Cuatro días de voyeurismo en la montaña
Cuando se levantó la falda en plena carretera y dejó que los camioneros miraran, supe que ese viaje no iba a tener nada de inocente.
Cuando se levantó la falda en plena carretera y dejó que los camioneros miraran, supe que ese viaje no iba a tener nada de inocente.
La primera noche en el piso nuevo lo até a una silla, me senté sobre su polla encerrada y le ordené que me confesara todo lo que quería que le hiciera.
La vi entrar sola al bar después del partido y supe que la noche no iba a terminar con insultos, sino con una rendición mucho más íntima.
La seguí por instinto, lo vi apretar el paso con la chica y supe que no iba a dejarlo salir entero de aquel callejón.
Cuando cerré la persiana, ella ya sabía que la estaban mirando y, en vez de asustarse, me pidió que no encendiera todas las luces.
El olor entre mis piernas ya me tenía ardiendo, pero no imaginaba quién iba a usar ese fetiche para ponerme de rodillas.
Eran las tres de la madrugada y dos siluetas se movían dentro del agua. Me quedé mirando desde la ventana, sin saber que mi mujer ya estaba despierta detrás de mí.
Preparé media hora de provocaciones para una sala llena de mujeres. Lo que no preparé fue lo que harían ellas conmigo cuando perdí el control.
Hace años escribí diez mandamientos para no dañar a nadie. El primero es no intervenir nunca. El segundo, permanecer escondido. Esta es una de las noches que jamás confesaré.
Una ráfaga de viento le arrancó la toalla en el último escalón. Ella no se cubrió. Solo me miró, como si llevara semanas esperando que yo bajara a esa hora.
Bajo el abrigo largo no llevaba absolutamente nada, y en cuanto las puertas se cerraron mandé el ascensor al piso más alto del edificio para tenerla solo para mí.
Me senté frente a un desconocido, crucé las piernas muy despacio y dejé que mirara. Lo que no sabía era que no era el único par de ojos clavado en mí.
Ese cubículo tenía una ventana hacia la sala de lectura. Yo creía que estudiábamos para el examen, hasta que sentí los ojos de aquel chico sobre nosotros.
Empezó frente a una webcam, a oscuras y a salvo. Pero esa tarde, en la playa del pantano, no había pantalla: solo mi cuerpo, el sol y los ojos de hombres que no apartaban la vista.
Cuando crucé la mirada con él al otro lado del vidrio, supe que esa misma tarde iba a convertir su curiosidad en algo que ninguno de los dos olvidaría.
Llegué a su casa una hora antes de la cena y la encontré desnuda frente al espejo, dudando entre dos vestidos y a punto de cambiarlo todo.
Subí a aquel piso por un corte de pelo. Ella abrió la puerta con la promesa de quedarse en tanga delante de un completo desconocido.
Le dijo a su abuelo que ya se marchaba, pero ni siquiera salió del edificio: Sonia la esperaba al final del pasillo con cinco viejos sin lavar y una promesa que la hacía temblar.
Nunca había pagado por algo así. Quedamos un martes por la mañana, ella me dio la bolsa de prisa y yo no pude dejar de pensar en lo que me esperaba en casa.
Me ordenó quitarme la ropa y dejé que sus manos ajustaran cada cable contra mi piel. Cuando empecé a mojarme, supe que ya no había vuelta atrás.