Cuando Vera me puso el collar por primera vez
Mi nombre es Elena. Tengo veintiún años, pelo castaño hasta los hombros, y una curiosidad por el sexo que siempre me ha metido en situaciones difíciles de explicar. Esta historia es la más difícil de todas: es la historia de cómo empecé buscando algo nuevo una noche cualquiera y terminé con un collar alrededor del cuello que todavía no me he quitado.
Rodrigo y yo llevábamos casi dos años juntos cuando empezamos a hablar de incorporar a alguien más en nuestra cama. Éramos abiertos en ese sentido: habíamos visto pornografía juntos desde el principio, habíamos explorado juegos de rol, habíamos tenido conversaciones largas sobre fantasías sin que ninguna de las dos partes se sintiera atacada. La posibilidad de un trío llegó de forma natural, sin drama, sin ultimátums. La única pregunta real era si queríamos a un hombre o a una mujer.
Yo siempre voté por una mujer. Me costaba admitirlo en voz alta, pero la verdad es que llevaba años sintiéndome atraída por ellas sin hacer nada al respecto. Las películas que elegíamos los viernes por la noche terminaban casi siempre con escenas lésbicas, y yo me quedaba más enganchada en esas escenas de lo que le confesaba a Rodrigo.
—Conozco a alguien —me dijo una noche mientras fregábamos los platos—. Una exnovia. Se llama Vera. Es inteligente, es directa, y le gusta llevar el control. Mucho. ¿Sabes a qué me refiero?
—Creo que sí —respondí.
No sabía. O sí sabía, pero no en la dimensión en que lo iba a vivir.
La noche del encuentro, Rodrigo me pidió que me pusiera algo específico: un camisón corto color marfil, sin sujetador, sin nada debajo. Pasé la tarde nerviosa, moviéndome de una habitación a otra sin saber qué hacer con las manos. A las nueve en punto sonó el timbre y se me cortó la respiración.
Vera entró al apartamento como si fuera su casa. Medía diez centímetros más que yo, llevaba el pelo negro recogido en un moño firme, y vestía con una camisa blanca remangada y pantalón oscuro de pinzas. No era lo que yo había imaginado. Había algo en su forma de moverse que llenaba el espacio, que lo reclamaba, que no pedía permiso a nadie.
—Así que esta es Elena —dijo, mirándome de arriba abajo con una calma absoluta—. Rodrigo me habló de ti. Mucho.
No me extendió la mano. Se acercó y me dio un beso en la comisura de los labios, apenas un roce, y luego se apartó como si no hubiera pasado nada. Pero algo había pasado. Lo noté en la forma en que me latía el corazón.
Rodrigo les sirvió vino a los dos. Vera se sentó en el sofá con las piernas cruzadas y siguió mirándome mientras él y ella conversaban. Habían acordado previamente que yo no hablaría a menos que me lo pidieran. Lo interpreté como parte del juego y bajé la vista, con las manos en el regazo.
—¿Sabes por qué estás aquí esta noche? —me preguntó Vera de repente.
—Para los tres —respondí.
—No. —Su voz no subió ni un tono—. Estás aquí para servirnos. Para obedecernos a los dos. Esa es la diferencia. ¿La entiendes?
Asentí.
Vera le hizo una señal a Rodrigo. Él se levantó, se colocó detrás de mí y me ató las muñecas a la espalda con un pañuelo de seda que ella había sacado del bolsillo de la chaqueta. Cuando tensó el nudo, sentí que algo en mí se soltaba al mismo tiempo. Era una sensación extraña: la inmovilidad que abría algo por dentro.
Vera se puso de pie, se colocó frente a mí y me miró durante varios segundos sin hablar. Luego me agarró del mentón con dos dedos y me levantó la cabeza hasta que nuestros ojos quedaron al mismo nivel.
—Esta noche no decides nada —dijo—. Solo haces lo que te digo. ¿Puedes con eso?
—Sí —respondí.
—Sí, qué.
—Sí, Ama —dije, y al decirlo, algo en mí cedió del todo.
Lo que siguió duró más de tres horas. Vera marcó cada momento, cada instrucción, cada pausa. Rodrigo y ella se complementaban con una coordinación que solo puede venir del conocimiento profundo de alguien. Yo no tenía que decidir nada. Solo recibir lo que me daban, seguir las órdenes cuando llegaban, y dejar que la entrega reemplazara al pensamiento.
Vera me hizo arrodillarme frente a ella mientras Rodrigo observaba desde la silla. Me ordenó que le desabrochara la camisa lentamente. Cuando terminé, se puso de pie, me tomó del pelo con una mano firme, y me dijo al oído que había sido una buena chica. Esas cuatro palabras me afectaron más que cualquier otra cosa de esa noche.
Más tarde, cuando las posiciones cambiaron y Rodrigo tomó su turno, Vera siguió dirigiendo desde un costado. Me ordenaba. Me corregía. Decidía cuándo yo podía moverme y cuándo tenía que quedarme quieta. Y cuando Rodrigo terminó y me ordenó que me volviera hacia Vera, ella me separó las piernas con el pie y empezó a explorarme con los dedos sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me corrí antes de que pudiera pedirle permiso para hacerlo.
—La próxima vez —dijo Vera, apartando la mano—, esperas a que yo te lo diga.
Vera se fue pasada la medianoche. Me dejó sentada en el borde de la cama con el pañuelo de seda en las manos y una sensación en el pecho que no supe nombrar hasta semanas después.
***
Pasaron tres semanas en las que no pude dejar de pensar en ella. Me distraía en el trabajo. Quemaba la comida. Me despertaba a las tres de la mañana con la imagen de su mano en mi pelo y su voz diciéndome lo que tenía que hacer. Rodrigo lo notó, y una noche, sin que yo le dijera nada, me preguntó directamente:
—¿Quieres volver a verla?
—Sí —respondí—. Pero no como la otra vez.
Él asintió, despacio. Creo que lo entendió antes que yo.
Llamó a Vera. El mensaje que me transmitió fue breve: ella no quería otro trío. Lo que proponía era diferente. Yo me iría a vivir con ella como su esclava. Rodrigo quedaría libre. No era una propuesta abierta a negociación, sino una condición. O lo aceptaba todo, o no había nada.
La noche que los tres nos sentamos a hablarlo, Vera llegó con una falda de cuero negro y una blusa de satén que dejaba ver más de lo necesario. Era deliberado. Lo hacía para que yo no pudiera pensar con claridad, para que el deseo le ganara al miedo, y lo logró.
—No te estoy quitando nada, Rodrigo —dijo, dirigiéndose a él sin perderme de vista—. Te estoy haciendo un favor. Elena necesita algo que tú no puedes darle. Y yo sí puedo.
Rodrigo no discutió. Yo tampoco.
Vera abrió el bolso y puso sobre la mesa un collar de cuero negro con una hebilla plateada y una placa pequeña grabada con una V. Nadie habló durante un momento largo.
—Si te lo pones esta noche —dijo—, es definitivo. No es un fin de semana. Es una decisión.
Extendí la mano y tomé el collar.
***
La casa de Vera era grande y ordenada, con una terraza interior y una biblioteca que ocupaba toda una pared del salón. Me asignó una habitación pequeña al fondo del pasillo, con una cama individual y un cajón donde guardar la poca ropa que me permitía usar. Me explicó las reglas la primera noche con la misma precisión con la que se leen los términos de un contrato.
—Llevarás el collar dentro de la casa en todo momento. Limpiarás cada día antes de que yo llegue del trabajo. La cena estará lista a las ocho. No usarás ropa interior a menos que yo lo indique. Y cuando me hables, me llamarás Ama.
Lo de llamarla Ama me costó las primeras semanas. Decirlo en voz alta me resultaba extraño, casi teatral. Pero Vera tenía paciencia cuando quería tenerla y era exigente cuando era necesario. Esa combinación era lo que más me desconcertaba y lo que más me ataba a esa casa.
El sexo con Vera era diferente a todo lo que había conocido. Sabía exactamente qué hacer y cuándo. Sabía cuándo la humillación era excitante y cuándo cruzaba una línea que no le interesaba cruzar. En ese sentido era precisa, casi clínica, y esa precisión era lo que hacía que yo confiara en ella sin reservas.
Había noches en que me ataba a la cabecera de la cama y pasaba una hora entera sin tocarme, solo mirándome, y eso bastaba para llevarme a un punto de tensión que no había experimentado nunca. Había otras noches en que me ordenaba que me arrodillara y esperara sin moverme mientras ella leía o trabajaba en el escritorio. Y yo esperaba. Sin queja. Con una calma que no reconocía como mía pero que era, definitivamente, mía.
Los domingos salíamos juntas al mercado o a caminar por el parque. Vera elegía lo que me ponía: siempre algo que mostrara más de lo que yo hubiera elegido por mí misma. El collar lo llevaba unas veces a la vista y otras tapado bajo el cuello de un jersey, según le apeteciera a ella. Nadie en la calle sabía lo que significaba. Solo yo sabía lo que cargaba al cuello y lo que eso me producía por dentro.
Con el tiempo empecé a entender la diferencia entre obedecer por miedo y obedecer por elección. Vera nunca me dio razones para tener miedo. Me daba razones para elegirla cada vez, y yo lo hacía. Cada mañana que me ponía el collar era una elección. Cada noche que le preparaba la cena era una elección. Cada vez que bajaba la vista cuando ella me miraba era una elección. Eso era lo que más me costaba explicarle a la gente de fuera: que aquello no me hacía menos libre, sino más.
***
Tres meses después de que me mudara, Vera me anunció que vendría una amiga a cenar.
—Se llama Clara —dijo—. Es alguien en quien confío. Y quiero que la conozcas bien.
Clara llegó puntual, con el pelo corto y unos ojos claros de alguien que evalúa con rapidez. Era más joven que Vera, directa en su forma de hablar, y desde el primer momento supe que no era una visita ordinaria.
—Así que esta es la famosa Elena —dijo Clara, mirándome sin disimulo—. No me habían mentido.
La cena fue larga. Yo serví los platos, recogí los vasos, permanecí de pie junto a la mesa cuando ellas conversaban. Clara me hacía preguntas directas y yo respondía con brevedad. No era timidez. Era disciplina. Vera me observaba desde el otro extremo de la mesa con una expresión que yo todavía no sabía descifrar del todo.
Después de cenar, Vera me ordenó que esperara en la sala. Cuando entraron las dos, la noche cambió de carácter. Clara había aceptado un papel activo sin necesidad de explicaciones. Era dominante por naturaleza, no por entrenamiento, y esa diferencia se nota. Juntas ocupaban el espacio de una manera que yo no podía resistir aunque hubiera querido.
Clara se acercó primero. Me rodeó la cara con las manos y me miró de cerca, estudiándome, antes de besarme despacio. Era diferente a Vera: más directa, menos calculadora, con más urgencia en cada movimiento. Cuando Vera se sumó desde atrás, sujetándome los brazos contra el cuerpo mientras Clara me seguía besando, yo cerré los ojos y me dejé caer completamente.
Vera le fue dando instrucciones a Clara en voz baja a lo largo de la noche, señalando qué hacer y cuándo. Clara ejecutaba con precisión. Yo era el centro de todo eso sin tener voz ni turno. En un momento dado, Clara me ordenó que me inclinara sobre el respaldo del sofá. Vera me ató las muñecas y Clara tomó el bote de lubricante que Vera había dejado sobre la mesa. La penetración anal llegó despacio, con cuidado, pero sin pausas. Vera se colocó frente a mí y me sostuvo la mirada durante todo el tiempo.
No podía apartar los ojos de los suyos. No quería.
Cuando Clara terminó, Vera la sustituyó. Y cuando yo estaba ya en el límite de lo que podía sostener, Vera me dio permiso con una sola palabra.
Me corrí temblando, con la cara apoyada en el respaldo del sofá y las muñecas todavía atadas.
Cuando Clara se fue, pasada la medianoche, Vera me desenredó y me sentó en el borde de la cama. Me acarició el pelo en silencio durante un momento largo.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—Bien —dije—. Mejor que bien.
Asintió. Viniendo de ella, eso era suficiente.
***
Han pasado dos años desde aquella primera noche en el apartamento de Rodrigo. Sigo en esta casa, sigo llevando el collar, sigo llamándola Ama. Rodrigo encontró a alguien y es feliz. Clara viene de vez en cuando, y cuando viene yo sé que la noche va a ser larga.
Escribo esto porque Vera me lo ha pedido. Quiere que cuente mi historia, que la ponga en palabras para que otros puedan leerla. No lo hago solo por obediencia, aunque la obediencia forme parte de lo que soy ahora. Lo hago porque creo que hay algo en este relato que puede resonar con alguien que, como yo, miraba películas los viernes por la noche y se quedaba enganchada en las escenas equivocadas sin entender del todo por qué.
Hay un tipo de libertad que solo se encuentra cuando te quitas el peso de decidir. No en todos los momentos de la vida, claro. Pero en un espacio concreto, con la persona adecuada, con reglas claras y acordadas, ese peso que desaparece es lo más ligero que he sentido. Vera me lo enseñó. Y yo se lo agradezco cada vez que me llama desde el piso de arriba.
Me llama ahora.
Voy.