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Relatos Ardientes

Vera sacó una jaula del bolso y me quedé sin habla

Hace casi dos décadas que conozco a Vera. La conocí en un foro de cine, de esos que ya nadie recuerda, cuando los dos teníamos tiempo libre y ganas de hablar de algo que importara. Empezamos discutiendo sobre Jarmusch y terminamos hablando hasta las tres de la mañana de cosas que no le contaba a nadie. Luego vino Discord, luego el número de teléfono. Siempre palabras. Nunca pieles.

Por eso cuando me propuso que nos viéramos en Valencia, pasé tres noches sin dormir.

No era miedo, exactamente. Era esa mezcla de anticipación y certeza de que algo va a cambiar, y que una vez que cambia no hay forma de volver. Vera sabía cosas de mí que no le contaba ni a mi terapeuta. Sabía que me gustaba el control cedido, que llevaba años fantaseando con situaciones que nunca había mencionado en voz alta. Y yo sabía que ella lo sabía, y habíamos dejado eso flotando entre nosotros durante meses sin darle un nombre.

***

Quedamos en el aparcamiento de un centro comercial en las afueras. Yo llegué diez minutos antes y me quedé dentro del coche con el motor encendido, repasando mentalmente todas las excusas para salir corriendo si la cosa se ponía rara. La tarde era de esas de primavera que no se deciden entre el frío y el calor, y yo llevaba veinte minutos con el mismo pensamiento dando vueltas: no traigo condones porque no hace falta, porque entre nosotros no va a pasar nada, porque Vera es mi amiga.

La vi antes de que ella me viera a mí.

No sé qué esperaba. Supongo que esperaba a la chica de las fotos: morena, seria, con esa sonrisa que siempre parecía guardarse algo para el final. Lo que no esperaba era el vestido.

Era rojo. Ajustado. Y cuando me bajé del coche y me acerqué a darle los dos besos de rigor, el roce de mis nudillos contra la tela me lo confirmó: no era tela. Era PVC. Brillante, frío al tacto durante un segundo y luego caliente como la piel que había debajo. Tuve que hacer un esfuerzo deliberado para no quedarme con la mano pegada a su cadera.

—Llevas veinte años hablando de esto —dijo, como si me hubiera leído el pensamiento—. Era hora de comprobar si la realidad estaba a la altura.

Reí. Creo que ella también. Pero era una risa nerviosa, de esas que no llegan a los ojos.

Había algo diferente en ella al verla en persona. En las fotos siempre había parecido cercana, casi cómplice. Aquí, de pie junto a mi coche con ese vestido y esa expresión, parecía haber tomado una decisión sobre mí antes de que yo hubiera tenido tiempo de abrir la boca. Recordé algo que me había dicho en uno de esos chats de madrugada: «Cuando nos veamos, vas a entender muchas cosas que ahora solo intuyes.» Lo tomé como una promesa vaga. Ahora empezaba a entender a qué se refería.

***

Una vez en el coche, Vera me indicó que siguiera recto hasta el extremo del aparcamiento, donde las plazas estaban vacías y la última hilera quedaba a la sombra de un muro de hormigón. Aparqué. Apagué el motor. El silencio entre nosotros era distinto al de los últimos kilómetros: más denso, como si también él esperara algo.

—Marcos —dijo, y algo en el tono me hizo ponerme recto en el asiento—. Sabes que entre tú y yo no va a pasar nada, ¿verdad?

No era una pregunta. Era una advertencia.

Y sin embargo aquí estoy, con una erección que agradezco que el volante tape.

—Lo sé —respondí.

Vera abrió el bolso sin apartar los ojos de mí. Lo que sacó era metálico, pequeño y perfectamente cromado. Tardé un segundo en identificarlo y cuando lo hice, el estómago se me fue al suelo.

Una jaula de castidad.

No de esas de plástico barato que venden en cualquier tienda online. Esta era sólida, con acabados pulidos, del tamaño justo para no dejar ninguna duda sobre su propósito. Vera la sostuvo entre el pulgar y el índice con la misma naturalidad con la que otra persona sostendría las llaves del coche.

—Tienes cinco minutos —dijo—. Los baños están al fondo del pasillo central. Si tardas más, me marcho con tu coche y me llevo la llave. —Una pausa muy breve—. Y no es una jaula de las baratas. No vas a poder quitártela solo.

Me quedé mirándola. Ella me devolvió la mirada sin parpadear, con esa calma de alguien que ya sabe cómo va a terminar esto.

—Cuatro minutos cincuenta y siete segundos.

Salí del coche.

***

El pasillo del centro comercial se me hizo eterno. Caminé con la cabeza baja y el pulso en las sienes, intentando no pensar en lo que llevaba en la mano ni en lo que estaba a punto de hacer con ello. El baño olía a ambientador de pino. Había un hombre lavándose las manos que no levantó la vista cuando entré. Me encerré en el último cubículo.

La jaula encajó mejor de lo que esperaba. Vera había elegido el anillo más estrecho de los que traía, pero funcionó sin retenedor. Me temblaban un poco las manos. Me lavé las manos dos veces y salí sin mirar a nadie, intentando caminar como alguien que no lleva nada.

Cuando llegué al aparcamiento, mi coche no estaba.

El primer impulso fue buscar el teléfono. Lo había dejado en el lateral de la puerta cuando salí, junto con el mando del coche. No me había dado cuenta hasta ese momento. Me quedé parado en medio de la plaza vacía, con el sol bajando y ningún recurso, intentando calcular si podía pedirle un teléfono prestado a alguien o si directamente tenía que entrar al centro comercial y explicarle a seguridad que mi amiga se había ido con mi coche y que no, no era urgente, que lo habíamos acordado así.

Un claxon rompió el silencio.

Mi coche estaba a veinte metros, con Vera al volante, riéndose con la boca abierta. Me hizo un gesto desde dentro del cristal y entonces sacó algo del escote con dos dedos y lo agitó para que yo lo viera bien.

La llave de la jaula.

La luz del sol arrancó un destello del metal. Yo me quedé donde estaba sin moverme, mientras mi cuerpo decidía por mí lo que sentía: vergüenza y excitación en partes exactamente iguales, tan mezcladas que ya no podía distinguirlas.

***

Fuimos al cine en el coche de Vera. Ella condujo y yo me senté en el copiloto con las manos en el regazo, notando en cada semáforo el metal frío contra mi piel. Vera no habló mucho durante el trayecto. Tenía esa expresión que yo ya conocía de las fotos, pero en persona era diferente: más controlada, más segura de sí misma, como si supiera exactamente adónde iba todo esto y el único que tenía que seguir el ritmo era yo.

La sala estaba casi vacía cuando llegamos. Las pocas personas que había se habían sentado en la parte delantera. Nosotros fuimos al fondo, donde la oscuridad era más densa. Las luces todavía no se habían apagado cuando Vera se inclinó hacia mí.

—Todavía hay algo más que quiero que lleves puesto durante la película.

Me puso algo en la palma de la mano. Un sobre pequeño de papel opaco, ligero por fuera y sorprendentemente pesado cuando lo sostuve.

—Hay un poco de lubricante dentro —añadió—. Pero no uses demasiado, o saldrás con una mancha en el pantalón que nadie va a poder ignorar.

Me alejé hacia los baños antes de que pudiera añadir nada más.

***

Esperé a que el baño quedara vacío. Me encerré en el cubículo del fondo y abrí el sobre con la misma delicadeza con la que se abre algo de lo que ya se sabe que no hay vuelta atrás.

Era un butt plug. Más grande de lo que esperaba.

Me quedé mirándolo durante un momento que se extendió más de lo razonable. Afuera, los primeros minutos de película ya habían empezado. Adentro, yo sostenía algo que tenía que introducirme en el cuerpo en el baño de un cine, con una jaula en la entrepierna, sin teléfono y con la llave de todo eso guardada en el escote de Vera.

Veinte años esperando este momento. Y resulta que aquí estoy, en un cubículo que huele a pino, con un butt plug en la mano y sin ningún argumento racional para salir de esto.

Empecé con los dedos. El lubricante del sobre era suficiente. Tardé más de lo que me habría gustado, pero lo conseguí. Cuando salí del cubículo, caminaba despacio, con esa conciencia nueva del propio cuerpo que no es del todo dolor y no es del todo placer, y que te hace muy consciente de cada paso que das.

Me lavé las manos tres veces.

***

Vera estaba esperándome al fondo del pasillo, apoyada contra la pared con los brazos cruzados. Cuando me vio llegar, se tapó la boca con una mano para no reírse. No lo consiguió del todo.

Caminamos juntos hasta la sala. Nos sentamos en la última fila, en la penumbra, con las butacas de alrededor vacías.

Apagaron las luces.

Y entonces noté la vibración.

Suave al principio, casi como si fuera imaginación. Pero no era imaginación: era Vera, con el mando en la mano, mirando la pantalla con expresión absolutamente inocente. Se mordió el labio para no sonreír.

—Esto es solo el principio —susurró sin girar la cabeza—. Pero entiéndeme bien, Marcos: tu jaula no se abre hasta que te lleve a casa. Y no me vas a rozar con ella.

La vibración subió un escalón.

Me mordí el labio. El sonido de la película llenaba la sala pero yo no escuchaba nada. Solo notaba el metal, la vibración, el peso de lo que había pasado en las últimas dos horas acumulándose en un punto desde el que no había regreso.

Intenté controlar la respiración. Intenté mirar la pantalla. Intenté pensar en otra cosa. No pude hacer ninguna de las tres. La combinación del metal y el plug vibrando dentro de mí era demasiado, y Vera lo sabía. Llevaba veinte años hablando conmigo; sabía exactamente dónde estaba el límite y cuánto podía empujarlo.

Subió las vibraciones al máximo justo cuando iba a pedirle que las bajara.

Me corrí dentro de la jaula.

No fue como correrse normalmente. Fue frustrante y completo al mismo tiempo, como gritar con la boca cerrada. Me aferré al apoyabrazos y mantuve los ojos en la pantalla mientras todo lo que había estado conteniendo durante las últimas horas salía de golpe y no llegaba a ninguna parte que no fuera el interior frío del metal.

Vera metió la mano bajo el cinturón de mi pantalón.

La sacó sucia.

Me miró. Yo la miré. No hizo falta que dijera nada; lo entendí solo. Le limpié la mano con la lengua, despacio, sin apartar los ojos de los suyos. Ella me dejó hacerlo. Cuando terminé, me acarició la mejilla con esos mismos dedos, con una ternura que contradecía todo lo demás.

—Bien —dijo, en voz muy baja.

Se volvió hacia la pantalla.

Las vibraciones bajaron hasta convertirse en un rumor constante que me acompañó durante el resto de la película como un recordatorio de quién tenía el mando.

***

No recuerdo casi nada de la película. Sí recuerdo la mano de Vera sobre el apoyabrazos, a dos centímetros de la mía, sin tocarme. Recuerdo que en un momento se inclinó y me besó, despacio, y que mientras lo hacía movió la jaula arriba y abajo con la misma calma con la que alguien cambia de canal.

Recuerdo que pensé: veinte años de conversaciones para llegar aquí.

Y que no cambiaría ni una sola.

Cuando salimos, el aparcamiento estaba casi vacío. La noche había entrado mientras nosotros estábamos dentro. Vera me devolvió el teléfono y las llaves del coche. La llave de la jaula, no.

—Esa te la devuelvo cuando lleguemos —dijo.

Caminamos hasta los coches uno al lado del otro. Ella tenía esa expresión de siempre, la que se guardaba algo. Solo que ahora yo ya sabía qué era.

—¿Y si no llegamos? —pregunté.

Se rio. Una risa real, esta vez, de las que llegan hasta los ojos.

—Llegaremos —dijo—. Te lo prometo.

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Comentarios (7)

NachoCba

jajaja la jaula en el bolso!!! no me lo esperaba para nada, tremendo giro

Rodrigo88

Increible como construiste la tension desde el primer parrafo. Me enganche rapidisimo y no pude parar

SolMdq

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas!!

un_lector_curioso

20 años hablando por Discord antes de verse en persona... hay algo de autobiografico en esto? jaja curiosidad nomas

LuciaPampas

Buenisimo, de los mejores que lei aca. Muy bien escrito

Tomas_2k

La tension justo antes de que abriera el bolso es lo mejor del relato. Bien hecho, en serio

Nico_Rdz

me recordo a una historia que me conto un amigo hace años jaja. Muy bien contado todo

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