Volví sin ducharme y él terminó por rogar
La primera vez que lo entendí con claridad fue una tarde entre semana, sola en el departamento, mirando el techo después de que Marcos saliera a trabajar. Había algo en el olor de mi propio cuerpo sin perfume y sin jabón que no me producía vergüenza: me producía una especie de reconocimiento. Era yo, sin capas, sin el barniz de lo que se supone que una mujer debe oler, debe parecer, debe ser. El descubrimiento llegó despacio, como llegan siempre las cosas que van a cambiar algo, sin anuncio y sin posibilidad de vuelta atrás.
Hasta ese momento había creído que el poder, en el sexo y fuera de él, tenía que ver con la belleza o con la audacia. Me equivocaba. El poder real era mucho más primitivo y mucho más difícil de domesticar. Era estar dispuesta a ser exactamente lo que el otro no se esperaba. Era romper las reglas de lo que una mujer debía ofrecer, de la manera en que debía presentarse, de los límites que debía respetar sin cuestionarlos.
Marcos era el tipo de hombre que lo hacía todo bien. Ordenado, educado, puntual hasta la obsesión. Dos años juntos y nunca le había levantado la voz a nadie. El apartamento siempre limpio, la ropa doblada en perfecto orden, la cena planeada con antelación. Me quería con esa tranquilidad contenida que al principio me pareció seguridad y con el tiempo empecé a leer como ausencia. No era que Marcos no me quisiera. Era que me quería de una manera que no rozaba ningún borde, que nunca pedía nada que pudiera incomodar.
Y yo había empezado a necesitar los bordes.
Empecé a experimentar despacio, cuando estaba sola en casa. Primero fue no ducharme un día que Marcos dormía en casa de su hermano. Exploré mi propio olor con una atención casi científica, sin pudor, con la concentración de alguien que está aprendiendo algo sobre sí mismo. Luego fue dejarlo así un día más. Lo que descubrí fue que mi cuerpo, sin filtro ni presentación, me generaba un orgullo áspero y concreto que no tenía explicación racional pero sí tenía una potencia física muy real. Y eso me excitaba con una intensidad que ninguna lencería cara había conseguido nunca.
Empecé también a prestar atención a los olores ajenos: el sudor en el metro, el aliento de la gente en espacios cerrados, la manera en que las cosas huelen de verdad cuando nadie las ha disimulado. Era como haber sintonizado una frecuencia que siempre había existido y que yo, hasta entonces, había aprendido a ignorar.
Con esa certeza bien asentada, empecé a planear lo siguiente.
Víctor era compañero de trabajo de Marcos. Lo había conocido en la cena de empresa de navidad del año anterior: cuarenta y tantos años, casado desde hacía una eternidad, con esa manera de mirar a las mujeres que no era grosera sino calculada, como si siempre estuviera evaluando posibilidades sin prisa. Recordaba haber pensado, esa noche, que era el tipo de hombre que no se sorprende fácilmente. Eso me parecía útil.
Le escribí un martes por la noche: «Marcos trabaja todo el día mañana. Su novia tiene la mañana libre. ¿Te animas a recibir visita?».
Me respondió en menos de cinco minutos: «Dime la hora y la dirección que te quiero dar yo».
Esa noche no me duché. Dejé la ropa interior sobre la silla de la habitación para ponérmela de nuevo por la mañana. Antes de salir me preparé un desayuno simple: pan tostado y media cebolla cruda. Me lo comí despacio, sin prisa, mirando por la ventana el día gris de noviembre. No era descuido ni desidia: era estrategia. Cada decisión de esa mañana era deliberada y tenía un propósito concreto.
Me miré al espejo antes de cerrar la puerta.
Hoy no eres la novia de nadie, pensé. Hoy eres otra cosa completamente distinta.
***
Víctor vivía a veinte minutos en metro. Subí al vagón con la bolsa al hombro y me senté junto a la ventana. La mujer del asiento de al lado tardó menos de un minuto en levantarse y buscar otro sitio, con la nariz ligeramente fruncida. Anoté mentalmente la reacción sin sentir ninguna incomodidad. Al contrario: sentí algo parecido a la satisfacción.
Mientras el vagón avanzaba entre estaciones, pensé en Marcos. En su cara ordenada y su olor a jabón neutro y su manera de no pedir nunca demasiado. Pensé en cuántos meses llevaba yo conteniendo algo que no sabía nombrar, siendo la novia razonable, la que no da problemas. Pensé en lo diferente que era eso de lo que iba a hacer en veinte minutos.
Llamé al timbre del apartamento de Víctor a las diez y veinte. Abrió en camiseta y con el pelo todavía húmedo, como si acabara de ducharse para recibirme, lo cual me pareció irónico en el mejor sentido. Me miró de arriba abajo, luego se acercó un paso y acercó la nariz a mi cuello sin pedirme permiso.
—Hueles diferente —dijo.
—Lo sé.
Se apartó y me hizo un gesto para que entrara.
—Cierra la puerta —añadió, ya dándome la espalda.
Dentro no hubo conversación. Me guio hasta el salón, me sentó en el sofá con una firmeza que me resultó agradable, y se arrodilló frente a mí. Me bajó la ropa interior con calma, casi ceremoniosamente, y la sostuvo entre los dedos un momento antes de llevarla a la nariz. Me miró a los ojos mientras la olía, sin apartar la vista, como si ese fuera el momento más normal del mundo.
—¿Cuándo fue la última vez que te duchaste?
—Anteayer.
Asintió una sola vez. Como si eso fuera exactamente lo correcto.
Lo que vino después fue lento y metódico. Me exploró con una atención que no tenía nada de urgente: me olió antes de tocarme, me tocó antes de lamerme, me lamió antes de hablar. No había asco en ninguno de esos gestos, solo una concentración que yo encontré más excitante que cualquier urgencia. Cuando habló fue con voz baja y ronca, sin necesidad de dramatismo.
—Eres exactamente lo que me hacía falta este miércoles.
Después me indicó que girara. Me puse a cuatro patas sobre el cojín del sofá, con las palmas apoyadas en el respaldo, y lo dejé hacer. Fue directo sin ser descuidado, brusco sin ser torpe. Me llamó de nombres que no voy a reproducir aquí porque todavía me generan algo que no sé nombrar con precisión. Yo le respondí con el mismo vocabulario y él emitió un sonido gutural que me dijo que había acertado del todo.
En un momento dado, con la cara enterrada en el cojín y las manos aferradas al borde del sofá, tuve un pensamiento completamente claro: esto es lo que quería desde hace meses, esto y exactamente esto. No Víctor en particular. Esa sensación de estar haciendo algo irreversible con plena consciencia y plena voluntad. Sin disculpas ni explicaciones. Sin buscar la aprobación de nadie.
Duró algo más de una hora. Cuando terminé de vestirme, él seguía recostado con los ojos entrecerrados y la respiración todavía acelerada.
—¿Vas a volver? —preguntó.
—Ya veremos —dije, y tomé mi bolsa sin darle otro beso.
***
El metro de vuelta fue tranquilo. Me senté con las piernas cruzadas y la vista fija en los rieles oscuros mientras el vagón aceleraba hacia el norte. Llevaba en el cuerpo todo lo que había pasado esa mañana: el calor acumulado, el sudor propio y el ajeno, el olor inequívoco de una hora de sexo sin ninguna preparación higiénica previa. Era una mezcla densa e inequívoca. Era exactamente lo que había planeado llevarle a casa.
Llegué al apartamento a las doce y media. Marcos estaba en la sala, con el portátil sobre las rodillas y una taza de café ya frío en la mesilla. Levantó la vista cuando entré.
—Creí que llegarías antes. ¿Dónde estuviste?
—Por ahí.
Me dejé caer en el sillón frente a él. No me quité la chaqueta. Lo miré sin decir nada más.
Marcos frunció el ceño. Se removió ligeramente en el sofá.
—Elena, ¿estás bien?
—Perfectamente.
Pasaron unos segundos en silencio. Él volvió la vista al portátil, pero no escribió nada. Noté el momento exacto en que el olor llegó hasta él: fue una tensión pequeña pero clara en los hombros, un gesto involuntario de la nariz que trató de disimular sin conseguirlo del todo.
—Hueles... —Empezó y se detuvo.
—¿A qué huelo, Marcos?
No me miraba.
—A... fuerte. A sudor.
—A mí —dije—. Hueles a mí. Sin perfume, sin nada que lo tape. Solo a mí.
***
Me levanté. Me paré frente a él y cerré el portátil con un dedo. Marcos levantó la vista y me miró desde abajo con esa expresión suya que yo ya conocía bien: la de no saber si retroceder o quedarse quieto, la de alguien que intuye que algo ha cambiado pero todavía no sabe cuánto ni en qué dirección.
—¿Sabes lo que hice esta mañana?
Silencio.
—Te lo cuento. Pero primero quiero que hagas algo por mí.
Me desabroché los vaqueros y los bajé hasta las rodillas. La ropa interior llevaba puesta desde el día anterior, con todas las marcas propias de un día entero más lo que había acumulado esa mañana en casa de Víctor. Se la acerqué a la cara sin preámbulos ni explicaciones.
—Huélelas.
—Elena... —dijo, con la voz tensa.
—Que las huelas.
Vi el conflicto en su cara: el asco y algo más oscuro, más difícil de nombrar, que ganaba terreno despacio pero sin pausa. Cerró los ojos. Tardó tres segundos. Luego se acercó e inhaló.
El sonido que emitió involuntariamente me dijo todo lo que necesitaba saber.
—Esta mañana fui a ver a Víctor —empecé, con la voz completamente tranquila—. Tu compañero. El que siempre te pregunta por mí cuando os reunís en la cocina de la oficina.
Lo vi tensarse. Seguí sin prisa.
—Me abrió la puerta y lo primero que hizo fue acercar la nariz a mi cuello. No me saludó, no me preguntó cómo estaba. Me olió. Y le gusté, Marcos. Le gusté exactamente como era: sin ducharme desde hacía dos días, con la ropa del día anterior, con el aliento que llevaba desde el desayuno. No le importó nada de eso. Al contrario: fue exactamente lo que estaba buscando.
—Líalas —dije—. Con la lengua.
Esta vez tardó menos en obedecer. Con los ojos cerrados y la mandíbula apretada y el cuerpo en guerra consigo mismo, obedeció. Me llevé una mano entre las piernas mientras seguía hablando, despacio, con detalle. Le conté el sofá de Víctor, sus manos, lo que me dijo y lo que yo le respondí, la manera en que me miró cuando me bajó la ropa interior y no encontró en mí ninguna incomodidad. La hora larga que pasamos sin que yo me disculpara por nada, sin que él esperara que lo hiciera.
Marcos escuchaba con la boca ocupada y los ojos húmedos, y yo lo miraba desde arriba y sentía algo que no era solo excitación sino también una claridad extraña, una certeza de que esto era lo que éramos en realidad, despojados del barniz de la pareja normal y funcional que habíamos interpretado durante dos años.
—¿Por qué me cuentas esto? —alcanzó a decir, con la voz pastosa.
—Porque lo necesitas escuchar. Y porque te excita, aunque te mueras de vergüenza de admitirlo.
No negó nada. No podía: su cuerpo respondía por él con una honestidad que sus palabras nunca habrían tenido. Lo vi correrse sin que nadie lo tocara, con un temblor largo y silencioso que le recorrió todo el cuerpo de arriba a abajo. No era solo placer. Era rendición completa, sin reservas ni condiciones.
Me saqué la ropa interior de entre sus manos y la dejé caer sobre su regazo.
—Guárdalas —dije—. Para que no se te olvide lo que soy.
***
Fui al baño. Abrí la ducha y esperé a que el espejo se empañara de vapor. Antes de meterme me detuve un momento frente al reflejo: el pelo revuelto, la ropa arrugada, el olor denso de todo lo que había hecho esa mañana todavía impregnado en la piel.
Sonreí.
Marcos se quedaría en el sofá un buen rato sin moverse. Lo sabía sin necesidad de mirarlo. Sabía también que cuando yo saliera envuelta en una toalla limpia y olorosa a jabón, él levantaría la vista y buscaría en mi cara alguna señal de que todo podía volver a ser lo que era antes de ese miércoles, antes de esa mañana, antes de que yo decidiera dejar de ser la novia razonable.
No iba a encontrarla.
Lo que éramos ahora era esto: él en el sofá, con el sabor de mi traición en la boca y la certeza silenciosa de que la próxima vez obedecería igual o más rápido. Yo en el baño, con el agua caliente cayéndome sobre la piel y la tranquilidad profunda de alguien que sabe con precisión quién es y qué quiere.
Eso no tenía vuelta atrás.
Y ninguno de los dos lo quería.