Lo que viví como acompañante masculino durante tres años
Empecé en esto a los veintidós años. No por vocación, sino porque debía dos meses de alquiler y un amigo me pasó el contacto de una agencia que buscaba chicos. Pensé que serían tres meses, cuatro como mucho. Estuve casi cuatro años. Lo que voy a contar no lo escribo para escandalizar a nadie ni para hacerme el interesante. Es lo que vi, lo que aguanté, lo que se me quedó dentro. Si alguien que lee esto alguna vez paga por compañía, que recuerde que del otro lado hay una persona con nombre, con casa, con madre.
En este oficio nunca sabes con quién vas a entrar en la habitación. A veces aparece alguien decente, alguien que te trata bien, te pregunta cómo estás, te paga sin regatear y se va. Esos clientes me ayudaban a seguir. Pero la mayoría de las veces no es así. La mayoría de las veces el que paga cree que tiene derecho a todo. Que tu cuerpo, mientras dura el servicio, es un objeto que se puede usar, manchar, romper. Y luego volver a casa.
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El primero del que me acuerdo casi todas las semanas era un señor de unos cincuenta y muchos. Pesaba bien por encima de los ciento cincuenta kilos. Tenía la piel pálida, los ojos pequeños y una sonrisa que en otra cara habría sido amable. Mi regla era que el cliente se duchara antes de empezar. No era negociable. Él la cumplía. Salía del baño con la toalla apretada en la cintura, oliendo a jabón, y a los cinco minutos ya empezaba a sudar.
El sudor no era el problema. El problema era el olor. Algo agrio, casi químico, como si su cuerpo procesara la grasa y la expulsara con un tinte rancio. Se me metía en la nariz y no se iba ni con la ducha posterior. Me lo llevaba puesto al taxi, al ascensor de mi edificio, a mi cama.
Cuando me pedía sexo oral, había que apartar pliegues de carne, sostenerlos con una mano mientras con la otra buscabas el camino. Era una expedición. Más de una vez tuve arcadas. Una noche vomité en su baño y le dije que era por algo que había comido en la cena. Se rió, me dijo que no me preocupara, que ya le había pasado con otros chicos. Lo dijo sin maldad, casi con ternura. Eso me dio más asco que el resto.
Para que él me penetrara era imposible quedarse abajo. Yo me sentaba encima, buscaba la postura, y cabalgaba durante lo que parecían horas hasta que terminaba. La cama temblaba, las sábanas se empapaban de su sudor, y yo miraba al techo y contaba las grietas de la pintura, repitiéndome cuánto iba a cobrar y para qué iba a usar el dinero. Esa noche pagué la luz. La siguiente, la mitad del alquiler.
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La orgía espectáculo me la propuso un cliente habitual, un tipo elegante, abogado o algo parecido, que un día me dijo que me pagaría tres veces mi tarifa si participaba en una fiesta privada en su chalet de las afueras. Acepté sin pensarlo. Llegué un sábado a las once de la noche.
Eran cinco hombres los que iban a estar conmigo. Más otros seis o siete mirando, todos con copa en la mano, todos vestidos como si aquello fuera un cóctel cualquiera. Me hicieron desnudar en el centro del salón. Empecé chupándosela uno por uno, mientras el resto comentaba como si yo fuera una pieza de subasta.
—Tiene buena boca —dijo uno.
—Mira cómo se le marca la espalda —dijo otro.
—Aguanta bien el ritmo, este aguanta.
Hablaban de mí en tercera persona, delante de mí, como si yo no entendiera el idioma.
Después me penetraron, también uno por uno. El cuarto y el quinto al mismo tiempo. Eso ya no estaba en el contrato. Lo aguanté porque pensé que si paraba todo, no cobraba. Cuando terminaron, se me corrieron encima, en el pecho, en la cara, en la espalda. Y entonces empezó lo que de verdad me marcó: dos de los que estaban mirando se acercaron y me orinaron por encima. Después tres más. Cuando me dejaron ir al baño, me miré al espejo y no me reconocí. Olía a algo que no sale con jabón.
Cobré, sí. Cobré más de lo que cobraba en dos meses normales. Pero esa noche no dormí, y la siguiente tampoco.
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Hablando de orina, tuve durante casi un año a un cliente fijo cuyo único interés era ese. Era un hombre mayor, sesenta y tantos, jubilado, viudo. Profesor retirado de matemáticas. Vivía solo en un piso impecable lleno de libros y de plantas que regaba antes de empezar conmigo, como si el orden importara. La primera vez que fui a su casa pensé que me iba a pedir algo convencional. Hablaba con calma, me sirvió té antes de empezar y me preguntó por mi familia.
Lo que quería era que él me hiciera sexo oral, y al terminar yo, que le orinara encima. En la ducha, eso sí, todo muy ordenado. Después se duchaba, me daba el dinero en un sobre cerrado y me invitaba a otro té, esta vez sentados en el sofá. Hablábamos de su mujer fallecida, de la enseñanza pública, de los viajes que pensaba hacer y que nunca hizo. Era el cliente más educado que tuve, y uno de los más raros. Murió de un infarto el segundo año. Me enteré por la esquela en el periódico. Lloré dos días, sin saber bien por qué.
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Pero si hablamos de depravación, hay un nombre que se me quedó grabado y que obviamente no voy a poner aquí. Un tipo con dinero, dueño de una finca a dos horas de la ciudad, donde criaba caballos de competición. En sociedad se presentaba como un macho, presumía de las mujeres con las que se acostaba, contaba historias de yates y de cacerías en África. Conmigo se ponía a cuatro patas y me pedía que lo tratara como a una perra. Azotes, fusta, insultos, collar. Le gustaba el dolor. En sí, eso no me parecía mal. Cada uno con sus gustos, mientras todo se acuerde antes y todo se respete después.
Lo que no acepté fue lo que me pidió la tercera vez. Después de un rato de juego, cuando ya estaba sudando y excitado, me dijo si quería ganar diez veces mi tarifa por hacer algo especial. Le pregunté qué. Me llevó al establo, me señaló a uno de los caballos, un semental enorme, oscuro, de pelo brillante. Me dijo que quería verme con el animal.
Pensé que era una broma. Me reí. Él no se reía. Me lo repitió, esta vez muy serio, y me dijo el precio exacto en voz baja. Le dije que no. Insistió. Me ofreció el doble. Le dije que no de nuevo, y le pedí que me llevara a la estación de tren más cercana. En el camino no me dirigió la palabra. Me dejó en el aparcamiento y se fue. No volvió a contactarme. Tuve pesadillas durante semanas con el establo y con el animal mirándome desde la oscuridad.
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Hay otras peticiones que yo creía que eran leyendas urbanas. Que la gente las contaba para escandalizar y nada más. Pero existen, las he tenido delante. Una vez vino a verme un hombre nuevo, presentado por otro cliente, y me pidió que defecara sobre él. No sé cómo decirlo de otra manera. Y no solo eso, después quería comerlo. Le dije que no, le devolví el adelanto y le pedí que se fuera. Lo hizo sin discutir. Me dio las gracias en la puerta y bajó las escaleras silbando, como si nada.
Otra petición que me dejó sin palabras fue la de uno que quería que yo le hiciera un corte pequeño en el muslo, con un bisturí esterilizado que él traía en una bolsa, y que después me chupara la sangre. También dije que no. No tanto por el corte, que probablemente habría aguantado, sino por todo lo demás. Por lo que significaba, por adónde podía ir aquello la próxima vez.
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Una de las situaciones más raras no fue la más violenta ni la más sucia. Fue una mujer. Una de las pocas mujeres con las que estuve en aquellos años. Me contrató para una noche entera en un hotel del centro. Pidió una suite con vistas al río. Me explicó, mientras descorchaba una botella de cava, que su marido la engañaba desde hacía tres años con la secretaria, que tenía pruebas, que le dolía hasta no poder respirar. Quería sexo. Empezamos. A los diez minutos, ya en la cama, sacó el móvil del bolso y empezó a sacarse fotos conmigo. Selfies con mi cabeza entre sus piernas, vídeos cortos, ángulos buscados. Le pregunté qué hacía.
—Mañana en el desayuno se las mando —me dijo—. Mientras toma café con mi madre.
Le pedí que no me sacara la cara. Aceptó. Cumplió su palabra, hasta donde sé. Pero la sensación de ser un instrumento, no un cuerpo sino una palanca para hacerle daño a otro, esa sensación se me quedó dentro varios días. Salí del hotel a las nueve de la mañana siguiente con la cabeza pesada y un sobre en el bolsillo. Me compré un café en la esquina y no me lo pude tomar.
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La que terminó con mi carrera, sin embargo, no fue ninguna de estas. Fue otra. Un cliente nuevo, recomendado por el amigo de un cliente, que se tomaba pastillas para mantener la erección durante horas. No me lo dijo. Yo creí que era un servicio normal y al cuarto de hora ya supe que no.
Era grande. Y duro. Y no paraba. Llevaba más de cuarenta minutos cuando empecé a sentir un dolor distinto, más profundo, no muscular sino algo que se rompía por dentro. Le pedí que parara. No paró. Le dije que en serio, que algo no estaba bien. Tardó otro minuto en parar. Cuando me incorporé, la cama estaba manchada de sangre. No era poca.
Salí en taxi al hospital. Desgarro grado dos. Me pusieron puntos. Estuve diez días sin poder caminar bien, una semana entera con un dolor que me obligaba a tomar analgésicos cada seis horas. El cliente no me devolvió las llamadas. La agencia me dijo que era riesgo del oficio, que pasaba.
Esa madrugada, en la sala de espera del hospital, con la luz blanca quemándome los ojos, decidí que no volvía. Y no volví.
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Cuento todo esto sin morbo. No hay morbo en lo que viví. Hay un cuerpo que durante cuatro años fue de otros, y un dolor que sigue ahí, en la espalda baja cuando llueve, y en algunos sueños que aparecen sin avisar. Hubo también clientes buenos, claro. Personas educadas, agradecidas, que pagaron sin discutir y se fueron sin dejar huella. Pero no son los que se recuerdan.
Si contratas a alguien para que pase tiempo contigo, para que te dé compañía o sexo, recuerda algo simple. Esa persona tiene una vida fuera de esa habitación. Tiene padres, hermanos, amigos, sueños. No es un objeto. No es un trozo de carne. Y lo que le hagas, se lo lleva consigo cuando se va. Para siempre.