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Relatos Ardientes

Me inscribí en una granja de disciplina extrema

Mi nombre es Sofía y tengo treinta y cuatro años. Soy morena, cabello castaño oscuro que me llega casi hasta la cintura, mido un metro cincuenta y siete y peso ciento dieciocho kilos. Eso último siempre me ha costado escribirlo. Desde chica, mi cuerpo fue lo primero que la gente notó de mí, y rara vez con amabilidad. Las miradas en la pileta. Los comentarios envueltos en supuesta preocupación. La ropa que nunca terminaba de quedarme bien.

Con los años construí un muro entre ese dolor y el resto de mi vida. Tengo a Marcos, mi marido, que me abraza con una firmeza que todavía no termino de entender, y a Tomás, nuestro hijo de ocho años, que es la persona más genuinamente buena que conozco. Ellos son lo que me sostiene. Pero hay noches en que me paro frente al espejo del baño y deseo, con una intensidad que me asusta, ser otra.

Esa mañana, después de dejar a Tomás en la escuela, decidí caminar en lugar de tomar el colectivo. Necesitaba el aire, o eso me dije. La verdad era que no quería volver al departamento donde los demonios tienen demasiado espacio cuando estoy sola. Caminé unas diez cuadras sin rumbo claro, hasta que lo vi pegado en la pared del kiosco de la esquina: un cartel impreso, nada sofisticado, con letras negras sobre fondo blanco.

«Instituto Fortaleza: Programa de transformación corporal y mental. Resultados reales y garantizados. Métodos no convencionales. Cupos limitados.»

Había un número de teléfono debajo. Lo fotografié, dudé unos minutos parada en la vereda, y después marqué.

***

—Instituto Fortaleza, habla Claudia. ¿En qué puedo ayudarte?

Tragué saliva.

—Hola. Vi su cartel. Quiero bajar de peso. He intentado muchas cosas a lo largo de los años y nada me funcionó de manera permanente. No sé bien qué hacen ustedes, pero el cartel decía resultados garantizados y...

Ella me interrumpió, sin brusquedad.

—Te entiendo perfectamente. En el Instituto usamos un método diferente al convencional. Intenso, y no es para todo el mundo. Trabajamos con dinámicas de disciplina extrema, inspiradas en lo que se conoce como BDSM, combinadas con un plan nutricional muy controlado. El programa dura un año completo. Durante ese tiempo vivís en nuestra granja, fuera de la ciudad. Sin visitas presenciales, aunque sí tenés una videollamada semanal con tu familia.

El corazón me latía más rápido de lo normal.

—¿Y si quiero salir antes? —pregunté.

—No es posible. Una vez que firmás el compromiso, te quedás hasta completar el programa. Eso es lo que garantiza los resultados. Si querés, te mandamos información para que lo consideres con calma. Pensálo bien, porque la decisión es definitiva.

Colgué con las manos levemente temblorosas.

Unos minutos después, un mensaje de un número desconocido: un enlace a una carpeta en la nube. Los abrí en el departamento, con el mate frío al lado y el silencio como único testigo.

Los primeros videos eran los que esperaba: mujeres haciendo ejercicio, charlas motivacionales grabadas con luz natural, mesas llenas de ensaladas. Pero a medida que avanzaba en la carpeta, el tono cambiaba. En uno, una mujer corría en una cinta con un arnés ajustado al cuerpo y pesos colgando de los laterales, los brazos atados a una barra superior con correas de cuero, el ruido de su respiración llenando todo el plano. En otro, una participante completaba sentadillas mientras alguien fuera de cámara le revisaba la postura y, ante cada falla de forma, le daba un golpe seco con una varilla en los muslos. En el tercero, una mujer con pequeños electrodos en los brazos y el abdomen hacía una plancha mientras las descargas eléctricas la sacudían en intervalos regulares.

Lo más perturbador no era lo que estaba viendo. Era lo que venía después.

Al final de cada video, las mismas mujeres. Sonriendo.

Y después, las imágenes del «después»: esas mismas participantes, semanas o meses más tarde, paradas frente a espejos, con cuerpos que yo nunca había creído posibles para alguien como yo. La mezcla de fascinación y miedo que sentí no supo quedarse quieta.

***

Esa noche, cuando Tomás ya dormía, puse el plato en la pileta y dije:

—Encontré una clínica para bajar de peso. Un programa de un año. En una granja fuera de la ciudad. Sin visitas presenciales, solo videollamadas. Y una vez que entrás, no podés salir hasta terminar.

Marcos dejó el tenedor apoyado en el borde del plato. Me miró.

—¿Un año sin verte?

—Sí.

—¿Sin que Tomás te vea en persona?

—Sí.

Hubo un silencio que duró lo suficiente como para incomodarme. No le había contado los detalles de los videos. No sabía cómo empezar a explicarlos.

—¿Y si decidís que es demasiado y querés volver? —preguntó.

—No se puede. Eso forma parte del compromiso.

Se pasó la mano por la cara. Era una expresión que yo conocía bien: la del hombre que está calculando cuánto puede decir sin herirme.

—¿Qué tipo de métodos usan?

—Disciplina extrema —dije—. Ejercicio muy intenso. Control total de la alimentación. Nada convencional.

Marcos se levantó y caminó hasta la ventana. Era su manera de procesar. Lo conocía desde antes de casarnos, ese movimiento hacia el vidrio como si afuera hubiera alguna respuesta.

—No me gusta —dijo finalmente, sin girarse—. Un año sin verte es demasiado. Tomás te va a extrañar de una forma que yo no voy a poder compensar del todo. Y eso de no poder salir me parece peligroso.

Me acerqué y me paré a su lado. Vi nuestro reflejo en el vidrio oscuro de la ventana.

—También me da miedo —admití—. Pero llevo años sin que nada cambie. Si este programa funciona...

—¿Y si no funciona?

—Entonces lo habré intentado.

Me giró para mirarme. Sus ojos tenían esa calidez que a veces no termino de entender, viniendo de alguien que me eligió a mí a pesar de todo.

—Si creés que esto te va a dar paz, lo acepto. Solo prometéme que vas a estar bien.

—Te lo prometo.

No sé si fue una mentira. Todavía no lo sé.

***

Al día siguiente llamé a Claudia y dije que sí.

La semana que siguió fue extraña: demasiado normal en la superficie y completamente rota por dentro. Seguí llevando a Tomás a la escuela, fui al supermercado, lavé la ropa. Pero cada cosa que hacía tenía el peso de la última vez.

El día de la partida, Tomás me buscó en el cuarto antes del desayuno y se aferró a mi cintura con los dos brazos.

—¿Por qué tenés que ir a ese campamento para mamás?

Era la explicación que Marcos y yo habíamos acordado la noche anterior.

—Para estar más sana, mi amor. Cuando vuelva hacemos ese viaje al mar que tanto hablamos, ¿sí?

—¿Y cuándo volvés?

—En un año.

Levantó la vista. Tenía los ojos brillantes y yo estaba sosteniendo algo que no tenía nombre preciso.

—Un año es mucho —dijo.

—Lo sé. Pero te llamo todas las semanas. Todas, sin falta.

No me respondió. Solo apretó más fuerte.

Marcos estaba en la puerta cuando llegó el auto del Instituto. Me sostuvo la cara con las dos manos, me miró unos segundos y me besó en la frente. Subí con la maleta pequeña —lo único que me habían autorizado a llevar— y mientras el auto arrancaba los vi por la ventanilla: Marcos con la mano levantada, Tomás pegado a su pierna, los dos cada vez más pequeños hasta que la curva se los llevó.

***

El viaje duró casi tres horas. El conductor no pronunció una sola palabra durante todo el trayecto. La ruta se fue haciendo cada vez más angosta hasta convertirse en un camino de tierra rodeado de pastizales altos y cielos enormes. Cuando el auto se detuvo, no había ningún cartel. Solo una tranquera de hierro, cámaras en cada poste y un alambrado alto que cerraba un conjunto de construcciones bajas pintadas de blanco.

Claudia me esperaba en la entrada. Alta, de unos cuarenta años, cabello oscuro recogido con precisión y una sonrisa que no llegaba hasta los ojos. Me extendió la mano.

—Bienvenida al Instituto Fortaleza, Sofía. Desde hoy empieza tu transformación.

Me hicieron entregar el celular antes de franquear la entrada. «Es parte del protocolo», dijo Claudia. «Te lo devolvemos al finalizar el programa.» Lo solté. Era más difícil de lo que esperaba.

El recorrido que siguió fue desmantelando, una por una, las ideas que yo traía sobre lo que sería ese año.

El gimnasio era de techo alto, iluminado con fluorescentes blancos que no dejaban sombras en ningún rincón. Las máquinas parecían convencionales a primera vista —cintas de correr, bancos de pesas, poleas—, pero cada una tenía elementos adicionales: argollas de metal soldadas en los laterales, correas de cuero colgando de los extremos, cables que conectaban con consolas centrales que nadie me explicó. En una esquina había una estructura de metal en forma de equis, alta hasta el techo, con sujeciones en los cuatro puntos. No pregunté para qué era. El ambiente respondía solo.

—Las herramientas —dijo Claudia, con el mismo tono tranquilo con que alguien muestra un vestuario—. Cada sesión tiene su protocolo. Las participantes aprenden a trabajar con el esfuerzo extremo como señal de avance, no de límite. El dolor deja de ser una barrera y se convierte en información.

La sala de alimentación era de acero inoxidable, con mesas sin decoración y bandejas divididas en secciones exactas. Las porciones estaban medidas al gramo. No había variación posible.

En un pasillo lateral, Claudia mencionó la «sala de corrección» sin abrir la puerta de metal que tenía delante. Sin ventana. Sin más explicación. Seguimos caminando.

El pasillo de habitaciones tenía doce puertas idénticas, numeradas, todas con cerrojo electrónico. Silencio detrás de cada una.

—¿Puedo hacer preguntas? —dije en algún momento del recorrido.

—Todo lo que necesitás saber lo vas a aprender en los próximos días —respondió Claudia, con la misma paciencia que llevaba desde el principio.

***

Mi habitación era la número cuatro. Cama de metal con colchón angosto, sábanas blancas sin ninguna marca, una ventana pequeña con rejas en el exterior, un armario con cerrojo electrónico y un escritorio vacío. No había espejo.

—Los espejos no están disponibles hasta la semana doce —dijo Claudia al notarlo—. Es parte del proceso.

Cerró la puerta al salir. El cerrojo electrónico sonó dos veces.

Me senté en el borde de la cama con la maleta todavía cerrada a mis pies. Afuera, el sol se iba detrás de los pastizales y el cielo se ponía de ese naranja denso que en casa me gustaba mirar desde el balcón con Tomás. Acá no había balcón. Había una reja, un campo interminable y un silencio que no se parecía a ningún silencio que yo hubiera conocido antes.

Pensé en las correas de cuero del gimnasio. En la puerta de metal sin ventana. En los electrodos de los videos, y en que todas esas mujeres, al final, habían sonreído.

¿Eso es lo que me espera?

No había nadie para responderme. El cerrojo había sonado dos veces y yo todavía no terminaba de entender adónde había venido a parar.

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Comentarios (7)

Lucrecia_BA

Tremendo relato!!! me enganche desde el primer parrafo y no pude parar. Sigue asi!

Peluca88

excelente!!!

Federico_arg

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas. Esa parte del cartel fue genial.

Gato_curioso

Que valentía firmar sin leer la letra chica jajaja. Muy bueno el relato.

SolMendoza_22

Me encanto como esta escrito, se siente muy real. Uno de los mejores que lei aca.

Rulo_cba

buenisimo, espero el proximo relato

viajero_nocturno

La forma en que empieza atrapa de inmediato. No se me hizo largo para nada, al contrario, queria mas.

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