Selene llegó con un vestido rojo y una jaula
Habían pasado casi doce años de conversaciones interminables por Telegram y foros cuando Tomás y Selene por fin acordaron verse en persona. Vivían en el mismo país, pero a muchos kilómetros de distancia. Al final habían fijado una cita en Málaga. Durante mucho tiempo, Tomás le había contado lo mucho que le gustaba el cine. Por lo que había podido deducir, a ella también.
No iban a ir al cine del pueblo de Selene, claro, no fuera a ser que alguien la viera y la reconociese. Habían quedado en un punto casi a las afueras de Málaga. Tomás iba muy nervioso, aunque sabía de sobra que entre ellos no iba a pasar nada. Selene era un diamante en bruto, demasiado refinada para alguien como él.
Durante tantos años de conversaciones, ella se le había mostrado siempre tímida, dulce, con ese tono suave que invitaba a confiarle cualquier cosa. Tomás le había contado detalles de su vida que no conocían ni sus amigos más cercanos. Había llegado a sentir por ella algo que iba más allá de la amistad, aunque jamás se hubiera atrevido a decírselo.
De repente la reconoció entre la multitud y se quedó mudo. Si algo le había gustado siempre de Selene era que no escondía su feminidad. Sabía cuáles eran sus encantos y no dudaba en explotarlos siempre que podía. Llevaba un vestido rojo que, cuando Tomás se acercó para darle los dos besos de protocolo, comprobó que era de pvc.
No puede ser.
Le había comentado en más de una ocasión que uno de sus mayores fetiches era la ropa de látex y de pvc. No quería pensar que ella se había vestido así para ponerle a prueba. En cuanto sus mejillas rozaron los labios de Tomás, no pudo evitar sentir una erección inmediata, vergonzosa, imposible de disimular dentro del pantalón vaquero. Se sonrojó, y eso le hizo gracia a Selene. Ambos rieron, nerviosos. Tomás temió que su cuerpo le delatara y echase todo al traste antes de empezar.
—Me alegra verte por fin —dijo ella, sin dejar de mirarle a los ojos.
—Y a mí.
Una vez en el coche, Tomás lanzó la vista hacia los muslos de Selene. El vestido se le había subido apenas unos centímetros, lo justo para imaginar la piel debajo. El pene le iba a estallar. Arrancaron y, tras unos pocos kilómetros, Selene le pidió que aparcara en un centro comercial próximo al punto de encuentro. Le indicó que estacionara en la zona más apartada del parking, lejos del resto de coches.
Una vez parado el motor, Selene se puso muy seria y, mirándole fijamente, habló con una voz que ya no era la de siempre.
—Mira, Tomás, sabes que entre tú y yo no va a pasar nada de nada.
Él se volvió a sonrojar como nunca. Le resultó difícil explicarle que ni siquiera había traído condones. Para él, Selene era una amiga. Una muy buena amiga. Nada más.
Acto seguido, ella abrió su bolso. Mucho más seria que antes, habló con un tono aún más duro.
—Y para asegurarme de que no vas a intentar hacer nada de lo que ambos nos podamos arrepentir, he traído esto conmigo.
Mientras terminaba la frase, metió la mano en el bolso y extrajo la jaula de castidad más bonita que Tomás había visto en su vida. Una jaula mediana, cromada, con un acabado que parecía casi de joyería. A él le pareció una pieza preciosa.
Su polla dejó escapar algo. Lo que sintió entre las piernas fueron unas gotas de semen. Esta vez no era líquido preseminal, no. Esta vez era semen sin más, simple y vulgar. Quería morirse allí mismo. Le ardía el cuerpo entero, las mejillas, la nuca.
Selene le tomó de la mano y, con una dureza muy rara en su voz, le señaló los baños públicos del centro comercial a través del parabrisas.
—Tomás, tienes cinco minutos para ponértela. Si veo que tardas más, me marcharé y me llevaré conmigo la llave. Y te aviso: esta jaula no es como esas baratijas que venden en Aliexpress. Esta es especial.
La mente de Tomás iba a mil por hora. No sabía qué decir ni qué pensar. Pero si había algo claro, era que más le valía tardar menos de cinco minutos.
***
Salió del baño con la sensación de que todos los usuarios sabían lo que llevaba puesto debajo del pantalón. Se lavó las manos deprisa, sin mirar a nadie, con el corazón a mil. Al llegar al parking, comprobó con estupor que su coche ya no estaba. Selene se había marchado con él.
En ese instante, lo que más le preocupó no fue la ausencia del coche, sino que tampoco tenía la llave para abrir la jaula. Ella le había puesto el anillo más estrecho. No había hecho falta que usara el retenedor que suele acompañar a este tipo de artilugios: con la anilla bastaba para atraparle por completo.
Se quedó lívido al comprobar que tampoco llevaba el móvil. Lo había dejado en el lateral de la puerta del coche, distraído por el vestido rojo. Un claxon le hizo dar un brinco. El eco resonó en todo el parking y le obligó a girarse. Allí estaba Selene, al volante del coche de Tomás, riéndose a carcajadas. Se llevó la mano al escote y zarandeó algo metálico al otro lado del cristal. Él lo identificó al instante. Eran las llaves de la jaula.
Una vez más, el cuerpo de Tomás reaccionó y creyó que había vuelto a dejar escapar unas pocas gotas. Se sentía sucio, débil, desprotegido. Y, al mismo tiempo, más vivo de lo que se había sentido en años.
Selene ya no le parecía tan dulce. Algo había cambiado en su rostro. Sus ojos marrones, que durante tantas noches le habían parecido tiernos en las fotos, ahora le parecían fríos, duros. Algo había cambiado en ella. Y eso, lejos de asustarle, le excitaba todavía más.
***
Llegaron a un cine en Murcia, porque Tomás quería marcarse el pegote con Selene y ver una película en versión original. Había elegido una de acción, de esas en las que no hace falta prestar demasiada atención. Apenas habían cruzado la línea de entradas cuando ella se acercó a su oído y susurró:
—Tomás, aún hay algo más que quiero que lleves puesto durante la película.
Tomás no pudo contener el ardor que le subió a la cara. No recordaba la última vez que había sentido algo así. Se sentía como cuando de adolescente besó por primera vez a una chica. De nuevo, la entrepierna le ardía, atrapada en aquel acero.
—Quiero que vayas al baño y te pongas esto —dijo, metiéndole un paquete pequeño en la mano—. Toma, te he traído un poquito de lubricante, pero ojo, no pongas demasiado o se te manchará el pantalón y entonces todo el mundo a nuestro alrededor sabrá que eres un hombre beta. Justo todo aquello que desprecio.
Antes de que terminara la frase, Tomás sintió que estaba a punto de orinarse. O peor: a punto de correrse dentro de la jaula otra vez. Era urgente que llegase al baño.
Sin mirar atrás, comenzó a buscar los baños del cine a toda prisa. Cuando entró, comprobó que todos los cubículos estaban ocupados. No podía aguantar más. De repente se abrió una puerta y, casi arrollando al hombre que salía, se metió dentro y echó el pestillo.
Abrió el paquete con cuidado, con curiosidad, y no podía creer lo que envolvía. Se trataba de un butt-plug, pero no uno cualquiera: era uno de los más grandes y anchos que había visto. Negro, pesado, con una base que tenía algo más que un simple tope. Pulsó un pequeño botón por error y el aparato vibró en su mano. Se estremeció.
La película estaba a punto de empezar y él tenía que meterse eso dentro del cuerpo, además de asegurarse de no gemir de placer dentro del baño. Para colmo, debía salir con aquello dentro, caminar hasta la sala y sentarse como si nada.
El espacio para maniobrar era escaso. No solo el baño: también el propio culo de Tomás. Casi no podía levantar la pierna y apoyarla sobre la tapa del váter sin perder el equilibrio. Finalmente, consiguió colocarse en una postura decente. Comenzó a chupar el butt-plug como si fuera una felación. Podía sentir cómo a cada chupada la cara se le ponía más y más roja. Pero, al mismo tiempo, comprobaba con mucha más vergüenza si cabía, cómo su ano empezaba a dilatarse al unísono. Claro, ahora estaba más relajado.
Empezó poco a poco. La jaula no ayudaba. Parecía que su polla iba a estallar contra el metal. Ya casi no aguantaba más. No quería usar el lubricante: un accidente con ese líquido viscoso y perdería la poca dignidad que le quedaba.
De repente vino a su mente la imagen de Selene con aquel vestido rojo tan ajustado. Desde que habían entrado al centro comercial, Tomás había visto cómo nadie le quitaba ojo de encima, y eso, en lugar de incomodarle, le excitaba más y más. Era suya esa noche. O él era suyo. Ya no sabía muy bien cómo funcionaba el reparto.
Vamos, Tomás, ya casi lo tienes.
Al final se rindió. Cogió el lubricante, empapó el butt-plug, se introdujo un par de dedos lubricados también y, entonces, de un empujón, entró. Dolió un poco. Pero mereció la pena por llevar más de doce años hablando con la chica más guapa y dulce que había conocido. Selene.
***
Salió del baño y allí estaba ella, esperándole junto a la barra de chucherías. Se tapó la boca con la mano. Toda aquella situación le causaba gracia y risa al mismo tiempo. Caminaron juntos, uno al lado del otro, y finalmente se sentaron en sus butacas correspondientes. No había mucha gente. De hecho, solo había un par de personas más, y estaban bastante retiradas de ellos.
Se apagaron las luces. Tomás notó cómo el butt-plug vibraba dentro de él. Selene tenía una sonrisa diabólica en el reflejo azul de la pantalla. Se acercó a su oído y susurró:
—Tomás, esto es solo el principio. Pero has de tener en cuenta una cosa, y va a ser la más importante de todas: tu polla no va a salir de esa jaula hasta que me lleves a casa. Y ni siquiera se te ocurra rozarme con ella. Puta.
Subrayó aquella última palabra con la voz. Tomás se corrió justo en ese instante. No hizo falta más. Selene metió la mano dentro de su ropa interior, por encima de la jaula, y la sacó cubierta de semen. No hizo falta que le dijera lo que tenía que hacer. Él comenzó a lamerle los dedos hasta dejarlos limpios, uno a uno, mientras ella le miraba con una intensidad que casi asustaba.
—Muy bien hecho, puta. Muy bien hecho.
Subió las vibraciones al máximo y Tomás creyó que iba a desmayarse allí mismo. Tuvo que morderse el labio para no hacer ruido. En la pantalla, alguien disparaba a otro alguien y la sala entera vibraba con el sonido envolvente, pero él solo sentía aquel motor diminuto latiendo dentro de su cuerpo. Selene se acercó a sus labios y le besó, suave al principio, más profundo después. Al mismo tiempo, movía la jaula arriba y abajo sin piedad, apretándola contra su sexo aprisionado.
Gracias, Selene. Gracias por este momento.
Se pusieron a ver la película, aunque Tomás no entendió una sola escena. Cada minuto, cada diálogo subtitulado, se difuminó en un rumor lejano mientras el butt-plug seguía trabajando y la jaula le recordaba a quién pertenecía esa noche. Ya no había vuelta atrás. Y eso, si era sincero consigo mismo, era exactamente lo que había deseado durante doce años de conversaciones interminables, aunque nunca se hubiera atrevido a ponerlo en palabras.
Cuando se encendieron las luces al final, Selene le miró sin borrar aquella sonrisa nueva. Guardó el mando del vibrador en su bolso con una calma aterradora, como quien guarda un arma después de usarla.
—Llévame a casa.
Y él, que seguía encerrado en su propia piel, asintió.