Lo que guardé en mis pies todo el día en Viena
En los países del primer mundo la mano de obra es cara y los servicios, en consecuencia, también lo son. Eso lo aprendí cuando me gasté una hora y media en el spa del barrio haciéndome la pedicura, tres días antes de tomar el vuelo a Viena: uñas negras, forma cuadrada, suelas trabajadas hasta quedar suaves como cuero nuevo. Sabía que un mes de caminata iba a deshacer parte de ese trabajo, así que quería aprovechar los primeros días, cuando todo todavía estaba perfecto y él todavía temblaba solo de verlos.
Me desperté esa mañana en el hotel del primer distrito, todavía enroscada contra su espalda. La habitación tenía ese olor particular que tienen los hoteles buenos: jabón de baño caro, sábanas recién lavadas y algo que era completamente él. Estiré el brazo hacia la mesita, agarré el teléfono y abrí el clima. "11°C, nublado, sensación térmica de 8°C." Perfecto. Frío pero no imposible, justo lo que necesitaba para que mis pies pasaran el día entero encerrados, acumulando calor.
Me levanté sin hacer ruido. Él seguía durmiendo boca abajo, con un brazo colgando del borde y la cara completamente tranquila. Ocho años juntos y todavía me provocaba esa especie de ternura agresiva que no sabía cómo nombrar. Me quedé mirándolo desde el umbral del baño un segundo, después entré a lavarme los dientes y a pensar en lo que iba a ponerme.
Elegí con cuidado, como se elige cuando se tiene un objetivo claro. Las zapatillas blancas que llevaba usando tres días sin airear. Las medias de algodón gruesas que habían hecho el vuelo y una jornada entera de turismo dos días antes, lavadas solo a medias. Jeans ajustados, campera impermeable, bufanda. Hoy mis pies no iban a respirar hasta la noche.
No transpiro demasiado, lo sé. Pero una jornada entera encerrada a esa temperatura, con ese movimiento, iba a dejar algo. Y ese algo era exactamente el ingrediente que necesitaba.
Salimos después del desayuno. Caminamos hasta el Palacio de Schönbrunn, donde tomé fotos de los jardines imperiales mientras él me esperaba con las manos en los bolsillos y esa sonrisa suya. Después bajamos hasta el Naschmarkt, que a esa hora estaba en pleno movimiento: puestitos de verduras, especias orientales, encurtidos, gente que regateaba en cinco idiomas. Compramos queso y un tarro de mermelada de ciruela y los comimos parados contra una columna. De ahí subimos al Belvedere para ver el Klimt, bajamos por la Kärntnerstrasse entre turistas y palomas, cruzamos el Ring y terminamos en un café del barrio de Neubau donde tomamos algo caliente antes de volver al hotel. Calculé que habíamos caminado cerca de doce kilómetros, todo sobre adoquines y escaleras de mármol, el tipo de suelo que cansa los pies de una manera que el asfalto no hace.
A cada rato los sentía: calientes, húmedos, encerrados. Notaba las medias apegadas a la planta, el roce leve del talón contra el forro interno de las zapatillas. Y en cada cuadra, entre conversaciones sobre el Klimt y el mercado, pensaba en la noche.
¿Va a arrodillarse frente a mí como siempre? ¿Va a obedecer sin que tenga que pedirle nada?
Eso era lo que más me gustaba de esta dinámica que habíamos construido sin nunca hablar de ella directamente: que era completamente voluntaria de su parte. Él elegía esa posición. Él elegía ponerse de rodillas frente a mí y tratar mis pies como algo sagrado. Yo no forzaba nada. Le ofrecía lo que sabía que necesitaba, y él lo recibía con una entrega que me excitaba más que cualquier otra cosa que pudiera hacer con su cuerpo.
***
A la noche fuimos a cenar a un restaurante pequeño en Neubau, con las paredes de ladrillo visto y velas cortas sobre las mesas de madera. Pedimos Tafelspitz y una botella de Grüner Veltliner. La luz era baja, íntima. Afuera hacía frío pero adentro todo era cálido y olía a guiso y a manteca tostada.
Cuando llegó el vino, levantó la copa y me miró de ese modo particular que tiene desde hace años.
—Salud, mi amor —dijo, rozando su copa contra la mía—. Por este viaje, por vos, por cada cuadra que caminamos hoy.
—Salud —respondí, y tomé un sorbo largo mirándolo por encima del borde—. ¿Sabés lo que más me gustó de hoy?
—¿Qué?
—Que caminé todo el día con las mismas zapatillas de los últimos tres días —dije, en voz baja, como si le contara un secreto—. Y con las medias del vuelo. Sin airearlas.
Se quedó quieto. El tenedor a medio camino entre el plato y la boca.
—No me mirés así —le dije—. Comé. Todavía falta el postre.
—¿Qué postre? —preguntó, con la voz un tono más ronca de lo habitual.
—El del menú no —respondí, sin levantar los ojos del plato—. El otro.
Siguió comiendo en silencio. Más despacio que antes. Yo continué la cena con calma, hablando del Klimt, del mercado, de si mañana valía la pena hacer el tour en barco por el Danubio. Como si no le acabara de anunciar nada. Como si eso no lo tuviera mirándome de reojo cada dos minutos.
—¿Cuánto caminaste hoy? —preguntó eventualmente, fingiendo que era una pregunta casual.
—Bastante. Me duelen los pies —respondí, cruzando las piernas por debajo de la mesa, sintiendo el calor húmedo que seguía acumulado dentro de las zapatillas—. Voy a necesitar un masaje cuando lleguemos.
Apoyó la copa muy despacio.
—Sí —dijo—. Claro que sí.
Terminamos sin apuro, pero cuando pedí la cuenta él lo hizo antes de que terminara el último sorbo.
***
Llegamos al hotel con esa mezcla particular de urgencia y calma que sucede cuando los dos saben exactamente lo que viene. Cerramos la puerta y me apoyé contra la pared y lo besé despacio, con hambre controlada. Después me saqué la campera, el jean, el corpiño.
Me quedé con las medias puestas.
Me senté en el borde de la cama, crucé las piernas y lo miré.
—Vení —le dije—. Arrodillate.
Lo hizo sin dudarlo. Se puso de rodillas frente a mí, en el espacio entre la cama y la ventana, con las luces de la ciudad filtrándose por la cortina entreabierta. Me tomó el pie derecho con las dos manos, lo apoyó sobre su regazo y empezó a masajear a través de la media.
—Sacámelas vos —le dije.
Deslizó los dedos por el elástico y empezó a bajar la media muy despacio. Cuando la sacó completamente, el calor salió junto con ese olor que se acumula después de horas de encierro: intenso, cálido, con algo levemente ácido que era completamente mío, completamente de ese día. Lo vi aspirar. Los ojos cerrados, los hombros caídos hacia adelante, como alguien que acaba de encontrar algo que llevaba tiempo buscando.
—¿Bien? —le pregunté.
—Perfecto —murmuró contra mi pie.
—La otra.
Sacó la segunda media con la misma lentitud. Después se quedó quieto, con mis dos pies entre sus manos, mirándolos bajo la luz tenue de la habitación.
—Mirá las uñas —le dije—. Me las pinté pensando en esto antes de viajar.
Negro brillante, forma cuadrada. Los miró como si fueran algo que merecía guardarse.
—Masajeame —le pedí, recostándome hacia atrás sobre los codos—. Muy lento. Quiero sentir que me adorás cada centímetro.
Puso los pulgares en el arco del pie derecho y empezó a trabajar: círculos lentos en el talón, presión firme sobre la planta, los dedos recorriendo cada tendón desde el tobillo hasta la base de los dedos. Yo gemía bajito, cerraba los ojos, me dejaba ir. Después de varios minutos le pasé el pie por la cara, apoyé la planta contra su mejilla, le froté los dedos contra la nariz. Lo dejé aspirar todo el olor que había guardado para él durante doce kilómetros de adoquines vieneses.
—Lamé —le dije.
Abrió la boca y empezó a pasar la lengua por la planta, despacio, desde el talón hasta los dedos. Le metí el dedo gordo entre los labios. Lo chupó sin vacilar. Después el segundo, el tercero. Saboreaba todo con una concentración total que me ponía a mí completamente fuera de mí misma.
Me excitaba verlo así: completamente presente, completamente rendido, usando la boca solo para darme placer a mí.
—Desnudate —le dije después de un rato—. Y acostaste boca arriba.
Se sacó la ropa sin levantarse de las rodillas, se subió a la cama y se recostó. Ya estaba completamente excitado, sin que yo hubiera hecho nada todavía más que darle órdenes y ofrecerle mis pies. Me senté a los pies de la cama y apoyé las plantas sobre él.
Empecé despacio: la suela todavía caliente y húmeda deslizándose de arriba hacia abajo, apretando suave. Sentía el calor de él contra mi piel, el latido, el modo en que se tensaba cada vez que mis dedos rozaban el extremo. Después lo envolví con las dos plantas y empecé a moverme con ritmo, formando un canal con la presión justa.
—Mirá mis uñas negras mientras te hago esto —le dije.
Las miraba. Tenía los ojos fijos en el movimiento, la mandíbula apretada, las manos aferradas a las sábanas.
—No te corras todavía —le dije—. Esperá que te lo diga yo.
Asintió sin hablar.
Aceleré un poco, después frené. Le pasé una planta por el pecho, volví a lo anterior. Lo manejé así varios minutos: subiéndolo hasta el límite, frenando justo antes, dejándolo que respirara y volviendo a empezar. Cada vez que lo veía tensarse, que lo veía cerrar los ojos con demasiada fuerza, le bajaba el ritmo hasta que se acomodaba.
—¿Querés correrte? —le pregunté.
—Sí —dijo, con la voz completamente raspada.
—Pedímelo bien.
—Por favor —dijo—. Por favor, dejame.
Me gustaba ese momento. Me gustaba tener ese tipo de poder, tranquilo y claro, sin violencia ni artificio, solo con el cuerpo y el ritmo y el olor de mis pies que había preparado todo el día para esto.
—¿Dónde querés hacerlo? —le dije.
—En tus pies —murmuró—. Por favor, en tus pies.
Apreté las plantas, aceleré el movimiento, lo mantuve firme y constante. Lo sentí tensarse completamente, escuché el sonido que hace cuando está justo en el límite, y unos segundos después se corrió: chorros calientes y espesos que cayeron en la planta derecha, entre los dedos, sobre las uñas negras. Me quedé quieta, sintiendo el calor pegajoso contra mi piel, viendo cómo respiraba agitado con los ojos cerrados y los labios entreabiertos.
—Bien —le dije en voz baja.
***
Levanté el pie para mirarlo: la suela brillosa, el líquido espeso escurriendo despacio por el arco, acumulándose entre los dedos. Lo miré a él, que me observaba desde la cama con esa expresión que mezcla el agotamiento con algo parecido a la gratitud.
—Agarrá el teléfono —le dije—. Grabame.
Se estiró hacia la mesita, agarró el celular, lo encendió y lo apuntó hacia mí. Me miró a través de la pantalla. Enfoqué la cámara un segundo, después acerqué el pie a mi boca.
Empecé a lamer la planta despacio: el gusto salado y espeso mezclado con mi propio sudor del día, con el olor a cuero de las zapatillas, con todo lo que había acumulado caminando doce kilómetros por el primer distrito de Viena. Me metí los dedos uno por uno, chupé entre los espacios, tragué lo que podía alcanzar. No aparté los ojos de la cámara en ningún momento.
—Esto es para cuando no estemos juntos —le dije, con la voz apenas audible—. Para que te acuerdes de mí.
Cuando terminé, apoyé el pie en la cama y le hice una seña para que cortara la grabación.
Nos quedamos en silencio un rato, los dos tendidos en la cama, con la luz de la ciudad entrando por la cortina y el olor denso de la habitación envolviéndonos. Le acaricié el pelo. Él me apretó el brazo contra su pecho.
—¿Sabés lo que quiero esta noche? —le dije, con la cara apoyada en su pecho—. Quiero que me hagas el amor por detrás. Quiero sentirte adentro antes de que se acaben estas vacaciones.
Me miró. Sonrió.
—Toda la noche tenemos —dijo.
Y así fue. La noche se extendió más allá del plan, más allá de Viena y del frío afuera y de todos esos años que cargábamos encima. Esa noche en el hotel del primer distrito los dos supimos exactamente lo que éramos el uno para el otro, sin necesidad de decirlo en voz alta.