Las llevé enmascaradas al carnaval de Venecia
El zumbido sordo de los motores creaba una burbuja aislante a once mil metros sobre el Atlántico. Cruzábamos en un vuelo directo, una línea recta de acero que nos arrancaba de Buenos Aires y nos lanzaba al invierno italiano. En la cabina de primera, la luz era una penumbra azul, y los demás pasajeros dormitaban bajo sus mantas. Yo iba en el centro, flanqueado por mis dos posesiones: mi Pantera a la derecha, mi muñeca a la izquierda.
Bajo las mantas de lana fina, el juego había empezado mucho antes del crucero. Los mandos de los dispositivos descansaban en mi regazo, ocultos a las azafatas que patrullaban el pasillo con pasos silenciosos. Subí el dial de la muñeca un par de niveles y la sentí tensarse a mi lado.
—¿Lo notas? —le susurré al oído—. Estamos cruzando el ecuador. Otro hemisferio. Tus viejas resistencias ya no sirven. Aquí arriba solo existes tú y mi voluntad.
Vi cómo sus dedos pequeños se clavaban en el reposabrazos. Sus rizos castaños temblaban mientras la cabeza buscaba un aire que parecía faltarle. Sus ojos marrones, empañados por la falta de sueño, me buscaron con una mezcla de pánico y devoción. La vibración era un ruido sordo que el ronroneo del fuselaje camuflaba, pero yo sabía que dentro de ella era un terremoto.
—No te muevas —le ordené con frialdad—. Si una azafata pregunta si estás bien, te paso el resto del viaje atada en el baño.
Mi Pantera, en cambio, observaba con una calma depredadora. Ella no necesitaba que yo le subiera la intensidad para saber su sitio; disfrutaba viendo a la otra desmoronarse. Con un movimiento fluido se deslizó bajo mi manta y sentí el calor de su boca reclamándome, una succión experta que me recordó por qué llevaba el collar de plata. A diez mil metros, marcando territorio, ignorando todo riesgo.
—Eso es —murmuré—. Muéstrale a esa muñeca quién manda en este vuelo. Mírala bien, putita. Mira cómo tu superiora me sirve mientras tú apenas puedes mantenerte sentada sin llorar.
La muñeca observaba el bulto bajo mi manta con una fascinación morbosa, su cuerpo convulsionando por los pulsos que yo le mandaba. Estaba atrapada entre la envidia y la agonía del deseo contenido. Cada vez que pasaba una azafata, contenía la respiración hasta enrojecer.
—Damián, por favor… —alcanzó a decir en un susurro quebrado.
—Para ti soy Damián, y para ti el «por favor» no existe —la corté, subiendo el dispositivo al máximo durante diez segundos brutales—. Bébete tu propia vergüenza. Esto es solo el preámbulo de lo que te espera en los canales.
Cuando mi Pantera emergió, con los labios brillantes y esa mirada de triunfo, se limpió la comisura con una lentitud insultante para la otra. La muñeca estaba deshecha, empapando el asiento de lujo, temblando bajo su manta mientras el avión iniciaba el descenso hacia el viejo continente.
***
El descenso sobre el Adriático fue un visto y no visto. Las nubes se abrieron y apareció Venecia, una joya de piedra y terracota flotando sobre un pantano de plata. Al aterrizar en el Marco Polo, el aire gélido de Italia las hizo estremecer. El calor porteño era ya un recuerdo lejano. En el muelle del aeropuerto nos esperaba un motoscafo privado de caoba barnizada, brillante y afilado como una navaja.
El trayecto fue el preludio perfecto para el aislamiento que buscaba. Verlas a las dos en la popa, envueltas en abrigos pero con las piernas todavía temblorosas, era una visión de pura posesión. El conductor maniobró por los canales hasta el Gran Canal. Allí, frente a la cúpula de la Salute, se alzaba el Palazzo Ca' Sagredo, donde había reservado la suite más alta del hotel.
—Bienvenidos, signor Damián —dijo el conserje al recibirnos en el muelle privado.
Subimos directo a la suite. En cuanto la puerta se cerró con un clic electrónico, el silencio del lujo absoluto se apoderó de nosotros. Pero no fue el interior lo que les robó el aliento, sino lo que había tras los ventanales. Las llevé a la terraza: una plataforma de piedra que parecía flotar sobre el agua verde del canal, donde toda Venecia quedaba a tus pies y tú quedabas a la vista de toda Venecia.
—A la barandilla. Las dos —ordené, señalando el borde de mármol que daba al vacío.
El viento del canal les azotó la cara. Desde allí, cualquier turista en una góndola podía levantar la vista y vernos.
—Mirad hacia abajo —dije, situándome detrás de ellas—. Esto es estar bajo mi mando en Italia. Estáis en el escenario más famoso del mundo, pero sois invisibles para todos menos para mí. El vértigo no es por la altura. Es por la ropa que vais a perder en un minuto.
—Damián, hace mucho frío aquí fuera —murmuró la muñeca, abrazándose a sí misma mientras miraba con pavor el flujo constante de barcos.
—El frío es un recordatorio de que estás viva y de que me perteneces —respondí con dureza, agarrándola del pelo para obligarla a mirar el horizonte—. Mi Pantera no se queja. Ella sabe que el frío es solo el lienzo del calor que le voy a dar.
Las obligué a despojarse de los abrigos y la ropa de viaje allí mismo, sobre el mármol, frente a la inmensidad del Gran Canal. La desnudez en ese entorno era una humillación elegante; sus cuerpos blancos contrastaban con la arquitectura gótica de los palacios vecinos. La Pantera se mantuvo erguida, con el mentón alto, aceptando la exposición con una dignidad feroz que me hizo hervir la sangre. La muñeca, en cambio, intentaba taparse con las manos, encogiéndose ante la posibilidad de que algún gondolero curioso enfocara la vista hacia arriba.
—No os tapéis —sentencié, activando los dispositivos con una pulsación lenta pero profunda—. Quiero que Venecia sea testigo de cómo vibráis. Quiero que sintáis el aire del Adriático en cada poro mientras el motor os recuerda que no hay refugio posible.
***
El aire del canal había dejado sus cuerpos en un estado de hipersensibilidad extrema. Las hice volver al interior de la suite, donde el calor de la calefacción contrastó brutalmente con la piel gélida de sus muslos. Sobre la cama de dosel, dos cajas de madera de sándalo esperaban. Eran piezas compradas a un artesano de Castello, diseñadas para ocultar el alma y resaltar la sumisión.
—Venecia en carnaval es un teatro de sombras —dije, abriendo la primera caja—. Aquí, si no tienes rostro, no tienes límites.
Saqué la primera máscara. Cuero negro y plata, orejas puntiagudas, una expresión de ferocidad noble. La de Pantera. Se la coloqué a mi favorita, ajustando las cintas de seda con una firmeza que la hizo jadear. Sus ojos oscuros, tras las cuencas rasgadas, adquirieron una profundidad animal. Combinaba a la perfección con el collar de plata que nunca se quitaba.
—Esta es tu corona, mi Pantera —susurré, besando el borde del cuero—. Bajo esta máscara eres dueña de la noche, siempre que recuerdes quién sostiene tu correa.
Para la otra saqué una máscara Volto blanca, lisa, sin expresión. El vacío absoluto. Al ponérsela a la muñeca, su identidad universitaria desapareció. Ya no era una chica de rizos y cara redonda. Era un objeto, una superficie de porcelana fría que solo servía para recibir mis órdenes.
—Tú no necesitas cara, putita —sentencié, dándole un golpe seco en la nuca para que bajara la cabeza—. Tu único rastro de identidad en esta ciudad serán tus gemidos. Nada más.
Antes de vestirlas con los pesados trajes de época que había alquilado —brocado y terciopelo que pesaban kilos—, configuré los dispositivos por Bluetooth. En la pantalla del teléfono, las dos barras de intensidad brillaban en rojo.
—En Venecia, el placer es un secreto que se lleva bajo la ropa —les dije, mientras las obligaba a abrirse de piernas para asegurar los aparatos—. Nadie en la plaza de San Marcos sabrá por qué tembláis cuando os rocen. Solo yo tendré el control de vuestro pulso entre la multitud.
Apreté los cordones de los corsés hasta que sus respiraciones se volvieron cortas y superficiales. El crujido de la seda y el peso de las faldas las envolvieron, ocultando la tecnología que ya empezaba a vibrar en modo «latido» constante. Eran dos visiones de un siglo pasado listas para el pecado moderno.
***
El trayecto desde el hotel hasta la plaza de San Marcos fue una procesión de tensión creciente. Caminábamos por las calli, las callejuelas estrechas donde el sonido de nuestros pasos sobre la piedra húmeda se mezclaba con el zumbido secreto que emanaba de sus cuerpos. Al desembocar en la plaza, la inmensidad del espacio y la densidad de la multitud nos golpearon como una ola. Era el epicentro del carnaval: miles de personas envueltas en sedas, plumas y oro, moviéndose bajo la sombra de la basílica y el campanile.
Saqué el teléfono y deslicé ambos diales al nivel nueve. La Pantera se tensó, su espalda arqueándose bajo el brocado, mientras los dedos enguantados se le clavaban en mi brazo. La muñeca, tras la máscara blanca, soltó un jadeo sordo que quedó atrapado en el aire gélido.
—Caminad —les ordené al oído—. Y no os atreváis a tropezar.
Nos adentramos en el mar de gente. El riesgo era embriagador. En San Marcos el contacto físico es inevitable; extraños enmascarados nos rozaban al pasar, sus capas de terciopelo chocando contra las de mis mujeres. Cada roce fortuito era una descarga de adrenalina, una invasión de su espacio personal mientras sus sexos eran martilleados por la vibración que yo manejaba desde el bolsillo.
—Damián, por favor, hay demasiada gente —susurró la muñeca, su máscara empañada por la respiración errática.
—Ese es el punto, putita —respondí, subiendo a un patrón de pulsos violentos—. Que sintáis que cualquiera de estos hombres podría descubrir vuestro secreto con solo miraros a los ojos. Que sintáis la vergüenza de estar empapadas bajo esos vestidos de miles de euros mientras un turista os pide una foto.
La Pantera, a pesar de soportar el mismo castigo, mantenía la cabeza alta. Su máscara de plata desafiaba a la multitud, pero su paso era lento, pesado, señal de que cada centímetro que avanzaba era una lucha contra su propio clímax. La obligué a caminar un paso por delante de la otra, marcando la jerarquía incluso en mitad del caos.
Cuando un grupo de enmascarados se cruzó con nosotros, los detuve.
—Miradla —les dije a los desconocidos, señalando a la muñeca—. Parece que el frío de Venecia la tiene afectada, ¿no?
Los extraños rieron tras sus máscaras de Dottore, asintiendo con cortesía veneciana. No sospecharon que la chica de blanco no temblaba por el frío, sino porque yo estaba apretando el botón del orgasmo en mitad de la plaza más famosa del mundo. La humillación en sus ojos marrones, visibles tras el antifaz, era una delicia. Estaba al borde del colapso, las piernas rozándose para mitigar el ataque, mientras la Pantera la miraba con superioridad cruel, disfrutando de que en la escala de la vergüenza la otra siempre estaba un peldaño por debajo.
***
El bullicio empezó a desvanecerse a nuestras espaldas mientras nos internábamos en la penumbra de las callejuelas que llevan a los muelles ocultos. En un rincón oscuro, cerca de un puente solitario, una góndola negra como el azabache esperaba. El gondolero, con el rostro tras una máscara de Medico della Peste, nos indicó subir sin pronunciar una palabra. Era el cómplice silencioso que Venecia siempre ofrece a quienes buscan el pecado.
En cuanto la embarcación se desprendió del muelle y se deslizó por canales secundarios, el silencio se volvió opresivo, roto solo por el zumbido de los motores que yo acababa de poner en vibración constante y profunda.
—Sentaos frente a mí —ordené, acomodándome en el asiento de cuero mientras la góndola se hundía en un canal tan estrecho que casi podíamos tocar las paredes con las manos.
La Pantera se sentó con las piernas abiertas, dejando que el brocado se desparramara, desafiante. La muñeca se encogió a su lado, buscando el anonimato que su máscara le prometía. Saqué el móvil y, con un movimiento sádico, vinculé la intensidad al movimiento del remo. Cada vez que la góndola avanzaba, la vibración subía de golpe.
—Damián, aquí nadie nos ve —susurró mi Pantera, su voz cargada de una lujuria que el aire frío no lograba aplacar—. Por favor… quiero sentirte a ti, no solo a la máquina.
—En Venecia tú sientes lo que yo decido que sientas —respondí, mirándola fijamente tras mi propio antifaz—. Pero tienes razón. La oscuridad del canal es un desperdicio si no la usamos.
Me deslicé al suelo de la góndola, quedando a sus pies. Levanté primero las pesadas faldas de la muñeca. El olor a humedad del canal se mezcló con el aroma embriagador de su rendición; estaba empapada, el líquido resbalando por los muslos rosados mientras el dispositivo seguía martilleándola.
—Sírveme. Que tus gemidos sean lo único que oiga este canal —le ordené.
Obedeció con desesperación absoluta. Su máscara golpeaba mis rodillas mientras se esforzaba por complacerme. Por encima, mi Pantera observaba con los ojos inyectados en deseo. No la dejé como simple espectadora. La agarré por la nuca y la obligué a bajar también, situándola justo encima de la otra.
—Usa a tu mascota, mi Pantera —le dije al oído—. Muéstrale cómo se sirve a Damián en la oscuridad.
Fue una imagen de pura depravación veneciana: dos mujeres enmascaradas, una con la agresividad de la plata y otra con el vacío del blanco, entregadas a mí en una embarcación que parecía flotar entre dos mundos. La música de una fiesta lejana llegaba amortiguada, un eco de civilización que contrastaba con la crudeza de la góndola. Mis manos se perdieron entre el encaje y el terciopelo, repartiendo placer y dolor por igual.
El final llegó coordinado con un patrón de vibración que las hizo convulsionar a las dos a la vez. La muñeca se atragantó con su propio gemido sordo. La Pantera soltó un aullido contenido que rebotó en los ladrillos húmedos de Venecia.
***
El regreso al hotel fue un trayecto de silencio sepulcral, solo interrumpido por el chapoteo del agua contra el casco. Al entrar en la suite, el calor del interior se sintió casi ofensivo después del frío cortante de los canales. Pero no les di tiempo a aclimatarse. Con un gesto seco, les ordené ir a la terraza. El Gran Canal seguía allí, una serpiente de agua oscura custodiada por palacios que dormían bajo la luna.
—Fuera las máscaras. Fuera los vestidos. Todo —sentencié.
Se despojaron de las identidades de seda y cuero, dejando que las pesadas telas cayeran al suelo como pieles muertas. Allí quedaron, desnudas bajo el cielo de Venecia, con la piel erizada por la brisa del Adriático y los cuerpos marcados por las horas de vibración constante. La Pantera mantenía el mentón alto, aunque sus muslos traicionaban su cansancio con un leve temblor; la muñeca, pequeña y vulnerable, evitaba mirar al horizonte.
—Apoyaos en la barandilla. Mirad al horizonte —ordené.
Saqué del bolsillo un látigo corto de cuero rústico que había traído conmigo. El sonido del cuero restallando contra el aire fue el único aviso antes del primer golpe. Empecé con la muñeca; el impacto seco sobre la nalga izquierda dejó una marca roja instantánea que contrastaba con su palidez. Pasé a la Pantera, dándole un golpe gemelo, midiendo la fuerza para que el dolor fuera un recordatorio de mi presencia.
—Damián… —susurró mi favorita, apretando los dientes mientras las nalgas se le encendían bajo el castigo.
No me detuve hasta que ambos culos lucieron un rojo vivo, un mapa de mi autoridad grabado en su carne frente a la cúpula de la Salute. Estaban calientes, palpitando de sangre y excitación contenida. Me acerqué a la mesa de mármol de la terraza, donde un cuenco de plata guardaba lo que había pedido al servicio de habitaciones: rodajas de limón sacadas directamente del congelador, cubiertas por una fina capa de escarcha.
—Date la vuelta, putita —le dije.
La obligué a abrirse de piernas mientras la Pantera observaba, obligada a mantener su posición. Tomé la primera rodaja. El frío era extremo, casi quemaba al tacto. La deslicé con una lentitud sádica por la línea de fuego que el látigo había dejado en su nalga, y luego, sin previo aviso, la presioné contra su sexo, que seguía latiendo por el dispositivo recién retirado.
El grito quedó ahogado por mi mano sobre su boca. La acidez del cítrico penetrando en su piel hipersensible y el frío glacial crearon un choque térmico que la hizo convulsionar. El contraste entre el ardor del castigo y la quemadura química del limón la dejó sin aliento, mientras las lágrimas se le perdían en el viento del canal.
—Ahora tú, mi Pantera —dije, repitiendo el proceso con ella.
A diferencia de la otra, mi favorita no gritó. Soltó un gruñido profundo, los dedos aferrándose al mármol con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Sentir la acidez sobre la carne castigada frente a todo Venecia era el tributo que ella aceptaba con orgullo. La obligué a mantener la rodaja presionada entre sus muslos mientras miraba fijamente las luces del Palacio Ducal a lo lejos.
—Sentid la acidez. Sentid el frío —les susurré, situándome detrás de ambas, abrazándolas por la cintura—. Esto es lo que significa ser propiedad. No hay placer sin ardor, no hay Venecia sin sacrificio.
***
El frío de la terraza y la quemadura ácida les dejaron los sentidos en carne viva. Las hice volver al interior, donde la luz de las lámparas de Murano bañaba la estancia con un tono ambarino y denso. Sus culos, todavía encendidos por el látigo, resaltaban contra las sábanas de seda negra de la cama de dosel, una superficie que parecía un altar dispuesto para el acto final.
—A la cama —ordené, despojándome por fin de la camisa—. Mi Pantera arriba. Muñeca debajo.
Se movieron con la coordinación nacida de la obediencia absoluta. Mi favorita se posicionó sobre la otra, los cuerpos desnudos entrelazándose mientras el olor cítrico todavía flotaba en el aire. La Pantera miró a la chica de blanco —ahora sin máscara, mostrando el rostro congestionado y los ojos nublados— con una mezcla de desprecio y deseo posesivo. Ella sabía que, bajo mi mando, la muñeca era su juguete tanto como lo era mío.
—Reclámala —le dije, sentándome al borde de la cama para observar el espectáculo—. Muéstrale a esta putita que su cuerpo me pertenece, pero que tú eres la encargada de ejecutar mi voluntad.
Mi Pantera no necesitó que se lo repitiera. Sus manos, expertas y crueles, se cerraron sobre los pechos de la otra, apretando con una fuerza que le arrancó un gemido quebrado. Empezó a besarla, pero no eran besos de afecto; eran mordiscos, marcas de propiedad que se sumaban a las mías.
—Mírame a los ojos, putita —le ordenó mi Pantera, obligándola a fijar la vista mientras bajaba la cabeza entre sus muslos—. Siente lo que Damián te hace a través de mí.
Fue una coreografía de sumisión perfecta. Bajo mi dirección, la Pantera empezó a devorarla, usando la lengua y los dedos con una ferocidad que buscaba el colapso total de la otra. Yo observaba cómo la piel de ambas se cubría de sudor, cómo los músculos de las espaldas se tensaban en el esfuerzo. La jerarquía era clara: la Pantera dominaba, la muñeca se deshacía, y yo era el arquitecto de cada espasmo.
—Más fuerte, mi Pantera —intervine, deslizando la mano para acariciar el cabello de mi favorita—. Quiero que llore de placer. Quiero que olvide que alguna vez tuvo una vida fuera de esta habitación.
La intensidad alcanzó un punto de saturación. La muñeca empezó a convulsionar, las manos buscando algo a lo que aferrarse, terminando por clavarse en los hombros de la Pantera. Cuando la chica de los rizos finalmente se desplomó, vacía y derrotada, mi favorita se incorporó, mirándome con una sonrisa triunfal, la boca brillando bajo la luz de las velas.
—Ya es tuya, Damián —susurró, jadeando, mientras se arrodillaba ante mí sobre el colchón—. Ya no le queda nada que no sea nuestro.
La puse de espaldas y reclamé a mi favorita con la misma intensidad con la que ella había reclamado a la otra. La comunión de nuestras sombras estaba completa. En esa suite del Ca' Sagredo, con el Gran Canal como testigo mudo tras los cristales, el poder se selló a través de la carne de las dos mujeres que mejor conocían mi oscuridad.
***
La luz del alba empezó a filtrarse por los ventanales, tiñendo las paredes de un azul pálido y frío que anunciaba el final de nuestra estancia. El Gran Canal, que durante la noche había sido un abismo de secretos, despertaba con los primeros vaporettos cargados de suministros. En la cama de dosel, la Pantera descansaba la cabeza sobre mi pecho, su respiración acompasada con la mía, mientras la muñeca dormía ovillada a nuestros pies, agotada, reducida a su mínima expresión.
Salí descalzo a la terraza por última vez. Venecia se despojaba de sus máscaras con la llegada del sol; la niebla se elevaba sobre el agua como el fantasma de todas las humillaciones que habíamos orquestado entre sus canales. Encendí un cigarrillo y dejé que el humo se mezclara con el aire gélido del Adriático.
Sentí pasos ligeros detrás. Mi Pantera apareció envuelta en una sábana de seda que apenas cubría su cuerpo marcado. Se detuvo a mi lado, mirando hacia la basílica de la Salute con una serenidad que solo poseen aquellos que han entregado su voluntad por completo y han encontrado poder en esa entrega. El collar de plata brillaba con la primera luz del día.
—Se terminó el carnaval —susurró ella, apoyando la mano sobre la mía en la barandilla.
—Para el mundo, sí —respondí, mirándola fijamente—. Para nosotros, el carnaval es un estado permanente. Venecia solo nos prestó el escenario, pero la función sigue dondequiera que yo decida llevaros.