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Relatos Ardientes

Ocho hombres esperaban al otro lado de esa puerta

Adrián llevaba semanas rondando el tema. Lo intuí antes de que abriera la boca aquella noche, mientras yacíamos en la oscuridad y su mano trazaba distraídamente el contorno de mi cadera sin llegar a ningún sitio concreto, ese gesto que hacía cuando tenía algo en la cabeza que todavía no sabía cómo decir.

—Quiero verte con otros hombres —susurró al fin, como si soltara un peso que hubiera cargado demasiado tiempo.

No era la primera vez que lo mencionaba. La primera lo dijo con cautela, como quien tantea el suelo antes de apoyar todo el pie. Después lo fue repitiendo con más confianza, en momentos estratégicamente elegidos: justo después del sexo, durante una sobremesa larga, una vez incluso mientras nos duchábamos y el vapor lo hacía todo más borroso y menos real. Sabía cuándo atacar.

—No sé —respondí. Era verdad. No sabía. La idea me producía algo difícil de clasificar: no era repulsión ni tampoco deseo, sino una especie de vértigo que me dejaba exactamente en el filo entre las dos cosas.

—¿Qué te frena? —preguntó, sin separarse de mí.

—Todo. Nada. No lo sé, Adrián.

Aquella primera conversación no llegó a ningún lado. Tampoco las dos siguientes. Pero él tenía paciencia —o al menos sabía fingirla bien— y siguió sacando el tema con intervalos calculados, sin presionar demasiado, dejando que cada conversación fuera sedimentando algo en mí que yo no acababa de reconocer como deseo pero que tampoco era indiferencia.

Lo que me frenaba no era la fantasía en sí. Era todo lo que la rodeaba: el quién, el cómo, la logística, la posibilidad real de que el morbo anticipado no sobreviviera al contacto con la realidad. Había una diferencia enorme entre contemplar una idea en abstracto y ejecutarla en un cuarto con personas de carne y hueso.

—Si consiguieras resolver esos flecos —le dije una noche, y me arrepentí en cuanto terminé la frase, porque supe que acababa de abrir una puerta que él ya tenía la mano en el pomo.

—Dame tiempo —respondió. Y lo que vi en sus ojos no fue euforia sino concentración.

***

Pasaron cuatro semanas. Un domingo por la tarde, de camino al supermercado, me contó que había encontrado algo. No un sitio cualquiera: un club privado a dos horas de donde vivíamos, con protocolos estrictos. Análisis clínicos obligatorios en las veinticuatro horas previas al encuentro, firma de consentimientos, verificación de identidades. El espacio reservado exclusivamente para nosotros durante dos horas. Los participantes seleccionados y aprobados por el propio club según un perfil que él les había facilitado.

—¿Cuántos? —pregunté, con la vista en la carretera.

—Seis hombres, además de mí. Siete en total.

—Siete —repetí.

No añadí nada más durante varios kilómetros. Adrián tampoco. La radio llenó el silencio con algo que ninguno de los dos estábamos escuchando.

Esa misma noche, tumbados en el sofá con mis pies en su regazo como teníamos por costumbre, me di cuenta de que ya había tomado una decisión aunque todavía no fuera capaz de pronunciarla. Lo noté cuando dejé de sentir el nudo en el estómago que me había acompañado toda la semana. No era aceptación exactamente. Era algo más parecido al alivio de dejar de pelear contra algo que ya estaba decidido.

Apoyé la planta del pie contra él y sentí cómo respondía de inmediato.

—Sí —dije, sin mirarlo.

—¿Sí? —repitió, con la voz levemente alterada.

—Que sí. Que iremos.

Se quedó quieto un momento. Me rodeó el tobillo con los dedos y exhaló despacio, como si hubiera estado aguantando la respiración desde hacía semanas. Comenzó a masajearme el arco del pie con el pulgar, un movimiento lento y deliberado que conocía perfectamente. Lo dejé. Cerré los ojos. Sentí su erección crecer contra mi talón y no lo aparté.

Cuando le pregunté la fecha, me la dijo sin rodeos: el sábado. A las once de la noche en el local, sala reservada de medianoche a dos de la madrugada.

—¿Este sábado? —dije.

—Este sábado.

Había algo casi cómico en el contraste entre la enormidad de lo que estábamos planeando y la normalidad con la que él lo pronunció, como si estuviera confirmando una reserva en un restaurante corriente.

***

Los días siguientes los viví en un estado extraño. Una anticipación sorda que se instaló en algún lugar entre el estómago y el pecho y no me abandonó. Tuve dudas. Muchas. Pensé en cancelar al menos tres veces. Me imaginé enviando el mensaje, borrando la reserva, volviendo a la rutina con la coartada de que simplemente no me había parecido buena idea. Pero siempre que llegaba a ese punto, algo me detenía. No era el miedo a decepcionar a Adrián. Era otra cosa, más mía, que todavía no tenía nombre claro.

El viernes por la noche apenas dormí. Me levanté dos veces. Me senté en la cocina a oscuras con un vaso de agua fría y me dediqué a imaginar los distintos escenarios posibles, todos ellos absurdamente detallados, ninguno útil. Volví a la cama. Adrián dormía con una tranquilidad que me resultó vagamente irritante.

El sábado lo pasé haciendo cosas concretas y sin importancia. Fui al mercado. Planché ropa que no necesitaba planchar. Leí durante una hora sin retener una sola frase. A las seis me duché con calma y elegí lo que llevaría puesto con más cuidado del que estaba dispuesta a admitir en voz alta.

Adrián me miró cuando salí del baño y no dijo nada. No hacía falta.

***

El trayecto en coche fue en silencio. No por tensión entre nosotros, sino porque ninguno de los dos tenía nada que decir que no hubiera sido ya dicho, y las palabras que podríamos haber pronunciado eran demasiado grandes para caber en el habitáculo. Adrián conducía con una mano en el volante y la otra apoyada cerca de mi rodilla, sin llegar a tocarla.

—¿Cómo estás? —preguntó en algún momento de la autopista.

—Rara —respondí con honestidad—. Pero bien.

—Yo también —admitió.

Eso, por alguna razón, me alivió más que cualquier otra cosa que hubiera podido decir.

Llegamos con tiempo de sobra. Cenamos en un bar cercano que olía a madera vieja y a comida frita, compartimos una botella de vino tinto que no terminamos y hablamos de cosas completamente banales: una serie que teníamos pendiente, si el coche necesitaba revisión, los planes del mes siguiente. Era absurdo y también necesario. Lo ordinario como ancla cuando todo lo demás está en movimiento.

El club por fuera no tenía ningún letrero. Solo una puerta de metal lacada en negro y un interfono discreto a la altura de la mano. Nos abrieron sin decir una palabra. Dentro olía a madera oscura y a algo vagamente herbal que supuse que era ambientador de diseño. La música era baja, casi inaudible, el tipo de música que existe para llenar el silencio sin reclamarlo.

Nos recibió una mujer de mediana edad con el pelo recogido en un moño bajo y una tablet en la mano. Verificó los datos, nos indicó el número de sala y nos acompañó a una zona de espera reservada donde ya estaban los otros siete.

***

Esto fue lo primero que pensé al verlos: son personas normales. Distintas edades, distintos tipos físicos. Ninguno intentó resultar intimidante ni seductor. Conversaban entre ellos en grupos pequeños, con bebidas en la mano, con esa ligera incomodidad compartida de quien sabe perfectamente para qué está ahí pero todavía no ha llegado el momento.

Uno de ellos, de unos cuarenta años con barba corta y entradas en las sienes, se presentó con la mano extendida y una sonrisa que no buscaba nada en particular. Los demás siguieron su ejemplo, uno por uno, con nombres que no retuve del todo porque no era eso en lo que podía concentrarme.

Estuvimos veinte minutos hablando de nada en particular. El tiempo suficiente para que dejaran de ser figuras abstractas y se convirtieran en personas con voz y gestos concretos. Lo suficiente para que los hombros se me bajaran un poco. Adrián habló más que yo, lo que agradeció sin saberlo. Yo escuché, asentí, sonreí en los momentos adecuados. Dentro de mí, algo se iba ordenando despacio.

Cuando llegó la medianoche, la mujer de la tablet regresó y explicó el protocolo con una calma profesional que me ayudó más de lo que esperaba. Entraría yo sola primero. Me pondría cómoda. Cuando estuviera lista, pulsaría el interruptor de la pared. Solo entonces entrarían ellos.

—Tómate el tiempo que necesites —dijo, como si eso fuera la cosa más normal del mundo.

***

La sala era grande. Luz tenue, temperatura agradable, suelo con una alfombra gruesa de color crema. Una cama baja y ancha en el centro, colchoneta firme, sábanas blancas perfectamente estiradas. Cojines distribuidos alrededor en el suelo. Una mesita con agua, toallas dobladas con precisión geométrica y un pequeño cuenco con productos que preferí no examinar demasiado.

Me quedé en el umbral unos segundos, mirando el cuarto vacío.

Puedo salir por donde he entrado, pensé. Ahora mismo, si quiero, puedo dar la vuelta y ninguno de ellos diría nada. Esto no tiene ninguna obligación que no me haya puesto yo misma.

Pero no quería. O no del todo. Lo que sentía en ese momento era demasiado complejo para reducirlo a querer o no querer. Era miedo, sí. Y anticipación. Y algo parecido al orgullo extraño de haber llegado hasta ahí, de haber tomado una decisión que tres meses atrás me hubiera parecido imposible.

Cerré la puerta a mis espaldas.

Me desnudé despacio, con calma, doblando la ropa sobre la silla que había junto a la pared. Conservé solo la ropa interior que llevaba debajo, un conjunto negro que había elegido esa mañana con una intención que en ese momento reconocí sin necesidad de disimularla. Me recogí el pelo con la goma que llevaba en la muñeca para despejarme la cara y el cuello.

Me acerqué al centro de la sala y me quedé de pie junto al borde de la cama. Respiré hondo. Una vez. Dos veces.

Pulsé el interruptor.

***

Primero sentí el cambio de presión en el aire, esa alteración sutil que precede al movimiento. Luego el sonido metálico de la puerta al abrirse. Luego pasos: el ruido específico de varios cuerpos moviéndose al mismo tiempo sobre una superficie blanda.

Entraron uno por uno y el espacio se transformó. Lo que había sido una habitación amplia se fue contrayendo a medida que los cuerpos ocupaban el lugar, cambiando la temperatura, la densidad del aire, la escala de todo lo demás. El calor que irradiaban era casi físico, algo concreto que llegaba antes de que nadie se acercara.

Formaron un círculo a mi alrededor de manera casi natural, sin que nadie diera una instrucción. Adrián fue el último en entrar. Cruzó la sala sin prisa y se quedó a mi izquierda, a una distancia que era al mismo tiempo cercana y respetuosa.

Me buscó con la mirada antes de mirar cualquier otra cosa.

Yo lo miré a él.

En ese momento, rodeada por ocho hombres en un cuarto del que yo había decidido cada paso que me condujo hasta ahí, sentí que el vértigo de semanas se disolvía en algo más simple y más claro. No era valentía ni entrega ni ninguna de esas palabras grandes. Era simplemente estar presente en lo que estaba ocurriendo, sin escaparse hacia atrás ni hacia delante.

Levanté la vista hacia Adrián una última vez.

—Bien —dije en voz baja.

Y empezó.

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Comentarios (10)

Tomas_CC

Increible!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

LorenaZ22

Por favor que haya segunda parte, me quede con muchisimas ganas de saber que paso despues. Como se siente eso???

cordobes_lector

Lo que mas me gusto es la descripcion de ese momento antes de abrir la puerta. Ahi esta todo: el miedo, la adrenalina, la duda. Muy bien construido, se siente real.

Raul_lector

me puso a mil desde el primer parrafo, saludos

Luciana_pc

Dios mio... necesito un momento jajaja

ValenHdz

Que fantasy tan intensa. Me pregunto cuanto tiempo estuvo planeando esa situacion antes de animarse

SombraRoja

Tremendo relato. La tension del inicio esta muy bien lograda, te engancha al toque y no podes parar de leer.

Nati_RosarioX

me recordo a una fantasia que tengo hace años y que jamas me anime a contar. Gracias por escribirlo

nico_bay22

Se hizo corto!!! queria mas detalle de lo que vino despues, pero igual muy bueno

Martina_lec

excelente, sigue escribiendo!!

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