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Relatos Ardientes

Mi marido le pidió a un desconocido que me tocara

Después de aquella segunda vez con Marcos, esperé que la fantasía de Rodrigo se apagara sola. Los hombres suelen quedarse satisfechos con lo que tenían en la cabeza, y la realidad rara vez supera la imaginación. Pero mi marido no era así. Rodrigo era del tipo de persona que, en lugar de calmarse, se va abriendo hacia algo más grande, más elaborado, como si cada cosa que conseguía fuera solo la puerta a la siguiente habitación.

Llevábamos casi tres semanas sin que yo viera a Marcos cuando Rodrigo trajo el tema. Era tarde, ya apagadas las luces, cuando noté que no dormía. Su respiración era demasiado regular, demasiado controlada para ser la de alguien dormido.

—¿Sigues en contacto con él? —preguntó a la oscuridad.

—¿Con quién?

—Con Marcos.

Tardé un momento en contestar.

—De vez en cuando. ¿Por qué?

—Porque se me ocurrió algo. —Hizo una pausa, como si ordenara las palabras—. Quiero conocerlo. Los tres juntos, una reunión de amigos, algo que parezca normal. Y durante esa noche, él puede tocarte. Sin que yo me dé cuenta.

Me giré hacia él en la oscuridad.

—¿Sin que te des cuenta?

—Él sabe que yo sé. Pero actuamos como si no. Tú te dejas, él hace lo que quiera, y yo miro hacia otro lado. —Volvió a hacer una pausa—. ¿Qué dices?

Lo que describía era tan específico, tan pensado en cada detalle, que supe que llevaba días dándole vueltas. Y aunque intenté mantener la expresión neutra, algo en mí empezó a calentarse de una forma que no quería admitir en voz alta. Noté que los pezones se me endurecían bajo la camiseta, y recé para que Rodrigo no lo notara en la oscuridad. Debajo de las sábanas, sin querer, apreté los muslos y sentí que el coño ya se me había mojado con solo escuchar la propuesta.

No era una plegaria muy sincera.

—Estás loco —dije.

—Probablemente.

—Puedo hablarle —añadí, porque era verdad. Y porque quería hacerlo.

Rodrigo no respondió con palabras. Su mano encontró la mía debajo de la sábana y la llevó hasta su bragueta. La tenía dura como una piedra, empujando contra la tela del pijama. Le solté una risa corta, ronca.

—Así que esto te pone —susurré.

—Imagínatelo encima tuyo mientras yo hago que no miro —dijo, con la voz enronquecida—. Imagínate su polla entrando en ti mientras yo le sirvo otra copa.

Le bajé el pantalón lo justo para sacarle la verga y me la metí en la boca ahí mismo, en la oscuridad, sin encender la luz. Rodrigo enredó los dedos en mi pelo mientras yo lo chupaba despacio, con la lengua bien plana contra la parte de abajo, escuchándolo respirar cada vez más entrecortado. Se corrió en menos de cinco minutos, con un gemido corto y ahogado, y me tragué todo sin apartarme. Después me subí encima, todavía con el sabor de su semen en la boca, y me froté contra su muslo hasta que también me corrí yo, mordiéndole el hombro para no despertar a nadie.

Cuando terminé, en la oscuridad sentí que sonreía, y eso me bastó para quedarme despierta mucho tiempo después de que él se durmiera.

***

Al día siguiente le escribí a Marcos desde el trabajo, entre una reunión y otra. Le expliqué el plan con exactitud: Rodrigo quería conocerlo, íbamos a organizar una noche juntos, y durante esa velada Marcos podía tocarme, hacerme lo que quisiera, con la única condición de que mi marido fingiera no verlo. Le aclaré que Rodrigo lo sabía todo. Que no había trampa de ningún tipo.

Guardé el teléfono y no lo volví a mirar hasta que llegué a casa por la tarde.

Había cuatro mensajes de Marcos. El último decía: «¿De verdad no hay más reglas que esa?»

Le contesté que no. Que si conseguía mantener el juego hasta el final de la noche, me quedaría a solas con él después, y que podía follarme como se le antojara.

Su respuesta llegó en treinta segundos. No era texto. Era una foto, sin aviso y sin contexto.

La miré en el baño de casa, con la puerta cerrada. Mi suegro estaba en la cocina preparando la cena, ajeno a todo. La foto era exactamente lo que imaginé que iba a ser: su polla en la mano, gruesa, con la punta hinchada y una gota de líquido preseminal brillando en el glande. Debajo, escrito: «Esto te va a partir por dentro cuando llegue el momento.»

Tuve que apoyarme en el borde del lavabo y esperar a que el corazón bajara de vueltas antes de poder salir. Sin pensarlo mucho, me bajé las bragas y me metí dos dedos entre las piernas, mirando la foto en la pantalla. Estaba empapada. Me froté el clítoris rápido, con la boca apretada para no hacer ruido, y me corrí en menos de un minuto, apoyada contra el lavabo, con la imagen de esa polla clavada en la cabeza. Después me lavé las manos, me arreglé las bragas y respiré despacio.

Me arreglé el pelo frente al espejo, respiré despacio, y abrí la puerta.

Mi suegro levantó los ojos cuando entré a la cocina.

—¿Te ayudo en algo? —pregunté, acercándome más de lo necesario para ver qué había en el fuego.

Él carraspeó.

—Puedes picar las verduras.

Me puse a cortar mientras hablábamos de cosas sin importancia. En un momento, al alcanzar el cuchillo que estaba al otro lado del mármol, pasé tan cerca de él que casi lo rocé. Vi que se le coloreaban las mejillas. Seguí cortando como si no lo hubiera notado.

No pasó nada más. Y no tenía por qué pasar.

***

Marcos respondió que ese fin de semana tenía un compromiso, pero que el siguiente estaba libre. Una semana más de espera.

Rodrigo lo encajó con menos elegancia de la que esperaba.

—Este fin de semana podríamos haber hecho algo —dijo esa noche, mientras se cambiaba la camisa.

—Podemos hacer algo de todas formas —contesté.

Me miró con una expresión entre sorpresa e incertidumbre, como si esperara que estuviera bromeando.

—¿Qué propones?

—No voy a follarme a nadie —aclaré—. Pero sí puedo dejarme mirar. Dejarme tocar, hasta cierto punto. Con alguien que no conozcamos.

En menos de dos minutos tenía un plan detallado. Así era Rodrigo cuando algo lo entusiasmaba de verdad: rápido, preciso, con esa energía de quien acaba de encontrar exactamente lo que andaba buscando.

***

El sábado me vestí con más cuidado del habitual. Una falda de tela oscura que me llegaba a mitad del muslo, una blusa con el escote justo para llamar la atención sin resultar vulgar, el cabello suelto sobre los hombros. Debajo, sin bragas. Rodrigo me esperaba en el salón con las llaves en la mano y esa sonrisa de quien lleva días esperando algo que por fin está a punto de llegar.

Fuimos a una ciudad a algo más de una hora de la nuestra. Quería distancia, discreción, la tranquilidad de no cruzarme con nadie conocido.

El centro comercial no sirvió. Demasiado iluminado, demasiado familiar, demasiado parecido a un martes cualquiera. Dimos dos vueltas por el perímetro hasta encontrar lo que buscábamos: una calle lateral con locales más pequeños y escaparates más atrevidos. Uno de ellos, medio escondido detrás de una cortina de cuentas, era exactamente el sitio.

El hombre que nos atendió se llamaba Javier. Cuarenta y tantos años, delgado, con la amabilidad tranquila de alguien que ha visto cosas peores que una pareja buscando ropa atrevida. No levantó una ceja cuando Rodrigo le explicó, con total naturalidad, que buscábamos algo para la intimidad.

—Tenemos varias opciones —dijo Javier, y desapareció hacia el fondo del local.

Volvió con los brazos llenos. Disfraces, lencería, conjuntos de encaje. Los fue depositando sobre el mostrador mientras los describía en voz baja. Me fijé en una minifalda de tablones rosas, pequeña, casi provocadora, y en un top de tela fina que era más promesa que prenda.

—Estos —dije—. ¿Puedo probarlos?

Javier señaló hacia el fondo con un gesto.

Los probadores eran dos espacios separados por una cortina fina. Rodrigo se quedó apoyado en la pared de enfrente, fuera del mío. Mientras me cambiaba, lo escuché hablar con Javier en voz baja. No pude entender qué decían, y eso me puso más nerviosa de lo que esperaba.

El top era pequeño. Mis tetas llenaban la tela hasta tensarla, hasta hacerla casi translúcida en los puntos de más presión. Los pezones se marcaban claros a través del tejido, dos puntos oscuros, duros, imposibles de disimular. La minifalda me llegaba a mitad del muslo, y cuando me agaché para ponerme las medias que venían con el conjunto, comprendí que estaba diseñada para que muy poco quedara a la imaginación. Sin bragas, con solo agacharme un poco más, el coño quedaba a la vista.

Me miré en el espejo de cuerpo entero durante un segundo.

Dios mío.

—¿Lista? —llamó Rodrigo desde fuera.

Salí.

Javier abrió la boca un instante antes de poder componer ninguna expresión neutra. Ese instante fue suficiente para saber exactamente lo que estaba pensando. Noté cómo los pezones se me endurecían solos al contacto del aire y de esa mirada.

—Date una vuelta —dijo Rodrigo, con la voz de alguien que disfruta del momento sin ninguna prisa.

Di la vuelta despacio, muy consciente de lo que dejaba ver por detrás. Cuando me giré de nuevo, los dos seguían mirándome exactamente de la misma manera.

—¿Tú qué piensas, Javier? ¿Le queda bien?

—Muy bien —dijo él, con la voz un tono más baja que antes—. Le queda perfecto.

Rodrigo me pasó un brazo por la cintura y me colocó de espaldas a Javier. Me dio una palmada firme en el culo. Yo solté un sonido que no pude controlar.

—Perdona, amor. Había un mosquito.

Me costó un segundo seguirle el juego.

—Menudo mosquito —dije.

—Parece que hay otro en el lado contrario. —Rodrigo miró a Javier—. ¿Serías tan amable?

El silencio que siguió fue breve pero denso. Javier nos miró a los dos, evaluó la situación en el tiempo que tardé en respirar, y luego me dio una palmada en el otro cachete. Más fuerte de lo que esperaba. El sonido resonó en el local pequeño y yo me mordí el labio para no gemir.

—Listo —dijo.

—Ay —respondí—. ¿Tan grande era?

—Por aquí abundan —dijo Javier. Empezaba a relajarse, a entrar en el tono.

Lo que vino después fue una progresión lenta, casi ceremonial. Rodrigo acariciaba un lado mientras Javier tenía el otro. Las palmadas volvían, seguidas de caricias amplias que recorrían mi culo de un lado a otro, seguidas de más palmadas. Sentí cómo la falda se me iba subiendo con cada movimiento de sus manos, y en un momento supe que si Javier bajaba los ojos vería que no llevaba bragas. Lo vio. Lo noté en la respiración que se le cortó.

—Está sin nada debajo —murmuró, casi para sí mismo.

—Está lista para lo que quieras —contestó Rodrigo, con una calma que me dio un escalofrío.

La mano de Javier subió por la parte de atrás de mi muslo, despacio, poniéndome a prueba. Cuando llegó al pliegue del culo se detuvo un segundo, esperando que yo dijera algo. No dije nada. Entonces sus dedos siguieron, resbalaron entre mis nalgas y llegaron hasta el coño por detrás. Estaba tan mojada que el primer dedo entró sin ningún esfuerzo. Se me escapó un gemido corto, ahogado contra el hombro de Rodrigo.

—Está empapada —dijo Javier, con la voz ronca.

—Ya te digo —contestó Rodrigo—. Sigue.

Javier metió un segundo dedo y empezó a moverlos despacio, hacia adentro y hacia afuera, con el pulgar buscando el clítoris. Yo tenía las manos apoyadas en el pecho de Rodrigo, la frente contra su hombro, y todo mi cuerpo se movía apenas, casi imperceptiblemente, empujando hacia atrás para recibir mejor esos dedos.

Mi respiración se fue haciendo más corta, más irregular. Intentaba mantenerme quieta, pero los pequeños sonidos involuntarios me delataban de todas formas.

—Oye, Javier —dijo Rodrigo en un momento, con una calma que me pareció casi obscena—. ¿Qué te parece el top?

No esperó respuesta. Me lo bajó.

Javier sacó los dedos del coño, se los llevó a la boca un segundo, y luego levantó las dos manos y las puso sobre mis tetas. Me las apretó, me pellizcó los pezones despacio, tirando de ellos hasta hacerme gemir bajito. Rodrigo me sostenía por detrás, con la polla dura clavada contra mi culo a través del pantalón, mientras Javier me manoseaba las tetas por delante.

Yo los dejé hacer. Estaba completamente dentro de la escena, encendida, consciente de cada detalle: la luz amarilla del local, el sonido de la calle filtrándose por la cortina de cuentas, las manos de dos hombres moviéndose sobre mí al mismo tiempo, la boca de Javier bajando ahora a chuparme un pezón mientras la otra mano volvía entre mis piernas. Cuando sus dedos volvieron a entrar en el coño, esta vez con más ritmo, sentí que estaba a punto de correrme ahí mismo, de pie, contra el pecho de mi marido, con la boca de un desconocido en el pezón. Pero en algún lugar de mi cabeza seguía siendo yo. Seguía teniendo el control. Sabía exactamente dónde estaba la línea.

—Ya —dije.

Los dos se detuvieron al instante. Javier sacó los dedos con cuidado, con la mano brillante de mi humedad, y dio un paso atrás.

—¿Segura? —preguntó Rodrigo.

—Segura.

Me reajusté el top, entré al probador y me cambié despacio, con las piernas todavía temblando y el coño palpitando de necesidad. Cuando salí, Rodrigo ya hablaba con Javier en otro tono completamente distinto, el de dos conocidos que terminan una conversación trivial. Javier nos regaló el conjunto sin que nadie se lo pidiera. Tenía la cara ligeramente sonrojada y un bulto evidente en el pantalón que no se molestó en disimular. Creo que él también necesitaba un momento para procesar lo que había pasado.

Salimos a la calle. El aire fresco de la noche fue un alivio inmediato.

En el coche, Rodrigo condujo en silencio durante varios minutos. Tenía esa sonrisa pequeña y fija que le aparece cuando algo le ha salido exactamente como quería. A los cinco minutos me puso una mano en el muslo, la fue subiendo por debajo de la falda, y cuando llegó al coño y comprobó lo empapada que seguía, dejó escapar un gruñido bajo.

—¿Contento? —pregunté, con la voz temblorosa.

—Mucho —dijo, sin más, mientras me metía dos dedos y empezaba a moverlos mientras conducía.

Me recosté contra la ventanilla y abrí más las piernas para él. Me corrí antes de llegar a la autopista, mordiéndome la mano, con los dedos de Rodrigo hundidos hasta el fondo y su pulgar apretándome el clítoris. Después le abrí la bragueta y le saqué la polla, y se la chupé todo el resto del camino, con la cabeza en su regazo, tragándome el semen justo cuando entrábamos en el garaje de casa.

El coche se detuvo, y yo pensé en Marcos. En el fin de semana siguiente. En el plan que todavía estaba pendiente, que seguía ahí esperando como una puerta entreabierta en la oscuridad.

Aquello había sido solo el aperitivo.

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Comentarios(8)

ClaraM_85

excelente!! de los mejores que lei ultimamente en esta categoria

noctambulo33

Muy bien narrado, se siente la tension desde el principio. Esperando la segunda parte!

Valentina_K

Me recordo a una conversacion que tuve con mi pareja hace un tiempo, nunca nos animamos pero... quien sabe jaja

DarkSur77

Buenisimo!!! quede con ganas de mas, se hizo muy corto

Juli89

me encanto como describiste los nervios mezclados con el deseo. Se siente real sin ser burdo. Sigue escribiendo!

ElGatoPardo

jajaja el pobre vendedor sin saber en lo que se metia. Tremendo relato

fanaticoLector

La dinamica de confianza entre los dos esta muy bien lograda. No es facil transmitir eso en un relato y aca se siente completamente natural. Muy buen trabajo

MikeCordoba

Como termino todo despues? se animaron a repetirlo en algun otro lugar? me dejo con esa duda jaja

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