Volví sin ducharme y él terminó por rogar
La primera vez que lo entendí con claridad fue una tarde entre semana, sola en el departamento, mirando el techo después de que Marcos saliera a trabajar. Había algo en el olor de mi propio cuerpo sin perfume y sin jabón que no me producía vergüenza: me producía una especie de reconocimiento. Era yo, sin capas, sin el barniz de lo que se supone que una mujer debe oler, debe parecer, debe ser. El descubrimiento llegó despacio, como llegan siempre las cosas que van a cambiar algo, sin anuncio y sin posibilidad de vuelta atrás.
Hasta ese momento había creído que el poder, en el sexo y fuera de él, tenía que ver con la belleza o con la audacia. Me equivocaba. El poder real era mucho más primitivo y mucho más difícil de domesticar. Era estar dispuesta a ser exactamente lo que el otro no se esperaba. Era romper las reglas de lo que una mujer debía ofrecer, de la manera en que debía presentarse, de los límites que debía respetar sin cuestionarlos.
Marcos era el tipo de hombre que lo hacía todo bien. Ordenado, educado, puntual hasta la obsesión. Dos años juntos y nunca le había levantado la voz a nadie. El apartamento siempre limpio, la ropa doblada en perfecto orden, la cena planeada con antelación. Me quería con esa tranquilidad contenida que al principio me pareció seguridad y con el tiempo empecé a leer como ausencia. No era que Marcos no me quisiera. Era que me quería de una manera que no rozaba ningún borde, que nunca pedía nada que pudiera incomodar. Follábamos los sábados, con la luz apagada, con él encima moviéndose despacio hasta correrse dentro del preservativo con un gemido corto y educado. Después me daba un beso en la frente y se iba a orinar. Nunca me había metido dos dedos con rabia. Nunca me había escupido en la boca. Nunca me había preguntado qué se me pasaba de verdad por la cabeza cuando me tocaba el coño.
Y yo había empezado a necesitar los bordes.
Empecé a experimentar despacio, cuando estaba sola en casa. Primero fue no ducharme un día que Marcos dormía en casa de su hermano. Me quedé en bragas todo el día, tirada en el sofá, con la mano metida entre las piernas cada dos por tres. Me olía los dedos después de tocarme y me lamía la yema, despacio, con una atención casi científica, sin pudor, con la concentración de alguien que está aprendiendo algo sobre sí mismo. Me abrí de piernas frente al espejo del dormitorio y me miré el coño hinchado, los labios enrojecidos, el reguero brillante que me bajaba por la cara interna del muslo. Me metí dos dedos hasta el fondo y giré la muñeca despacio, sintiendo cómo mi propio olor se pegaba a la piel. Me corrí dos veces esa tarde, con la boca abierta y sin hacer ruido, y las dos veces me lamí los dedos hasta dejarlos limpios.
Luego fue dejarlo así un día más. Lo que descubrí fue que mi cuerpo, sin filtro ni presentación, me generaba un orgullo áspero y concreto que no tenía explicación racional pero sí tenía una potencia física muy real. Y eso me excitaba con una intensidad que ninguna lencería cara había conseguido nunca.
Empecé también a prestar atención a los olores ajenos: el sudor en el metro, el aliento de la gente en espacios cerrados, la manera en que las cosas huelen de verdad cuando nadie las ha disimulado. Era como haber sintonizado una frecuencia que siempre había existido y que yo, hasta entonces, había aprendido a ignorar.
Con esa certeza bien asentada, empecé a planear lo siguiente.
Víctor era compañero de trabajo de Marcos. Lo había conocido en la cena de empresa de navidad del año anterior: cuarenta y tantos años, casado desde hacía una eternidad, con esa manera de mirar a las mujeres que no era grosera sino calculada, como si siempre estuviera evaluando posibilidades sin prisa. Recordaba haber pensado, esa noche, que era el tipo de hombre que no se sorprende fácilmente. Eso me parecía útil.
Le escribí un martes por la noche: «Marcos trabaja todo el día mañana. Su novia tiene la mañana libre. ¿Te animas a recibir visita?».
Me respondió en menos de cinco minutos: «Dime la hora y la dirección que te quiero dar yo».
Esa noche no me duché. Dejé la ropa interior sobre la silla de la habitación para ponérmela de nuevo por la mañana. Antes de salir me preparé un desayuno simple: pan tostado y media cebolla cruda. Me lo comí despacio, sin prisa, mirando por la ventana el día gris de noviembre. No era descuido ni desidia: era estrategia. Cada decisión de esa mañana era deliberada y tenía un propósito concreto.
Me miré al espejo antes de cerrar la puerta.
Hoy no eres la novia de nadie, pensé. Hoy eres otra cosa completamente distinta.
***
Víctor vivía a veinte minutos en metro. Subí al vagón con la bolsa al hombro y me senté junto a la ventana. La mujer del asiento de al lado tardó menos de un minuto en levantarse y buscar otro sitio, con la nariz ligeramente fruncida. Anoté mentalmente la reacción sin sentir ninguna incomodidad. Al contrario: sentí algo parecido a la satisfacción.
Mientras el vagón avanzaba entre estaciones, pensé en Marcos. En su cara ordenada y su olor a jabón neutro y su manera de no pedir nunca demasiado. Pensé en cuántos meses llevaba yo conteniendo algo que no sabía nombrar, siendo la novia razonable, la que no da problemas. Pensé en lo diferente que era eso de lo que iba a hacer en veinte minutos.
Llamé al timbre del apartamento de Víctor a las diez y veinte. Abrió en camiseta y con el pelo todavía húmedo, como si acabara de ducharse para recibirme, lo cual me pareció irónico en el mejor sentido. Me miró de arriba abajo, luego se acercó un paso y acercó la nariz a mi cuello sin pedirme permiso.
—Hueles diferente —dijo.
—Lo sé.
Se apartó y me hizo un gesto para que entrara.
—Cierra la puerta —añadió, ya dándome la espalda.
Dentro no hubo conversación. Me guio hasta el salón, me sentó en el sofá con una firmeza que me resultó agradable, y se arrodilló frente a mí. Me desabrochó los vaqueros y me los bajó hasta los tobillos con un tirón seco. Me bajó la ropa interior con calma, casi ceremoniosamente, y la sostuvo entre los dedos un momento antes de llevarla a la nariz. Me miró a los ojos mientras la olía, sin apartar la vista, como si ese fuera el momento más normal del mundo. Después la apretó contra el puño y se la metió en el bolsillo del pantalón.
—Eso me lo quedo —dijo—. Después.
—¿Cuándo fue la última vez que te duchaste?
—Anteayer.
Asintió una sola vez. Como si eso fuera exactamente lo correcto. Me separó las rodillas con las dos manos, sin brusquedad pero sin pedir permiso, y hundió la cara entre mis muslos. Primero olió, largo y hondo, con la nariz pegada al pliegue de la ingle. Después subió la boca hasta el coño y me dio un lametón lento, desde el perineo hasta el clítoris, con la lengua ancha y plana. Se apartó un segundo para mirarme.
—Sabes a lo que tienes que saber —dijo—. A puta cansada. Justo así.
Me estremecí entera. La palabra me golpeó en un sitio que Marcos nunca había encontrado. Le puse la mano en la nuca y le empujé la cara otra vez contra mí. Víctor me chupó el coño con paciencia de artesano: metió la lengua entera y la movió en círculos, me la sacó y me lamió los labios uno por uno, me succionó el clítoris entre los dientes con una presión exacta que me hizo cerrar los muslos alrededor de su cabeza. Me metió dos dedos gordos y los curvó hacia arriba, contra la pared de adelante, mientras seguía chupando. Yo empezaba a jadear con la boca abierta, agarrada al borde del sofá, sintiendo cómo se me acumulaba todo entre las caderas.
—Voy a correrme —dije, sin reconocer mi propia voz.
—Córrete en mi boca —contestó, sin sacar los dedos—. Y córrete fuerte, que quiero tragarme lo que sea que salga.
Me corrí con un temblor largo, apretándole la cabeza entre los muslos, mientras él seguía metiéndome los dedos y chupándome el clítoris con una constancia obscena. Sentí cómo se me contraía el coño alrededor de sus nudillos, cómo se me escapaba un chorro corto y caliente que él recibió en la barbilla sin apartarse. Cuando por fin me soltó, tenía la cara brillante desde la nariz hasta el cuello y una sonrisa lenta que me hizo apretar los dientes.
Se levantó, se bajó los pantalones y me enseñó la polla ya dura, gruesa, con la punta enrojecida y una gota transparente en el glande. Me agarró del pelo con una mano y me acercó la boca sin decir nada. Yo abrí sin resistencia. Me la metió entera de una, hasta el fondo de la garganta, y me tuvo ahí unos segundos con la mano firme en la nuca, escuchándome tragar contra la carne. Cuando me soltó, respiré con un jadeo húmedo y volví a bajar la cabeza sola. Le chupé la polla despacio, con los ojos levantados, saboreando el cambio de textura entre el prepucio recogido y el glande pulido. Le lamí los huevos uno a uno mientras le agarraba la base con la mano y le apretaba hasta hacerle gruñir.
—Así, puta, así —dijo entre dientes, moviendo las caderas contra mi cara—. Chúpamela como si te fuera la vida.
Le tragué la polla otra vez hasta el fondo, sintiendo la arcada subir y bajar sin ceder. Se me caía la saliva por la barbilla, un hilo grueso que le mojaba los huevos y le bajaba hasta el muslo. Él me mantenía la cabeza clavada contra su pubis con las dos manos, follándome la boca con embestidas cortas y secas, haciéndome llorar sin dolor.
Después me indicó que girara. Me puse a cuatro patas sobre el cojín del sofá, con las palmas apoyadas en el respaldo, y lo dejé hacer. Me abrió las nalgas con las dos manos, sin ceremonia, y me pasó la lengua desde el clítoris hasta el ojo del culo, deteniéndose ahí un rato largo, empujando con la punta hasta hacerme abrir un poco. Escupió sobre mi coño, se escupió en la mano, se la pasó por la polla dos veces y me la metió hasta el fondo de una sola embestida.
Grité contra el cojín. No de dolor: de reconocimiento. Era exactamente eso lo que había ido a buscar.
Fue directo sin ser descuidado, brusco sin ser torpe. Me follaba con las dos manos aferradas a las caderas, tirándome hacia atrás en cada embestida, haciendo chocar sus huevos contra mi clítoris con un ruido húmedo y constante. La polla me entraba entera cada vez, hasta el fondo, y yo sentía cómo se me abría el coño alrededor y cómo se me llenaba de un calor pesado que iba subiendo hacia el vientre. Me llamó de nombres que no voy a reproducir aquí porque todavía me generan algo que no sé nombrar con precisión: cerda, sucia, guarra de mierda, novia falsa. Yo le respondí con el mismo vocabulario, jadeando contra la tela del cojín, y él emitió un sonido gutural que me dijo que había acertado del todo.
—Dime lo que eres —jadeó, sin dejar de embestir.
—Una zorra —dije, con la voz rota—. La zorra sucia de Marcos.
—Otra vez.
—Soy una zorra. Soy una puta. Vine aquí sin ducharme para que me follaras como me tenían que follar.
Me metió el pulgar en el culo mientras seguía embistiéndome el coño y yo me corrí otra vez, con un grito que se me ahogó contra el cojín. Sentí cómo se me apretaba todo alrededor de él, cómo me temblaban los muslos, cómo la polla me seguía entrando aunque yo apenas podía sostenerme. Él no aflojó. Me sacó el pulgar del culo, me puso las dos manos en la cintura y aceleró, follándome con una rabia limpia y eficiente hasta que se salió de golpe y me giró la cabeza tirándome del pelo.
—Abre la boca.
Abrí. Me agarró la polla mojada de mí y se corrió sobre mi lengua y mis labios y mi barbilla con tres chorros gruesos y calientes. Un cuarto le cayó en el pecho, entre los pechos, mezclándose con el sudor y con lo que ya me chorreaba entre las piernas. Me dijo con voz baja y ronca, sin necesidad de dramatismo:
—Trágatelo. Todo. Que se te quede el sabor en la boca hasta que llegues a casa.
Tragué sin apartar los ojos. El semen espeso y salado me raspó la garganta al bajar. Me pasó el pulgar por la comisura de los labios y recogió lo que me había quedado fuera, y me lo empujó dentro de la boca. Se lo chupé como si fuera el resto de la polla.
—Eres exactamente lo que me hacía falta este miércoles —murmuró.
En un momento dado, con la cara enterrada en el cojín y las manos aferradas al borde del sofá, tuve un pensamiento completamente claro: esto es lo que quería desde hace meses, esto y exactamente esto. No Víctor en particular. Esa sensación de estar haciendo algo irreversible con plena consciencia y plena voluntad. Sin disculpas ni explicaciones. Sin buscar la aprobación de nadie.
Duró algo más de una hora. Antes de dejarme ir me tumbó boca arriba en el sofá, me abrió otra vez las piernas y me follaba despacio, sin urgencia, mirándome a los ojos. Me metió los dedos en la boca y me hizo chupármelos yo misma después de habérmelos sacado del coño. Se corrió una segunda vez dentro de mí, sin preservativo, con un gruñido corto y las venas del cuello hinchadas, y se quedó dentro un rato largo hasta que se le bajó del todo. Cuando salió me pidió que no me limpiara. Le dije que ni se me pasaba por la cabeza.
Sacó las bragas del bolsillo y me las devolvió con una sonrisa torcida.
—Póntelas así —dijo—. Con todo dentro.
Me las puse. Sentí el bulto pegajoso instalarse entre los muslos, el semen tibio empapando la tela, chorreándome por la cara interna del muslo mientras me subía los vaqueros. Cuando terminé de vestirme, él seguía recostado con los ojos entrecerrados y la respiración todavía acelerada.
—¿Vas a volver? —preguntó.
—Ya veremos —dije, y tomé mi bolsa sin darle otro beso.
***
El metro de vuelta fue tranquilo. Me senté con las piernas cruzadas y la vista fija en los rieles oscuros mientras el vagón aceleraba hacia el norte. Llevaba en el cuerpo todo lo que había pasado esa mañana: el calor acumulado, el sudor propio y el ajeno, el olor inequívoco de una hora larga de follar sin ninguna preparación higiénica previa, la corrida ajena empapándome la ropa interior y goteándome despacio contra la costura de los vaqueros. Era una mezcla densa e inequívoca. Era exactamente lo que había planeado llevarle a casa.
Llegué al apartamento a las doce y media. Marcos estaba en la sala, con el portátil sobre las rodillas y una taza de café ya frío en la mesilla. Levantó la vista cuando entré.
—Creí que llegarías antes. ¿Dónde estuviste?
—Por ahí.
Me dejé caer en el sillón frente a él. No me quité la chaqueta. Lo miré sin decir nada más.
Marcos frunció el ceño. Se removió ligeramente en el sofá.
—Elena, ¿estás bien?
—Perfectamente.
Pasaron unos segundos en silencio. Él volvió la vista al portátil, pero no escribió nada. Noté el momento exacto en que el olor llegó hasta él: fue una tensión pequeña pero clara en los hombros, un gesto involuntario de la nariz que trató de disimular sin conseguirlo del todo.
—Hueles... —Empezó y se detuvo.
—¿A qué huelo, Marcos?
No me miraba.
—A... fuerte. A sudor. A... otra cosa.
—A mí —dije—. Y a semen. Sin perfume, sin nada que lo tape. Solo eso.
***
Me levanté. Me paré frente a él y cerré el portátil con un dedo. Marcos levantó la vista y me miró desde abajo con esa expresión suya que yo ya conocía bien: la de no saber si retroceder o quedarse quieto, la de alguien que intuye que algo ha cambiado pero todavía no sabe cuánto ni en qué dirección.
—¿Sabes lo que hice esta mañana?
Silencio.
—Te lo cuento. Pero primero quiero que hagas algo por mí.
Me desabroché los vaqueros y los bajé hasta las rodillas. La ropa interior llevaba puesta desde el día anterior, con todas las marcas propias de un día entero más lo que había acumulado esa mañana en casa de Víctor: una mancha oscura y todavía húmeda que se extendía desde la entrepierna hasta casi la cintura, con la corrida de otro hombre empapando la tela y goteándome despacio por el muslo. Se las acerqué a la cara sin preámbulos ni explicaciones.
—Huélelas.
—Elena... —dijo, con la voz tensa.
—Que las huelas.
Vi el conflicto en su cara: el asco y algo más oscuro, más difícil de nombrar, que ganaba terreno despacio pero sin pausa. Cerró los ojos. Tardó tres segundos. Luego se acercó e inhaló, profundo, con la nariz pegada a la tela empapada.
El sonido que emitió involuntariamente me dijo todo lo que necesitaba saber. Era un gemido bajo, animal, ahogado en la garganta. Bajé la vista y vi el bulto marcándosele contra el pantalón, tenso, obsceno.
—Esta mañana fui a ver a Víctor —empecé, con la voz completamente tranquila—. Tu compañero. El que siempre te pregunta por mí cuando os reunís en la cocina de la oficina.
Lo vi tensarse. Seguí sin prisa.
—Me abrió la puerta y lo primero que hizo fue acercar la nariz a mi cuello. No me saludó, no me preguntó cómo estaba. Me olió. Y le gusté, Marcos. Le gusté exactamente como era: sin ducharme desde hacía dos días, con la ropa del día anterior, con el aliento que llevaba desde el desayuno. No le importó nada de eso. Al contrario: fue exactamente lo que estaba buscando.
—Me arrodilló en el sofá y me chupó el coño hasta que me corrí en su boca. Me dijo que sabía a puta cansada. Y me gustó que me lo dijera.
Marcos hizo un ruido entre los dientes, involuntario. Yo seguí, con las bragas todavía a un centímetro de su cara.
—Después me la metió por detrás, a cuatro patas sobre su sofá. Sin condón. Me follaba tirándome del pelo y llamándome zorra sucia. Y yo le decía que sí, que era su puta esa mañana, y me corría otra vez con su pulgar metido en el culo.
—Elena, por dios...
—Y después se corrió en mi boca —dije—. Me tragué todo lo que me cabía. Lo que no me cabía me chorreó por la barbilla y por las tetas. Y luego me la volvió a meter y se corrió otra vez dentro. Lo que hueles ahí es eso. Sigue dentro de mí. Sigue empapándome las bragas.
—Lámelas —dije—. Con la lengua.
Esta vez tardó menos en obedecer. Con los ojos cerrados y la mandíbula apretada y el cuerpo en guerra consigo mismo, obedeció. Sacó la lengua y me lamió la tela empapada, primero con timidez, después con una constancia que le tembló en los hombros. Le vi la manzana de Adán moverse cuando tragó. Le vi la cara enrojecerse cuando entendió lo que estaba tragando.
Me llevé una mano entre las piernas mientras seguía hablando, despacio, con detalle. Le conté el sofá de Víctor, sus manos, cómo me abrió las nalgas y me pasó la lengua desde el clítoris hasta el culo, cómo me metió los dedos y me hizo chupármelos yo misma después. Le conté el sabor de la polla de su compañero, el peso en la lengua, la forma en que se le hinchaban las venas del cuello cuando estaba a punto de correrse. Le conté que me lo tragué todo y que después le pedí más. Le conté la hora larga que pasamos sin que yo me disculpara por nada, sin que él esperara que lo hiciera.
Me metí dos dedos en el coño mientras se lo contaba. Los saqué brillantes, pegajosos, con un hilo que se estiraba entre ellos y la carne. Se los acerqué a los labios.
—Abre.
Abrió. Se los metí hasta el fondo de la boca y le hice cerrar. Se los chupó con los ojos cerrados, gimiendo bajo, mientras yo le hablaba desde arriba con una calma que no había sentido nunca.
Marcos escuchaba con la boca ocupada y los ojos húmedos, y yo lo miraba desde arriba y sentía algo que no era solo excitación sino también una claridad extraña, una certeza de que esto era lo que éramos en realidad, despojados del barniz de la pareja normal y funcional que habíamos interpretado durante dos años.
—¿Por qué me cuentas esto? —alcanzó a decir, con la voz pastosa, sin sacarse mis dedos de la boca.
—Porque lo necesitas escuchar. Y porque te excita, aunque te mueras de vergüenza de admitirlo. Mírate. Ni te he tocado y estás a punto.
No negó nada. No podía: su cuerpo respondía por él con una honestidad que sus palabras nunca habrían tenido. Le miré el bulto de los pantalones, la mancha húmeda que empezaba a marcarse en la tela, el temblor de las piernas. Le retiré los dedos de la boca y se los pasé por los labios, marcándoselos con mi saliva y mi olor. Me abrí de piernas frente a él, con las bragas empapadas todavía colgando de una rodilla, y le enseñé el coño abierto, hinchado, con los restos brillantes de Víctor todavía escurriéndoseme por el muslo.
—Mira lo que me trajo de vuelta —dije—. Míralo bien. Es lo que ahora es tuyo también, aunque nunca hayas sido tú el que me lo puso ahí.
Lo vi correrse sin que nadie lo tocara, con un temblor largo y silencioso que le recorrió todo el cuerpo de arriba a abajo. Vi la mancha extenderse sobre la tela del pantalón, oscura y grande, y le vi cerrar los puños contra los muslos como si quisiera detenerlo y no pudiera. No era solo placer. Era rendición completa, sin reservas ni condiciones.
Me saqué la ropa interior de la rodilla y la dejé caer sobre su regazo, encima de la mancha propia.
—Guárdalas —dije—. Sin lavar. Para que no se te olvide lo que soy.
***
Fui al baño. Abrí la ducha y esperé a que el espejo se empañara de vapor. Antes de meterme me detuve un momento frente al reflejo: el pelo revuelto, la ropa arrugada, el olor denso de todo lo que había hecho esa mañana todavía impregnado en la piel, las marcas rojas de los dedos de Víctor todavía visibles en las caderas.
Sonreí.
Marcos se quedaría en el sofá un buen rato sin moverse, con las bragas empapadas de otro hombre en la mano y la boca todavía sabiéndole a lo que le había obligado a chupar. Lo sabía sin necesidad de mirarlo. Sabía también que cuando yo saliera envuelta en una toalla limpia y olorosa a jabón, él levantaría la vista y buscaría en mi cara alguna señal de que todo podía volver a ser lo que era antes de ese miércoles, antes de esa mañana, antes de que yo decidiera dejar de ser la novia razonable.
No iba a encontrarla.
Lo que éramos ahora era esto: él en el sofá, con el sabor de mi traición en la boca y la certeza silenciosa de que la próxima vez obedecería igual o más rápido, que la próxima vez abriría la boca antes de que yo se lo pidiera. Yo en el baño, con el agua caliente cayéndome sobre la piel y la tranquilidad profunda de alguien que sabe con precisión quién es y qué quiere.
Eso no tenía vuelta atrás.
Y ninguno de los dos lo quería.
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