Los tres bikinis que mi amo compró para exhibirme
El mensaje llegó a media tarde, mientras yo doblaba la ropa recién planchada en el dormitorio. La pantalla del teléfono se iluminó y el corazón me dio el vuelco de siempre, ese que ya no controlo y al que tampoco le pongo resistencia. Tres líneas. Mi amo escribe poco; no necesita más.
«Los tres bikinis. Pruébatelos. Foto de cada uno. Dos fotos. Una de frente, otra de espaldas. Quiero ver cómo te quedan ahora.»
Dejé la camiseta a medio doblar y caminé hasta el cajón. El segundo del armario, el de la izquierda, el que él me marcó en su día con una etiqueta blanca y mi nombre escrito en tinta negra. Dentro, separados por hojas de papel de seda, los tres bikinis que me compró el mes pasado. Blanco y azul. Negro. Verde oscuro. No los elegí yo. No los he elegido nunca.
Mi amo decide qué llevo cuando salgo de casa, qué me pongo cuando él viene y qué me pongo incluso cuando estoy sola y nadie me ve. Eso es lo que más me sorprendió al principio: la idea de que mi cuerpo no me pertenece ni siquiera en privado. Que cuando elijo unas bragas estoy obedeciendo, aunque no haya recibido orden directa, porque él ya me dijo cuáles podía usar y cuáles no. Esa es la parte que las amigas con las que ya no puedo hablar de esto no entenderían nunca: la calma que se siente al renunciar a las decisiones pequeñas. La calma, y también la humedad. Porque hay una cosa que tampoco cuento a las amigas, y es que desde que él me marcó el cajón con mi nombre no ha habido un solo día en que mis bragas lleguen secas a la noche. Ni uno. El coño se me acostumbró a estar mojado en segundo plano, todo el rato, como una respiración de fondo. Ya ni lo noto, hasta que noto que sí.
Saqué el primero. El blanco y azul.
***
El blanco y azul es el más inocente de los tres, pero solo a primera vista. La parte de arriba es un triángulo pequeño, sin relleno, atado al cuello y a la espalda con dos lazos finos. La braga es brasileña, de tiro bajo, con tiras anudadas a los lados. Cuando me lo puse delante del espejo, vi exactamente lo que él vio cuando lo eligió. No tapa apenas nada. Marca todo. La tela blanca se transparenta un poco con la luz que entra por la ventana. Los pezones se me marcan oscuros a través del triángulo, duros ya sin que nadie me haya tocado, solo por ponerme lo que él eligió. La braga se me mete entre los labios del coño y se humedece al segundo, la mancha se ve, y yo sé que él la va a ver.
Me solté el pelo, porque mi amo prefiere que esté suelto en las fotos. Me coloqué de frente al espejo, levanté el teléfono y disparé. La de frente. Después me giré, dejé caer el pelo a un lado del cuello y disparé otra. La de espaldas. En el reflejo alcancé a verme el culo partido por la tira, las nalgas apretadas por la tela, la marca húmeda del coño asomando por debajo. Mandé las dos al chat sin escribir nada. Él no quiere mensajes acompañando las fotos. Solo las fotos.
Esperé sentada al borde de la cama, con el bikini puesto, mirando la pantalla. Mi amo tarda lo que quiere en responder. A veces minutos, a veces horas. Hoy tardó treinta y siete segundos. Conté.
«Bien. Siguiente.»
Me lo quité con cuidado, lo doblé como me enseñó él el primer día —doblar la ropa con respeto, como si fuera una extensión de la voluntad de quien la eligió— y lo dejé encima del papel de seda. Antes de meterlo, me miré la entrepierna de la braga. Estaba empapada. Una mancha oscura del tamaño de un pulgar en el centro. Pensé en enseñársela y no me atreví. Lo doblé con la mancha hacia dentro, como quien esconde una prueba.
***
El negro es el más explícito. La parte de arriba es un sujetador deportivo recortado en el centro, con una abertura en forma de gota que deja al descubierto el nacimiento de los pechos. La braga es una tanga, sin más. Sin lazos, sin tiras adicionales, sin nada que la disfrace. Tela negra y poco más. Cuando me la subí por las piernas, la tira trasera se me clavó entre las nalgas y la delantera desapareció entre los labios del coño, marcándome la raja tan claramente como si estuviera desnuda.
Cuando me vi con esto puesto, recordé la primera vez que mi amo me lo enseñó por videollamada, antes de comprarlo. Me lo mostró en pantalla, en la página web, ampliado. «Este es para que aprendas a no esconderte», me dijo. Y yo asentí, porque entendía exactamente lo que me estaba diciendo.
Esconderse es un reflejo. Cuando una tiene poco encima, la primera reacción del cuerpo es cruzar los brazos, llevar las manos al pubis, encoger los hombros. Mi amo me está enseñando lo contrario. Me está enseñando a estar quieta, con los brazos a lo largo del cuerpo, con los hombros echados hacia atrás, con la barbilla en alto. Me está enseñando a dejarme mirar. A quedarme con las piernas abiertas y el coño marcado bajo la tela sin taparme con las manos, aunque el instinto me pida hacerlo. A que cualquiera pueda ver que estoy mojada y que yo no mueva un dedo por disimularlo.
Disparé las dos fotos. La de frente la hice de pie, con las piernas un poco abiertas, como me indicó la última vez. Se me marcaba el monte de Venus contra la tela, y en el pliegue del coño la tanga se hundía formando una línea húmeda que brillaba con el flash. La de espaldas me la hice agachada, apoyando las manos en el cabecero, dejando que la tanga se me marcara. La tira desapareció por completo dentro del culo, y el borde de la tela se levantó un poco enseñando el principio del ano. Esa última no me la pidió, pero llevo tiempo aprendiendo a anticiparme. Cuando aprendo bien, él me lo dice. Cuando me equivoco, también.
Mandé las dos fotos. Esta vez tardó más. Casi cuatro minutos. Me quedé mirando el teléfono boca abajo en la cama, con el bikini puesto, sintiendo la tela tirándome en sitios que durante el día normal nunca noto. La tanga rozándome el clítoris con cada respiración. El culo apretado por la tira. Los pezones endureciéndose y aflojándose solos cada vez que me acordaba de que él ya estaba mirando lo que yo le había mandado. Sin darme cuenta empecé a apretar los muslos uno contra otro, y a mover mínimamente las caderas para que la tela me frotara. Me detuve en cuanto lo noté. No tenía permiso. El cuerpo se aprende a sí mismo cuando lo expones. También aprende a rogar.
«Vuelve a hacer la segunda. Más pelo a un lado. Que se vea la nuca.»
Me quedé un instante sin moverme. Después me levanté, me coloqué otra vez en el cabecero, me eché todo el pelo al hombro derecho y disparé. Mandé. Esperé. Sentía la tanga cada vez más pegada, cada vez más metida, cada vez más señalando que aquello ya no era la tela lo único mojado.
«Bien. Siguiente.»
***
El verde oscuro es el último, y es mi favorito, aunque eso no se lo he dicho. No tengo permiso para tener favoritos sin compartirlo con él, y todavía no he encontrado el momento de explicarle por qué este. Quizá no haya razón. Quizá sea solo el color, o el corte, o la forma en que la tela se ajusta al pecho sin marcar tirantes. O quizá sea porque, de los tres, es el que más claramente dice que voy a acabar follada. Y esa parte, aunque no la nombre, es la que más me pone.
Es un bikini bandeau, sin tirantes en los hombros, con un aro plateado entre los dos pechos y un nudo a un lado de la cadera. Cuando me lo pongo, siento que estoy a un movimiento de quedar desnuda. La parte de arriba se desliza si no la sostengo. La braga se desata con un solo tirón. Mi amo lo eligió por eso. «Para la playa no, para la piscina no. Para casa, cuando vengan invitados», me dijo. Y yo entendí, porque siempre entiendo. Los invitados son una parte de su plan que todavía no me ha explicado del todo, pero que llevo sospechando desde marzo. Los invitados van a tirar del nudo. Los invitados van a bajar el bandeau. Los invitados van a ver mis tetas caer y mi coño abrirse, y yo voy a estar de rodillas obedeciendo, porque él lo va a decir.
Hice la primera foto sentada en la silla del escritorio, con las piernas cruzadas y la espalda recta. Esa pose la practiqué con él hace semanas. Hice la segunda de pie, frente al espejo, con el teléfono levantado y la otra mano en la nuca. En esa segunda foto se me vio todo: el bandeau al borde de deslizarse, un pezón asomando por el borde superior de la tela, el vientre plano, la braga tirando del nudo lateral, y entre los muslos el bulto pequeño del monte y la humedad marcando la entrepierna en un óvalo bien definido. Mandé las dos.
«Quédate así. Espera.»
Esperé. De pie, frente al espejo, con la mano en la nuca, sin moverme. Pasaron seis minutos. Se me empezaron a cansar los hombros y un mechón de pelo se me pegó a la frente con el sudor. Sentí una gota bajar del coño por la cara interna del muslo, resbalar dos dedos hacia abajo y detenerse. No me la aparté. No me aparté el pelo. No moví nada.
«Última foto. De rodillas. En la cama. Mirando al techo.»
Me arrodillé sobre el edredón, con las piernas un poco abiertas, las manos abiertas sobre los muslos y la cabeza echada hacia atrás. Esa pose es la que él me llama la postura de espera. Es la que me pide cuando entra en casa después de un día largo, cuando llega y no quiere encontrarse con nadie de pie. Es la postura que uso cuando sé que me va a agarrar del pelo, meterme la polla en la boca y follarme la cara hasta que se corra. La hice. Con la garganta expuesta, las tetas hacia arriba dentro del bandeau, el coño abierto contra la tela mojada, y la boca entreabierta como si ya estuviera lista. Disparé. Mandé.
«Bien. Vístete y siéntate a escribir.»
***
Me quité el bikini verde con las manos temblando un poco. Antes de doblarlo me pasé el dedo por la entrepierna de la braga, por curiosidad, por comprobar. Estaba chorreante. La tela verde se había oscurecido hasta parecer negra en un óvalo del tamaño de mi mano. Me llevé el dedo a la nariz. Olía intenso, ácido, a coño excitado que lleva más de una hora sin que nadie lo toque. Podría haberme metido dos dedos y correrme en tres minutos, allí, de pie, mirando el espejo. No lo hice. No tenía permiso. Correrse sin permiso es la única línea que en dos años no he cruzado ni una vez, y no voy a empezar por una tarde de mayo con tres bikinis.
Lo doblé, lo dejé encima de los otros dos, cerré el cajón. Me puse un vestido sencillo, de algodón, sin sujetador —las prendas que llevo cuando estoy sola las decide él, y los sujetadores no entran en la lista de cuando estoy escribiendo— y sin bragas, porque tampoco están permitidas cuando escribo. La tela del vestido me rozó los pezones al bajar y me arrancó un temblor pequeño que ya conocía. Bajé al salón. La silla del escritorio estaba fría contra el culo desnudo. Al sentarme, se me abrieron las piernas y el coño quedó abierto contra la madera, todavía empapado, dejando una marca húmeda que iba a estar allí hasta que él me diera permiso para limpiarla.
Me senté frente al ordenador. Abrí el documento de los relatos. Escribir es parte de la educación. Escribir no es opcional. Cada vez que mi amo decide algo nuevo conmigo, cada vez que me ordena algo distinto, cada vez que me marca una pauta nueva, después me manda escribirlo. Para que quede. Para que yo lo recuerde. Para que él lo lea cuando le apetezca y compruebe que entendí lo que me hizo.
Y para que se publique, claro. Esa es la otra parte. Mi amo tiene la idea de que la educación de una sumisa es algo que se documenta, no algo que se esconde. Lo dice así, con esas palabras, y yo no se lo discuto. Cuando empezamos, hace casi dos años, le pregunté una vez si no le incomodaba que otras personas leyeran lo que hacíamos. Me contestó con una sonrisa que todavía recuerdo: «Lo que me incomodaría es no compartirlo. Tú eres mía, y eso se cuenta.» No lo entendí en ese momento. Ahora sí. Ahora entiendo que la exhibición no es un extra, es el eje. Que mostrar mi coño mojado en la silla del escritorio a quien lo quiera leer es la misma orden que mostrarle a él las tetas dentro del bandeau. Que él me follará esta noche pensando en los ojos anónimos que ya se estarán frotando la polla mientras leen esto. Y a mí me pone. Me pone que a él le ponga. Ese círculo, ese es todo el juego.
***
Antes de que se me olvide, mi amo no solo me compró estos bikinis. La semana pasada llegó otro paquete. Ropa interior. Cinco conjuntos. Tres de encaje, dos lisos. Todos en colores oscuros o nude. Todos elegidos por él, por supuesto. Cuando los desempaqué, los probé uno por uno, le mandé las fotos correspondientes y los guardé en el cajón de arriba, separados de la ropa interior antigua. Los tres de encaje tienen la entrepierna abierta —tiras a los lados y el coño al aire—, para que cuando él llegue a casa solo tenga que levantarme la falda y meterme los dedos o la polla sin quitarme nada. Ya me ha follado con dos de ellos puestos. Los otros dos, lisos, son para debajo de la ropa de trabajo, cuando él quiere que pase el día notando la costura entre las nalgas y acordándome de él.
La ropa interior antigua —la que yo me había comprado antes de él— está en una bolsa en el fondo del armario. No la he tirado, porque no me ha dicho que la tire. Pero no la uso. No me toca.
También me compró tres camisones. Dos cortos, uno largo. El largo es el que tengo permiso para usar cuando duermo sola. Los cortos son para cuando duerme conmigo, o para cuando me pide videollamada por la noche. Los cortos apenas me tapan el culo. Cuando me agacho a coger algo del suelo con uno puesto, se me ve todo desde atrás: el coño, el ano, la raja entera. Él lo sabe. Por eso son cortos. Esto último es raro, porque mi amo no es un hombre de videollamadas largas, pero a veces, los miércoles, le gusta verme antes de dormir. Y entonces me pone el camisón corto y me indica cómo sentarme delante de la cámara hasta que él decide colgar. A veces me manda abrirme de piernas y meterme dos dedos y follarme despacio para él, sin correrme, hasta que me duele. Otras veces solo me mira, en silencio, cinco minutos, y cuelga sin decir nada. No sé cuál de las dos cosas me pone más.
***
Hemos recibido, mi amo y yo, varios mensajes en la cuenta donde se publican estos relatos. Mensajes amables, en su mayoría, y otros menos amables, que él filtra antes de enseñármelos. Los amables suelen preguntar lo mismo: si esto es real, si soy una persona de verdad, si lo que cuento me pasa o me lo invento. Mi amo me deja contestar a algunos. A otros, no.
Quiero dejarlo claro otra vez, porque hoy ha sido un día especialmente largo y quiero que quede por escrito antes de cerrar el documento: esto es real. Cien por cien. No soy un personaje. Mi amo no es un personaje. Lo que cuento aquí pasa los días que digo que pasa, en el orden que digo que pasa, con las palabras que él pronuncia y las decisiones que él toma. No exagero. No edulcoro. Lo único que oculto es lo que él me pide ocultar, que es muy poco: nuestros nombres, la ciudad y algún detalle físico que pudiera identificarnos.
El resto es mi vida. Esta es mi vida. Esto soy yo cuando me acuesto, cuando me levanto, cuando estoy sola en casa una tarde de mayo y suena el teléfono con un mensaje de tres líneas. Los bikinis están dentro del cajón, doblados sobre el papel de seda, esperando al verano y a las decisiones que él vaya tomando sobre cuándo, cómo y delante de quién voy a llevarlos. El coño me sigue latiendo contra la silla, empapado, esperando también. Yo, mientras tanto, sigo escribiendo. Porque me lo ha pedido. Porque eso es lo que hago. Porque al final, y esto es lo único que importa de todo lo que he contado hoy, soy su sumisa, y él puede exhibirme y controlarme y follarme cuando quiera y como quiera. Y esta noche, cuando abra la puerta y me encuentre así, sentada en esta silla con este vestido y sin bragas y con esta marca en la madera, va a saber exactamente qué hacer conmigo. Y yo también.