La cita que terminó con una jaula de castidad
Llevaba dieciocho años escribiéndole. Primero por IRC, después por mensajería, y al final por esa aplicación que se usa para todo. Dieciocho años es mucho tiempo para conocer a alguien solo a través de una pantalla, y Tomás lo sabía mejor que nadie. Esa tarde, por fin, iban a verse en Málaga.
Había elegido Málaga precisamente porque quedaba lejos de su pueblo. Vega había sido clara desde el principio: nada de lugares conocidos, nada donde alguien pudiera reconocerla. Él lo había aceptado sin rechistar, como llevaba aceptando durante casi dos décadas cada una de las reglas que ella imponía en sus conversaciones.
Tomás estaba nervioso. No era el tipo de nervios que vienen antes de una primera cita cualquiera. Él sabía perfectamente que entre ellos no iba a pasar nada. Vega era un diamante en bruto, alguien demasiado para él, y además tenía una vida que cuidar. Su encuentro era un favor, una curiosidad, una manera de cerrar el círculo después de tantos años de amistad extraña. Nada más.
Al menos, eso creía él.
La reconoció entre la multitud del paseo marítimo y se quedó mudo. Si algo le había fascinado siempre de Vega era que nunca había escondido su feminidad. Sabía cuáles eran sus armas y no dudaba en usarlas cuando le convenía. Llevaba un vestido rojo ceñido, un vestido que, al acercarse a darle los dos besos de rigor, Tomás comprobó con un escalofrío que era de vinilo.
Vinilo.
Le había mencionado en más de una ocasión que uno de sus fetiches era la ropa de látex o de pvc. No quería pensar que Vega se había puesto ese vestido a propósito, para ponerlo a prueba. Seguramente era casualidad. Seguramente.
En cuanto sintió el roce de esas mejillas contra la comisura de sus labios, la erección fue inmediata. Tomás se sonrojó como un adolescente. A Vega le pareció gracioso, y a él le pareció gracioso que a ella le pareciera gracioso, y ambos rieron nerviosos durante unos segundos que se le hicieron eternos. Él temía que su cuerpo lo delatara y arruinara todo lo que no iba a ocurrir.
Subieron al coche. Conducía Tomás. Y mientras conducía, no pudo evitar lanzar alguna mirada furtiva hacia los muslos de Vega, que el vestido rojo apenas cubría. Casi podía adivinar la curva exacta donde la tela terminaba. La polla le iba a estallar dentro del pantalón.
A los pocos kilómetros, ella señaló un centro comercial y le pidió que aparcase. Tomás obedeció. Vega le indicó que buscara el lugar más apartado del parking. Él obedeció otra vez. Una vez detenido el motor, ella se giró en el asiento con una seriedad que Tomás no le conocía.
—Mira, Tomás. Sabes que entre tú y yo no va a pasar nada de nada.
Él volvió a sonrojarse. Ni siquiera se había atrevido a comprar preservativos antes de salir de casa. Para él, Vega era una amiga. Una muy buena amiga. Asintió sin saber qué decir.
—Y para asegurarme de que no vas a intentar nada de lo que nos podamos arrepentir —continuó ella, abriendo el bolso con calma—, he traído esto.
Tomás bajó la vista hacia sus manos.
Lo que Vega extrajo del bolso era la jaula de castidad más bonita que había visto nunca. Cromada, de tamaño medio, con una anilla estrecha y un candado diminuto colgando de un eslabón. La sostuvo entre los dedos como quien muestra una joya antigua.
Tomás sintió algo cálido escurrirse dentro de la ropa interior. No era líquido preseminal. Era semen, puro y sencillo. Una gota, dos, tres. Se quiso morir ahí mismo. Le ardía todo el cuerpo, las mejillas, las orejas.
Vega notó su mirada perdida y le cogió la mano con una firmeza nueva.
—Tienes cinco minutos —dijo, señalando los baños del centro comercial con el mentón—. Si tardas más, me marcho con la llave. Y te aviso: esta jaula no es de las baratas que venden en Aliexpress. Esta es especial.
Tomás asintió. La mente le iba a mil por hora. No sabía qué pensar. Solo sabía una cosa: no podía tardar más de cinco minutos.
***
Salió de los baños con la extraña sensación de que el resto de clientes sabía exactamente lo que llevaba puesto bajo los vaqueros. Se había lavado las manos sin mirar a nadie, con la vista fija en el espejo para comprobar que no quedaba ninguna huella visible de lo que acababa de hacer.
Caminó hasta el parking y se quedó paralizado.
Su coche no estaba.
Vega se había marchado con él.
Lo que más le preocupó en ese instante no fue la ausencia del coche, sino que tampoco tenía la llave para abrir la jaula. Ella le había puesto la anilla más estrecha y, aun así, no había hecho falta el retenedor que suele acompañar a este tipo de artilugios. Con la anilla bastaba. Después comprobó, con una punzada de pánico, que tampoco tenía el móvil: lo había dejado en el lateral de la puerta.
Un bocinazo lo hizo dar un brinco. El eco rebotó en las paredes de hormigón del parking y Tomás giró la cabeza. Ahí estaba ella, al volante de su propio coche, riéndose a carcajadas. Se llevó la mano al escote y sacó algo metálico que hizo tintinear contra el cristal de la ventanilla.
La llave.
El cuerpo de Tomás volvió a traicionarlo. Unas gotas más. Se sentía sucio, débil, desprotegido. Y sin embargo, no podía apartar los ojos de ella.
Vega ya no le parecía tan dulce. Algo había cambiado en su rostro. Sus ojos marrones, siempre tan cálidos en la foto de perfil, ahora parecían fríos, duros, casi crueles. Y eso, lejos de asustar a Tomás, lo excitó todavía más.
—Sube —dijo ella, bajando la ventanilla apenas unos centímetros—. Conduzco yo.
***
El cine al que lo llevó estaba en Cartagena. Una hora larga de carretera durante la cual Vega apenas habló, limitándose a mirar el paisaje con una sonrisa de medio lado que le resultaba imposible descifrar. Tomás había querido impresionarla, marcarse el pegote con una película en versión original, y había elegido una de acción, de esas en las que no hace falta prestar atención. Era una buena excusa para no tener que sostener conversación dentro de la sala.
Apenas cruzaron la línea de las entradas, Vega se acercó a su oído.
—Aún hay algo más que quiero que lleves puesto durante la película.
El ardor regresó a la cara de Tomás, un ardor que no recordaba desde la primera vez que besó a una chica con quince años. La entrepierna le volvió a arder dentro de la jaula, pero esta vez el espacio no daba más de sí.
—Quiero que vayas al baño y te pongas esto —continuó ella, poniéndole un paquete pequeño en la palma—. Toma, te he traído un poco de lubricante. Pero cuidado, no te pases o se te manchará el pantalón. Y entonces todo el mundo sabrá que eres un hombre beta. Justo lo que más desprecio.
Tomás no pudo casi contener el calor que le subía por el cuello. Estuvo a punto de orinarse encima. O peor: a punto de correrse dentro de la jaula otra vez. Necesitaba llegar al baño con urgencia.
Sin mirar atrás, buscó los aseos a paso rápido. Todos los cubículos estaban ocupados. Aguantó, dio vueltas, resistió. Por fin se abrió una puerta y, casi arrollando al hombre que salía, se metió dentro y cerró el pestillo.
Abrió el paquete con manos temblorosas.
No podía creerlo.
Un plug anal. Y no uno cualquiera. Uno de los más grandes y anchos que había visto en su vida.
La película estaba a punto de empezar y tenía que meterse eso dentro del cuerpo, además de asegurarse de no gemir demasiado alto dentro del baño. Y después debía salir con eso puesto, caminar con naturalidad por el pasillo, sentarse en una butaca como si no pasara absolutamente nada.
El espacio del cubículo era escaso. No solo el cubículo. También su propio culo. Apenas podía levantar la pierna y apoyarla sobre la tapa del inodoro sin perder el equilibrio. Tras varios intentos torpes, lo consiguió. Empezó a lubricar el plug despacio, casi con ceremonia, y se llevó la punta a la boca por puro instinto, como si fuera una felación. Cada vez que lo chupaba, sentía cómo se le ponía la cara más roja. Pero al mismo tiempo, con una vergüenza aún mayor, notaba que su ano empezaba a dilatarse al unísono. Claro. Ahora estaba más relajado.
Empezó a introducírselo poco a poco. La jaula no ayudaba: la polla apretaba contra el cromado con cada movimiento, y parecía a punto de estallar. No quería usar demasiado lubricante todavía, temía derramarlo y que una mancha viscosa en el pantalón delatara todo. Pero no había forma. El plug no entraba.
De repente le vino a la mente la imagen de Vega con el vestido rojo, cruzada de piernas en el asiento del copiloto. Desde que habían entrado al cine, Tomás había notado cómo nadie le quitaba los ojos de encima a ella. Y eso, en lugar de molestarle, lo excitaba todavía más.
Se rindió. Cogió el lubricante, empapó el plug, se introdujo un par de dedos también lubricados, y con un empujón firme, entró. Dolió. Dolió lo suyo. Pero mereció la pena. Mereció la pena por los dieciocho años de conversaciones con la mujer más guapa y dulce que había conocido en su vida.
Al menos, así era como la recordaba.
***
Cuando salió del baño, Vega estaba apoyada contra la pared del pasillo con los brazos cruzados. Al verlo aparecer caminando con esa rigidez nueva, se tapó la boca con la mano y contuvo la risa. Toda aquella situación le causaba una mezcla de gracia y poder que Tomás no había visto antes en ella, ni siquiera en las fotos más atrevidas que le había mandado durante todos esos años.
Caminaron juntos hasta la sala. Estaba casi vacía. Solo un par de espectadores sentados varias filas por delante, demasiado lejos para oír nada. Se acomodaron en sus butacas, que eran las últimas de la sala. Se apagaron las luces.
Entonces Tomás notó la vibración.
El plug vibraba dentro de él, despacio al principio, con un pulso bajo que le hizo apretar los dientes y aferrarse con las dos manos al reposabrazos. Giró la cabeza hacia Vega, que sostenía un pequeño mando bajo la falda del vestido rojo, con una sonrisa diabólica. Ella se acercó a su oído y le habló en un susurro apenas audible sobre el sonido de los tráileres.
—Esto es solo el principio. Pero tienes que tener clara una cosa, y es la más importante de todas. Tu polla no se va a liberar hasta que me lleves a casa. Y ni siquiera me vas a rozar con ella. Puta.
Esa última palabra la subrayó con un tono que le cortó la respiración.
Tomás se corrió en ese mismo instante.
No pudo evitarlo. El cuerpo le tembló entero, la jaula contuvo la mayor parte, pero no toda. Vega metió la mano dentro de su ropa interior sin ningún pudor, con la naturalidad de quien saca un pañuelo del bolsillo. La sacó llena de semen, los dedos brillantes bajo la luz intermitente de la pantalla.
No hizo falta que le dijera qué hacer.
Tomás le cogió la muñeca con cuidado y empezó a lamerle los dedos uno a uno. El sabor le llenó la boca, salado y tibio. Lamió despacio, sintiendo cómo Vega lo observaba sin parpadear, disfrutando cada segundo.
—Muy bien hecho, puta —susurró ella—. Muy bien hecho.
Subió la intensidad del mando al máximo.
Tomás creyó que se iba a desmayar. El plug vibraba dentro de él con una fuerza que le recorría la columna hasta la nuca, un latigazo eléctrico tras otro. Vega se acercó a sus labios y lo besó, despacio, casi con ternura. Al mismo tiempo, con la otra mano, movía la jaula arriba y abajo por encima del pantalón, marcando un ritmo que no tenía nada que ver con el de la película.
—Gracias —murmuró Tomás, cuando ella se separó apenas un centímetro de su boca.
—Gracias, ¿qué?
Él titubeó. Tenía el corazón golpeándole en las costillas y la lengua pesada.
—Gracias, ama.
Vega sonrió. Fue la primera sonrisa de la tarde que le recordó a la chica que había conocido a través de una pantalla. La dulce. La de los mensajes largos y los chistes malos. La que le había acompañado durante dieciocho años sin saber que algún día terminaría allí, enjaulado y tembloroso, en la penúltima fila de un cine de Cartagena.
La película empezó.
Ninguno de los dos la vio.