Lo que la doctora me hizo y nunca contaré en casa
Hacía dos semanas que no dormía bien. Algo se me apretaba por dentro cada vez que cerraba los ojos, una mezcla de tensión acumulada y un malestar físico que no sabía nombrar. Damián me veía dar vueltas en la cama y me ofrecía agua, paciencia, ruido blanco. Nada funcionaba.
—Tendrías que ver a un médico —me dijo una mañana, mientras se ataba los zapatos para irse a trabajar—. Yo te acompaño si querés.
—No, mi amor. Estas cosas las arreglo sola.
Le mentí con una sonrisa. La verdad es que la noche anterior ya había buscado una doctora online, y la idea de que él me acompañara me incomodaba por razones que prefería no examinar todavía.
La Dra. Aldana tenía una página web carísima, de esas con tipografía minimalista y testimonios escritos en cursiva. En la foto del perfil aparecía con bata blanca abierta sobre una camisa de seda, los hombros anchos, el pelo recogido en un moño bajo. Había algo en su mirada que no encajaba del todo con el discurso de calma profesional. Algo que me obligó a mirar dos veces. Una intuición que solo entendemos las que aprendimos a leer cuerpos antes de leer palabras.
Esa mujer no era exactamente una mujer.
Reservé el primer turno disponible.
***
La consulta estaba en un edificio de cristal del barrio norte, con un lobby que olía a cuero y café importado. Una recepcionista con auriculares discretos me hizo firmar un formulario y me pidió la tarjeta. Cuando vi el monto en la pantalla, casi me ahogué con la saliva.
—¿Hay algún problema, señora?
—No, no, perdón. Cobre, por favor.
No iba a poder pagarlo. Lo supe en el instante en que la tarjeta hizo el clic del rechazo silencioso, esa sensación que solo entiende quien ha vivido el ridículo de un saldo insuficiente. Pero ya estaba ahí, con la cita confirmada y el cuerpo apretado de nervios, y no me iba a dar la vuelta.
—Pase, la doctora la espera.
***
La Dra. Aldana en persona era todavía más impresionante que en la foto. Más alta de lo que yo había calculado, con una postura que ocupaba todo el ancho del consultorio. Llevaba una blusa color hueso bajo la bata, y los pezones se le marcaban cada vez que respiraba hondo. Tenía manos largas, de dedos finos, y una mandíbula firme que no se parecía a ninguna que yo hubiera visto antes en una mujer.
Me hizo pasar a una sala anexa, me indicó dónde dejar la ropa y me dio una bata de papel.
—Cuando esté lista, golpeo la puerta y entro —dijo con una voz baja, ronca, que me recorrió la espalda hasta la nuca.
Asentí sin decir nada.
Mientras me desvestía, la cabeza no me paraba. ¿Qué le iba a decir cuando volviera? ¿Que no podía pagarle? ¿Que me había equivocado de profesional? Y mientras pensaba todo eso, otra parte de mí, la que reconozco bien desde hace años, ya estaba calculando otras cosas.
Cuando entró, me encontró sentada en la camilla, con la bata semiabierta y las piernas cruzadas hacia un costado. No fue accidente.
—Perdón, doctora —empecé, sosteniéndole la mirada—. Le tengo que confesar algo. No vine preparada para pagarle esta consulta. Me equivoqué con los precios y… acá estoy.
Su expresión se endureció en milésimas de segundo.
—Esto no es un mercado, señora. Hay un cajero a dos cuadras. Si no puede pagar, vuelva cuando pueda.
Pero no se movió. Y eso fue lo único que necesitaba saber.
—Es que… —bajé la voz y le toqué la rodilla con la punta de los dedos, muy suave—. Me cuesta encontrar mujeres como usted. Mujeres que entiendan… del otro lado. Que sepan lo que se siente desde los dos lugares.
Esa frase la clavó en su silla. La vi tragar saliva, mover apenas la mandíbula y dejar la mano quieta sobre el muslo. Cuando volvió a hablar, la voz le había bajado medio tono.
—No sé de qué me está hablando.
—Sí lo sabe. Y yo también.
Le subí la mano por el muslo, despacio, sin apuro. Fue cuando la sentí. Bajo la tela del pantalón sastre, una dureza que no se parecía a nada que pudiera explicar otra cosa. Latía. La doctora cerró los ojos un segundo y respiró por la nariz.
—No debería… —murmuró.
—Pero lo hace.
***
Le abrí el botón del pantalón con una sola mano. Ella no me detuvo. No abrió los ojos. Cuando le saqué la verga de la ropa, me sorprendió el peso, la temperatura, el grueso. Estaba durísima y empapada de su propia tensión, latiendo contra mi palma como si tuviera urgencia propia. La acerqué a mi cara y le hablé como se le habla a alguien que está a punto de rendirse.
—Cúreme, doctora. Yo soy buena paciente.
Me di vuelta sobre la camilla y apoyé las rodillas en el borde, dándole la espalda. La camilla hizo un ruido metálico cuando ella se acomodó detrás de mí. Me tomó las caderas con esas manos largas que llevaba ocultas en los bolsillos y me las apretó tan fuerte que pensé que me iban a quedar marcas.
Entró sin avisar.
Grité contra la almohadilla de papel. Me llenaba de una manera que no había sentido nunca, y por un segundo lo único que pude hacer fue aguantar y respirar. Después llegó otra cosa, más profunda, más obscena. La doctora se movía con una técnica que no era de aficionada, con un ritmo aprendido en alguna otra cama, en alguna otra noche que yo nunca iba a conocer. Cada empuje me arrancaba un sonido que yo creía no saber hacer.
—Quédese así, señora —me decía al oído—. Aguante. Esto es lo que vino a buscar.
Me agarró del pelo, me dobló la cabeza hacia atrás y me hizo mirarla por encima del hombro. Sus ojos no eran los de la médica de la página web. Eran otros. Los de alguien que sabe exactamente lo que tiene entre las manos.
—¿Quién la mandó acá? —me preguntó, con una sonrisa que no era amable—. ¿Quién le dijo que iba a encontrar lo que buscaba?
—Nadie —jadeé—. La encontré yo.
—Mentirosa.
Me soltó el pelo y me empujó la cara contra la camilla. Siguió embistiéndome con un ritmo cada vez más áspero, sin pausa, sin compasión. Yo iba apretando los puños sobre el papel desechable, sintiendo cómo se rompía bajo mis dedos. El consultorio olía a desinfectante, a perfume caro y a sudor. Era un olor que me iba a perseguir durante semanas. Mi mejilla contra el plástico de la camilla me dejó marcas que más tarde tendría que disimular con maquillaje, pero en ese momento no me importaba nada de eso. Solo me importaba que ella no parara.
Cuando se vino, lo hizo en silencio, todo adentro. Sentí la pulsación, el calor extendiéndose dentro de mí, y un escalofrío que me bajó desde la nuca hasta los talones. Me quedé inmóvil unos segundos, esperando a que el mundo se acomodara.
Ella se separó despacio. Buscó un papel en el cajón de los guantes y se limpió como si supiera de memoria cada movimiento. Yo me incorporé con dificultad, las piernas temblándome todavía.
—La consulta queda saldada —me dijo, con la voz ya recuperada, profesional—. Vuelva cuando quiera. Pero pague.
Me sonreí mientras me vestía.
—Gracias, doctora. Me siento mucho mejor.
***
En el viaje de vuelta no escuché música. Solo miraba por la ventanilla del taxi y reordenaba mentalmente la versión que iba a contar. Damián era un hombre bueno, de los que escuchan, de los que creen. Y yo lo conocía lo suficiente para saber qué partes podía dejar afuera y qué partes tenía que contar para que su deseo se encendiera sin que la culpa lo arruinara.
Lo encontré en el sillón, con el celular en la mano, con esa cara de preocupación que me daba ganas de besarlo y de mentirle al mismo tiempo.
—Mi amor, ¿estás bien? ¿Qué te dijeron?
Me senté en su regazo. Sentí enseguida que estaba más despierto de lo que parecía. Le pasé los dedos por la nuca y me acerqué a su oído.
—Me dijo que tengo que aprender a relajarme.
—¿Y ya está? ¿Eso fue todo?
—No exactamente. Me hizo una terapia rara. Me tumbó en la camilla, me dijo que cerrara los ojos y empezó a darme indicaciones para liberar la tensión.
—¿Qué tipo de indicaciones?
Me reí, le mordí el lóbulo y bajé el tono hasta que apenas se me oía.
—Me decía cosas. Cosas que no le diría a nadie más. Y mientras me hablaba, me tocaba… acá. —Le tomé la mano y la apoyé en mi propia cintura, despacio, llevándola hacia abajo—. Me dijo que dejara de pelear, que me entregara. Y yo me entregué, Damián. Me entregué como una nena chiquita.
Sentí la dureza de él bajo mi muslo, urgente.
—Joder, Renata. ¿De verdad te dijo eso?
—Pasó en mi cabeza. ¿Cuál es la diferencia?
Se rió bajito, con esa risa que le sale cuando algo le gusta y le incomoda al mismo tiempo. Me apretó contra él, me besó el cuello, y yo me dejé hacer mientras le contaba el resto de la fantasía con el tono justo, con las pausas justas, con los suspiros justos. Cada vez que me detenía, él me apretaba más. Cada vez que bajaba la voz, su respiración se hacía más rápida. Yo conocía ese juego mejor que él.
Le conté que la doctora me había dicho «buena chica». Le conté que sus manos eran más grandes de lo que parecían. Le conté que yo había cerrado los ojos y había imaginado por un momento que era él el que estaba ahí, conmigo. Esa última parte fue lo único que dije que era mentira.
Cuando me llevó al dormitorio, todavía tenía la marca de los dedos de la doctora en la cintura. Damián me las besó una por una, sin saber lo que estaba besando. Y yo le sonreí al techo mientras él se hundía dentro de mí con toda la urgencia de alguien que se cree dueño de una fantasía que no es suya.
Esa noche dormí como hacía semanas que no dormía.
Al final, la doctora tenía razón. Solo necesitaba aprender a relajarme.