocaba el clítoris con dos dedos, frenéticamente, sintiendo cómo me subía otro orgasmo.
Cuando estaba a punto de correrme, Tomás se salió.
—¡No, no, no! —protesté, completamente fuera de mí, buscándole la polla con la mano—. Métemela otra vez, hijo de puta, no te salgas.
—Date la vuelta.
Lo hice sin pensarlo. Me puso de rodillas en el sofá, con el pecho pegado al respaldo y el culo en pompa. Sentí cómo me apartaba los restos de la tanga otra vez, cómo se escupía en la mano, y entonces noté la cabeza de su polla apoyada contra otro sitio. Contra el otro agujero. Me puso una mano en la espalda, empujándome hacia abajo, dejándome más abierta.
Lo miré hacia atrás.
—Tomás, espera, eso es…
—Tranquila —dijo, con una calma que me asustó—. Si no quieres, no.
Miré a Mateo. Mi marido se había acercado, tenía la polla en la mano a un palmo de mi cara, y me miraba con una intensidad que nunca le había visto. Yo respiré hondo.
—Despacio —le pedí a Tomás.
No fue despacio.
***
Empujó. Yo tenía algo de experiencia con esa práctica, pero nada que se pareciera a aquello. Sentí cómo la cabeza gorda me forzaba el culo, cómo cedía centímetro a centímetro, cómo me abría de una manera que ninguna polla me había abierto nunca. Por un instante me eché hacia adelante, intentando escapar instintivamente. Tomás me agarró de las caderas y tiró de mí hacia él, obligándome a tragarme el resto. Solo conseguí soltar un gemido grave, largo, que salió de un lugar de mi cuerpo del que no sabía que podía salir nada.
Pero cuando estuvo dentro, hasta los huevos, no quise que saliera.
Esperó unos segundos, con la mano abierta sobre mi espalda, dejando que me adaptara a tenerlo todo dentro. Yo notaba cada centímetro, cada vena, palpitando dentro de mí. Después empezó a moverse. Despacio al principio, sacándomela apenas un poco, luego con más recorrido, luego sin pausa, follándome el culo con embestidas largas y profundas. Era doloroso, sí, pero también era la cosa más intensa que había sentido en mi vida. Me había pasado al otro lado de algo. No sé cómo explicarlo mejor. Me había convertido en otra cosa, en un cuerpo abierto, en un agujero para ser usado.
Bajé una mano y empecé a tocarme el coño. Estaba tan mojada que los dedos se me resbalaban. Me metí tres a la vez, empujándolos hondo, sintiendo la polla de Tomás a través de la pared, notando cómo entraba y salía del otro lado. La sensación de tener los dos agujeros llenos a la vez me hizo soltar un gemido tan largo que Mateo se lo bebió metiéndome la polla en la boca.
—Mama —me dijo—. Chúpamela mientras te la mete por el culo.
Abrí la boca sin pensar y le tragué la polla entera. Mi marido se agarró del respaldo del sofá y empezó a follarme la cara al ritmo que Tomás me follaba por detrás. Yo estaba encajada entre los dos, empalada por delante y por detrás, con las mejillas hinchadas por la polla de Mateo y el culo destrozado por la de Tomás. Y no me acordaba de haber sido nunca tan feliz.
—Mírale, amor —me decía Mateo, sacándomela para dejarme respirar—. Mira cómo te toma. Mírate tú cómo se la entregas. Mira qué guarra eres.
—Sí —conseguí decir, con la voz destrozada—. Soy una guarra. Soy tu guarra. Soy la guarra de los dos.
Yo no podía ni pensar. Solo gemía y empujaba la cadera hacia atrás, recibiendo a Tomás cada vez con menos resistencia, con los dedos hundidos en mi propio coño, y volvía a chuparle la polla a mi marido con los ojos llenos de lágrimas. Cuando Tomás soltó un gruñido grave y se vació dentro de mí, fue tanto que sentí cómo se desbordaba, cómo me caía por dentro del muslo, caliente y espeso. Sus últimas embestidas fueron torpes, cortas, apretándome las caderas con una fuerza que me iba a dejar marcas. Me corrí justo en ese momento, mirando a mi marido a los ojos, con la cara apretada contra el cojín, con los muslos temblando y los tres dedos todavía metidos en el coño.
Tomás se quedó quieto unos segundos, respirando fuerte, todavía dentro de mí. Después se retiró con cuidado. Sentí cómo la polla salía y cómo un chorro de semen me seguía, resbalándome por el perineo, cayéndome sobre los muslos y sobre el sofá. Se dejó caer en el otro extremo, riéndose por lo bajo, con la polla brillante, semihinchada, apoyada sobre el muslo, como un hombre que no acaba de creerse lo que acaba de pasar.
Yo me quedé ahí, recostada, sin moverme, sintiendo cómo me chorreaba semen entre las nalgas. Mateo se arrodilló a mi lado y me apartó el pelo de la cara. Se había corrido en algún momento sin que yo me diera cuenta; tenía la mano y el estómago pringados.
—¿Estás bien?
—Estoy más que bien.
***
Esa noche Tomás me tomó dos veces más. Una en la alfombra del salón, conmigo encima, empalada en su polla, marcando yo el ritmo, subiendo y bajando despacio, dejándole ver cómo se le hundía entera en el coño y volvía a salir brillante. Le agarré las manos y me las puse en las tetas, y le pedí que me las apretara mientras me montaba encima. Cuando estaba a punto de correrme otra vez, él me agarró del cuello, apretándome apenas, y me hizo cabalgarlo más rápido. Me corrí así, con su mano en mi garganta y sus huevos golpeándome el culo cada vez que bajaba.
Otra vez contra la pared del pasillo, cuando ya íbamos camino del dormitorio y él decidió que no podía esperar. Me empotró contra el yeso, me levantó por los muslos como si no pesara nada, y me follo de pie, con mis piernas rodeándole la cintura y mi espalda golpeando la pared a cada embestida. Le mordí el hombro para no gritar y él se rió y me embistió más fuerte, hasta hacerme sonar la cabeza contra la pared.
La última vez volvió a tenderme, esta vez de espaldas, en la cama, con las piernas levantadas hasta sus hombros, y me obligó a mirar cómo entraba y salía de mí mientras yo me tocaba sin parar. Me hizo lamerle los dedos que había metido en mi coño, me hizo pedirle que se corriera en mi cara, y cuando ya no aguantaba más se salió, se subió a mi pecho, y se corrió a chorros sobre mi boca, mis mejillas, mis pestañas. Yo saqué la lengua y me tragué lo que pude. Mateo, tumbado a mi lado, me embadurnó lo demás con los dedos y me lo metió en la boca para que lo chupara.
Mateo lo grabó todo con el móvil, a petición mía. Yo necesitaba poder verlo después, porque sabía que mi cabeza no iba a creerse del todo lo que estaba pasando.
Tomás se fue al amanecer. Mateo le dio la mano en la puerta, le dijo «cuando quieras», y los dos se rieron. Yo lo despedí con un beso largo en la boca, descalza, en bata, con el cuerpo entero quejándose y el semen todavía cayéndoseme por dentro de los muslos.
Después dormí doce horas seguidas.
***
Al día siguiente apenas podía sentarme. Tuve dolor en el culo durante casi una semana. Cada vez que me movía, cada vez que me agachaba, cada vez que me sentaba a trabajar, me acordaba de aquella noche, de esa polla enorme abriéndome, de los dos hombres usándome a la vez. El placer hacía rato que había pasado, pero el recuerdo seguía ahí, insistiendo, no dejándome olvidar. Mateo se reía cuando me veía caminar despacio. Yo le tiraba un cojín a la cabeza y me iba a la habitación a ver los vídeos con la mano metida entre las piernas.
Tres semanas después le pedí que volviera a invitarlo.
Esta vez le dije que no me esperara con tanta calma como la anterior. Que esta vez quería que fuera él quien me sujetara, que me marcara, que me dijera cómo y cuándo. Que iba a ser yo la que se humillara delante de los dos. Que estaba lista para algo que ni Mateo ni yo habíamos probado nunca.
Mateo me miró a los ojos, muy serio, y me preguntó si estaba segura.
—Estoy segura —le contesté.
Y entonces sonrió, levantó el teléfono, y marcó.
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