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Relatos Ardientes

El protocolo que firmé a las cuatro de la mañana

El teléfono vibra a las 4:23 de la madrugada. Número desconocido. Contestas medio dormido.

—Tu solicitud ha sido aceptada. Tienes diez horas para presentarte. La dirección llegará en cinco minutos. Si la abres antes, se autodestruirá y perderás tu plaza. No hay segundas oportunidades.

Cuelgan antes de que puedas decir nada.

¿Qué solicitud? No has solicitado nada. Pero entonces lo recuerdas: hace tres meses, borracho, rellenaste un formulario en un foro oscuro que ya ni te acuerdas cómo encontraste. Preguntas extrañas. «¿Cuál es el precio exacto de tu dignidad?» «¿Existe algún recuerdo que eliminarías para siempre?» «Describe, en tres palabras, la experiencia más intensa que hayas tenido.»

Pensaste que era un test de personalidad. Una de esas cosas que te dicen qué personaje de alguna serie eres.

A las 4:28 llega un mensaje. Solo coordenadas GPS y un código: «ADMITIDO-4419». Buscas las coordenadas. Un polígono industrial en las afueras. Naves abandonadas y descampados. Nada especial.

Podrías no ir. Volver a dormir. Olvidarlo.

Pero estás vistiéndote antes de terminar el pensamiento.

***

Llegas al lugar a las 8:15. La luz empieza apenas a filtrarse. Hay una persiana metálica a medio levantar en una de las naves, con una luz amarilla tenue saliendo desde dentro. Te agachas y entras.

El espacio está casi vacío. En el centro, una mesa plegable. Encima hay una caja metálica y un sobre. Dentro del sobre, un contrato. Treinta páginas de letra minúscula en lenguaje legal que no entiendes. Pero hay un resumen en la primera página.

PROTOCOLO LAZARUS — PROGRAMA DE TRANSFORMACIÓN CONSENSUADA

Artículo 1: El Solicitante cede autonomía corporal completa al Protocolo durante un periodo de 80 días consecutivos.

Artículo 2: El Protocolo se compromete a devolver al Solicitante en condiciones físicas funcionales. No se garantiza estado psicológico.

Artículo 3: Todas las modificaciones serán reversibles en un 55-70% aproximadamente.

Artículo 4: El Solicitante cobrará 3.000€ por cada día completado. Pago único al final. 240.000€ totales si completa el programa.

Artículo 5: El Solicitante puede usar la palabra de seguridad «CENIZA» para terminar el contrato en cualquier momento. Cobrará proporcionalmente a días completados. Pero quedará marcado permanentemente como «Desertor» en la base de datos del Protocolo.

Artículo 6: No hay cámaras. No hay grabaciones. No hay público. Solo tú y el Proceso.

Artículo 7: Firmar es consentir. Consentir es convertirse en material.

Hay una línea punteada al final. Y un bolígrafo.

En la caja metálica hay ropa: un mono gris sin marcas, unas chanclas de goma. Y un dispositivo electrónico que parece un reloj pero que solo tiene una pantalla que dice: «DÍAS RESTANTES: 80.»

Tu mano tiembla cuando coges el bolígrafo.

No lo piensas. Si lo piensas, te vas.

Firmas.

***

Inmediatamente las luces se apagan. Oyes un motor. La persiana se cierra completamente con un estruendo metálico. Estás a oscuras.

—Quítate toda la ropa. Déjala en el suelo. Ponte el mono. Ponte el reloj. No te muevas de donde estás.

La voz viene de altavoces ocultos. Humana. Cansada. Aburrida casi.

Haces lo que dice. Te desnudas en la oscuridad. El aire está helado. Te pones el mono. Las chanclas. El reloj se cierra solo alrededor de tu muñeca con un clic seco que suena definitivo. Intentas quitártelo pero está sellado.

Las luces vuelven. Rojas ahora. Y hay una puerta abierta en la pared del fondo que juras que antes no estaba.

—Camina hasta la puerta. No corras. No hables. Solo camina.

Cruzas la puerta y estás en un pasillo largo. Blanco. Esterilizado. Huele a hospital y a algo químico que no identificas. Hay puertas a ambos lados, todas cerradas, todas con una pequeña ventanilla de cristal reforzado.

Pasas por delante de la primera y miras dentro sin poder evitarlo. Hay una persona colgada del techo por ganchos que le atraviesan la piel de la espalda. No está gritando. Está flotando, como en trance. Tiene los ojos abiertos pero no mira nada. Hay alguien debajo de ella masajeando su cuerpo lentamente, rítmicamente, como si fuera un trabajo.

—No te pares. Sigue caminando.

La cuarta puerta está vacía. Solo una camilla. Limpia. Preparada. Para ti.

—Entra. Túmbate boca arriba. Cierra los ojos.

La puerta se abre sola cuando te acercas. Entras. La camilla tiene forma ergonómica, y cuando te tumbas tu cuerpo encaja perfectamente, como si la hubieran moldeado específicamente para ti. Cierras los ojos.

Oyes pasos. Varias personas. Nadie habla.

Sientes manos. Muchas manos. Te desabrochan el mono y te lo quitan. Estás desnudo otra vez. Las manos te tocan sin erotismo, clínicamente: midiendo, evaluando, presionando músculos, dejando pellizcos que se vuelven rojos y luego blancos.

Algo frío en tu brazo. Una inyección.

—Esto es un cóctel de tres sustancias. La primera aumenta tu sensibilidad nerviosa un 340%. La segunda bloquea parcialmente tu capacidad de formar recuerdos a corto plazo. La tercera... ya lo descubrirás.

Sientes cómo el líquido se extiende por tus venas. Calor. Luego frío. Luego algo que no tiene temperatura. Solo sensación pura. Alguien te roza el brazo con un dedo y es como si te quemaran.

—Abre los ojos.

Los abres. Hay cuatro personas alrededor de ti, todas con batas blancas y máscaras de hospital con sonrisas dibujadas: enormes, grotescas.

—Bienvenido al Día Uno. Hoy establecemos tu línea base de dolor. Necesitamos saber exactamente cuánto aguantas antes de romperte. Porque los próximos 79 días vamos a vivir justo en ese borde. ¿Preparado?

No contestas. No puedes. Tu lengua pesa toneladas.

—Da igual. Ya firmaste.

***

Te despiertas en una celda. Tres metros por tres metros. Un catre. Un váter sin tapa. Un grifo. Nada más. El reloj en tu muñeca dice: «DÍAS RESTANTES: 79.»

Has perdido un día entero. No recuerdas nada después de las primeras manos.

Hay comida junto al catre: arroz blanco, pollo hervido, verduras al vapor. Metes la mano para cogerla y te duele. Te duele todo. Bajas la mirada y tu cuerpo está cubierto de pequeñas marcas: pinchazos, moretones, quemaduras superficiales. Nada permanente pero todo visible.

La celda tiene una ventanita. Miras fuera. Hay un pasillo y al otro lado, más celdas. Ves a alguien en una de ellas: un hombre joven acurrucado en posición fetal, temblando. Su reloj dice: «DÍAS RESTANTES: 41.»

Lleva casi cuarenta días aquí. Comes. Bebes agua. Meas. Cada acción duele por la sensibilidad aumentada.

***

El segundo día, la puerta se abre sin aviso.

—Levántate. Camina.

Te llevan por el pasillo. Esta vez giras en una dirección diferente. Pasas por delante de una sala con ventanas de observación: dentro hay seis personas en diferentes estados de transformación. Una está suspendida en un arnés complejo que distribuye su peso de forma que parece flotar, con los ojos vendados y unos auriculares enormes. Dos personas —técnicos, los llamas en tu cabeza porque no encuentras otra palabra— la tocan con una precisión inquietante. Un dedo presiona un punto de presión y ella se retuerce. Otro dedo acaricia y gime. No hay patrón discernible.

—No te pares. Camina.

Entras en una sala más grande. En el centro hay algo que parece una versión pervertida de un potro medieval: ángulos ajustables, correas acolchadas, tecnología moderna aplicada a torturas ancestrales.

—Desnúdate. Súbete.

Te quitas el mono. El aire frío golpea tu piel hipersensible y es como mil agujas microscópicas. Te subes al aparato. Las correas se ajustan automáticamente, ciñéndose a tus muñecas, tobillos, cintura y cuello sin cortar la circulación. No necesitan hacerlo: la inmovilización es psicológica tanto como física. Saber que no puedes moverte aunque las correas no te aprieten es peor que el dolor directo.

Hay espejos en el techo. Te ves reflejado: un animal atado, expuesto, vulnerable. Tu polla cuelga flácida entre tus piernas pero mientras te observas empieza a llenarse de sangre. Otra traición del cuerpo. Tu mente dice horror pero tu fisiología dice excitación.

—Día Dos es cartografía avanzada. Vamos a mapear cada centímetro de tu piel. Cada zona erógena, cada punto de dolor, cada lugar que te hace suplicar. Esto va a durar aproximadamente ocho horas. Intenta no perder la consciencia. Si lo haces, empezamos desde cero.

Ocho horas.

Uno de los técnicos trae una bandeja con instrumentos: plumas, agujas de diferentes grosores, cubitos de hielo, pinceles de distintas texturas, pinzas y electrodos. Empieza con la pluma, pasándola por la planta de tu pie izquierdo. Con la sensibilidad aumentada es insoportable. Te retuerces. Las correas te mantienen en posición. Mientras lo hace, otro técnico anota en una tableta. Están creando un mapa. Tu cuerpo como territorio a conquistar.

—Zona 1-A: Alta sensibilidad. Respuesta: Risa involuntaria más tensión muscular. Clasificación: Tortura psicológica de nivel medio.

Cambian de herramienta. Ahora es hielo. Lo presionan contra la punta de tu polla y el frío es tan intenso que quema. Tu verga se encoge intentando escapar pero no hay escapatoria. Mantienen el hielo ahí contando en voz baja. Uno, dos, tres... llegan a treinta. Tu polla está entumecida. Remueven el hielo. La sangre vuelve y la sensación es de mil cuchillos microscópicos apuñalándote desde dentro. Gritas. Ellos anotan.

Siguen. Y siguen. Y siguen.

En la hora cuatro descubren que tu zona más sensible no es tu polla ni tu culo ni tus pezones. Es un pequeño parche de piel justo encima de tu cadera derecha. Cuando lo tocan con cierta presión —no demasiado suave, no demasiado fuerte— tu cuerpo entero se convulsiona. No de dolor. De algo que no tiene nombre. Placer tan intenso que se convierte en su propio tipo de agonía.

Explotan este descubrimiento. Te tocan ese punto una y otra vez mientras mantienen la estimulación prostática. Tu cerebro empieza a derretirse. Las palabras pierden significado. Solo existes como sensación pura, como un instrumento siendo afinado por músicos crueles.

En la hora seis te permiten correrte.

Cuando el orgasmo llega es apocalíptico. No viene de tu polla aunque ella sea la que eyacula. Viene de ese punto en tu cadera y se expande como una onda expansiva. Tu visión se vuelve blanca. Tus oídos zumban. Cada músculo de tu cuerpo se tensa hasta el límite de desgarrarse. Vienen chorros violentos que parecen no terminar nunca.

Ellos recolectan cada gota en contenedores etiquetados. Incluso tu semen es propiedad del Protocolo ahora.

—Excelente. Orgasmo de Tipo III. Respuesta neurológica completa. El sujeto ha alcanzado subespacio sin asistencia química adicional. Esto es extremadamente valioso.

Te inyectan algo. El mundo se vuelve suave en los bordes. Las correas se aflojan. Te llevan de vuelta a tu celda como a un niño. El reloj dice: DÍAS RESTANTES: 77.

***

En la bandeja de comida del tercer día hay una nota escrita a mano: «Hoy eliges tú. Sala A o Sala B. Tienes treinta segundos para decidir. Si no decides, vas a ambas.»

No hay descripción de qué hay en cada sala. Solo letras.

Cuentas los segundos en tu cabeza. En el veinticinco dices:

—Sala B.

No sabes por qué. La B suena más profunda. Más definitiva. Como el sonido que hace una puerta al cerrarse para siempre.

—Elección registrada. Prepárate.

***

La Sala B no es una sala. Es un concepto hecho físico. Grande y pequeño simultáneamente. El techo está a tres metros pero cuando miras hacia arriba sientes vértigo como si estuvieras asomado a un abismo invertido. Las paredes emiten una luz que no proviene de ninguna fuente visible. No hay sombras. Todo existe en una claridad quirúrgica que hace daño a los ojos.

En el centro hay una estructura sin nombre posible en tu vocabulario. Tubos de acero pulido. Correas de cuero negro. Articulaciones que sugieren movimiento en ejes imposibles. Y en el interior, un asiento que parece moldeado a partir de la ausencia de algo.

—Camina hasta el centro. No toques nada todavía.

Tres personas entran al espacio. Todos llevan ropa negra ajustada que no refleja la luz. Sus caras son visibles pero tu cerebro no puede retener sus rasgos. Cada vez que parpadeas, olvidas cómo son.

Las correas se mueven solas. Te envuelven las muñecas, los antebrazos, los bíceps, el cuello sin apretar la tráquea, la cintura, los muslos, las pantorrillas, los tobillos, incluso los dedos de los pies. Estás inmóvil pero no incómodo. Esa es la parte perturbadora: la inmovilización es tan precisa que no produce tensión muscular. Simplemente existes ahí. Cancelado.

—La Sala B es sobre capas. Vas a experimentar cinco tipos diferentes de dolor simultáneamente. Cada uno en un sistema nervioso diferente. Tu cerebro va a intentar priorizarlos, crear una jerarquía. No lo conseguirá. Esto no es acumulación. Es multiplicación. ¿Entiendes la diferencia?

No. No la entiendes.

—Lo entenderás.

Uno de los técnicos se acerca con algo que parece un guante. Cuando se lo pone ves que la palma está cubierta de filamentos microscópicos que brillan débilmente. Pasa la mano por tu muslo izquierdo. Apenas presiona. El contacto es casi una caricia.

El dolor es instantáneo y completo. No viene del punto de contacto. Viene de dentro, como si cada nervio en tu pierna se estuviera deshilachando simultáneamente. Tu cerebro grita que retires la pierna pero las correas te mantienen absolutamente inmóvil. No puedes ni temblar. Solo sentir.

—Esto es dolor puro sin causa aparente. Tu cerebro no encuentra la herida. No hay inflamación. No hay trauma tisular. Solo señales falsas. Mentiras que tu sistema nervioso cree completamente.

Retira la mano. El dolor no se va. Permanece ahí, el fantasma de una agonía que nunca fue real.

Y así continúa. Capa a capa. Cinco sistemas nerviosos secuestrados simultáneamente: el dolor fantasma en tu pierna que no disminuye, tu corazón galopando a 160 pulsaciones desincronizado de tu respiración calmada, tus extremidades que tu cerebro insiste que están rotas aunque las veas intactas, el llanto histérico mezclado con euforia química, y finalmente el dolor visceral sin localización: tus órganos internos gritando sin causa física.

Tu cerebro no puede procesarlo. Intenta priorizar. ¿Cuál duele más? ¿Cuál atender primero? Pero no hay jerarquía posible. Todo es urgente. Todo es máxima prioridad. Tu sistema nervioso entra en saturación completa.

Y lo peor —lo verdaderamente insoportable— es que estás completamente consciente. La droga te mantiene alerta. No puedes desmayarte. No puedes disociarte. No puedes escapar hacia la inconsciencia. Solo experimentar. Segundo tras segundo. Minuto tras minuto.

—Esto va a durar tres horas. Después bajaremos una capa. Luego esperaremos treinta minutos. Luego otra capa. Así hasta que estés a cero. El descenso es tan importante como la inmersión.

Tres horas.

En el primer minuto intentas contar los segundos. En el quinto minuto pierdes la cuenta. En el décimo el tiempo deja de ser lineal. Se convierte en un nudo, un bucle, una franja de sufrimiento donde el principio y el final se tocan.

Tu polla está dura. Ese es el detalle que más te destruye psicológicamente. En medio de todo esto, tu verga está erecta, goteando, tu cuerpo traduciendo la sobrecarga sensorial en excitación sexual porque es la única forma que conoce de procesar estimulación extrema.

Uno de los técnicos lo nota.

—Respuesta genital positiva durante saturación completa de los cinco sistemas. Esto abre protocolos adicionales.

***

El descenso es tan importante como la inmersión. Capa a capa, en intervalos de treinta minutos, retiran los estímulos. Cuando el dolor visceral desaparece, el alivio es tan intenso que casi te corres. Cuando la propiocepción distorsionada se desactiva, tu cerebro tarda diez minutos completos en aceptar que tus extremidades están donde tus ojos dicen que están. Cuando tu corazón desacelera de 160 a 72 latidos por minuto, tus manos y pies hormiguean mientras la sangre vuelve a circular.

Cuando quitan la última capa, te quedas en silencio sensorial absoluto. El silencio es ensordecedor.

Uno de los técnicos se acerca. Este guante no tiene filamentos. Te toca la polla con una mano completamente neutral, sin erotismo, sin intención. Un gesto clínico.

Pero tu polla ha estado al borde durante tres horas. El simple contacto es catastrófico.

Te corres.

No es un orgasmo. Es una detonación. Tu próstata se contrae tan violentamente que los chorros de semen salen con la presión de una manguera de incendios. Tu visión se vuelve blanca en los bordes. Tus oídos zumban. Cada músculo de tu cuerpo se tensa hasta el borde de desgarrarse.

El orgasmo dura cuarenta y un segundos. Lo sabes porque hay un cronómetro en algún punto de tu campo visual. Cuarenta y un segundos de convulsión continua. Cuando termina, quedas colgando de las correas como carne muerta.

—Volumen total: 44 mililitros. Concentración espermática: alta. El estrés extremo no ha afectado la calidad reproductiva. Anotado.

***

Te dejan en una ducha. El agua caliente cae sobre ti. No la abriste tú, simplemente empezó. Te quedas ahí, de pie pero apenas. Tus piernas tiemblan. Tu polla cuelga entre tus muslos, hinchada, enrojecida, sensible hasta el punto de dolor si el agua la toca directamente.

Te lavas. Cada roce contra tu piel hipersensible es agonía suave. El agua se detiene sola. Te secas.

Tu reflejo en un espejo de acero pulido te muestra a alguien que reconoces pero que es diferente. Tus ojos están más hundidos. Tus mejillas más demacradas. Has perdido peso sin saber cuándo.

El mono gris no está donde lo dejaste. Hay uno nuevo. Huele a químicos esterilizantes y a algo más: un residuo sintético que tu cerebro no identifica pero que asocia inmediatamente con sumisión. Han impregnado la tela con feromonas artificiales. Te están condicionando a nivel olfativo.

Te lo pones. La tela roza tu piel hipersensible y cada contacto es un recordatorio de que tu cuerpo ya no te pertenece completamente. Has sido reconfigurado. Las cinco capas dejaron marcas que no son visibles pero que existen en la arquitectura interna de tu sistema nervioso.

De vuelta en la celda. El reloj dice: DÍAS RESTANTES: 76.

***

No puedes cerrar los ojos.

Cada vez que lo intentas, la Sala B te reclama. Las correas te aprisionan. Las cinco capas se activan simultáneamente. Tu pierna arde con dolor fantasma. Tu corazón galopa. Tus extremidades están rotas aunque puedas verlas. Estás llorando y riendo a la vez.

Abres los ojos de golpe. Jadeando. Empapado en sudor nuevo.

Sin pensar —o quizá pensando demasiado— deslizas la mano hacia tu verga. La tocas. El contacto es como meter los dedos en un enchufe. Tu espalda se arquea. Un gemido escapa de tu garganta.

No es excitación. Es otra cosa. Tu cuerpo ha sido recableado tan profundamente que ya no distingue tipos de estímulos. Todo es simplemente intensidad. Y la intensidad es lo único que tu sistema nervioso destruido puede procesar.

Empiezas a masturbarte con una urgencia frenética, casi involuntaria. Como si tu cuerpo supiera que necesita correrse para resetear, para encontrar un segundo de silencio neurológico.

Tu otra mano baja por tu vientre. Tus dedos encuentran tu ojete. Sin decidirlo conscientemente, empujas un dedo dentro. La penetración es seca, áspera, duele. Y el dolor se suma a la sobrecarga de tu polla. Tu cerebro ya no diferencia: dolor es placer es dolor es placer. Todo es combustible para el fuego que te consume.

Metes un segundo dedo. Forzándote. Abriéndote. Tu culo protesta pero tu mano no se detiene. El ritmo es caótico, sin coordinación, como si dos personas diferentes controlaran tus manos.

Y entonces te das cuenta de algo que te destruye: estás repitiendo exactamente lo que te mostraron en el video. El video de ti mismo haciendo esto, que no recuerdas haber grabado. Tu cuerpo ha memorizado movimientos que tu mente no tiene archivados. Eres un autómata ejecutando un programa que no sabías que habías aprendido.

—Me están volviendo loco —sollozas. Pero no paras. No puedes parar.

Cuando terminas no hay alivio. No hay paz. Solo vacío. Te quedas inmóvil, empapado en tu propio semen, mirando el techo de la celda.

Y entonces la voz regresa.

—Buen trabajo integrando la experiencia. Tu respuesta es exactamente lo que esperábamos. El recableado está completo al 40%.

Quieres gritar. Pero tu garganta solo produce un gemido patético.

—En seis horas comienza el Día Cuatro. Te sugerimos que descanses. Vas a necesitar toda tu cordura.

La voz se apaga. El silencio que deja es peor que cualquier ruido.

Te quedas ahí. Ojos abiertos porque no puedes cerrarlos sin volver a la Sala B. Cuerpo temblando. Cerebro hecho pedazos.

Y en algún rincón de tu mente destrozada, una vocecita susurra: Solo llevamos cuatro días. Quedan setenta y seis.

Tu polla se pone dura otra vez.

Sin tocarte.

Solo de pensarlo.

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Comentarios (7)

Silvina_77

Increible inicio!! me engancho desde la primera linea, tremendo

martin1010

Se hizo corto, quede con ganas de mas. Cuando sale la segunda parte??

noche_rota

Esa sensacion de hacer algo sin entender bien por que... muy bien logrado. Sigue asi!

FelipeCordoba

el titulo ya me vendio, lo demas fue un bonus jajaja. Ojo que promete

SergioBsAs

Me recuerda a esas peliculas donde no sabes que esta pasando pero igual seguís. Esa tension funciona muy bien, esperando mas

fan_relatos22

tremendo!!! esos arranques son los que me atrapan siempre

lectora_nocturna

El inicio es perfecto, te mete en la historia sin explicaciones. Espero con ansias lo que sigue

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