Cuatro mujeres me enseñaron mi lugar en el parque
Siempre supe que iba demasiado lejos. Me lo decía mi madre cuando tenía veinte años, y ahora, con cuarenta y dos, me lo repito yo misma cada mañana frente al espejo antes de salir. Pero hay algo en saber que te miran —que los ojos te siguen, que el deseo ajeno te roza al pasar— que nunca he podido resistir del todo.
Me llamo Sandra. Soy rubia, mido un metro setenta y dos, y no voy a fingir modestia: para la edad que tengo, estoy muy bien. Lo cuido. Lo trabajé. Cuatro mañanas por semana en el gimnasio, dieta controlada de lunes a viernes, ropa que sé que sienta bien. El cuerpo que tengo es el resultado de años de disciplina, y no me disculpo por mostrarlo.
Vivo sola desde hace cinco años, en un departamento amplio a media cuadra de un parque que, sin que yo lo planeara, se convirtió en el escenario de todo esto. Trabajo desde casa como asesora de comunicación, así que mi horario es libre. Lola —mi bichón frisé, pequeña, blanca, perfectamente peinada— es mi excusa para salir todas las mañanas entre las ocho y cuarto y las nueve menos cuarto.
Ese horario coincide con la entrada al colegio que queda justo enfrente del parque. Lo supe desde el primer paseo. Y también supe desde el primer paseo que ese horario significaba padres. Padres que caminaban despacio y miraban.
Al principio no lo busqué. Simplemente salía, caminaba con Lola por el sendero de piedritas y disfrutaba del sol de la mañana. Pero esa atención —el hombre que reducía el paso para verme pasar, el que saludaba dos veces, el que preguntaba el nombre de la perra aunque claramente no le importaba la perra— fue volviéndose algo que empecé a esperar. Y después, algo que empecé a administrar.
Cambié la ropa. Mallas ajustadas que no dejaban margen a la imaginación. Tops cortos, sin corpiño, el piercing del pezón apenas marcado bajo la tela fina. Un jueves llegué con taco a las ocho y media de la mañana, solo porque podía. Las miradas de los hombres se volvieron más largas, más abiertas. Las miradas de sus mujeres, más cortas y más cargadas.
Empecé a detenerme a hablar con alguno de ellos. Cualquier excusa: si sabían dónde quedaba la farmacia de turno, si habían visto suelto a un perro que yo había «escuchado ladrar desde el edificio». Conversaciones sin importancia que duraban dos o tres minutos, durante los cuales sus mujeres esperaban a quince metros con los brazos cruzados y la mandíbula tensa.
Un hombre con sombrero de lona estuvo diez minutos hablando conmigo un martes mientras su mujer lo esperaba en la entrada del colegio con los niños de la mano. Otro me preguntó si vivía por la zona, y yo le di el nombre de la calle, sonreí y seguí caminando. Una tarde, en el supermercado, una de las madres me miró como si me reconociera de algo malo. Yo le devolví la mirada y seguí eligiendo yogures.
Las amenazas empezaron en voz baja. Primero fueron comentarios dichos al pasar, sin mirarme, como si hablaran con alguien que no era yo. Después fueron más directas. Las ignoré todas. Lo cual fue, en retrospectiva, el error más grande de toda esta historia.
Porque cuando ignorás a alguien que quiere pelea, no la desactivás. La acumulás.
***
El miércoles en cuestión era uno de esos días de verano que pesan desde temprano. El aire quieto, húmedo, el cielo blanco de calor antes de las nueve. Salí con Lola más tarde de lo habitual, cerca de las ocho y veinte, lo cual significaba que el parque estaría en el pico de actividad.
Llevaba una falda de cuero negra, muy corta, un top blanco sin corpiño, medias altas hasta los muslos y sandalias de taco. Me había soltado el pelo. Sabía exactamente cómo me veía. Esa era exactamente la idea.
Llevaba unos diez minutos en el sendero principal cuando una mano me agarró del brazo desde atrás.
No fue un roce. Fue una mano firme, decidida, que me detuvo en seco y me giró antes de que pudiera reaccionar.
—Lola está bien —dijo una voz.— No le va a pasar nada. Pero vos tenés que venir con nosotras ahora.
Había cuatro. Dos me sostenían los brazos, una tenía ya la correa de Lola en la mano, y la cuarta estaba plantada frente a mí con los brazos cruzados. La reconocí: era la mujer del sombrero, la que me había mirado con más furia que nadie todas esas semanas.
Intenté soltarme. No funcionó.
—¿Qué están haciendo? —dije.
—Lo que deberíamos haber hecho hace un mes —respondió ella, con esa calma que resulta más amenazante que cualquier grito.
Me llevaron —a mitad de arrastre, a mitad caminando porque resistirme no servía de nada— hacia la parte trasera del parque, detrás de los plátanos grandes, donde hay unos bancos de madera viejos que casi nadie usa. Era suficientemente abierto como para que yo sintiera el pánico de estar expuesta. Suficientemente retirado como para que nadie que pasara por el sendero principal pudiera intervenir.
Me sentaron en uno de los bancos. Antes de que pudiera levantarme, una de ellas sacó bridas de plástico del bolso y me ató las muñecas detrás del respaldo. Rápido, sin titubear. Como si lo hubieran practicado.
—Esto es una agresión —dije.
—También lo era venir acá todos los días a provocar a nuestros maridos —respondió la del frente.— Y no veo a nadie arrestando a nadie.
***
Una de ellas sacó el teléfono y empezó a filmar.
—No me filmes —dije.
—¿Por qué no? Estás divina hoy —respondió otra con una sonrisa que no pretendía ser amable.— Siempre tan producida para pasear al perro.
Se rieron las cuatro. Yo tiré de las bridas y no conseguí nada.
La del frente se paró frente a mí y me miró con esa calma metódica que me había resultado aterradora desde el principio.
—No voy a mostrar tu cara —dijo.— Pero sí el resto. Lo estamos transmitiendo en vivo.
Lo dijo y giró el teléfono para que yo pudiera ver la pantalla. Una cuenta de Instagram, nombre de usuario sin sentido, con el indicador de transmisión en rojo. El contador marcaba ciento ochenta personas. Ciento noventa. Doscientas.
—Tus fans —dijo la que filmaba.
—Te voy a pedir que hagas algunas cosas —continuó la del frente.— Y vas a hacerlas. Porque la alternativa es quedarte acá hasta que pase alguien que quiera ayudarte, y mirá —señaló el parque vacío detrás de ella— no parece que vaya a pasar pronto.
Tenía razón. El sector estaba vacío. La hora pico había pasado.
Primero me hicieron arrodillarme en el suelo frente al banco. El cemento estaba caliente, y ese calor me subió por las rodillas enseguida. Me hicieron quedarme así, con las muñecas libres pero los brazos sostenidos por una de ellas desde atrás, mientras la que filmaba daba vueltas lentamente a mi alrededor.
—Inclinada —dijo una.
Me negué. La que estaba detrás me empujó los hombros hacia adelante sin decir nada. La falda quedó levantada completamente. Podían ver todo lo que había debajo.
—Doscientas treinta —anunció la que miraba el teléfono.— La gente pregunta si puede ver la cara.
—No —dijo la del frente.— Eso lo guardamos para después.
Eso lo guardamos para después. La frase me cayó en el estómago como una piedra.
Me hicieron gatear de un banco al otro. Despacio. Me pedían que me detuviera en distintas posiciones mientras filmaban desde distintos ángulos. La que miraba el teléfono leía comentarios en voz alta: «¿quién es?», «se lo merece», «ya quisiera ser ese piso», «¿dónde es esto?». Las otras reían, intercambiaban miradas, comentaban entre ellas con esa naturalidad de quien disfruta de algo planeado durante mucho tiempo.
El suelo caliente y duro bajo las rodillas. La transpiración pegándome el top a la piel. El maquillaje corriéndose. Y la certeza absoluta de que no había nadie que fuera a pasar en ese momento.
Después me pusieron de pie y me volvieron a atar al banco, esta vez de cara al respaldo, de espaldas a ellas. Escuché que seguían filmando. El contador seguía subiendo.
—Doscientas noventa —dijo una.
—Trescientas —dijo otra.
—Le mandamos un mensaje a su marido, si tiene —propuso una tercera, y las otras se rieron.
—No tiene —respondió la del frente.— Eso ya lo sé.
Escuchar que sabían eso fue, de alguna manera, lo más inquietante de todo. Que habían hablado de mí entre ellas. Que habían investigado. Que esto no era un impulso sino un plan con tiempo de preparación.
—Para —dijo la del frente después de un rato que no supe cuánto duró.
Me soltaron. Me puse de pie sola. Tenía las muñecas enrojecidas, la falda torcida y las rodillas raspadas por el cemento caliente.
La del frente se agachó a mi altura. Nos miramos.
—Acá termina esto de dos maneras —dijo en voz baja.— Decís, en cámara, que te equivocaste. Que la cagaste. Con tus propias palabras, que sea convincente. Y te soltamos ahora mismo, Lola te espera, y nunca más hablamos. O seguimos un rato más.
Miré sus ojos. No había rabia. Había algo mucho más inquietante: satisfacción. La satisfacción de alguien que tenía todo lo que quería exactamente donde lo quería.
Tragué saliva.
—Bien —dije.
Hablé a la cámara. Dije lo que me pidió, con una convicción suficiente como para que la del frente asintiera despacio y les hiciera una señal a las otras.
Me soltaron las bridas. Me puse de pie sola. La falda se me había torcido del todo y me la acomodé ahí, frente a ellas, sin que ninguna hiciera el menor gesto de ayudar ni de apartar la vista.
—Lola está con Graciela en la entrada del norte —dijo una.— Podés ir a buscarla.
Caminé sin girarme. Sentí sus miradas en la espalda todo el trayecto.
***
Lola estaba exactamente donde dijeron. La mujer que la tenía me la entregó sin decir una palabra. Yo tampoco dije nada.
Volví a casa. Me duché durante veinte minutos, el agua lo más caliente que aguanté, y después me senté en el sillón con Lola encima y me quedé mirando el techo sin hacer nada.
Busqué el vivo esa misma noche. La cuenta ya no existía.
Las dos semanas siguientes no fui al parque. Salí a caminar con Lola por el barrio de atrás, con zapatillas, con jeans, con una remera que no llamaba la atención de nadie. Nadie me miró. Nadie me habló. Nadie redujo el paso.
Y me sorprendí pensando, más de una vez y con más detalle del que me resultaba cómodo, en esos cuarenta minutos detrás de los plátanos. En la sensación exacta de tener las muñecas atadas al respaldo del banco. En la voz de esa mujer diciendo «cuando nosotras digamos» sin alzar la voz ni un tono. En el peso del cemento caliente bajo las rodillas mientras alguien contaba en voz alta los comentarios de trescientas personas que nunca iban a saber mi nombre.
En la diferencia entre desear ser mirada y no poder hacer otra cosa que ser mirada.
No sé bien qué nombre ponerle a lo que sentí pensando en eso.
Solo sé que el tercer lunes volví al parque. A la misma hora. Con Lola. Con zapatillas y jeans y una camiseta gris sin ningún mensaje.
No estaban.
Pero durante los veinte minutos que duró el paseo, cada vez que escuché pasos detrás de mí, el estómago se me cerró de una manera que no era exactamente miedo.