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Relatos Ardientes

Cuando Vera me puso el collar por primera vez

Mi nombre es Elena. Tengo veintiún años, pelo castaño hasta los hombros, y una curiosidad por el sexo que siempre me ha metido en situaciones difíciles de explicar. Esta historia es la más difícil de todas: es la historia de cómo empecé buscando algo nuevo una noche cualquiera y terminé con un collar alrededor del cuello que todavía no me he quitado.

Rodrigo y yo llevábamos casi dos años juntos cuando empezamos a hablar de incorporar a alguien más en nuestra cama. Éramos abiertos en ese sentido: habíamos visto pornografía juntos desde el principio, habíamos explorado juegos de rol, habíamos tenido conversaciones largas sobre fantasías sin que ninguna de las dos partes se sintiera atacada. La posibilidad de un trío llegó de forma natural, sin drama, sin ultimátums. La única pregunta real era si queríamos a un hombre o a una mujer.

Yo siempre voté por una mujer. Me costaba admitirlo en voz alta, pero la verdad es que llevaba años sintiéndome atraída por ellas sin hacer nada al respecto. Las películas que elegíamos los viernes por la noche terminaban casi siempre con escenas lésbicas, y yo me quedaba más enganchada en esas escenas de lo que le confesaba a Rodrigo. Miraba cómo una mujer le abría las piernas a otra y le comía el coño en primer plano, y sentía que se me humedecían las bragas debajo de la manta, y apretaba los muslos para que él no lo notara.

—Conozco a alguien —me dijo una noche mientras fregábamos los platos—. Una exnovia. Se llama Vera. Es inteligente, es directa, y le gusta llevar el control. Mucho. ¿Sabes a qué me refiero?

—Creo que sí —respondí.

No sabía. O sí sabía, pero no en la dimensión en que lo iba a vivir.

La noche del encuentro, Rodrigo me pidió que me pusiera algo específico: un camisón corto color marfil, sin sujetador, sin nada debajo. Pasé la tarde nerviosa, moviéndome de una habitación a otra sin saber qué hacer con las manos. A las nueve en punto sonó el timbre y se me cortó la respiración.

Vera entró al apartamento como si fuera su casa. Medía diez centímetros más que yo, llevaba el pelo negro recogido en un moño firme, y vestía con una camisa blanca remangada y pantalón oscuro de pinzas. No era lo que yo había imaginado. Había algo en su forma de moverse que llenaba el espacio, que lo reclamaba, que no pedía permiso a nadie.

—Así que esta es Elena —dijo, mirándome de arriba abajo con una calma absoluta—. Rodrigo me habló de ti. Mucho.

No me extendió la mano. Se acercó y me dio un beso en la comisura de los labios, apenas un roce, y luego se apartó como si no hubiera pasado nada. Pero algo había pasado. Lo noté en la forma en que me latía el corazón, y en cómo se me endurecieron los pezones debajo del camisón, tan visibles que Rodrigo giró la cara para disimular una sonrisa.

Rodrigo les sirvió vino a los dos. Vera se sentó en el sofá con las piernas cruzadas y siguió mirándome mientras él y ella conversaban. Habían acordado previamente que yo no hablaría a menos que me lo pidieran. Lo interpreté como parte del juego y bajé la vista, con las manos en el regazo.

—¿Sabes por qué estás aquí esta noche? —me preguntó Vera de repente.

—Para los tres —respondí.

—No. —Su voz no subió ni un tono—. Estás aquí para servirnos. Para obedecernos a los dos. Esa es la diferencia. ¿La entiendes?

Asentí.

Vera le hizo una señal a Rodrigo. Él se levantó, se colocó detrás de mí y me ató las muñecas a la espalda con un pañuelo de seda que ella había sacado del bolsillo de la chaqueta. Cuando tensó el nudo, sentí que algo en mí se soltaba al mismo tiempo. Era una sensación extraña: la inmovilidad que abría algo por dentro.

Vera se puso de pie, se colocó frente a mí y me miró durante varios segundos sin hablar. Luego me agarró del mentón con dos dedos y me levantó la cabeza hasta que nuestros ojos quedaron al mismo nivel.

—Esta noche no decides nada —dijo—. Solo haces lo que te digo. ¿Puedes con eso?

—Sí —respondí.

—Sí, qué.

—Sí, Ama —dije, y al decirlo, algo en mí cedió del todo.

Vera me subió el camisón hasta la cintura de un tirón seco, sin previo aviso. Me quedé con el coño al aire, atada de manos, arrodillada delante de ella con las rodillas separadas porque así me las había colocado. Me pasó dos dedos por la vulva, muy despacio, de arriba abajo, y cuando llegó al clítoris se detuvo.

—Está empapada, Rodrigo —dijo sin girarse—. Empapada de verdad. ¿Siempre se pone así con las mujeres o es solo conmigo?

—No lo sé —respondió él desde el sillón, con la voz ronca—. Nunca la había visto con una.

—Entonces vamos a ver qué le hace una.

Me hizo arrodillarme frente a ella y me ordenó que le desabrochara la camisa lentamente. Con las muñecas atadas a la espalda solo podía usar los dientes. Fui bajando botón por botón, mordiendo el ojal, tirando con la boca, mientras ella me miraba desde arriba con una media sonrisa. Cuando terminé, la camisa se le abrió y le vi los pechos sueltos, pequeños y firmes, con los pezones oscuros y ya endurecidos.

—Chupa —dijo, agarrándome del pelo y acercándome la cara a un pezón.

Le pasé la lengua alrededor, primero con timidez y después con hambre. Le mamé el pezón entero, lo apreté entre los labios, se lo hice rodar con la punta de la lengua. Ella me tiraba del pelo cuando iba demasiado rápido y me lo soltaba cuando le gustaba lo que le hacía. Cambié de pecho sin que tuviera que pedírmelo. Le mordí despacio y noté cómo se le escapaba un suspiro corto, contenido, que no me dejó saborear del todo.

—Suficiente —dijo, y me apartó la cabeza tirándome del pelo—. Rodrigo. Desnúdala.

Rodrigo se levantó, me sacó el camisón por encima de la cabeza pasándolo por los brazos atados, y me dejó completamente desnuda en el centro de la sala. Vera se desabrochó el pantalón con calma y lo dejó caer. No llevaba nada debajo. Se sentó en el sofá con las piernas abiertas y me señaló el suelo entre sus pies.

—Ven. Y usa la lengua. Y si te corres antes de que yo te dé permiso, te vas a arrepentir.

Me arrastré de rodillas hasta ella, con las manos aún atadas a la espalda, y le hundí la cara entre los muslos. Nunca había comido un coño en mi vida. Sabía a algo que no había probado, salado y dulce a la vez, con un olor que me nubló la cabeza al primer contacto. Le pasé la lengua entera por la raja, de abajo arriba, y ella suspiró y me apretó la nuca con la mano para que no me apartara.

—Más arriba. El clítoris. Chúpamelo. Como te lo hacen a ti.

Le busqué el clítoris con la punta de la lengua, lo encontré hinchado, lo rodeé, lo aprisioné entre los labios y empecé a chuparlo con un ritmo constante. Le metí la lengua por dentro y volví a subir. Ella movía las caderas contra mi cara, embarrándome la boca y la nariz de su humedad, y yo tragaba todo lo que me daba. Rodrigo se había sacado la polla y se la estaba pajeando lentamente desde el sillón, mirando cómo su ex me follaba la boca con la cadera.

—Buena chica —murmuró Vera, y esas dos palabras me hicieron gemir contra su coño—. Muy buena chica. Sigue.

Me tuvo comiéndosela largo rato. Cuando se corrió, lo hizo casi en silencio, apretándome la cara contra ella con las dos manos, temblando por dentro sin dejar salir apenas un sonido. Me dejó ahí, con la cara pegada a su sexo, respirando su olor, hasta que le vino en gana soltarme.

Entonces me miró a Rodrigo.

—Fóllala.

Rodrigo se acercó, me giró de manera que quedé de rodillas sobre la alfombra con el pecho apoyado en el sofá al lado de Vera, y me penetró por detrás sin preámbulos. Estaba tan mojada que entró de una sola embestida, hasta el fondo. Solté un gemido largo, con la boca abierta a un palmo del muslo de Vera, y ella me agarró del pelo y me sostuvo la cabeza en esa posición para que no pudiera esconder la cara.

—Mírame mientras te folla. Quiero verte la cara.

Rodrigo me embestía con fuerza, con las manos aferradas a mis caderas atadas, y yo tenía que sostenerle la mirada a Vera todo el tiempo. Cada empujón me hacía gemir y cada gemido le arrancaba a ella una sonrisa pequeña, satisfecha, como si me estuviera evaluando y aprobando al mismo tiempo. Me metió dos dedos en la boca. Se los chupé. Me los sacó y me los pasó por los pezones. Volvió a metérmelos, esta vez más adentro.

—¿Te gusta que te vean así? —me preguntó—. ¿Follada, atada, con la boca abierta?

—Sí, Ama —dije con la voz rota.

—Sí, ¿qué eres?

—Sí, soy suya, Ama.

—Perfecto.

Rodrigo aceleró detrás de mí. Yo notaba cómo le crecía y cómo empezaba a temblarle el ritmo, y también notaba que yo misma estaba a punto, con el clítoris ardiendo, con las paredes del coño apretando la polla de Rodrigo cada vez que entraba. Le supliqué a Vera con los ojos. Ella negó con la cabeza, apenas un movimiento.

—Aguanta.

Rodrigo terminó dentro de mí con un gruñido largo. Sentí cómo se descargaba, cómo el semen le salía a chorros calientes contra el fondo, y aun así no me dejé ir porque Vera no me lo había permitido. Cuando él salió, me quedé jadeando contra el borde del sofá, con la corrida de Rodrigo escurriéndoseme por los muslos, temblando entera de aguantarme.

—Ahora vuélvete hacia mí —dijo Vera.

Me giró con las manos como si yo pesara nada. Me abrió las piernas con el pie descalzo, apoyando el arco del pie contra el interior de mi muslo hasta separármelas del todo, y se agachó frente a mí. Empezó a explorarme con los dedos sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Dos dedos me entraron con facilidad porque yo estaba llena de la corrida de Rodrigo. Ella los movió dentro, curvándolos, buscando un punto que yo no sabía que tenía, y cuando lo encontró apreté los dientes para no gritar.

—Todavía no —dijo, sin dejar de mirarme.

Con el pulgar me buscó el clítoris al mismo tiempo. Los dos dedos por dentro, el pulgar por fuera, una presión constante y hábil que no se parecía a nada que yo me hubiera hecho a mí misma. Me temblaron las piernas. Se me nubló la vista. Le supliqué en voz baja, sin palabras, solo con la respiración.

Y aun así, me corrí antes de que pudiera pedirle permiso para hacerlo.

—La próxima vez —dijo Vera, apartando la mano y limpiándose los dedos en mi muslo—, esperas a que yo te lo diga.

Vera se fue pasada la medianoche. Me dejó sentada en el borde de la cama con el pañuelo de seda en las manos y una sensación en el pecho que no supe nombrar hasta semanas después.

***

Pasaron tres semanas en las que no pude dejar de pensar en ella. Me distraía en el trabajo. Quemaba la comida. Me despertaba a las tres de la mañana con la imagen de su mano en mi pelo y su voz diciéndome lo que tenía que hacer. Me tocaba en la ducha pensando en su boca, en sus dedos, en su forma de decir "buena chica", y me corría en cuestión de minutos apoyada contra los azulejos. Rodrigo lo notó, y una noche, sin que yo le dijera nada, me preguntó directamente:

—¿Quieres volver a verla?

—Sí —respondí—. Pero no como la otra vez.

Él asintió, despacio. Creo que lo entendió antes que yo.

Llamó a Vera. El mensaje que me transmitió fue breve: ella no quería otro trío. Lo que proponía era diferente. Yo me iría a vivir con ella como su esclava. Rodrigo quedaría libre. No era una propuesta abierta a negociación, sino una condición. O lo aceptaba todo, o no había nada.

La noche que los tres nos sentamos a hablarlo, Vera llegó con una falda de cuero negro y una blusa de satén que dejaba ver más de lo necesario. Era deliberado. Lo hacía para que yo no pudiera pensar con claridad, para que el deseo le ganara al miedo, y lo logró.

—No te estoy quitando nada, Rodrigo —dijo, dirigiéndose a él sin perderme de vista—. Te estoy haciendo un favor. Elena necesita algo que tú no puedes darle. Y yo sí puedo.

Rodrigo no discutió. Yo tampoco.

Vera abrió el bolso y puso sobre la mesa un collar de cuero negro con una hebilla plateada y una placa pequeña grabada con una V. Nadie habló durante un momento largo.

—Si te lo pones esta noche —dijo—, es definitivo. No es un fin de semana. Es una decisión.

Extendí la mano y tomé el collar.

***

La casa de Vera era grande y ordenada, con una terraza interior y una biblioteca que ocupaba toda una pared del salón. Me asignó una habitación pequeña al fondo del pasillo, con una cama individual y un cajón donde guardar la poca ropa que me permitía usar. Me explicó las reglas la primera noche con la misma precisión con la que se leen los términos de un contrato.

—Llevarás el collar dentro de la casa en todo momento. Limpiarás cada día antes de que yo llegue del trabajo. La cena estará lista a las ocho. No usarás ropa interior a menos que yo lo indique. Y cuando me hables, me llamarás Ama.

Lo de llamarla Ama me costó las primeras semanas. Decirlo en voz alta me resultaba extraño, casi teatral. Pero Vera tenía paciencia cuando quería tenerla y era exigente cuando era necesario. Esa combinación era lo que más me desconcertaba y lo que más me ataba a esa casa.

El sexo con Vera era diferente a todo lo que había conocido. Sabía exactamente qué hacer y cuándo. Sabía cuándo la humillación era excitante y cuándo cruzaba una línea que no le interesaba cruzar. En ese sentido era precisa, casi clínica, y esa precisión era lo que hacía que yo confiara en ella sin reservas.

Había noches en que me ataba a la cabecera de la cama, con las piernas abiertas y sujetas a los pies del somier, y pasaba una hora entera sin tocarme. Solo mirándome. Se sentaba en la butaca junto a la cama con una copa de vino y me observaba mientras yo, sin poder cerrarlas, iba goteando poco a poco sobre la sábana. Cuando por fin se acercaba, me pasaba la punta de un dedo por el interior del muslo, subiendo despacio, y me hacía suplicar en voz alta que se lo metiera. Y solo entonces me metía dos dedos, tres, todo el puño a veces, y me follaba hasta que yo lloraba de gusto sin poder mover ni las manos ni las piernas.

Había otras noches en que me colocaba una correa en el collar y me hacía caminar a cuatro patas hasta el salón. Me sentaba entre sus piernas y le comía el coño mientras ella leía un libro, sin prisa, sin darme permiso para mirar arriba, hasta que se corría contra mi boca de manera casi distraída, como si yo fuera un electrodoméstico útil. Después me acariciaba el pelo, larga y lentamente, y esa caricia me valía más que cualquier corrida.

Había otras en las que me ordenaba que me arrodillara y esperara sin moverme mientras ella leía o trabajaba en el escritorio. Y yo esperaba. Sin queja. Con una calma que no reconocía como mía pero que era, definitivamente, mía. Cuando terminaba, cerraba el libro, se giraba en la silla y me decía "ven aquí". Yo me acercaba de rodillas y le desabrochaba el pantalón con los dientes.

Me enseñó a mamarle a un consolador que me colocaba en la boca durante minutos enteros, para practicar el reflejo. Me enseñó a aguantar la respiración cuando quería que le comiera el coño sin apartarme. Me enseñó a correrme solo con su voz, sin que me tocara, sentada a los pies de la cama mientras ella me describía en detalle lo que iba a hacerme luego. Y funcionaba. Cuando quería, me hacía correr sin poner un dedo encima.

Los domingos salíamos juntas al mercado o a caminar por el parque. Vera elegía lo que me ponía: siempre algo que mostrara más de lo que yo hubiera elegido por mí misma. El collar lo llevaba unas veces a la vista y otras tapado bajo el cuello de un jersey, según le apeteciera a ella. Nadie en la calle sabía lo que significaba. Solo yo sabía lo que cargaba al cuello y lo que eso me producía por dentro.

Con el tiempo empecé a entender la diferencia entre obedecer por miedo y obedecer por elección. Vera nunca me dio razones para tener miedo. Me daba razones para elegirla cada vez, y yo lo hacía. Cada mañana que me ponía el collar era una elección. Cada noche que le preparaba la cena era una elección. Cada vez que bajaba la vista cuando ella me miraba era una elección. Eso era lo que más me costaba explicarle a la gente de fuera: que aquello no me hacía menos libre, sino más.

***

Tres meses después de que me mudara, Vera me anunció que vendría una amiga a cenar.

—Se llama Clara —dijo—. Es alguien en quien confío. Y quiero que la conozcas bien.

Clara llegó puntual, con el pelo corto y unos ojos claros de alguien que evalúa con rapidez. Era más joven que Vera, directa en su forma de hablar, y desde el primer momento supe que no era una visita ordinaria.

—Así que esta es la famosa Elena —dijo Clara, mirándome sin disimulo—. No me habían mentido.

La cena fue larga. Yo serví los platos, recogí los vasos, permanecí de pie junto a la mesa cuando ellas conversaban. Clara me hacía preguntas directas y yo respondía con brevedad. No era timidez. Era disciplina. Vera me observaba desde el otro extremo de la mesa con una expresión que yo todavía no sabía descifrar del todo.

Después de cenar, Vera me ordenó que esperara en la sala. Cuando entraron las dos, la noche cambió de carácter. Clara había aceptado un papel activo sin necesidad de explicaciones. Era dominante por naturaleza, no por entrenamiento, y esa diferencia se nota. Juntas ocupaban el espacio de una manera que yo no podía resistir aunque hubiera querido.

Clara se acercó primero. Me rodeó la cara con las manos y me miró de cerca, estudiándome, antes de besarme despacio. Era diferente a Vera: más directa, menos calculadora, con más urgencia en cada movimiento. Cuando Vera se sumó desde atrás, sujetándome los brazos contra el cuerpo mientras Clara me seguía besando, yo cerré los ojos y me dejé caer completamente.

Vera me arrancó el vestido por la espalda, sin ceremonia, y me lo bajó hasta la cintura. Clara me tomó los pechos con las dos manos, se agachó y me mamó los pezones alternando de uno a otro, apretándomelos con los dientes cada tanto. Yo gemía entre sus dedos y sentía el aliento de Vera en la nuca, la lengua de Vera lamiéndome despacio detrás de la oreja.

—Al suelo —dijo Vera.

Me arrodillé. Clara se desnudó delante de mí sin apartar la vista. Tenía el cuerpo firme, los pechos más grandes que los de Vera, un piercing plateado en el ombligo y un coño depilado con los labios grandes y ya brillantes. Se sentó en el borde del sofá y separó las piernas.

—Cómemelo. Y hazlo bien, que Vera me ha prometido lo mejor.

Le enterré la cara entre los muslos. Sabía distinta a Vera, más ácida, más intensa, con un olor más fuerte. Le chupé los labios enteros, uno y otro, se los abrí con la lengua, le busqué el clítoris y me lo llevé a la boca. Clara me agarró del pelo con las dos manos y empezó a follarme la cara sin miramientos, moviendo la cadera contra mi boca a un ritmo cada vez más rápido, hasta que yo tenía que respirar por la nariz para no ahogarme.

Detrás de mí, Vera se había arrodillado también. Sentí sus manos en mi culo, separándome las nalgas, y luego su lengua, cálida y precisa, entre ellas. Me lamió el ano de arriba abajo, muy lento, y yo gemí contra el coño de Clara sin poder controlarme. Vera me lamía por detrás mientras yo comía a Clara por delante, y las dos estaban trabajando sobre mí como si yo fuera un instrumento entre ellas.

Vera le fue dando instrucciones a Clara en voz baja a lo largo de la noche, señalando qué hacer y cuándo. Clara ejecutaba con precisión. Yo era el centro de todo eso sin tener voz ni turno. En un momento dado, Clara me ordenó que me inclinara sobre el respaldo del sofá. Vera me ató las muñecas con la corbata de seda que tenía siempre a mano, me colocó de manera que quedara con el culo levantado y la cara apoyada en el respaldo, y Clara tomó el bote de lubricante que Vera había dejado sobre la mesa.

Sentí cómo Clara se colocaba un arnés con un consolador negro que le acababa de pasar Vera. Sentí cómo lo untaba con lubricante, sin prisa. Sentí cómo la punta se apoyaba en mi ano y empezaba a presionar. La penetración anal llegó despacio, con cuidado, pero sin pausas. Clara empujó primero un centímetro, esperó, empujó otro, esperó, y así hasta que sentí que se me abría el culo entero alrededor de la verga de goma. Vera se colocó frente a mí y me sostuvo la mirada durante todo el tiempo.

No podía apartar los ojos de los suyos. No quería.

—Respira —me dijo—. Y déjala entrar.

Respiré. Y Clara terminó de metérmela hasta el fondo. Empezó a follarme el culo despacio, con embestidas largas y controladas, mientras Vera me acariciaba la cara y me limpiaba una lágrima que me había caído sin darme cuenta. Vera me metió dos dedos en la boca. Se los chupé. Me los sacó y me los metió en el coño mientras Clara seguía en el culo, y sentí las dos penetraciones a la vez, la de goma detrás y la de sus dedos delante, y me temblaron las piernas de una manera que casi no me sostenían.

—Está a punto —le dijo Clara a Vera, jadeando encima de mí.

—Lo sé —dijo Vera—. No le des permiso. Sigue.

Clara aceleró. Me embestía por detrás con más fuerza, con las manos en mis caderas, y Vera me follaba con los dedos por delante al mismo ritmo. Yo estaba deshecha. Me faltaba el aire, me lloraban los ojos, la boca se me caía abierta contra el respaldo. Le rogué a Vera que me dejara correrme. Le rogué con la voz rota, sin dignidad, sin nada.

—Por favor, Ama, por favor, por favor…

—Todavía no.

Cuando Clara terminó, se retiró despacio y Vera la sustituyó. Se puso ella misma el arnés, ajustó las hebillas y me penetró el culo con la misma calma con la que hacía todo. Clara pasó al frente y se sentó donde había estado Vera, y me puso la boca en el coño para chupármelo mientras Vera me la metía por detrás. Yo estaba entre las dos, follada por delante y por detrás, atada, sin poder moverme, y ya no podía sostener nada.

Y cuando yo estaba ya en el límite de lo que podía sostener, Vera me dio permiso con una sola palabra.

—Ya.

Me corrí temblando, con la cara apoyada en el respaldo del sofá y las muñecas todavía atadas. Fue un orgasmo largo, sucio, que me sacudió entera y que me dejó sin fuerzas para nada. Clara siguió chupándome hasta el final, prolongándolo, y Vera siguió metiéndomela por detrás mientras yo me convulsionaba en medio de ellas.

Cuando Clara se fue, pasada la medianoche, Vera me desenredó y me sentó en el borde de la cama. Me acarició el pelo en silencio durante un momento largo.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Bien —dije—. Mejor que bien.

Asintió. Viniendo de ella, eso era suficiente.

***

Han pasado dos años desde aquella primera noche en el apartamento de Rodrigo. Sigo en esta casa, sigo llevando el collar, sigo llamándola Ama. Rodrigo encontró a alguien y es feliz. Clara viene de vez en cuando, y cuando viene yo sé que la noche va a ser larga.

Escribo esto porque Vera me lo ha pedido. Quiere que cuente mi historia, que la ponga en palabras para que otros puedan leerla. No lo hago solo por obediencia, aunque la obediencia forme parte de lo que soy ahora. Lo hago porque creo que hay algo en este relato que puede resonar con alguien que, como yo, miraba películas los viernes por la noche y se quedaba enganchada en las escenas equivocadas sin entender del todo por qué.

Hay un tipo de libertad que solo se encuentra cuando te quitas el peso de decidir. No en todos los momentos de la vida, claro. Pero en un espacio concreto, con la persona adecuada, con reglas claras y acordadas, ese peso que desaparece es lo más ligero que he sentido. Vera me lo enseñó. Y yo se lo agradezco cada vez que me llama desde el piso de arriba.

Me llama ahora.

Voy.

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Comentarios(9)

DiegoSR92

tremendo!! me engancho desde el principio

NightReaderX

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber que pasa despues con Vera

Lorena_Baires

Me encantó como lo escribiste, se siente real sin ser burdo. Esa tensión del inicio es perfecta

LauraCba2020

Me recordó a algo que viví hace tiempo jajaja, tremendo. Muy buen relato

martin1010

Uno de los mejores de esta categoría que lei acá. Seguí así!

PolarDreamer

La vulnerabilidad del protagonista está muy bien lograda, no es facil transmitir eso sin que suene forzado. Me hize fan. Espero el proximo

Valentina_22

uff... lo describes de una manera que te mete adentro de la historia. Muy bueno

Inquisidor88

¿Vera va a aparecer en algun otro relato? Quiero saber mas de ella

CarlosRdz22

excelente, saludos desde México

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