Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La sumisa que pillé robando en mi tienda

La gente necesita creer que el mundo tiene orden, que a los que hacemos las cosas mal nos llega el castigo tarde o temprano. En mi caso lo esperan de las maneras más predecibles: un adicto desesperado con una navaja, una bala perdida en el momento equivocado, un rival con mejores contactos que los míos. No va a pasar. Y si pasa, el resultado no será positivo para nadie, porque cuando se retira una pieza del tablero, otra ocupa su lugar de inmediato. El mundo rebosa de tipos dispuestos a llenar ese espacio.

Mi mujer se fue a pasar el verano a su Noruega natal, se llevó a nuestro hijo con ella y me dejó a cargo de mis asuntos durante dos meses. Se presentaban ante mí ocho semanas de relativa calma: tenía gente competente al frente de mis negocios y la maquinaria funcionaba sola.

Eso sí, me había comprometido a atender el sex shop que habitualmente gestionaba mi hijo. No era gran esfuerzo. El local llevaba años con las mismas estanterías, la misma iluminación mortecina y el mismo olor mezcla de plástico y polvo que tenía cuando me lo traspasaron. Podría haberlo renovado, pero me resistía. Allí pasé los mejores ratos de mi adolescencia, espiando a Mauricio —el viejo dueño— mientras hojeábamos las revistas que él creía tener controladas. No pude evitar comprarlo cuando sus hijos lo pusieron a la venta.

Las cuentas estaban saneadas y las ventas crecían de manera discreta, que es justo lo que necesito: que nadie haga preguntas. Tengo media docena de lavanderías, un par de apartamentos turísticos, un bar de copas y el sex shop. Cada negocio cumple su función en el esquema general.

El verano arrancó bien. Silvia, la vecina del tercero, dejó de mirarme con indiferencia en el ascensor apenas un día después de que mi mujer se marchara. El viernes por la noche se presentó en mi puerta a pedirme sal —sal, no azúcar, al menos tuvo originalidad— y no salió de mi apartamento hasta el domingo por la tarde. Para entonces yo le había reventado el coño en el sofá, contra la ventana, en la ducha y a cuatro patas sobre la mesa de la cocina. La muy zorra chupaba polla como si le fuera la vida en ello, tragándose mi corrida sin pestañear y pidiéndome más con los ojos vidriosos. Me marché de la última sesión con el pito en carne viva y ella dormida bocabajo, con mi semen aún resbalándole por el interior de los muslos.

Estaba con esa satisfacción amortiguada cuando abrí el sex shop la mañana siguiente. Todavía llevaba en la memoria el tacto de sus caderas cuando entró al local un grupo de jóvenes hablando en voz alta. Eran ocho o diez, de entre diecisiete y veinte años, con esa energía desordenada de quien no tiene un plan claro. Revolotearon por los pasillos como si el sitio fuera suyo.

Los vi actuar desde el principio. Dos chicos metían cajas de preservativos en los bolsillos con el descaro propio de quien no espera consecuencias. Una de las chicas ocultó un bote de lubricante bajo el brazo. No me molesté en intervenir: me veía a mí mismo con quince años haciendo exactamente lo mismo en ese mismo local, bajo la mirada supuestamente vigilante de Mauricio.

Al cabo de unos minutos se fueron acercando a la salida de manera muy poco disimulada. El más lanzado gritó «¡fuera, fuera!» y el grupo salió disparado, tirando al paso un expositor de novela erótica para complicar cualquier posible persecución.

No los seguí. Cerré la persiana metálica desde dentro. Y al girarme, alguien chocó de lleno conmigo.

La caída la absorbió ella. Salió rebotada y aterrizó de espaldas en el suelo con ese golpe seco de quien no esperaba encontrar a nadie.

El pelo corto y oscuro. Los vaqueros negros ajustados. La camiseta holgada con el logo de una banda que llevaba diez años sin tocar. Me confundí un instante.

Hasta que me incorporé y la vi bien.

***

No llevaba maquillaje. Un pequeño aro negro en el tabique nasal era el único adorno visible en su rostro. Lo que me detuve a mirar fueron sus ojos: un azul tan claro que casi incomodaba, clavado en el mío con una mezcla de miedo y algo que no era rendición, pero que se le parecía bastante.

Le tendí la mano. La tomó con dudas y se incorporó con agilidad. Noté lo suave de su piel antes de soltarla.

—Levanta, anda —le dije.

Cuando estuvo de pie bajo la luz del foco noté que lo que había tomado por un chico era una mujer. Pequeña, delgada, con una anatomía engañosa bajo la ropa.

Llevaba en la otra mano una caja. La tomé y la examiné: era un conjunto de lencería negro con un choker, un sujetador, un tanga y unas muñequeras con anillas metálicas. Mi hijo lo había añadido al catálogo hacía poco. Para ser sincero, era la primera vez que yo le prestaba atención al artículo.

—¿Ibas a llevarte esto?

—Iba a pagarlo —dijo. La voz era apenas un hilo.

—Claro. Como han hecho todos los demás.

—Lo iba a pagar —repitió, con esa insistencia de quien repite una mentira esperando que suene diferente la décima vez.

Le calculé el importe total: el conjunto más lo que se habían llevado sus acompañantes más el tiempo que me iba a costar recolocar el expositor. Cuando escuchó la cifra se quedó quieta, sin palabras.

—No son mis amigos. Solo llegué hace tres semanas de Sevilla. Los conocí en el Hogar San Marcos.

Suspiré. Pasé parte de mi adolescencia en sitios así. Sé lo que significa.

Sin decir nada más, me acerqué al expositor, coloqué la caja que ella tenía en su sitio y cogí otra del mismo modelo.

—Toma esta. La otra era grande. Tengo buen ojo para las tallas.

—Gra... gracias —balbuceó.

Abrí la persiana metálica y me aparté para dejarla pasar.

No se movió.

—¿Qué? —gruñí.

—Es que no me gusta el negro pastel —dijo, y me clavó de nuevo esos ojos que no sabían fingir.

Sonreí. Tenía más temple que muchos de los que trabajaban para mí.

—A mí sí. Si en algún momento te apetece mostrarme cómo te queda y confrontar opiniones, ya sabes dónde estoy.

Salió sin responder. Al pasar junto a mí llegó un rastro de perfume caro. El grupo había visitado más de una tienda esa mañana.

Cuando fui a recolocar el expositor de novela erótica descubrí que faltaba un volumen. No el primero de la estantería, no el más a mano: lo había elegido mirando el índice de la contraportada. La colección trataba una parafilia diferente en cada tomo.

«Diario de una esclava voluntaria», leí para mí.

El resto del día no pude dejar de pensar en eso. Ni en el libro, ni en la cara de niña asustada, ni en la boca pequeña y pálida que se me imaginaba abriéndose alrededor de mi polla. Se me puso dura dos veces detrás del mostrador y tuve que meterme al baño a hacerme una paja rápida, agarrándome fuerte y pensando en aquellos ojos azules mirándome desde abajo con la mandíbula floja.

***

A la mañana siguiente no abrí el local a la hora habitual. Me acerqué a las inmediaciones del Hogar San Marcos. Conozco ese tipo de sitios: a las once en punto los internos salen en grupo a la calle.

Los identifiqué a todos. Pero solo me importaba una.

La joven de pelo corto se separó del grupo sin despedirse de nadie, cogió su petate y tomó dirección contraria. La seguí con discreción. Es algo que se me ha dado bien desde siempre.

Me detuve cuando ella se detuvo frente a la persiana cerrada del sex shop. Tiró de ella dos veces. Esperó. Intentó abrir de nuevo. Desistió.

Apreté el paso y la alcancé justo cuando se disponía a irse.

Se sobresaltó al verme.

—Ho... hola —dijo, atropellándose.

Aparté la persiana lo justo para abrir la puerta y entrar. Sin mirarla.

—Entra —ordené.

Entró. Cerré con llave.

Noté cómo su nerviosismo crecía. Quien ha vivido encerrado detecta el sonido de una llave con todo el cuerpo. Se llevó la mano al pañuelo que rodeaba su cuello, a juego con los que llevaba en las muñecas.

—¿No es hora de abrir?

—Los martes hay descanso —mentí.

—¿Desde cuándo?

—Desde hoy. ¿Algún problema?

—No —contestó, agachando la cabeza.

Me planté ante ella. La diferencia de estatura era considerable. Subí su mentón despacio hasta que sus ojos azules encontraron los míos. Era tan joven y de aspecto tan frágil que dudé un instante entre seguir o no.

Solo un instante.

Porque bajo el pañuelo asomaba el borde de un choker negro.

Acerté con la talla.

—Acerté con la talla —dije en voz alta.

Abrió la boca. No salió nada. El color le subió a las mejillas pálidas y se quedó ahí, encendido.

Sin previo aviso comencé a palparla: costados, brazos, piernas. Metódico, sin emoción aparente. Ella tardó en reaccionar. Solo cuando comprendió de qué se trataba se relajó mínimamente y dejó de oponer resistencia.

—¿Buscas un micro? ¿Estás metido en líos? —preguntó, esbozando una sonrisa tenue que liberó parte de la tensión acumulada.

—¿Tú no? —repuse, y al mismo tiempo eché la mano a su trasero y le saqué la cartera del bolsillo.

El roce fue más largo de lo estrictamente necesario. Le apreté el culo firme por encima de la tela, sopesándolo, y noté cómo se le cortaba la respiración. No fingí que no lo era. Ella tampoco fingió que no lo había notado.

Revisé su documentación. El nombre en el carné: Nadia. Fecha de nacimiento: el día anterior.

Respiré despacio.

—Felicidades, con algo de retraso.

—Gracias —contestó en voz baja.

—¿Te han regalado mucho?

—No. Solo tú.

Acaricié su mejilla con el dorso de los dedos. No se apartó. La tensión en su cuerpo era evidente, pero no hizo nada por alejarse ni por interrumpir el contacto. Tomé el pañuelo que le rodeaba el cuello y lo tensé apenas, lo suficiente para notar cómo su respiración cambiaba de ritmo.

—¿Voy a tener problemas por tu culpa, Nadia?

—No —susurró.

—Eso espero. Vas a ser una chica obediente.

—Sí —exhaló, con los párpados entornados y una entrega que no fingía nada.

***

Le pedí que me mostrara cómo le quedaba el resto del conjunto. Se paralizó. Pero no se fue.

Despacio, con las manos algo temblorosas, obedeció. Se quitó las botas militares, los pantalones. Se incorporó con la mirada baja y esperó.

—Date la vuelta. Despacio.

Lo hizo.

La lencería negra se ajustaba a su cuerpo como si hubiera sido cortada para ella. El tanga dejaba casi todo al descubierto: dos nalgas blancas, pequeñas, apretadas, con una hendidura que a duras penas alcanzaba a cubrir la tira negra. Me arrodillé para observarla mejor y descubrí una joya diminuta pendiendo de su clítoris. En cuanto la rocé, la respuesta de su cuerpo fue inmediata y honesta: un calor húmedo en mis yemas que no dejaba lugar a interpretaciones. Aparté la tela con dos dedos y le abrí los labios del coño despacio. Estaba brillante, hinchada, con la humedad resbalándole ya por la parte interna del muslo.

—Eres muy sensible. Me gusta.

—Lo siento —dijo, avergonzada.

—¿Por qué lo sientes?

—No... normalmente no soy así. Los chicos dicen que soy fría.

—Qué idiotas. Eres puro fuego. Estás empapada, Nadia. Se te cae por las piernas.

Ella cerró los ojos y encogió los hombros, avergonzada. Introduje un dedo, luego otro. Escuché cómo el aire se le cortaba en la garganta. Sus caderas se movieron hacia mí sin que yo se lo pidiera. Eso me dijo más que cualquier otra cosa. La follé con los dedos despacio, hasta el nudillo, sintiendo cómo su coño se contraía cada vez que giraba la mano. Sin sacarlos, subí el pulgar y presioné el piercing del clítoris. Ella dio un respingo y se agarró al borde del expositor para no caerse.

—Por... por favor —murmuró, sin saber muy bien qué estaba pidiendo.

—Por favor qué.

—No sé... no pares...

La giré. Desplacé la lencería a un lado. Lo que encontré al descubierto me obligó a contenerme: un culo pequeño, blanco, y un ano rosado y prieto que no había visto una polla en su vida. Me la puse dura de verdad de solo mirárselo.

—¿Qué... qué vas a hacer? —preguntó, al notar hacia dónde se dirigía mi mano.

No contesté. No era necesario.

Me llevé el dedo corazón a la boca, lo empapé de saliva y lo bajé despacio hasta apoyarlo en su culo. Empujé apenas. Ella se tensó entera.

—Relájate.

—Nunca... nunca me han metido nada ahí.

—Ya. Se nota.

Presioné con el dedo corazón y lo introduje despacio por la parte trasera. Noté su desazón: aquello no le reportó el mismo placer inmediato que lo anterior. Su cuerpo intentó rehuir el movimiento por instinto; sin embargo, cuando comprendió que mi intención era firme, dejó de luchar. El anillo cedió con dificultad, apretándome el dedo hasta hacerme daño. Metí la falange entera, luego el dedo completo. Ella tenía los ojos fuertemente cerrados y respiraba por la boca.

—Duele —dijo, cuando la penetración ya era un hecho.

—Ya.

—Duele mucho.

—Aguanta. Y respira. Te va a doler mucho más si te tenso.

No me inmuté. Los sutiles espasmos de su cuerpo mientras era explorada me parecieron de lo más reveladores. Le moví el dedo dentro, en pequeños círculos, sintiendo cómo el músculo se resistía y cedía a la vez. Con la otra mano seguía tocándole el coño empapado, distrayéndola, mezclando el ardor con placer. La sensación de control me excitaba tanto como cualquier otra cosa que hubiera podido hacer. Tenía la polla dura como una piedra apretándome contra la bragueta.

—¿Eres virgen por aquí?

No pudo responder. Se limitó a tensar la mandíbula y aguantar.

Cuando saqué el dedo, su alivio fue evidente. Estaba claro que su experiencia anal había sido muy escasa, posiblemente inexistente. Me equivoqué al imaginar que bajo aquella coraza de timidez se escondía alguien con todo aprendido. El libro que me había robado empezó a cobrar mucho más sentido.

—Bien. Desnúdate del todo —ordené.

Tras sorberse los mocos y disimular las lágrimas, obedeció. Al quitarse la camiseta apareció el sujetador a juego: dos pequeños triángulos de tela que apenas cubrían nada. Se lo desabrochó por la espalda con dedos torpes y lo dejó caer. Y entonces vi los piercings en los pezones: dos bolitas negras brillantes a cada lado de dos pezones pequeños, rosados, ya duros de puro nervio.

Sin poder evitarlo, deslicé las manos por debajo del tejido que ya no estaba. Sus pechos pequeños me sorprendieron al tacto: cabían enteros en mis palmas, tibios, firmes. Lo que me sorprendió más fue la sacudida que la recorrió entera en cuanto los toqué: más intensa que cualquier otra reacción anterior. Aquellos adornos tenían una función mucho más interesante que la meramente estética.

Tiré de uno de ellos con la tensión justa.

—¡Ahg...! —murmuró, cerrando los párpados y empujando el pecho hacia delante.

Repetí la maniobra en el otro, esta vez con más firmeza. Me incliné y me metí el pezón entero en la boca, chupando y tirando del piercing con los dientes, con cuidado pero sin ninguna delicadeza. Ella soltó un gemido largo, ronco, muy distinto a todos los ruidos que le había escuchado hasta entonces. Estuvo a punto de correrse ahí mismo, o al menos eso deduje por sus gemidos y por cómo se le movían las caderas buscando algo entre las piernas que no encontraba. Mi paciencia llegó a su límite.

De un manotazo mandé los libros del expositor al suelo y la coloqué encima del mueble. No fui delicado. Las ganas no me dejaban serlo. Me abrí el cinturón, me bajé los pantalones hasta las rodillas y me saqué la polla, ya goteando. Ella la miró un instante con los ojos muy abiertos y se mordió el labio.

—Ven aquí. Chúpamela primero.

La bajé del mueble tirándole del brazo y la puse de rodillas frente a mí. Le agarré la nuca con una mano y le acerqué la cara a mi polla. Ella abrió la boca sin que se lo pidiera dos veces. Se metió el glande, después la mitad, cerrando los labios alrededor con una torpeza que me puso más cachondo aún. Se notaba que no lo hacía a menudo. Le empujé la cabeza y le metí la verga entera hasta que sentí que se le atragantaba. Se le saltaron las lágrimas y me arañó un muslo pidiendo aire. La solté un instante.

—Despacio. Respira por la nariz. Y mírame mientras me la mamas.

Volvió a intentarlo. Esta vez subió los ojos azules, húmedos, y clavó la mirada en la mía mientras me chupaba, meneando la lengua alrededor del glande. Aquello era demasiado. Le agarré la cabeza con las dos manos y empecé a follarle la boca a mi ritmo, entrando y saliendo, oyendo el ruido de su garganta cediendo cada vez. Un hilo de baba le colgaba de la barbilla hasta las tetas. Estuve a punto de correrme en su cara. Me detuve.

La levanté agarrándola por debajo de los brazos y la volví a colocar sobre el expositor.

Separé sus piernas, aparté la lencería y me tomé un momento para verla. El coño abierto de par en par, brillante, y ese piercing colgando del clítoris hinchado. Luego me incliné y la comí despacio, sin ninguna prisa, chupándole los labios, metiéndole la lengua entera, tirando del piercing con los dientes con muchísimo cuidado. Ella se retorció encima del mueble como si le estuvieran quemando. Sus manos buscaron mis hombros, mi pelo, cualquier cosa a la que agarrarse. Sus caderas empezaron a moverse solas, buscando más, frotándose contra mi cara.

—Ay... ay, por favor... me voy a...

La aparté de mi boca antes de tiempo. No quería que se corriera todavía. Cuando me incorporé la encontré de cara al techo, la respiración rota, los labios entreabiertos y una vena palpitándole en el cuello.

Me agarré la polla y la restregué por sus labios empapados, arriba y abajo, apretándole el clítoris con el glande. Ella empujó las caderas buscándome.

—Métemela —susurró, la primera vez que pedía algo.

La penetré sin aviso previo. De una sola embestida, hasta el fondo.

—¡Agg! —gritó, echando la cabeza hacia atrás, dejándose llevar por completo.

Su calor y su estrechez me proporcionaron tanto placer inmediato que tuve que concentrarme para no terminar antes de tiempo. Estaba tan apretada que sentía cada latido de su coño alrededor de mi polla. No era cuestión de romper algo que estaba siendo bueno para los dos. Me quedé quieto un momento, hundido hasta la base, dejándola que se acostumbrara. Luego empecé a moverme despacio, sacándomela casi entera y volviendo a metérmela hasta arriba, con calma, viendo cómo la carne se abría alrededor de mí.

Subí sus piernas a mis hombros y encontré un ángulo mejor. Ella lo agradeció con la cara desencajada y los ojos entornados. De vez en cuando notaba el roce de su piercing clitoriano en la base de mi verga: algo diferente, morboso, que no esperaba que me gustara tanto. Aceleré el ritmo. El expositor golpeaba la pared con cada embestida. Sus tetas pequeñas botaban al compás, los piercings de los pezones brillando con la luz mortecina del foco.

—Tócate —le ordené—. Tócate mientras te follo.

Bajó la mano temblorosa y se apretó el piercing del clítoris con dos dedos, dando pequeños círculos. Al minuto empezó a gemir de otra manera, cortada, aguda, sin poder cerrar la boca.

—Me... me voy...

—Córrete. Córrete con mi polla dentro.

Se corrió con una convulsión que le recorrió todo el cuerpo de pies a cabeza. El coño se le cerró alrededor de mi verga como una tenaza, tan fuerte que casi me sacó de dentro. Sentí cómo un chorro cálido bajaba por mis huevos. Aguanté todo lo que pude, cuatro o cinco embestidas más viéndole la cara descompuesta por el orgasmo, y me vine yo también, en lo más hondo de ella, descargando a bocanadas mientras le apretaba los muslos con las manos abiertas. Vaciarme allí dentro fue de lo mejor que había sentido en meses.

No voy a inventarme una maratón que no existió. Sí diré que hice todo lo posible para que los dos lo disfrutáramos, y que a juzgar por la contracción que la recorrió, lo conseguí. Cuando todo acabó me apoyé un momento en el estante más cercano: uno ya no tiene veinte años y había sido una buena tarde. La polla, aún medio dura, se me salió despacio, y con ella un hilo blanco de semen que le resbaló por el muslo hasta la madera del expositor. Ella lo miró de reojo y se puso colorada otra vez.

***

Al episodio le siguió un silencio desconcertante. Mientras me subía los pantalones no sabía qué decir, y ella se incorporó con dificultad y recogió su ropa sin mirarme, con las piernas todavía flojas.

—Necesito el baño —dijo por fin.

—Al fondo, a la derecha.

En nuestro breve trayecto pasamos por delante del cuartito donde mi hijo tenía instalado un catre y una cocina de dos fuegos.

—¿Vives aquí? —preguntó.

—Vive el encargado. Ahora está fuera, vuelve en septiembre.

—¿El moreno de las gafas? Es amable. Se parece un poco a ti.

No entré al trapo.

Esperé fumando un cigarrillo a que saliera del baño. Para mi sorpresa, apenas pude darle unas pocas caladas.

—¿Puedo quedarme unos días aquí? No tengo adónde ir.

Vi el hastío reflejado en mi cara antes de que yo dijera nada: lo leyó en el acto y se adelantó.

—Puedo ayudar en la tienda. Sé ordenar estantes de libros —dijo, señalando con la cabeza el desastre del suelo.

Reí. Ella también. Su sonrisa era más peligrosa que su mirada, y eso ya era decir mucho.

—No me vendría mal una mano —mentí.

La verdad era más sencilla: no quería que se fuera.

—¿Trato hecho? —Sus ojos se iluminaron de repente.

—Empiezas mañana.

—¿Y hoy?

Me acerqué, la alcé sin el menor esfuerzo agarrándola por el trasero y la besé despacio.

—Hoy el local está cerrado. Antes hay que hacerte un reconocimiento en condiciones.

Devolvió el beso con una mueca divertida que me costó un poco no tomar demasiado en serio.

***

Pasamos lo que quedaba del día poniendo a prueba el catre de mi hijo. Aguantó como pudo. La tumbé bocarriba y volví a comerle el coño hasta que se corrió tirándome del pelo. La puse a cuatro patas y la follé por detrás agarrándola de las caderas, mirándome mi propia verga entrando y saliendo de ella brillante de mis jugos y los suyos, dándole cachetes en el culo hasta dejárselo rojo. Se la metí también en la boca a media faena, obligándola a probarse a sí misma, y ella lo hizo sin rechistar, chupándomela entera con los ojos cerrados. Cuando volví a metérsela por el coño desde atrás le pasé el pulgar por el ano —ese ano prieto que le había abierto por la mañana— y esta vez apenas se quejó. Lo dejé ahí, dentro hasta el nudillo, notando cómo se le tensaba con cada embestida. Me corrí encima de sus nalgas, largos chorros blancos que le pinté por la espalda y el culo. Ella se quedó bocabajo, jadeando, con mi semen resbalándole hasta la cintura y una sonrisa lenta apareciéndole en la boca.

Durante las semanas siguientes, Nadia se instaló en aquel cuartito con su petate y unas pocas cosas que fue acumulando. Las ventas del local se multiplicaron por diez: corría la voz entre los clientes de que había una chica joven y de aspecto particular atendiendo el mostrador, y eso generaba un tipo de curiosidad que yo no había sabido capitalizar. Reconozco que animé a Nadia a usar algunas prendas del catálogo como uniforme. Asumo la responsabilidad.

Follábamos mucho, aunque siempre era yo quien iniciaba. No me molestaba. La follaba en el almacén contra las cajas apiladas, con las bragas apartadas y una mano tapándole la boca para que no la oyeran los clientes. La ponía de rodillas debajo del mostrador y me la mamaba mientras yo cobraba a alguien en la caja, aguantando la cara de póker con su boca succionándome la polla. Me la corría en la cara, en las tetas, en el culo, dentro. Le enseñé a tragar, a mirarme mientras lo hacía, a abrir la boca y sacarme la lengua vacía cuando terminaba, y ella aprendió rápido. Lo que sí eché en falta fue que tomara la iniciativa alguna vez: Nadia obedecía bien, pero rara vez me sorprendía. Con el tiempo entendí que no era pasividad ni falta de deseo. Era algo más complejo: una entrega total que necesitaba que se la pidieran explícitamente. En ese sentido, el libro que me había robado el primer día no había sido ninguna casualidad.

El culo terminé abriéndoselo yo, con paciencia, en un par de tardes largas con lubricante y un plug pequeño del catálogo. La primera vez que la penetré por atrás lloró y me pidió que no parara al mismo tiempo. Se corrió con mi polla enterrada en el ano y dos dedos míos dentro del coño, mordiéndose la almohada para no gritar. A partir de ahí me dejaba hacer cualquier cosa. Cualquiera.

Los domingos cerrábamos e inventábamos un ritual privado: abrir las cajas de los artículos más extravagantes del catálogo, probarlos, descartarlos, quedarnos con los que merecían la pena. Un unboxing que siempre terminaba de la misma manera: ella con las muñecas atadas al cabecero del catre con las muñequeras de anillas metálicas, la boca abierta a la fuerza con una mordaza de bola roja y yo follándomela a mi ritmo, probando en su cuerpo todo lo que sacábamos de las cajas: vibradores de dos cabezas, bolas chinas, pinzas para pezones que hacían juego con sus piercings. La primera vez que le puse las pinzas y tiré de la cadena, ella se corrió sin que yo la tocara siquiera. Fue de las cosas más morbosas que he visto en mi vida.

Me enganché a ella más de lo que me gustaba reconocer. He tenido amantes fuera de mi matrimonio; sin embargo, ninguna me había ocupado la cabeza de esa manera. No era solo el físico, aunque el físico era de los que no se olvidan. Era la mezcla de fragilidad y determinación, esa manera de obedecer con los ojos abiertos, sin desconectarse nunca del todo.

***

Unos días antes de que mi mujer volviera, en mitad de una noche en el catre, le expuse la situación y la solución: tenía un piso libre, le daría algo de dinero mensual para sus gastos. Era un arreglo limpio y cómodo para los dos. Ella no dijo ni sí ni no. Siguió moviéndose encima de mí, cabalgándome despacio con las manos apoyadas en mi pecho, dejando caer sobre mí sus pequeñas tetas con los piercings brillando en la penumbra. Se corrió en silencio, apretando los dientes, y me siguió montando hasta que me vacié dentro de ella. Después se quedó en silencio mirando el techo, con mi semen escurriéndosele por el interior de los muslos hasta empapar la sábana.

El día que fui a revisar el piso para dejarlo listo, volví al sex shop y Nadia había volado.

Se llevó la recaudación de la semana, dos fajos de billetes que yo guardaba en la caja fuerte, y dejó el cuartito impecable. Ni una nota. Ni un mensaje. Nada.

Me fastidió más de lo que esperaba. Tardé bastante en admitirlo.

A día de hoy la recuerdo sin rencor. Nadia era un pájaro libre al que yo pretendía poner en una jaula más cómoda. Voló. Una cosa es ser sumisa y otra muy distinta es ser una amante de alquiler. Hay una diferencia que ella supo ver antes que yo.

Es lo que hay.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios(8)

Steelheart

Tremendo. En serio, de lo mejor que lei en esta categoria ultimamente.

NocheReader22

Por favor que haya segunda parte!!! quede con ganas de saber como sigue

NatiR86

jajaja el titulo ya lo dice todo... y despues el relato te atrapa igual de bien. muy bueno

Silvia_Ent

Me gusto mucho como construiste la tension desde el principio. Se siente natural, sin forzar nada. Sigue escribiendo asi!

CarlitosG

Esto es basado en algo real? lo pregunto porque se siente muy autentico, demasiado detallado para ser inventado jaja

moreno28

excelente!!

Dante_cba

No me esperaba como termina, buen giro. Saludos desde cordoba

PilarLect

Me engancho desde la primera linea y no pude parar. Eso es lo que busco en un buen relato, gracias por compartirlo.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.