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Relatos Ardientes

El sábado en que cumplí la fantasía de mi marido

—Sigo queriendo hacer un bukkake —me susurró al oído mientras hacíamos la cucharita y su erección se colaba entre mis muslos.

Diego se había puesto muy insistente con aquel asunto. Ni el lubricante que imitaba el semen a la perfección, regalo de su cumpleaños, ni el permiso explícito para usarlo donde y cuando le diera la gana, habían conseguido distraerlo. Más bien al contrario: aquella concesión solo logró que la idea se fijara aún más en su cabeza, como una peonza girando sin cesar dentro de la caja fuerte de sus fantasías más profundas.

—Ya sabes todo lo que me da reparo del asunto. Tengo más dudas que ganas —le contesté, llevando una mano hacia atrás para acariciarle el pelo.

—¿Y si fuera capaz de atar todos los flecos, o al menos los más importantes? —preguntó en un susurro que amortiguó contra mi nuca.

—Si fueras capaz de eso… no lo sé —respondí, notando cómo su líquido preseminal empapaba ya mis labios menores.

—Al menos no es un no —concluyó, y empezó a penetrarme con la paciencia de quien sabe que tiene la noche entera por delante.

Su obstinación me provocaba ternura; su entusiasmo, convencimiento. Lo hizo a traición, y él lo sabía muy bien. En aquel estado de excitación febril, difícilmente le habría negado nada.

—Prepáralo todo y ya veremos —le concedí, justo cuando noté que se derramaba en mi interior con esos pequeños tirones que le sacudían las caderas cada vez que terminaba.

***

No tardó mucho. En cuestión de tres semanas se las arregló para que tuviéramos la conversación que tanto ansiaba. Fue un miércoles por la noche, en una de esas raras ocasiones en las que era él quien elegía la película. Qué casualidad que, de repente, le hubiera dado por Kubrick, y que se interesara precisamente por aquellas máscaras venecianas y aquellas ceremonias clandestinas a la luz de las velas.

—Creo que he conseguido atar todos los flecos —soltó de pronto, sin apartar los ojos de la pantalla ni las manos de mis pies, a los que estaba dando un masaje.

—Qué eficiente eres para algunas cosas —contesté con mi habitual tono condescendiente.

—He hablado con el club de intercambio que vimos aquel verano en la costa. Ellos se encargan de todo.

—Define «encargarse de todo».

—Les he contado cómo somos y qué queremos exactamente. Ellos buscan a los chicos y se aseguran de que todo es seguro. Tienen un convenio con una clínica privada que les exige un examen completo doce horas antes del encuentro. Para esa noche nos reservan una sala solo para nosotros. Para ti es gratis todo, incluso las consumiciones; yo me pago las copas, y los demás chicos, la entrada al club —expuso de carrerilla, tratando de no dejarse ningún argumento en el tintero.

Me quedé en blanco. No sabía qué decir ni qué hacer. De repente, un torrente de pensamientos me martilleó el cerebro. Por un lado, le había lanzado un reto y lo había superado, resolviendo de un plumazo casi todas mis preocupaciones sanitarias y logísticas. Por otro, me seguía pareciendo una fantasía obscena, sexualmente agresiva. Era algo que jamás me había atraído por sí mismo, pero que confrontaba directamente con el inmenso morbo que me producía complacerlo y verlo perder la cabeza.

—Vale —concluí, cuando comprobé que la balanza se había decantado irremediablemente a su favor.

Noté cómo su erección crecía al instante bajo la manta, levantándome los dedos de los pies que tenía apoyados en su regazo. Se le escapó un suspiro, no sé si de alivio o de placer, lo que despertó en mí las ganas de seguir haciéndome la dura. Lo pisé con más fuerza, intencionadamente. Me encantaba anticipar sus reacciones y sabía que se iba a estremecer.

—Vale —repitió él, como única respuesta, asimilando su victoria.

—¿Y sabes cuántos chicos se han apuntado? —pregunté, fingiendo curiosidad casual mientras buscaba camino bajo la tela de sus pantalones.

—Siete. Seríamos ocho en total, contándome a mí —contestó, ayudándome a deshacerse de la ropa.

—Ocho… —murmuré, atrapando su erección al vuelo entre la planta y el empeine de mi pie desnudo.

Ocho. Cómo demonios voy a gestionar esto.

A duras penas había podido concentrarme en atender a Diego la noche que me senté sobre Andrés dándole la espalda, en nuestro primer y único trío. Y de pronto fui consciente de la avalancha de dudas logísticas y carnales que me asaltaban y que, por puro orgullo, no podía plantear en el tablero. Así que callé. Callé y empecé a masturbarlo con los pies de la mejor manera de la que soy capaz, aunque a él le bastaba con sentir mi calor y mi suavidad para volverse loco.

A mí, en cambio, me encantaba notar su dureza y sus contracciones bajo la piel. La humedad del glande empapando mis dedos; recoger con ellos las gotitas transparentes que asomaban por la punta y estirarlas hasta que se rompieran en mil filamentos pegajosos con los que lubricarlo. Inicié con torpeza el movimiento de vaivén, atrapándolo con firmeza entre mis almohadillas. Dejé que me sujetara los tobillos para guiarme y marcar el ritmo, hasta hacerlo acabar allí mismo. Noté cómo su semen caliente me manchaba el empeine y resbalaba hacia su pierna.

—¿Y cuándo sería? —pregunté en la penumbra, aguardando inmóvil a que se le normalizara la respiración.

—Este sábado —respondió, directo como una flecha.

—¡¿Este sábado?! —repetí, incapaz de creerme lo que acababa de escuchar.

—Sí. Podemos entrar al local sobre las once de la noche, y nos reservan la sala de doce a dos de la madrugada.

—Joder —acerté a decir, mientras me limpiaba torpemente el pie con un pañuelo.

—Tenemos hasta el viernes por la mañana para cancelar sin compromiso, y hasta el sábado a mediodía pagando una penalización. Piénsatelo bien. Necesito que estés segura del todo, porque yo no lo voy a disfrutar si tú vas a estar incómoda.

—Sí, no te preocupes. Iremos. Seguramente iremos. Es solo que me ha entrado vértigo por la proximidad de la fecha, nada más.

Y una mierda «nada más». No estuve convencida de querer hacerlo ni siquiera a las once y veinte de la noche del sábado siguiente, cuando ya estábamos dentro del local.

***

Durante todo el trayecto en coche fuimos en completo silencio, escuchando de fondo cualquier cosa que escupiera la radio. Y, sinceramente, creo que él iba mucho más nervioso que yo. Llegamos con tiempo de sobra. Cenamos en un restaurante cercano, intentando aplacar los nervios con un par de copas de vino tinto que no me sentaron del todo bien, y entramos en el local antes de la hora prevista para tomar algo en la barra.

Allí conocimos a los siete chicos que el club había seleccionado. Puede parecer una tontería, pero aquella charla trivial, el haber establecido cierta sintonía visual y comprobar que eran tipos normales y educados, me ayudó a relajar los hombros y a afianzar mi papel en todo aquel teatro. Había uno alto, de barba descuidada y voz grave, que me miraba sin disimulo pero con una sonrisa que lo desarmaba. Otro, mucho más joven, no me dirigió la palabra durante la primera ronda, demasiado nervioso para fingir naturalidad. Un tercero, Sebastián, me confesó al oído que era la primera vez que participaba en algo así, y se lo agradecí en silencio: me alegró saber que no era la única recién llegada.

Diego habló poco. Apoyaba la mano en mi cintura y marcaba el territorio sin necesidad de decir nada. Bebió despacio, midiendo cada sorbo, y cada vez que su pulgar trazaba un círculo sobre mi cadera yo sabía que me estaba preguntando, sin palabras, si seguía estando bien.

Y lo estaba. Más o menos.

Cuando llegó la medianoche, una mujer de unos cuarenta años, vestida de negro, nos indicó el protocolo con la precisión de quien lo ha repetido mil veces. La sala ya estaba preparada. Me pidió que entrara yo primero, que me pusiera cómoda y que, cuando estuviera lista, pulsara un interruptor de la pared para avisarles. Diego asintió, me apretó la mano con fuerza y me la soltó.

***

El cuarto era impecable, aséptico y cuidado hasta el extremo. Olía a lavanda y a desinfectante, una mezcla extraña que no esperaba. Las paredes estaban forradas en una tela oscura que absorbía el sonido. Una luz indirecta, dorada, caía desde el techo, ni demasiado tenue para esconder ni demasiado cruda para incomodar. En el centro, una plataforma baja con cojines y, alrededor, una alfombra gruesa donde podían apoyarse los pies sin que el frío del suelo se metiera en los huesos.

Respiré hondo. Tres veces. Cuatro.

Me desnudé despacio, dejando sobre la piel únicamente un tanga minúsculo, y me recogí el pelo por detrás de las orejas para despejarme la cara y el cuello. Me miré en el espejo de pared: los pezones erguidos por el aire fresco, el vientre quieto a pesar del miedo, las clavículas tensas. Tiré un par de cojines mullidos al suelo, junto a la plataforma, para no hacerme daño cuando quisiera arrodillarme.

Y entonces pulsé el botón.

Que sea rápido. Que sea solo para él.

Al otro lado de la puerta principal había una especie de vestidor con taquillas, así que los ocho entraron directamente desnudos. El espacio se contrajo de golpe. De repente, el aire de la sala se volvió denso, pesado, cargado con el olor inconfundible del almizcle masculino. Ocho hombres adultos cerraron el círculo a mi alrededor, bloqueando la luz, convirtiéndose en una muralla asfixiante de carne, vello y erecciones. El calor que irradiaban sus cuerpos era casi sofocante.

Busqué la cara de Diego entre los demás. Estaba justo enfrente de mí, separado por dos cuerpos. Tenía los ojos brillantes, los labios entreabiertos y esa expresión de ternura confundida con apetito que solo le había visto una vez antes, cuando me pidió en matrimonio en una habitación de hotel barata.

Asintió, despacio. Yo asentí también.

Me arrodillé sobre los cojines, eché la cabeza un poco hacia atrás y dejé que el círculo se cerrara aún más sobre mí. El primer roce fue tímido, una mano que me apartó el pelo de la frente con una delicadeza inesperada. La segunda no fue una mano: fue el calor de un cuerpo acercándose a mi mejilla, el peso de una respiración entrecortada justo encima de mi oreja. Sebastián, creo. Quise reírme de los nervios y no pude.

Cerré los ojos un instante. Cuando los abrí, lo único que vi fue a Diego, sin apartar la mirada de mí, sin tocarse aún, esperando su turno como un niño en la cola de la noria.

—Estoy aquí —le dije, solo a él, en un susurro que no sé si llegó a oír.

—Estoy aquí —repitió él, y supe que sí.

Lo que pasó después es una historia para otra noche.

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Comentarios (8)

NocheLector77

increible... la tension del comienzo me engancho desde la primera linea. Muy buen trabajo

Silvieta88

por favor contanos como termino todo! Me quede con las ganas de saber que paso despues

ClaroMadrid

Que bien escrito. La situacion se siente real, no exagerada. Sigue publicando por favor

Marcos_76

brutal!! mas relatos asi

Vero_relatos

Me recordo a cuando mi pareja y yo hablamos de algo parecido, aunque jamas lo llevamos a cabo jaja. Muy buen relato!

NachoCba

Fue en un club de verdad? O es ficcion? Se siente muy real la narracion, por eso pregunto

LecturaDeNoche

Lo que mas me gusto es como narra los nervios al principio. Autentico y muy bien contado.

Rulo_Mdq

jaja el marido sabe lo que hace... relato genial, me hizo el dia

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