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Relatos Ardientes

Le pedí a mi ama que las esposas me pusieran en mi lugar

Me llamo Lara y supongo que tendría que empezar contando que llevo dos años entrenando con Marta. Soy rubia, mido un metro setenta, paso de los cuarenta y todavía me planto delante del espejo sintiéndome bien. Vivo sola, gano mejor que la media y, cuando la calle me lo permite, me visto para que se me note.

Mi paseo era siempre el mismo. Salía con Mora, mi caniche toy, a las ocho menos cuarto, justo cuando los padres del colegio dejaban a los hijos en la puerta. El parque queda enfrente, con bancos largos y una arboleda escasa. Yo aparecía con falda corta, taco bajito y los lentes de sol rosa que tanto me favorecen. Los maridos me miraban. Las esposas se daban cuenta y me odiaban.

Al principio sentí curiosidad. Después me empezó a divertir. Empecé a agacharme delante de ellos para acomodarle el arnés a Mora, sabiendo que la falda se me subía hasta el borde del culo y que el encaje de la tanga quedaba a la vista de cualquiera que estuviera a menos de tres metros. Empecé a preguntarle al panadero por la dirección del kiosco aunque la sabía de memoria, mordiéndome el labio y arqueando la espalda para que las tetas se marcaran contra la remera fina. Una mañana de febrero, una de las mujeres me chocó el hombro al pasar y susurró «Algún día te vamos a poner en tu lugar, putita». Le sonreí con todos los dientes y seguí caminando, con el coño ya empapado dentro de la bombacha.

Cuando llegué a la sesión de la noche le conté el episodio a Marta. Marta es mi ama hace dos años. Es una mujer de cincuenta y dos años, abogada jubilada, con una casa en Olivos y un sótano que ella llama «el taller». Yo le cuento todo: lo que pienso mientras me toco, lo que sueño, las idioteces que hago en la calle. Esa noche, sentada a sus pies con la marca todavía caliente del cinto en los muslos, le confesé que la frase de la mujer no me había dado miedo. Me había mojado. Me había mojado tanto que había tenido que meterme dos dedos en el coño apenas doblar la esquina, apoyada contra la pared del colegio, con Mora tironeando de la correa mientras yo me venía en silencio con la boca abierta.

—Querés que te castiguen ellas —dijo Marta, sin tono de pregunta.

Le hice que sí con la cabeza. No la miré.

—Todas. Todas a la vez. Y que sea muy fea.

Marta me agarró del mentón y me obligó a levantar la vista.

—Eso lo arreglo yo.

***

Tres semanas después me citó un sábado a las seis de la tarde en una dirección de Vicente López. Llegué con un vestido negro y la lencería que ella me había elegido: un conjunto de encaje rojo, tanga con la entrepierna abierta y sostén de aros que me levantaba las tetas hasta casi salírseme del escote. La casa, por fuera, parecía una casa común: portón gris, glicinas. Por dentro, después del pasillo, había una escalera que bajaba a un play space que Marta alquilaba a una pareja amiga.

El sótano estaba decorado para parecer otra cosa. Habían instalado paneles de césped sintético en el piso, una verja baja de madera y una jaula grande de exhibición canina, decorativa, con la puerta abierta. Al fondo había un poste de bondage, un banco acolchado y un panel con cuerdas, palas y mordazas. Las luces eran blancas, como de mediodía. Sonaba el ruido grabado de un parque a la mañana: pájaros, motores lejanos, una campana de colegio.

Marta me esperaba sentada en una silla de director. A su lado había cuatro mujeres con antifaces venecianos, vestidas como si volvieran del mercado: jeans, remeras, riñoneras. Me las presentó como Verónica, Patricia, Silvia y Dora. Cuatro nombres falsos, supuse. No me importó.

—Acordamos los límites. ¿Confirmás todo? —me preguntó Marta con el contrato en la mano.

—Confirmo.

—Palabra de seguridad.

—Infinito.

—Señal no verbal si tenés algo en la boca.

—Tres chasquidos con la mano izquierda.

Marta me miró un segundo más. Después le hizo un gesto a Verónica con dos dedos. La escena empezó ahí.

Verónica me agarró del cuello desde atrás, sin apretar, pero con una autoridad que me hizo doblar las rodillas. Patricia me sacó los lentes de sol rosa y los apoyó en una mesita, despacio, como guardando una prueba. Silvia me arrancó el vestido por arriba de la cabeza. Dora me ató las muñecas con una cuerda blanca de algodón, sin moños, con vueltas firmes que me dejaron las manos a la espalda.

—Mirá la putita —dijo Verónica, y me empujó hasta que las rodillas tocaron el césped sintético—. Se hacía la diosa con nuestros maridos. Mirala ahora, en bolas, con el coño mojado antes de que la toquemos.

Patricia me metió dos dedos entre las piernas, sin aviso, apartando la tela abierta de la tanga. Los sacó brillosos y me los pasó por los labios.

—Chupátelos. Sentí lo puta que sos.

Abrí la boca y le lamí los dedos con la lengua entera, saboreándome, mientras las otras se reían.

—Mostrales a las cámaras cómo se hace ahora —agregó Silvia.

Las cámaras. Tres trípodes alrededor, todas apuntándome. Marta y yo habíamos hablado del límite: el material era para mí, copia única, encriptado, lo destruíamos juntas si lo pedía. Saber eso no me sacaba el calor de la cara. Era distinto saberlo y otro estar ahí, desnuda, con cuatro extrañas filmándome desde tres ángulos, con la boca todavía llena del gusto de mi propio coño.

Me pusieron una mordaza con una bola de silicona del tamaño de una mandarina. La correa de la mordaza me tiró del pelo hacia atrás. Me obligaron a quedar en cuatro patas con las manos atadas, así que el peso del cuerpo me cayó en los antebrazos. Verónica me enganchó un collar de cuero con una correa larga y empezó a caminar alrededor del cuadrado de césped.

—Vení, perrita. Tu lugar es acá.

Avancé lo mejor que pude. Las rodillas se me clavaron en el pasto sintético, áspero, y me dejaron unas marcas rojas a los diez metros. Patricia me filmaba la cara. Silvia me filmaba la espalda y el culo levantado, con la tanga abierta dejando a la vista todo. Dora caminaba al costado anotando algo en un cuaderno, como si fuera la jueza de un tribunal.

—Tenés que limpiar el corral —me dijo Verónica, y señaló cuatro pelotas de tenis repartidas por el espacio—. Las juntás con la boca y las metés en la bolsa de ahí. Si no las juntás todas en cinco minutos, hay segunda parte.

El reloj empezó a correr. La mordaza no me dejaba hablar, pero la silicona tenía un agujero en el medio justo del tamaño suficiente para que los dientes pudieran sostener algo. La primera pelota la levanté en treinta segundos. La metí en la bolsa de tela escupiéndola. Verónica aplaudió con sorna.

—Mirá, Patri, aprende rápido cuando quiere.

La segunda pelota me costó más. Las rodillas me ardían y la baba se me caía por las comisuras de la boca. Cada vez que me agachaba, las cámaras filmaban todo: el culo abierto, el coño chorreando entre los muslos, los pezones duros arrastrándose por el pasto sintético. Yo sabía que el material era privado. Yo había firmado. Y aun así, cada flash me cruzaba el cuerpo como si fuera una transmisión en vivo. Esa era la fantasía. Esa era la trampa que yo misma había pedido.

—Tres minutos, perrita.

Junté la tercera. La cuarta había rodado debajo del banco acolchado. Tuve que apoyar la mejilla en el piso y estirar el cuello hasta el dolor. Con el culo levantado en el aire, sentí de golpe una mano abriéndome las nalgas y una lengua caliente pasándome desde el clítoris hasta el ojete. Me estremecí entera. Era Dora, agachada detrás de mí, comiéndome el coño mientras yo trataba de morder la pelota. Me chupó dos veces más, larga y lenta, y después se apartó como si nada.

—Concentrate, putita. El reloj sigue.

Cuando logré morder la pelota, Patricia me agarró del pelo y me arrastró un metro hacia atrás antes de soltarme.

—Se cayó. Empezás de nuevo.

Quise protestar y solo me salió un gemido a través de la mordaza. Marta me miraba desde la silla de director, con las piernas cruzadas, sin moverse. Verifiqué con los ojos que ella estaba ahí. Lo estaba. Eso era todo lo que necesitaba para no chasquear los dedos.

Recogí la pelota otra vez. La metí en la bolsa. Cinco minutos.

—Bueno, no llegaste —dijo Verónica—. Segunda parte.

Silvia se acercó con un arnés en las manos. Era de cuero negro, con un consolador grueso adelante, del tamaño de una polla de verdad, con venas marcadas y una punta ancha y brillosa. Marta no movió la cara. Me lo pasaron por delante de los ojos para que lo viera bien.

—Esto te va a entrar hasta las bolas —dijo Patricia—. En el coño y en el culo. Vas a aprender a agradecer.

Me sacaron la mordaza. Silvia se ajustó el arnés en las caderas, se paró frente a mí y me agarró del pelo.

—Abrí la boca. Chupála como si fuera de tu marido.

Abrí la boca y me la metió de un empujón. La punta me llegó al fondo de la garganta y me hizo arcadas. Silvia no aflojó. Me agarró de las dos orejas y empezó a cogerme la boca, entrando y saliendo, dejándome respirar apenas entre estocada y estocada. La baba me chorreaba por el mentón y me caía en las tetas. Verónica se agachó al lado y me chupó un pezón con fuerza, mordiéndolo hasta hacerme gritar contra la polla de goma.

—Mirá cómo la traga —se rió Dora—. Se hacía la señora del parque y mirá cómo mama.

Silvia se retiró de golpe y un hilo de saliva le colgó de la punta del consolador hasta mi labio. Me ataron las piernas a una barra separadora, con los tobillos abiertos casi un metro. Me apoyaron de panza sobre el banco acolchado y me ajustaron las muñecas a las patas del banco. El culo me quedó levantado, el coño abierto, todo a la vista. Las cámaras me rodearon de nuevo.

—Vamos a ver cómo te gustan las miradas ahora —dijo Patricia.

Empezó a azotarme con una pala de cuero. La primera me sacudió todo el cuerpo. La segunda me hizo apretar los dientes. A la quinta perdí la cuenta. Patricia las repartía pareja, una en cada nalga, y entre azote y azote me pasaba la mano abierta por la espalda como midiéndome la temperatura. Cada tanto bajaba la mano hasta el coño y me daba una palmada seca justo en los labios hinchados, y yo aullaba y le empujaba el culo pidiendo más sin poder decirlo.

—Está goteando, chicas —anunció Patricia—. La putita se está corriendo con los azotes.

Verónica se sentó frente a mí, me levantó la cara y me hizo prometer en voz alta, mirando a la cámara, que iba a dejar de provocar a sus maridos.

—Lo prometo —dije, con la voz tomada.

—Más alto. Y decí lo que sos.

—Lo prometo. Soy una puta. Soy una puta y merezco esto.

—Otra vez.

—Soy una puta. Soy una puta. Soy una puta.

Verónica sonrió y se bajó los jeans hasta las rodillas. Se sentó en el borde del banco, abrió las piernas y me agarró de la nuca.

—Ahora hacé algo útil con esa boca. Comeme el coño hasta que me venga.

Me hundió la cara entre las piernas. Tenía el coño depilado, gordo, mojado. Empecé a lamerla como me habían enseñado, con la lengua plana subiendo despacio, deteniéndome en el clítoris, chupándoselo con los labios. Verónica me apretaba la cabeza y movía las caderas contra mi cara, ahogándome. Yo tragaba, respiraba por la nariz, seguía. Mientras tanto, atrás, sentí que Dora se paraba entre mis piernas abiertas. Ajustó la posición del arnés y me apoyó la punta del consolador en la entrada del coño.

—Está tan mojada que se me va a resbalar —dijo, y me la metió de un solo empuje, hasta el fondo.

Grité contra el coño de Verónica. Dora no tuvo apuro. Me agarró de las caderas y empezó a moverse en un ritmo lento, profundo, sacándomela casi entera y volviéndomela a meter hasta que las bolas de goma del arnés me golpeaban el clítoris. Cada estocada me empujaba la cara más adentro del coño de Verónica, que me tironeaba del pelo y me pedía más lengua, más rápido, más adentro. Patricia y Silvia me filmaban desde los costados, una enfocando la cara sepultada entre los muslos y la otra el culo empalado.

—Metele el dedo en el culo —ordenó Verónica—. Que se acostumbre.

Dora se escupió el pulgar y me lo metió en el ojete, hasta el nudillo, sin dejar de cogerme el coño con la polla de goma. Me arqueé como pude. Sentí la doble presión, el coño lleno, el culo abierto, la cara aplastada contra un clítoris ajeno. Verónica se corrió primero. Se corrió con la boca abierta, sin gritar, con las piernas cerrándose alrededor de mi cabeza y las caderas sacudiéndose contra mi lengua. Me embadurnó toda la cara.

Me soltó y se corrió a un costado, jadeando. Patricia ocupó el lugar de inmediato, ya con los pantalones abajo, y me montó la cara igual que la otra. Mientras yo la chupaba, Dora sacó la polla del coño y me la volvió a apoyar, esta vez en el ojete lubricado con mis propios jugos.

—Aflojá, perrita. Esto es lo que te faltaba.

Me la metió despacio, apretando, hasta que el culo me cedió y la polla entera me entró. Ahí sí grité en serio, un grito ahogado contra el coño de Patricia. Dora empezó a moverse en el culo con estocadas cortas, mientras Silvia me pasaba los dedos por el coño abandonado y me refregaba el clítoris en círculos. Yo lloraba, chupaba, gemía, todo al mismo tiempo. Cada empuje en el culo me sacaba una capa de la mujer que se paraba todas las mañanas frente al colegio con falda corta y aire de superioridad. Se me iba yendo la careta a manotazos.

—Se está por venir otra vez —anunció Silvia, con los dedos hundidos en mi coño—. La muy puta se está por venir con la pija en el culo.

Patricia me apretó la cabeza contra su coño y se vino en mi boca justo cuando yo me venía en las tres bocas al mismo tiempo, sacudiéndome sobre el banco, con el culo empalado y el coño chorreando contra los dedos de Silvia. Fue largo, fue feo, fue perfecto. Me convulsioné entera y me quedé llorando, con la cara pegada a las piernas de Patricia y las caderas todavía moviéndose solas contra el consolador de Dora.

Dora siguió un rato más, hasta que Marta se levantó por primera vez en toda la escena, se paró a un costado y dijo, muy tranquila, una sola palabra.

—Suficiente.

Las cuatro pararon de golpe. Dora se retiró con cuidado, despacio, sosteniéndome el culo con las dos manos para que no me doliera al salir. Patricia apagó las cámaras. Silvia me desató las muñecas y la barra separadora. Verónica me alcanzó una botella de agua tibia. Tomé un trago largo, con la mano todavía temblándome y la cara embadurnada de coño ajeno.

—¿Dónde te duele? —preguntó.

—Las rodillas. Las muñecas. Las nalgas. El culo.

—¿La cabeza?

—La cabeza está perfecta.

***

El aftercare lo hizo Marta. Me llevó al cuarto de al lado, me envolvió en una bata blanca, me puso crema de árnica en las marcas, me peinó. Las otras cuatro entraron a despedirse cuando ya estaba acostada en el sillón con una manta polar. Verónica me acarició el pelo. Patricia me dejó un papelito con un número anotado y un mensaje: «Si querés repetir, llamame». Las cuatro se fueron por la escalera del fondo, sin antifaces, vestidas como cualquier vecina de cualquier barrio, y nunca supe cómo se llamaban en realidad.

Marta me preparó té con miel. Se sentó a los pies del sillón, con la mano apoyada en mi tobillo.

—¿Estás bien?

—Estoy mejor que bien.

—Lo sé. Te miré toda la escena. Estabas adentro.

—¿Otra vez?

Marta me sonrió con esa media sonrisa suya, la que no enseña los dientes y enseña todo lo demás.

—Otra vez. Pero la próxima la diseño yo de cero. Y vos no vas a saber nada hasta que te abra la puerta.

Cerré los ojos. Por la mañana iba a volver al parque, con Mora, con la falda corta, con los lentes de sol rosa, y los maridos me iban a mirar y las esposas me iban a odiar y todo iba a seguir igual. Y yo iba a saber, mientras tomaba el café del kiosco de la esquina, con el culo todavía ardiéndome debajo de la falda, que en algún sótano de Vicente López había cuatro mujeres con antifaz que me habían visto perdida y que ya estaban esperando la próxima cita.

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Comentarios(8)

casadosumiso

Firmar sin leer la mitad... ese detalle me llevo de golpe. Increible inicio, quiero saber como sigue.

Carlota_BA

buenooo!! eso si es un arranque como se debe!!

martuchaBA

Me quede con ganas de saber que decia ese contrato jajaja. Muy buen relato, esperando la continuacion!

FedericoBaires

Buenisimo ritmo narrativo, se siente muy real. El suspenso del contrato lo hace adictivo. Espero que haya segunda parte.

LeonNoche

Una vez firme algo sin leer bien y no me fue tan bien jeje. Excelente relato, muy enganchante desde el principio.

FantasiaViva

mas por favor!! quede con ganas de todo

SilvanaMdz

que tension desde el primer momento... me encanto como esta narrado

PatricioV88

Tremendo arranque. Sigue asi!!

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