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Relatos Ardientes

Cuatro mujeres me enseñaron mi lugar en el parque

Siempre supe que iba demasiado lejos. Me lo decía mi madre cuando tenía veinte años, y ahora, con cuarenta y dos, me lo repito yo misma cada mañana frente al espejo antes de salir. Pero hay algo en saber que te miran —que los ojos te siguen, que el deseo ajeno te roza al pasar— que nunca he podido resistir del todo.

Me llamo Sandra. Soy rubia, mido un metro setenta y dos, y no voy a fingir modestia: para la edad que tengo, estoy muy bien. Lo cuido. Lo trabajé. Cuatro mañanas por semana en el gimnasio, dieta controlada de lunes a viernes, ropa que sé que sienta bien. El cuerpo que tengo es el resultado de años de disciplina, y no me disculpo por mostrarlo. Tetas firmes que todavía se sostienen solas, culo redondo y parado, cintura marcada. El piercing del pezón izquierdo me lo puse a los treinta y ocho, cuando terminé de divorciarme, y todavía no me arrepiento.

Vivo sola desde hace cinco años, en un departamento amplio a media cuadra de un parque que, sin que yo lo planeara, se convirtió en el escenario de todo esto. Trabajo desde casa como asesora de comunicación, así que mi horario es libre. Lola —mi bichón frisé, pequeña, blanca, perfectamente peinada— es mi excusa para salir todas las mañanas entre las ocho y cuarto y las nueve menos cuarto.

Ese horario coincide con la entrada al colegio que queda justo enfrente del parque. Lo supe desde el primer paseo. Y también supe desde el primer paseo que ese horario significaba padres. Padres que caminaban despacio y miraban.

Al principio no lo busqué. Simplemente salía, caminaba con Lola por el sendero de piedritas y disfrutaba del sol de la mañana. Pero esa atención —el hombre que reducía el paso para verme pasar, el que saludaba dos veces, el que preguntaba el nombre de la perra aunque claramente no le importaba la perra— fue volviéndose algo que empecé a esperar. Y después, algo que empecé a administrar.

Cambié la ropa. Mallas ajustadas que no dejaban margen a la imaginación, que se me metían entre los labios del coño cuando caminaba y marcaban la raya perfecta. Tops cortos, sin corpiño, el piercing del pezón apenas marcado bajo la tela fina, los pezones parados por el aire fresco de la mañana o por saber que los estaban mirando, daba lo mismo. Un jueves llegué con taco a las ocho y media de la mañana, solo porque podía. Las miradas de los hombres se volvieron más largas, más abiertas, los ojos bajándome de los pezones al culo sin disimulo. Las miradas de sus mujeres, más cortas y más cargadas.

Empecé a detenerme a hablar con alguno de ellos. Cualquier excusa: si sabían dónde quedaba la farmacia de turno, si habían visto suelto a un perro que yo había «escuchado ladrar desde el edificio». Conversaciones sin importancia que duraban dos o tres minutos, durante los cuales sus mujeres esperaban a quince metros con los brazos cruzados y la mandíbula tensa.

Un hombre con sombrero de lona estuvo diez minutos hablando conmigo un martes mientras su mujer lo esperaba en la entrada del colegio con los niños de la mano. En un momento le vi el bulto marcado en el pantalón claro, y él vio que yo lo vi, y ninguno de los dos dijo nada. Otro me preguntó si vivía por la zona, y yo le di el nombre de la calle, sonreí y seguí caminando, sabiendo que se iba a hacer una paja pensando en mí esa misma noche. Una tarde, en el supermercado, una de las madres me miró como si me reconociera de algo malo. Yo le devolví la mirada y seguí eligiendo yogures.

Las amenazas empezaron en voz baja. Primero fueron comentarios dichos al pasar, sin mirarme, como si hablaran con alguien que no era yo. «Puta.» «Se le va a acabar.» «Un día alguien le va a enseñar.» Después fueron más directas. Las ignoré todas. Lo cual fue, en retrospectiva, el error más grande de toda esta historia.

Porque cuando ignorás a alguien que quiere pelea, no la desactivás. La acumulás.

***

El miércoles en cuestión era uno de esos días de verano que pesan desde temprano. El aire quieto, húmedo, el cielo blanco de calor antes de las nueve. Salí con Lola más tarde de lo habitual, cerca de las ocho y veinte, lo cual significaba que el parque estaría en el pico de actividad.

Llevaba una falda de cuero negra, muy corta, un top blanco sin corpiño, medias altas hasta los muslos y sandalias de taco. Debajo, una tanga mínima, negra, de encaje, que no cubría nada. Me había soltado el pelo. Sabía exactamente cómo me veía. Esa era exactamente la idea.

Llevaba unos diez minutos en el sendero principal cuando una mano me agarró del brazo desde atrás.

No fue un roce. Fue una mano firme, decidida, que me detuvo en seco y me giró antes de que pudiera reaccionar.

—Lola está bien —dijo una voz.— No le va a pasar nada. Pero vos tenés que venir con nosotras ahora.

Había cuatro. Dos me sostenían los brazos, una tenía ya la correa de Lola en la mano, y la cuarta estaba plantada frente a mí con los brazos cruzados. La reconocí: era la mujer del sombrero, la que me había mirado con más furia que nadie todas esas semanas.

Intenté soltarme. No funcionó.

—¿Qué están haciendo? —dije.

—Lo que deberíamos haber hecho hace un mes —respondió ella, con esa calma que resulta más amenazante que cualquier grito.

Me llevaron —a mitad de arrastre, a mitad caminando porque resistirme no servía de nada— hacia la parte trasera del parque, detrás de los plátanos grandes, donde hay unos bancos de madera viejos que casi nadie usa. Era suficientemente abierto como para que yo sintiera el pánico de estar expuesta. Suficientemente retirado como para que nadie que pasara por el sendero principal pudiera intervenir.

Me sentaron en uno de los bancos. Antes de que pudiera levantarme, una de ellas sacó bridas de plástico del bolso y me ató las muñecas detrás del respaldo. Rápido, sin titubear. Como si lo hubieran practicado.

—Esto es una agresión —dije.

—También lo era venir acá todos los días a provocar a nuestros maridos —respondió la del frente.— Y no veo a nadie arrestando a nadie.

***

Una de ellas sacó el teléfono y empezó a filmar.

—No me filmes —dije.

—¿Por qué no? Estás divina hoy —respondió otra con una sonrisa que no pretendía ser amable.— Siempre tan producida para pasear al perro. Con esta faldita que no te tapa el culo. Con este top que se te transparentan los pezones. ¿Para quién te vestís, Sandra? Contales.

Se rieron las cuatro. Yo tiré de las bridas y no conseguí nada. El plástico se me clavó en las muñecas.

La del frente se paró frente a mí y me miró con esa calma metódica que me había resultado aterradora desde el principio.

—No voy a mostrar tu cara —dijo.— Pero sí el resto. Lo estamos transmitiendo en vivo.

Lo dijo y giró el teléfono para que yo pudiera ver la pantalla. Una cuenta de Instagram, nombre de usuario sin sentido, con el indicador de transmisión en rojo. El contador marcaba ciento ochenta personas. Ciento noventa. Doscientas.

—Tus fans —dijo la que filmaba.

—Te voy a pedir que hagas algunas cosas —continuó la del frente.— Y vas a hacerlas. Porque la alternativa es quedarte acá hasta que pase alguien que quiera ayudarte, y mirá —señaló el parque vacío detrás de ella— no parece que vaya a pasar pronto.

Tenía razón. El sector estaba vacío. La hora pico había pasado.

—Empezamos por el top —dijo.— Fuera.

—Tengo las manos atadas —dije, con la voz más firme que pude.

—Sí. Ya sabemos.

Se me acercó una de ellas por detrás y con una tijera pequeña —de esas de manicura, que había sacado del bolso como quien saca un pañuelo— me cortó el top desde el borde inferior hasta el escote, en dos tajos limpios. La tela cayó a los costados. Quedé al aire de la cintura para arriba, los pezones parados por el nervio, el piercing brillando al sol.

—Ahí está —dijo la que filmaba, acercando el teléfono a mi pecho.— Miren, miren. Trescientas cincuenta pesos gastó en esas tetas y nos las viene a mostrar todas las mañanas.

—No me las operé —dije, sin pensar.

—Peor —respondió, riéndose.— Encima naturales. Encima perfectas. Encima con este piercing de puta. ¿Vos sabés lo que es tener que ver esto todos los días al lado de tu marido?

Me hicieron arrodillarme en el suelo frente al banco. El cemento estaba caliente, y ese calor me subió por las rodillas enseguida. Me hicieron quedarme así, con las muñecas libres pero los brazos sostenidos por una de ellas desde atrás, mientras la que filmaba daba vueltas lentamente a mi alrededor, filmándome las tetas al aire, el escote transpirado, la falda subida.

—Inclinada —dijo una.

Me negué. La que estaba detrás me empujó los hombros hacia adelante sin decir nada. La falda quedó levantada completamente. Podían ver todo lo que había debajo: la tanga de encaje mínima, mojada por la transpiración, marcándome la raya del coño.

—Miren esto —dijo la que filmaba.— Miren la tangita. ¿Sabés lo que estoy pensando yo? Que se está mojando. Que le gusta.

—Callate —le dije.

—Callate vos —respondió, y con la mano libre me pasó dos dedos por encima del encaje, apretándolo contra mí. Sentí la presión atravesar la tela mínima. No pude evitar que se me escapara un jadeo corto.— Ah. Escuchen. Escuchen bien. Trescientos y pico de tipos escuchando cómo suena la puta del parque.

—Doscientas treinta —anunció la que miraba el teléfono.— La gente pregunta si puede ver la cara.

—No —dijo la del frente.— Eso lo guardamos para después.

Eso lo guardamos para después. La frase me cayó en el estómago como una piedra.

—La tanga —dijo la del frente.— Sacala.

La misma tijera. Un tajo a cada costado, sobre los huesos de la cadera. El encaje cayó al piso entre mis rodillas. Ahora no me quedaba nada. La falda de cuero levantada hasta la cintura, el coño depilado al aire, las tetas colgando hacia adelante por la posición.

Me hicieron gatear de un banco al otro. Despacio. Con el culo en pompa y las tetas balanceándose bajo mí. Me pedían que me detuviera en distintas posiciones mientras filmaban desde distintos ángulos. Una se agachó atrás de mí y filmó directamente entre mis piernas, el teléfono a veinte centímetros de mi coño.

—Está mojada —anunció con una voz que era casi de sorpresa.— Chicas. Chicas. Miren esto. Esta hija de puta está chorreando.

—No es cierto —dije, aunque lo era. Aunque sentía la humedad bajándome despacio por la cara interna del muslo.

—¿No? —dijo.— Vení, mostrale.

Me pasó un dedo por los labios del coño, de atrás hacia adelante, con calma, sin apuro. El dedo salió brillante. Lo levantó a la cámara.

—Doscientas noventa personas viendo esto —dijo—. Todos ustedes son testigos. Se moja sola. Le encanta.

Me clavó dos dedos adentro sin previo aviso. Los metió hasta el fondo de un solo empuje y los sacó igual de rápido. El cuerpo se me arqueó solo, la boca abierta contra el cemento. Otro jadeo se me escapó, más largo que el anterior.

—Ah, mirá vos —dijo la del frente, que hasta ese momento no había tocado nada.— Mirá cómo responde. Seguí.

La otra volvió a meter los dedos. Esta vez más despacio, curvándolos adentro, buscando. Los movió con esa precisión metódica de mujer que sabe exactamente lo que hace, porque se lo hace a ella misma cuando su marido no le alcanza. Yo apreté los dientes. No quería. No quería darles eso. Pero el cuerpo hacía lo que quería el cuerpo, no lo que quería yo. Sentí el calor subiéndome desde el vientre, la presión concentrándose, las piernas empezando a temblarme.

—Se va a venir —dijo la que filmaba.— No lo puedo creer. Se va a venir en cámara.

—Pará —dijo la del frente.

Los dedos salieron de golpe. El cuerpo me quedó tenso, a mitad de camino, la respiración cortada. Un gemido de frustración se me escapó antes de que pudiera tragármelo.

—¿Escucharon eso? —dijo la del frente, y esta vez habló directamente a la cámara.— ¿Escucharon el ruidito que hizo? Se quedó con las ganas. La puta del parque se quedó con las ganas.

Se rieron las cuatro. La que había tenido los dedos adentro se los pasó por debajo de la nariz, olfateándolos, y después los limpió con parsimonia en mi propio pelo.

—Trescientas cincuenta —anunció la del teléfono.— Nos están pidiendo más.

—Ahora sí —dijo la del frente.

Me pusieron de pie de un tirón. Me volvieron a atar al banco, esta vez de cara al respaldo, de espaldas a ellas, con las manos sujetas al travesaño de madera. La falda de cuero me la levantaron del todo. El culo al aire, las piernas separadas, la respiración todavía agitada por lo que casi había pasado y no pasó.

Sentí una mano abierta caer contra la nalga derecha. Fuerte. El chasquido rebotó contra los árboles. El ardor me subió al instante.

—Esto —dijo la voz de la del frente, muy cerca de mi oreja— es por todas las mañanas.

Otra palmada, en la otra nalga. Después otra. Después otra más. Se turnaban. Cada una tenía su ritmo, su fuerza. La del sombrero pegaba con la mano abierta y la palma bien plana, y esas eran las que más ardían. Otra me golpeaba con los dedos juntos, más corto, más agudo. Perdí la cuenta a los diez.

Entre golpe y golpe, una mano me pasaba entre las piernas. A veces la misma que había pegado, a veces otra. Siempre lo suficiente para verificar que seguía mojada. Siempre lo suficiente para no dejarme calmar.

—Sigue chorreando —informaba una.

—Le gusta —confirmaba otra.

—Contales vos —dijo la del frente, agarrándome del pelo y girándome la cabeza hacia la cámara que sostenía la otra—. Contales a los cuatrocientos tipos que están mirando cómo te gusta que te caguen a nalgadas cuatro amas de casa.

—Andate a la mierda —dije.

Recibí tres palmadas seguidas por esa respuesta. El culo me quedó ardiendo entero. Sentí las lágrimas empezando a asomarme sin que hubiera decidido llorar.

—Otra vez —dijo la del frente.— Contales.

—Me gusta —dije, entre dientes.

—Más fuerte.

—Me gusta.

—¿Qué te gusta, Sandra?

—Me gusta que me peguen —dije, y la voz me salió más rota de lo que quería.

—Bien —dijo, y me soltó el pelo—. Ahora vamos a terminar esto.

La mano que se me metió entre las piernas esta vez no fue a verificar. Fue a trabajar. Dos dedos adentro, otra vez, pero ahora acompañados de un pulgar sobre el clítoris que se movía en círculos apretados, sin descanso. Todo al mismo tiempo. El culo ardiendo, las tetas apretadas contra la madera del respaldo, las muñecas doliéndome en las bridas, y esa mano que sabía exactamente qué hacer moviéndose adentro y afuera de mí con la seguridad de quien no piensa parar hasta obtener lo que quiere.

—Vení —me dijo la voz al oído.— Vení delante de todos. Dales el show.

Traté de aguantar. De verdad traté. Pero el cuerpo me estaba temblando desde antes, desde la vez que me habían dejado a mitad, y ahora todo se me juntó en un punto que no pude posponer más. Se me escapó un gemido largo, el primero de verdad, y detrás de ese vinieron los otros, uno tras otro, mientras la mano no me soltaba y el orgasmo me sacudía atada al banco con cuatrocientas personas mirando en una pantalla en algún lado.

Sentí el líquido bajándome por los muslos. Sentí las piernas fallándome. Sentí la vergüenza —tan intensa como el placer, imposible de separar del placer— quemándome la cara.

Me dejaron caer contra el banco. Escuché la respiración de las cuatro atrás de mí, tan agitada como la mía.

—Filmaste todo —dijo la del frente.

—Todo —confirmó la del teléfono.

—Bien.

El contador seguía subiendo.

—Le mandamos un mensaje a su marido, si tiene —propuso una tercera, y las otras se rieron.

—No tiene —respondió la del frente.— Eso ya lo sé.

Escuchar que sabían eso fue, de alguna manera, lo más inquietante de todo. Que habían hablado de mí entre ellas. Que habían investigado. Que esto no era un impulso sino un plan con tiempo de preparación.

—Para —dijo la del frente después de un rato que no supe cuánto duró.

Me soltaron. Me puse de pie sola, las piernas todavía flojas, el coño palpitándome, el culo ardiendo. Tenía las muñecas enrojecidas, la falda torcida y las rodillas raspadas por el cemento caliente. El top cortado colgaba por delante en dos tiras inútiles.

La del frente se agachó a mi altura. Nos miramos.

—Acá termina esto de dos maneras —dijo en voz baja.— Decís, en cámara, que te equivocaste. Que la cagaste. Con tus propias palabras, que sea convincente. Y te soltamos ahora mismo, Lola te espera, y nunca más hablamos. O seguimos un rato más.

Miré sus ojos. No había rabia. Había algo mucho más inquietante: satisfacción. La satisfacción de alguien que tenía todo lo que quería exactamente donde lo quería.

Tragué saliva.

—Bien —dije.

Hablé a la cámara. Dije lo que me pidió, con una convicción suficiente como para que la del frente asintiera despacio y les hiciera una señal a las otras.

Me soltaron las bridas. Una me pasó una remera vieja del bolso —seguramente traída para esto— y me la puse por encima del top destrozado. La falda se me había torcido del todo y me la acomodé ahí, frente a ellas, sin que ninguna hiciera el menor gesto de ayudar ni de apartar la vista. Sentí sus ojos recorriéndome una última vez, el semen de mi propio orgasmo secándose todavía en los muslos.

—Lola está con Graciela en la entrada del norte —dijo una.— Podés ir a buscarla.

Caminé sin girarme. Sentí sus miradas en la espalda todo el trayecto.

***

Lola estaba exactamente donde dijeron. La mujer que la tenía me la entregó sin decir una palabra. Yo tampoco dije nada.

Volví a casa. Me duché durante veinte minutos, el agua lo más caliente que aguanté, frotándome entre las piernas con la mano abierta como si pudiera borrar lo que había pasado. Cuando terminé, seguía mojada. Terminé masturbándome contra los azulejos, mordiéndome el antebrazo para no gritar, y me vine por segunda vez esa mañana pensando exactamente en lo que no quería pensar.

Me senté en el sillón con Lola encima y me quedé mirando el techo sin hacer nada.

Busqué el vivo esa misma noche. La cuenta ya no existía.

Las dos semanas siguientes no fui al parque. Salí a caminar con Lola por el barrio de atrás, con zapatillas, con jeans, con una remera que no llamaba la atención de nadie. Nadie me miró. Nadie me habló. Nadie redujo el paso.

Y me sorprendí pensando, más de una vez y con más detalle del que me resultaba cómodo, en esos cuarenta minutos detrás de los plátanos. En la sensación exacta de tener las muñecas atadas al respaldo del banco. En la voz de esa mujer diciendo «vení delante de todos» sin alzar la voz ni un tono. En el peso del cemento caliente bajo las rodillas mientras alguien contaba en voz alta los comentarios de cuatrocientas personas que nunca iban a saber mi nombre. En los dedos que me sacaron a mitad y en los dedos que me terminaron. En el olor de mi propia excitación en las manos de una desconocida.

Me masturbé pensando en todo eso más veces de las que estoy dispuesta a admitir. Todas las veces me vine rápido. Todas las veces me quedé mirando el techo después, con esa mezcla de vergüenza y necesidad que no sabía cómo separar.

En la diferencia entre desear ser mirada y no poder hacer otra cosa que ser mirada.

No sé bien qué nombre ponerle a lo que sentí pensando en eso.

Solo sé que el tercer lunes volví al parque. A la misma hora. Con Lola. Con zapatillas y jeans y una camiseta gris sin ningún mensaje.

No estaban.

Pero durante los veinte minutos que duró el paseo, cada vez que escuché pasos detrás de mí, el estómago se me cerró de una manera que no era exactamente miedo. Y la tanga, cuando volví a casa y me la saqué, estaba mojada.

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Comentarios(8)

dracusor

brutal!!! no lo esperaba para nada

SusanaBA

por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas. No puede quedar asi!!

NocheVieja_M

increible la tension que se siente leyendo esto, me atrapo desde la primera linea hasta el final

Federico_arg

jajaja la imagen del parque no se me va de la cabeza. Tremendo relato, bien hecho!

Valeria_88

excelente!! segui escribiendo que tenes mucho talento

LectorBA77

lo que mas me gusto es que se siente creible, no forzado. Saludos desde BA

Romi_lee

se lo hize leer a una amiga y no paro de preguntar si era real jaja. Muy bueno

AlfonsoZ

la categoria no es lo mio habitualmente pero este me engancho igual. Bien narrado

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