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Relatos Ardientes

La mascota del sótano: un día fuera de la jaula

Luna llevaba casi dos años viviendo en el sótano de aquella casa. No como empleada, no como huésped: como lo que había elegido ser cuando firmó el contrato con el Amo Tomás a los veinte años, después de meses de conversaciones y de leer cada cláusula tres veces antes de estampar su firma.

La jaula era pequeña pero estaba bien acondicionada: colchoneta acolchada, cobertor de lana, una tela oscura que cubría los barrotes cuando llegaba la noche. Luna la conocía como conocía el resto de la casa: con la intimidad de quien habita un lugar en sus propios términos.

Esta mañana, la tela se corrió de golpe.

—Buenos días —dijo Diego.

Era el hijo mayor del Amo, veinticuatro años, parecido a su padre en los rasgos pero más impaciente en los gestos. Luna lo vio recortado contra la luz del sótano y esperó. Las reglas eran precisas: no hablar sin permiso, no pararse sin permiso, no hacer contacto visual con los amos secundarios hasta recibir la orden correspondiente.

Diego abrió la jaula y le tendió la correa sin decir nada más. Luna salió a cuatro patas sobre las losetas frías y sintió el aro del collar cuando el clip se cerró.

—Tu amo quiere verte arriba antes de que empiece el desayuno. Vamos.

***

El comedor olía a café. Tomás estaba sentado a la cabecera con el periódico extendido, una figura de cuarenta y muchos años que llevaba la autoridad en el cuerpo como si fuera ropa. A su lado, Renata —su esposa— tomaba el desayuno con esa postura de siempre: espalda recta, ojos bajos, el collar de cuero con hebilla plateada que nunca se quitaba brillando bajo la luz de la lámpara. Al otro extremo de la mesa, Valeria, la hija de veintiún años, miraba su teléfono sin levantar la cabeza.

—Aquí está —anunció Diego, soltando la correa cerca de la silla de su padre.

Tomás bajó el periódico. Miró a Luna con esa expresión que ella había aprendido a leer como satisfacción contenida.

—Ven aquí.

Luna cruzó el suelo a cuatro patas y se detuvo junto a su silla. Tomás extendió la mano y le rascó detrás de la oreja con dos dedos, despacio. En ese contexto, el gesto tenía un significado preciso: lo hiciste bien anoche.

—Quieta.

El desayuno siguió su curso. Luna esperó junto a la silla del Amo sin moverse, escuchando el sonido de las cucharas contra las tazas, los fragmentos de conversación que la familia intercambiaba. Valeria comentó algo sobre sus clases. Diego preguntó por un paquete que esperaba. Renata sirvió más café y volvió a su sitio.

Era un hogar ordinario en casi todo. Casi.

Cuando Tomás terminó, asintió hacia Renata. La señal habitual.

—Ve a prepararla —dijo.

***

El baño diario era en el patio trasero. El césped estaba húmedo de rocío y el sol tardaba todavía en calentar cuando Renata tomó la manguera y abrió el chorro. El agua fría era parte del procedimiento desde el primer día, y no había cambiado en dos años.

Luna se mantuvo quieta mientras Renata la enjabonaba con eficiencia metódica. Espuma, aclarado, revisión. Sin prisa pero sin demoras innecesarias.

—Ya está —dijo Renata cuando terminó, y dejó a Luna extendida sobre el pasto mientras volvía adentro.

Luna se quedó mirando el cielo. Las nubes se movían despacio por encima de los tejados del barrio. En ese estado —mojada, sin correa, sin instrucciones inmediatas— sentía algo que le costaba ponerle nombre pero que reconocía perfectamente: la ausencia de decisión. No tener que elegir nada. No tener que calcular qué quería, qué era correcto, qué se esperaba de ella en cada momento.

El Amo lo había establecido todo. Esa certeza la aliviaba de una tensión que en su vida anterior había sido constante e invisible, como el ruido de fondo de una ciudad a la que terminas acostumbrándote sin darte cuenta.

Escuchó pasos sobre el pasto.

—Te vas a quemar —dijo Diego, arrodillándose junto a ella.

Sacó un bote de protector solar de la mochila y lo aplicó en los hombros, la nuca, los brazos. Sin apuro. Con más cuidado del que usaba para cualquier otra tarea dentro de aquella casa.

—Gracias —dijo Luna en voz muy baja.

Diego no respondió. Le dio un golpecito suave en la mejilla antes de levantarse y recoger la mochila.

—Esta noche hablamos —dijo, y se fue sin esperar respuesta.

***

Tomás eligió la ropa en el cuarto del sótano. Luna esperaba de pie frente a él —de pie, sí, con el permiso que él le había dado con un gesto al entrar— mientras el Amo revisaba el armario con la calma de quien tiene todo el tiempo del mundo.

Una minifalda corta en rosa intenso. Un top blanco muy ajustado. Tacones plateados de plataforma.

—Hoy salimos —dijo mientras le recogía el pelo en una cola alta, tirando de ella con firmeza hacia arriba. —Hay cosas que comprar.

Luna no preguntó qué cosas. Esperó a que él terminara de hablar.

—¿Alguna objeción? —preguntó Tomás, mirándola por el espejo.

—Ninguna, Amo.

—Bien. Nos vamos en veinte minutos.

En el auto, las instrucciones fueron precisas: piernas abiertas durante el trayecto, una mano sobre el muslo, no hablar a menos que se le preguntara directamente. Tomás encendió el mando a distancia del vibrador que Luna llevaba y lo dejó en una frecuencia baja y sostenida, diseñada no para llevarla al orgasmo sino para mantenerla justo en ese punto donde concentrarse en cualquier otra cosa se vuelve casi imposible.

Todo el camino fue así. La ciudad pasaba afuera: semáforos, peatones, una plaza con palomas, un mercado con toldos de colores. Luna lo veía todo con esa nitidez extraña que da la atención sostenida al cuerpo propio, como si el mundo ganara textura cuando uno está completamente presente en sí mismo.

—Estamos llegando —dijo Tomás. —Manos quietas.

Apagó el vibrador. Luna exhaló despacio.

Antes de bajar del auto, Tomás enrolló varios billetes dentro de un preservativo y los sostuvo frente a ella sin decir una palabra. Luna obedeció sin preguntar. Tomás esperó, satisfecho con el resultado, y abrió la puerta del copiloto.

—Ahora bajamos.

***

El sexshop estaba en el segundo piso de un centro comercial bien iluminado. Dentro, el espacio era amplio y ordenado, con música suave de fondo y una atmósfera que no se parecía en nada a lo que la gente imaginaba desde afuera. Había otras personas en los pasillos: una pareja joven que examinaba vitrinas, un hombre que comparaba dos modelos de vibrador con la concentración de quien compra un electrodoméstico.

Tomás la llevó del brazo —en público usaban ese código: pareja convencional, sin correa, sin gestos evidentes— y la dejó moverse por los pasillos con cierta libertad.

—Elige algo para ti —dijo en voz baja. —Lo que quieras.

Era una de esas formas en que el Amo la sorprendía. Luna recorrió los estantes sin apuro. Pasó por la sección de vibradores, los arneses, los accesorios de látex. Se detuvo frente a una sección de dildos con formas orgánicas: espirales, curvas que imitaban patrones naturales, texturas que prometían sensaciones difíciles de imaginar en abstracto.

Uno en particular llamó su atención. Grande, rosado, con una espiral que lo recorría de la base a la punta. Absurdamente grande, probablemente. Pero era el único que quería.

Lo tomó y fue adonde estaba Tomás.

Él lo miró. Luego la miró a ella. Lo único que dijo fue:

—Vamos a necesitar lubricante extra.

En la caja, el cajero empezó a escanear los artículos. Tomás activó el vibrador al máximo en ese preciso momento. Luna apretó los dientes. Con dedos que intentaban no temblar, sacó los billetes donde los había guardado, los abrió sobre el mostrador y esperó el cambio con la mirada fija en un punto neutro del mostrador.

El cajero contó el cambio sin comentar nada. Tomás lo guardó en el bolsillo.

El vibrador se apagó en cuanto salieron de la tienda.

—Lo hiciste bien —dijo Tomás.

Era todo lo que necesitaba escuchar.

***

Almorzaron en un restaurante de comida rápida cerca del centro comercial. Tomás pidió por los dos. Luna comió en silencio, con la espalda recta y las manos sobre las rodillas entre bocado y bocado, siguiendo el código habitual: en público, discreta y quieta.

—¿Cómo estás? —preguntó Tomás cuando llegaron las bebidas.

Era la pregunta de seguridad. Luna lo sabía.

—Muy bien, Amo.

—¿Segura?

—Segura.

Tomás asintió y le pasó la bolsa con las papas fritas. Un gesto pequeño que en el código de ellos significaba: te veo, estoy aquí.

Luna comió el resto del almuerzo sin prisa, mirando la bandeja.

***

La última parada fue un estudio de tatuajes a pocas calles del restaurante. El local era pequeño pero limpio, con las paredes cubiertas de bocetos enmarcados y una música instrumental que amortiguaba el ruido de las máquinas. El tatuador —un hombre de cuarenta años con los brazos cubiertos de tinta— saludó a Tomás con la familiaridad de quien ya lo ha visto varias veces.

—¿Traes el diseño?

Tomás sacó un papel doblado del bolsillo. El tatuador lo examinó con calma y asintió.

—Dos sesiones. Hoy hacemos el contorno.

Indicaron a Luna que se recostara sobre la camilla. El tatuador preparó la máquina. Luna cerró los ojos y esperó el primer contacto.

El dolor llegó como un corte fino y continuo que no daba tregua. Era del tipo que se instala y hay que aprender a respirar a su alrededor, no contra él. Luna tomó el dildo que Tomás le puso en las manos —el mismo que había elegido esa tarde— y lo apretó con fuerza.

Esto también es mío, pensó. La marca también me pertenece.

El trabajo duró casi tres horas. Cuando el tatuador terminó, cubrió las zonas con film transparente y le dio a Tomás las indicaciones de cuidado: sin sol directo, sin ropa ajustada sobre la zona, crema dos veces al día durante dos semanas.

Tomás escuchó todo sin interrumpir y guardó las instrucciones en el bolsillo.

Salieron a la calle cuando la tarde ya había cambiado de color. El sol bajaba sobre los edificios y el aire traía ese olor particular de las ciudades al atardecer: polvo caliente, motores, algo que podría ser jazmín desde un balcón cercano. Tomás caminó junto a Luna sin correa y por unos minutos fueron solo dos personas caminando con una bolsa de compras.

—¿Cómo estás? —preguntó Tomás en voz baja.

—Cansada —dijo Luna. —Y contenta.

—Eso es lo que importa. —Una pausa breve. —Fue un buen día.

—Sí —dijo Luna. —Muy bueno.

***

De vuelta en la casa, Renata tenía la cena casi lista. Diego estaba en el salón. Valeria acababa de llegar y dejaba su mochila en el recibidor.

Tomás llevó a Luna directamente al sótano. Le quitó los tacones, le revisó las marcas con cuidado, aplicó gel frío sobre las zonas tatuadas con una precisión que no admitía descuido.

—Esta noche descansas sin accesorios —dijo mientras doblaba la minifalda y la dejaba sobre la silla. —Solo el collar y el cobertor.

Era el mejor premio que podía darle. Luna lo sabía.

—Gracias, Amo.

Tomás apagó la luz pequeña de la mesita. Se quedó un momento en la puerta antes de subir la escalera.

—Hiciste bien hoy —dijo. —En todo.

Luna esperó a que los pasos se perdieran escalera arriba antes de meterse en la jaula. La tela estaba puesta. La oscuridad era suave esta vez, sin el peso de otras noches.

Se acomodó sobre la colchoneta, cerró los ojos y pensó en el corazón de tinta que se estaba formando en su piel. En el dildo rosado que esperaba en la bolsa de arriba. En la mano de Diego, que mañana bajaría de nuevo con el pretexto de cualquier cosa y que le aplicaría protector solar con ese cuidado que no terminaba de encajar con el resto de la dinámica pero que tampoco estaba fuera de lugar.

Todas las cosas que había elegido tener. Todas las que seguiría eligiendo mientras el deseo siguiera ahí.

La casa se asentó en el silencio. Luna se quedó dormida antes de que los demás terminaran de cenar.

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Comentarios (8)

Lena_noche

increible!! uno de los mejores que lei en esta pagina. quiero mas

Dante_22

Por favor una continuacion, quede con ganas de saber como sigue. Muy buen trabajo

carlitos_mdq

me encanto la psicologia del personaje, se siente todo muy real. buen relato!

PatriRosa

Ay se hizo cortisimo jaja esperando la segunda parte con ansias!!

Marcos_78

Tiene algo que no tienen los otros de esta categoria. Engancha desde el primer parrafo, en serio

LuciaV22

Lo lei dos veces. Muy bien narrado, se nota que saben escribir :)

RosaRocio_Ok

la anticipacion que transmite desde el inicio... excelente!! Quiero la continuacion ya

NickVidal

jaja me dejo pegado desde el principio, tremendo relato

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