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Relatos Ardientes

La noche que aprendí a rendirme por completo

4.5(11)

Salí con el grupo de siempre esa noche. Cena en el centro, copas en un bar que cerraba tarde, el ruido habitual de conversaciones que se solapan y risas que duran más de lo necesario. Lo último que recordaba con claridad era haber pedido mi segunda copa, haber notado un sabor ligeramente metálico que atribuí a los hielos, y después nada. Una especie de niebla espesa que borraba todo lo que vino a continuación.

Desperté sin saber cuánto tiempo había pasado. La cabeza me pesaba y la boca tenía un regusto seco que no era resaca normal. Tardé unos segundos en entender por qué no podía bajar los brazos.

Los tenía extendidos hacia arriba. Las muñecas, atadas con cuero grueso a una barra de metal que colgaba del techo. Tiré con fuerza. No cedió nada.

Fue entonces cuando intenté taparme y terminé de entender lo que estaba pasando. No tenía nada puesto. Ni una prenda. Los pies tampoco estaban libres: una barra horizontal en el suelo los mantenía separados a una distancia que me impedía cruzarlos o juntar las rodillas. Estaba completamente abierta, con el coño al aire, las tetas colgando por el peso de los brazos estirados, y la sensación helada de saber que cualquiera que entrara en esa habitación me vería todo sin que yo pudiera hacer nada.

El shock llegó en oleadas. Primero la confusión, después el frío, después el miedo. Un miedo concreto y sólido, no el pánico difuso de una pesadilla sino la certeza de que la situación era real y que alguien la había preparado con tiempo.

Entonces lo vi a él.

Rodrigo estaba sentado en una silla al fondo de la habitación, con los codos apoyados en las rodillas y una expresión de paciencia absoluta. Como si llevara allí mucho rato, esperando. Lo conocía desde hacía años, siempre en los mismos grupos, siempre en un extremo de la mesa que nadie buscaba deliberadamente. Era el tipo que uno no llega a conocer de verdad porque nunca hace nada que obligue a prestarle atención. Yo lo había ignorado sistemáticamente durante mucho tiempo, hasta que un día, hacía más de un año, me lo había dejado claro delante de todos con más brusquedad de la necesaria. No lo había pensado mucho en aquel momento. Ahora lo estaba pensando.

—Por fin —dijo sin moverse de la silla.

Algo dentro de mí se encendió.

—¿Qué me has hecho? ¡Suéltame ahora mismo o te juro que te destrozo!

Mi voz sonó más firme de lo que me sentía por dentro. Rodrigo se levantó sin prisa y empezó a caminar alrededor de mí, mirándome con una calma que me resultó más irritante que cualquier otra cosa que pudiera haber hecho. Sus ojos recorrieron sin pudor mis pechos, mi vientre, el triángulo de vello del pubis, los muslos abiertos por la barra, como si estuviera catalogando cada centímetro de piel.

—Hoy vas a aprender algo —dijo.

—¡Hijo de puta! ¡Suéltame!

Desapareció detrás de mí. Cuando se acercó lo suficiente, bajé la cabeza y le clavé los dientes en el antebrazo. No fue un mordisco limpio porque las ataduras limitaban mi rango de movimiento, pero fue suficiente para dejar marca. Rodrigo retrocedió y se miró el brazo con una expresión que no era de dolor sino de algo parecido a la satisfacción.

—Interesante —murmuró.

—Como vuelvas a acercarte te arranco la mano.

—No creo que me acerque tan fácilmente. Tengo algo con más alcance que tus dientes.

Fue entonces cuando vi el látigo. No era enorme, pero tampoco era pequeño. Lo sostenía con naturalidad, como si no fuera la primera vez que lo usaba.

—No te atreverás —dije.

—Llevo mucho tiempo esperando este momento —respondió—. Tengo todo el tiempo que haga falta.

***

El primer golpe llegó sin aviso. Un chasquido seco en el aire y después el impacto en los glúteos. El dolor fue inmediato y brutal, mucho peor de lo que habría imaginado. Grité. Rodrigo no dijo nada y el segundo golpe llegó antes de que me recuperara del primero.

—¡Para! ¡Para ya! ¡Estás loco!

—Cuando estés lista.

Otro golpe. El cuero contra la piel hacía un sonido que tardé en dejar de escuchar en bucle. El dolor no se iba entre golpe y golpe, se acumulaba, y las zonas que ya habían recibido impactos ardían con una intensidad que iba creciendo sin techo visible. Intenté sacar el cuerpo hacia adelante para proteger la parte trasera, pero eso solo dejaba la espalda más expuesta.

Los golpes continuaron. Perdí la cuenta después del décimo o undécimo. El trasero y la parte superior de los muslos ardían con una intensidad que ya no encontraba referencia en ninguna experiencia previa. Empecé a notar que mi capacidad de mantener el enfado intacto se fragmentaba, que había cada vez menos espacio mental para planificar cómo iba a hacerle pagar todo aquello cuando me soltara, y más espacio simplemente ocupado por el dolor y por la pregunta de cuándo pararía.

Rodrigo volvió a acercarse. Esta vez no traté de morderlo. Sentí sus manos rodear brevemente mis caderas y después apartarse.

—Aún tienes esa mirada —dijo.

—¿Qué mirada?

—La de quien cree que está por encima de todo esto.

Otro golpe.

—Te voy a quitar esa mirada a golpes si hace falta.

***

El punto en que empecé a ceder no fue un instante concreto sino algo gradual. El cuerpo tiene un límite que la voluntad no puede sostener indefinidamente, y cuando el látigo empezó a alcanzar la parte interna de los muslos, cerca de las rodillas, sentí que algo dentro de mí comenzaba a doblarse sin que yo lo estuviera eligiendo.

—Rodrigo —dije con la voz mucho menos firme que antes—. No sé cuánto más aguanto.

—Lo sé —respondió. Y siguió.

Los golpes se volvieron más lentos, como si quisiera que cada uno tuviera tiempo de asentarse antes del siguiente. Noté que algunas lágrimas me resbalaban por la cara y me pregunté desde cuándo estaban ahí.

—Pide perdón —dijo.

El orgullo que me quedaba intentó resistir. Aguantó tres golpes más. Solo tres.

—Lo siento —dije en voz baja.

—Más alto.

Otro golpe en los glúteos.

—Rodrigo. Siento haberte mordido. Perdóname.

Los golpes pararon. Se acercó por detrás y pasó la mano sobre mis glúteos castigados. El contacto sobre la piel en carne viva me hizo temblar de una manera que no tenía nada que ver con el deseo. Su mano bajó por el surco entre los cachetes, se demoró un segundo en el ano y siguió más abajo, rozando con dos dedos los labios del coño de arriba abajo, sin insistir, solo comprobando.

—Estás mojada —dijo, con la voz completamente neutra—. Puta.

—No es verdad.

Me metió el dedo. Un solo dedo, hasta el fondo, y lo sacó despacio. Cuando lo puso frente a mis ojos vi el brillo húmedo que lo recubría.

—¿No es verdad?

No contesté. No podía. La humillación de saber que mi coño estaba respondiendo al maltrato me quemó más que cualquiera de los golpes anteriores.

—Eso es el primer paso —dijo.

—¿Primer paso?

—Hay más.

***

Los golpes volvieron a la espalda. El dolor en esa zona era diferente: más agudo, más inmediato. Cada impacto me hacía arquear el torso hacia adelante, lo que dejaba más expuesta la parte trasera para el siguiente golpe. Era un ciclo del que no había forma de salir solo con el cuerpo. Cada vez que arqueaba, las tetas se sacudían hacia adelante, los pezones ya duros por el frío y por lo que no quería llamar por su nombre.

—¿Qué más quieres? —pregunté entre jadeos.

—Que te humilles de verdad. Al máximo.

—¿Qué significa eso?

—Ya lo entenderás.

Los golpes continuaron y yo empecé a entender. Había una lógica en lo que pedía, una escalada que podía ver claramente desde donde estaba. Si pedir perdón había sido el primer paso, lo que seguía era más exposición, más renuncia al control que creía tener.

—Tócame —dije finalmente.

El látigo paró.

—¿Dónde?

No respondí inmediatamente. Rodrigo esperó sin decir nada.

—Las tetas —dije al fin—. Por favor, tócame las tetas.

Se acercó por delante. Sus manos fueron directamente a donde yo había pedido. Me agarró un pecho con cada mano, sin ninguna suavidad, apretando la carne hasta que se me desbordaba entre los dedos. Empezó a estrujar con un ritmo pausado, subiendo hasta atrapar los pezones y retorcerlos entre el pulgar y el índice. La primera vuelta me sacó un jadeo. La segunda un grito corto. La tercera me hizo cerrar los ojos y notar cómo el ardor de los pezones se conectaba, por un cable invisible, directamente con el coño.

Bajó la boca a mi pecho derecho y me chupó el pezón hasta metérselo entero, mordiéndolo justo antes de soltarlo. Después el izquierdo, esta vez con más lengua, dando vueltas alrededor de la punta hasta que se me escapó un gemido que no pude tragarme.

—Eso —dijo separándose—. Ese sonido es el que quiero.

—Cállate.

Me pellizcó los dos pezones a la vez y tiró de ellos hacia afuera. Me arqueé todo lo que las cuerdas me dejaron, y él sostuvo el tirón unos segundos más de la cuenta.

Cuando se apartó, creí que había terminado.

No había terminado.

—Vas avanzando —dijo—. Pero no es suficiente.

Los golpes volvieron a los glúteos y los muslos, alternando en un ritmo que parecía calculado para impedir que me adaptara a cualquier patrón.

***

El cuerpo tiene su propia inteligencia cuando el dolor alcanza cierto umbral. La mente empieza a buscar salidas que antes habría descartado sin pensarlo. Yo sabía lo que él quería que pidiera. Lo había sabido desde hacía un rato. Lo que me costaba era cruzar esa línea.

—Rodrigo.

—Dime.

—Tócame. Ahí abajo. Por favor.

—Sé más específica.

Cerré los ojos un momento.

—Tócame el coño. Los labios, el clítoris. Por favor, quiero que lo hagas.

Se colocó detrás de mí. Su mano izquierda se deslizó entre mis muslos y sus dedos alcanzaron los labios con facilidad, dada la posición en que estaban mis piernas. Los abrió despacio con dos dedos, como quien inspecciona algo que le pertenece, y yo sentí el aire de la habitación entrar directamente en la vagina abierta. Me dio vergüenza el ruido húmedo que hicieron sus dedos al separarme.

La mano derecha rodeó mi cadera hasta alcanzar la parte delantera. El dedo corazón encontró el clítoris al primer intento y empezó a moverse en círculos pequeños, con una precisión que me resultó incómoda precisamente porque funcionaba, porque mi cuerpo respondía de una manera que yo no había autorizado y que me costaba ignorar. Mientras tanto, dos dedos de la otra mano se metieron en el coño hasta el fondo y empezaron a follarme despacio, entrando y saliendo con un chapoteo cada vez más audible.

—Estás empapada —dijo pegado a mi oído—. Se te oye desde la puerta.

—Cállate.

—Dime que te gusta.

—No.

Aceleró los círculos sobre el clítoris. Metió un tercer dedo. Mis caderas se movieron solas media vuelta contra su mano, buscando más, y en cuanto se dio cuenta paró en seco. Retiró los dedos. Me quedé colgada de las cuerdas con el coño palpitando, vacío, con la humillación adicional de haber sido yo la que se movió.

Me quedé lo más quieta que pude. No era fácil.

Se apartó al cabo de un par de minutos.

Y los golpes volvieron.

—¡No! ¡Ya te pedí lo que querías!

—Aún no has llegado al máximo.

—¿Qué más quieres de mí?

—Ya lo sabes.

***

Lo sabía. Claro que lo sabía. Solo había una cosa que pudiera ser más humillante que todo lo anterior, y era pedirle exactamente eso con todas las palabras.

Los golpes cayeron durante otro tramo que no sé cuánto duró. Cuando el dolor en los muslos y los glúteos superó cualquier resistencia que me quedara, lo dije. Lo dije despacio, con todas las palabras, porque a esas alturas no tenía sentido escatimar.

—Rodrigo, por favor. Fóllame. Métemela por detrás. Sé que me va a doler y lo acepto. Me lo merezco por haberme portado contigo como me porté.

Mientras lo decía eché el cuerpo hacia adelante todo lo que las ataduras permitían, sacando el culo hacia atrás, ofreciendo lo que estaba pidiendo que tomara. No podía creer que estuviera haciéndolo. Pero lo hice.

Esperé.

—Repítelo —dijo Rodrigo—. Con las palabras exactas. Sin dejarte nada.

Tragué saliva.

—Fóllame, Rodrigo. Métemela por el culo. Rómpeme si te apetece. Quiero sentir tu polla dentro de mí. Quiero que me uses hasta que te corras. Por favor.

Hubo un silencio corto. Después escuché el sonido de un cinturón abriéndose y el frufrú de la ropa cayendo al suelo.

Sus manos se posaron en mis caderas con firmeza. Sentí la punta de la polla apoyarse primero en los labios del coño, deslizándose de arriba abajo, empapándose de todo lo que yo había estado negando durante la última media hora. Después subió más arriba, hasta el ano. Presionó despacio, con la cabeza del glande justo en la entrada, y yo apreté por instinto.

—Relájate —dijo—. Me lo has pedido tú.

Me metió primero un dedo en el culo, mojado con mis propios jugos, hasta el nudillo. Después dos. Los abrió en tijera, ensanchándome, y yo apreté los dientes porque la sensación era exactamente la que había temido, un ardor sordo que iba subiendo por la columna. Sacó los dedos y volvió a apoyar la polla.

La penetración llegó despacio al principio, con la resistencia que era inevitable dado todo lo que había pasado esa noche. El glande entró primero, forzando el anillo, y emití un sonido que no era quejido ni grito sino algo más primitivo, sin nombre claro. Cuando estuvo dentro se detuvo un instante para dejarme respirar y después empezó a hundirse centímetro a centímetro, hasta que sentí sus caderas pegadas a mis nalgas ardidas y una sensación de estar completamente llena que me borró por un momento el resto del cuerpo.

Empezó a moverse. Salidas largas hasta casi sacarla del todo, entradas de golpe hasta el fondo. Sus manos aferradas a mis caderas, los dedos clavándose en la piel donde antes había pegado el látigo. Cada embestida me hacía echarme hacia adelante, colgada por las muñecas, con las tetas balanceándose al ritmo que él marcaba. Al principio dolía. Después seguía doliendo pero por debajo del dolor empezó a subir otra cosa, una presión sorda en la boca del estómago que iba creciendo con cada golpe de sus caderas contra las mías.

Su mano izquierda soltó mi cadera y bajó al coño. Encontró el clítoris otra vez, con la misma precisión de antes, y empezó a frotarlo mientras seguía follándome el culo. Ya no pude fingir. Empecé a jadear sin control, con la boca abierta, un hilo de saliva colgando del labio inferior. Mi coño se apretaba en vacío contra sus dedos y mi culo se abría alrededor de su polla y las dos cosas eran la misma cosa.

—Dilo —jadeó pegado a mi nuca—. Dime lo que eres.

—Soy tu puta —dije, y ya no me costó ningún esfuerzo—. Soy tu puta, Rodrigo. Tu puta. Sigue.

Me corrí antes que él. Fue un orgasmo largo, tembloroso, que me subió por los muslos y me hizo cerrar las piernas todo lo que la barra permitía, apretándole la polla dentro del culo con espasmos que no podía controlar. Grité algo que ni siquiera era una palabra. Él siguió embistiendo durante todo mi orgasmo, sin cambiar el ritmo, alargándolo hasta que creí que no iba a terminar nunca.

Cuando se corrió lo hizo dentro. Sentí los tirones de su polla soltando la corrida en el fondo de mi culo, sus manos apretándome las caderas con toda la fuerza, un gruñido bajo pegado a mi nuca. Se quedó dentro unos segundos, respirando pesado, con el pecho contra mi espalda sudada.

Cuando terminó salió despacio. Sentí el semen resbalar por la cara interna del muslo. Me quedé colgada de las barras con las piernas temblando, el coño palpitando, el culo abierto y goteando. Él se apartó y escuché cómo se abrochaba el pantalón.

—Gracias —dije en voz baja. Casi sin querer.

No sé si lo dije porque lo sentí o porque era lo que correspondía decir en ese momento, o porque el cuerpo a veces produce palabras sin consultarle a la mente. Probablemente fue una combinación de las tres cosas, y esa ambigüedad era lo más difícil de procesar de toda esa noche: no la situación en sí, sino la incapacidad de saber exactamente qué había sentido mientras ocurría.

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4.5(11)

Comentarios(9)

noctambulo33

increible!!! no lo pude soltar hasta el final

Sofi_net

ese inicio te engancha de inmediato... mas por favor

Ferchu22

tremendo, se siente la tension desde la primera linea. Espero que haya segunda parte!

MarcosD

jajaja esa sonrisa al final del parafo inicial me mato xD

Rocio45

Me gusto mucho como esta escrito, se nota que le pusiste ganas. Segui asi!

ViviR88

Buenisimo!!! me encanto

RobertoBA

Lo lei dos veces, que bien contado. Recomendadisimo

Lautaro_V

esperando ansioso la continuacion... no puedo dejar de pensar como termina

CarmenRio

me recordo a algo que lei hace tiempo pero esto esta mucho mejor escrito. Felicitaciones!

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