Mi mujer me convierte en su muñeco de látex
El viernes empieza a morir en la ventana de la oficina. Tomás aprieta el interruptor y el chasquido es el primer ladrillo de un muro que él mismo levanta entre su vida y lo que viene después. Recoge las llaves, da las buenas noches a un compañero cuyo nombre apenas recuerda y baja a la calle. El cielo tiene ese color sucio de las tardes de finales de octubre, ni de día ni de noche, una hora indecisa que le sienta bien al estado en el que se encuentra.
El metro es una sauna de cuerpos cansados, de perfume barato y sudor ajeno. No los ve. Va de pie, agarrado a la barra, con la mirada perdida en el cristal donde su propio reflejo se superpone a los túneles negros. Solo piensa en una cosa: en el peso del arcón que espera en el salón, en el olor a talco clínico que tendrá el interior cuando lo abra. Una parte de él lo teme. La otra lleva toda la semana contando las horas, con la polla medio dura debajo del pantalón desde que subió al vagón.
En casa, Irene ya ha empezado. No con una orden, sino con una taza de té humeante y el relato de una compañera de trabajo estúpida que ha cometido el mismo error por tercera vez. Ríen. La risa de ella es una hoja afilada que le roza los nervios, porque sabe lo que esa normalidad esconde. Cenan queso y pan, los dedos se rozan al coger el último trozo. Es el último contacto de piel a piel que habrá entre ellos en setenta y dos horas, y los dos lo saben.
Terminan de guardar los platos. Ella se seca las manos en el delantal, se lo quita y lo deja sobre el respaldo de una silla. Pasa a su lado y le da una palmada en el culo. No es una caricia. Es una señal.
—Ya —dice.
Tomás asiente. No hay nada más que decir, ni él tiene permiso para decirlo. Se levanta, recoge su taza por costumbre y la deja en el fregadero. Después se va al baño.
La ducha lo golpea, caliente, casi dolorosa. Se enjabona despacio, como quien borra algo. Luego se afeita, y no solo la cara: el cuello, el pecho, las axilas, las ingles, los huevos, la raíz de la polla, entre las nalgas. La cuchilla raspa y la piel queda lisa, sensible, expuesta, como la de un recién nacido. Cierra el grifo, se seca y sale desnudo hacia el salón sin secarse del todo el pelo. Le gusta esa última sensación de frío en la espalda. Será la última que elija por sí mismo.
El arcón negro espera en el centro de la habitación como un féretro de plástico brillante. Tomás se arrodilla delante. El frío del suelo le sube por las rodillas y le eriza la piel recién afeitada. Cierra los ojos. Espera. La polla, ya sin un pelo, se le levanta sola contra el vientre, palpitando al ritmo del pulso que le retumba en las sienes.
***
Oye sus pasos descalzos sobre la madera. Siente su sombra antes que su mano. La palma de Irene se posa sobre su cabeza, no con cariño, con propiedad, igual que se apoya una mano sobre algo que ya es de uno. Luego oye el chirrido de los goznes del arcón al abrirse.
El olor lo golpea de lleno: goma, polvo de talco, algo químico, una promesa sucia que reconocería entre mil. Irene saca el traje. Lo despliega sobre el suelo con un ruido pesado de material que pesa más de lo que parece, lo extiende centímetro a centímetro, y Tomás se tumba encima sin que se lo pidan, ofreciéndose a la segunda piel que va a devorarlo.
Antes de vestirlo, ella le espolvorea talco en todo el cuerpo. Le pasa la mano por los pectorales, por el vientre, y le agarra la polla con dos dedos, casi con asco, como quien coge una pieza de carne del carnicero. Se la levanta, se la deja caer, le empolva los huevos, le mete un dedo enharinado entre las nalgas y le roza el culo. Tomás gime, y el gemido es lo primero que Irene castiga: una palmada seca en el muslo.
—Ni un ruido. Los muñecos no gimen.
Ella lo viste con la concentración de un relojero. Tira del látex, lo estira, expulsa las bolsas de aire con la palma. Los pies de Tomás desaparecen primero, después las piernas. La goma le aprieta los tobillos, las rodillas, los muslos. Cada centímetro de su cuerpo que queda encerrado es un trozo de hombre que se apaga. Para cuando el traje le llega al pecho, ya casi no se reconoce. La superficie negra y tensa devuelve la luz del techo en un brillo aceitoso.
La máscara es lo último. Irene se la encaja sobre la cara, alinea las aberturas y tira de la cremallera. Sube por su nuca con un siseo metálico y el mundo se apaga. La vista, primero: solo dos rendijas que apenas dejan pasar una línea de luz. El oído después, amortiguado por la goma. Solo queda el silbido rítmico de su propio aliento entrando y saliendo por el tubo. Está ciego, sordo, encapsulado dentro de sí mismo. Y sin embargo su sexo se rebela, duro contra el látex, un bulto de carne tensa que rompe la perfección negra del traje.
Irene lo mira. Tomás no la ve, pero siente cómo se agacha y cómo la punta de un dedo recorre el contorno de su erección por encima de la goma. Un gesto casi científico, sin ternura, una comprobación. Cierra la mano sobre el bulto, aprieta, lo suelta. Le da dos golpecitos con la palma abierta, plaf, plaf, como quien prueba una fruta. Tomás siente el impacto sordo llegar hasta la punta de la polla y a duras penas consigue tragarse otro gemido.
Luego oye un cajón. Lo que saca no es un juguete: es un instrumento. Una funda rígida, roja, que encajará sobre él y lo aislará por completo. La unta de lubricante —un frío viscoso que se filtra a través de la goma— y se la desliza encima. Antes de meterla del todo, Irene se agacha, le pasa la lengua por la punta enfundada, apenas un segundo, un beso húmedo y burlón que no llega a nada. La saliva se seca sobre el látex y ese beso muerto es la última caricia que va a recibir de una boca en tres días. El plástico se cierra. La carne queda dentro, aprisionada, separada del mundo por una capa que no transmite nada.
—A partir de ahora eres cosa mía —susurra ella, y la vibración de su voz viaja por el suelo hasta los huesos de Tomás.
Cierra el último broche, a la altura del cuello. La transformación está completa. Ya no hay un hombre en el salón. Hay un objeto que respira.
***
Irene no pierde el tiempo. Se quita el camisón por encima de la cabeza, lo tira sobre el sofá y se queda desnuda encima del muñeco negro. Sus tetas cuelgan sobre el pecho de látex, los pezones ya duros, arrastrándose sobre la goma con un chirrido apenas audible. Se pone en cuclillas sobre él, abre las piernas, y con dos dedos se separa los labios del coño. Tomás no ve nada, pero oye el chapoteo, ese ruido líquido y espeso de una mujer que lleva horas caliente y que ya está empapada. Irene se ha estado poniendo a punto toda la cena. Ella misma se ha corrido antes, seguramente en la cocina, mientras él se afeitaba.
Agarra la funda roja con la mano, la endereza, escupe encima —Tomás oye el chasquido, siente la vibración lejana del escupitajo estrellándose contra el plástico— y se empala. Baja de golpe, sin misericordia, hasta clavarse hasta la raíz. Un gemido gutural le sale del pecho.
—Joder. Qué a gusto.
Empieza a moverse. No con vaivén de amante, sino con embate de mujer que se folla un consolador. Sube, baja, se contonea, se restriega el clítoris contra la base de la funda. La funda roja entra en ella una y otra vez, lisa, implacable, y Tomás siente el peso de su cuerpo, el balanceo de sus caderas, el calor que irradia desde donde están unidos. Pero nada más. Es como si la estuviera follando a través de un muro de cristal. Sabe que está dentro de ella, sabe que ella se está usando con él, pero no roza nada. La goma se interpone entre cada sensación y su nervio.
Ella se inclina hacia adelante, apoya las manos en el pecho de látex y le folla la funda con las caderas, dando culadas secas, sonoras. El chapoteo se vuelve obsceno, un ruido líquido que llena el salón. Tomás nota los jugos de ella escurrirse por la base de la funda, calientes, buscando la goma, pero sin llegar nunca a la piel. Es una tortura al revés: es ella quien goza, y él, encerrado, solo puede sentir el eco muerto del placer ajeno.
—Muñeco de mierda —le sisea, sin dejar de rebotar—. Ni te enteras, ¿verdad? Yo aquí corriéndome y tú ahí dentro, quieto. Para eso te tengo.
Le da una bofetada blanda a la máscara, más un aviso que un golpe, y sigue. Tomás sube y baja debajo de ella como un colchón. Le hormiguean las manos dentro de los guantes de goma, quiere agarrarla, quiere clavarle los dedos en las caderas, quiere responderle, pero los brazos están extendidos a los costados y allí se quedan. Y en esa negación, en ese abismo entre lo que siente ella y lo que él no puede sentir, encuentra un placer retorcido. Un gozo que se alimenta de su propia anulación, de saberse reducido a una herramienta que cumple su función.
Los jadeos de Irene se vuelven más rápidos. Se agarra a su pecho de látex con las uñas, los muslos empiezan a temblarle. Se yergue, se busca el clítoris con dos dedos y se lo frota mientras sigue empalada. Se corre con un gemido largo y ronco, un «me corro, me corro, joder», derrumbándose un momento sobre él, las tetas aplastadas contra la máscara, el coño palpitando en oleadas alrededor de la funda roja. Tomás siente esas contracciones a través del plástico como golpecitos sordos, la única cosa parecida a un contacto que ha recibido, y por un segundo se le nubla la vista dentro del casco.
Ella se queda quieta encima, respirando. Luego se levanta con un movimiento seco. Se lleva dos dedos al coño, los saca chorreando, y los limpia despacio en la funda roja, dejándole ahí las pruebas de su placer. Recupera el camisón y enciende la televisión.
***
Las horas se arrastran. Irene ve una serie. Las risas enlatadas llenan el silencio del salón y a Tomás le llegan deformadas, como sonidos bajo el agua. De vez en cuando, sin mirarlo, ella estira la pierna y le da con el dedo del pie en el costado, igual que se comprueba que un mueble sigue en su sitio, que no se ha derretido. En un anuncio, aburrida, se levanta y le apoya el pie descalzo encima de la funda roja. Le hace presión con el talón. Empuja, lo mueve de un lado a otro, restriega la planta contra la polla enfundada durante medio minuto largo y luego lo abandona, sin llegar a nada. Como quien apaga un cigarro sin ganas. Es como tener una lámpara rara en un rincón. Una lámpara que respira y que a las diez en punto hay que llevar al baño.
Cuando llega la hora, lo guía a empujones suaves hasta el cuarto de baño y lo sienta en la taza. Quita el tapón de la base de la funda, espera, vuelve a colocarlo. Es una función rutinaria, como cambiarle el agua a un pez. Luego, de vuelta a su rincón.
No es un esclavo, piensa él en el único hueco de conciencia que le queda. Un esclavo tiene voluntad que quebrantar, órdenes que obedecer, una espalda que castigar cuando falla. Él no tiene nada de eso. No tiene que fregar, ni dar masajes, ni suplicar. Es un artefacto. Un mueble con una función muy específica que solo se usa cuando hace falta y que el resto del tiempo permanece olvidado en su esquina. Esa idea, lejos de humillarlo, lo vacía de una manera que se parece demasiado a la paz.
El sábado por la mañana Irene lo vuelve a usar en el sofá, boca abajo esta vez. Le levanta las caderas, le mete la funda en el coño por detrás y se folla el aire encima de él, apoyándose en su espalda para tomar impulso. Por la tarde se sienta directamente sobre su cara enmascarada y se frota el coño contra la boca del tubo respirador durante veinte minutos, mientras el muñeco tiene que seguir respirando por debajo, aspirando el olor de ella filtrado por la goma. Cuando se corre, le aplasta el coño chorreante contra la máscara y le deja los jugos escurriendo por el látex negro, brillantes bajo la luz.
Después vuelve a olvidarlo, tirado en el suelo, hasta la noche.
***
El domingo por la noche llega el mantenimiento. Irene lo arrastra otra vez al baño, al suelo de baldosas frías.
—Hay que vaciar el depósito —dice, con el mismo tono con que anunciaría que se ha acabado el pan.
Lo coloca de rodillas, con las nalgas en pompa contra el borde de la bañera. Le desabrocha la base de la funda pero no se la quita. Saca el vibrador de un cajón, uno grande, de goma dura, y otro más pequeño en forma de huevo. Lo enciende y el zumbido eléctrico llena el cuarto, un sonido feo, mecánico. Se pone unos guantes de látex, se llena la palma de lubricante frío, y con dos dedos le abre las nalgas embutidas en goma. Le mete el huevo por el orificio que la funda deja libre en el ano, empuja hasta que el muñeco se traga el aparato entero. Un espasmo lo recorre; los músculos tiran contra el látex que no los deja moverse.
—Quieto —le dice, aunque los dos saben que no puede moverse aunque quisiera.
Después apoya el vibrador grande contra la base de la funda roja. No hay ritmo, no hay intención, no hay nada que se parezca a una caricia. Son pulsos fríos y regulares que estimulan el nervio sin tocar la carne. El huevo, dentro, empieza a vibrar contra la próstata. El cuerpo del muñeco se arquea en una convulsión seca. La polla, dentro de la funda, se hincha hasta doler, empujando contra el plástico rígido que no cede. Está atrapado en la propia erección, sin espacio, sin fricción, sin nada, solo el zumbido eléctrico taladrándolo por dentro y por fuera.
Tomás intenta apartarse, un reflejo animal, pero Irene le pone una rodilla en el costado y lo sujeta contra las baldosas. Le sube el vibrador por la funda, se lo pasa por los huevos enfundados, vuelve a la base. Sube, baja. Sube, baja. Sin ritmo, sin cariño, con la eficiencia de quien está ordeñando a un animal. Dentro de la máscara, Tomás resopla, jadea, gime a pesar suyo, y los gemidos rebotan dentro del casco y se le quedan clavados en los oídos.
El orgasmo lo arranca de cuajo, un acto violento y clínico, sin la menor cortesía. Tomás se vacía dentro de la funda en chorros espasmódicos, uno tras otro, y el semen queda atrapado allí, un calor pegajoso e inútil, un desecho sellado contra su propia piel. Nota los propios chorros de corrida escurriendo entre los muslos, dentro del traje, mezclándose con el sudor. Tiembla, pero no de placer. Tiembla de descarga, como si le hubieran drenado un absceso, como una máquina que se reinicia. Irene mantiene el vibrador puesto unos segundos más, sobrepasando el orgasmo, castigándolo, hasta que un gemido ahogado le arranca la súplica muda de parar. Entonces apaga los dos aparatos.
—Ya está —dice, y saca el huevo con un tirón seco.
Entonces empieza el desmontaje. La cremallera de la máscara baja y la luz lo ataca. Tomás parpadea, cegado, y el aire del piso le entra en la cara frío y lleno de polvo. Irene le quita la funda con cuidado, sujetándola por la base para que no se derrame, y el charco de semen queda dentro del plástico, tibio, espeso, condenado al fregadero. Después le quita la máscara, después tira del traje desde los hombros para sacarle el torso. La goma se despega de la piel sudada con un ruido de succión. La polla, libre por fin, cuelga enrojecida y pegajosa, marcada por el molde rígido que la ha aprisionado tres días. Está agotado, vaciado, y a la vez extrañamente ligero, como si le hubieran quitado un peso que llevaba dentro y no fuera.
Irene lo mira desde arriba, sin sonreír. Le pasa una mano por el pelo empapado, el primer gesto en tres días que se parece a algo humano.
—Vamos a ducharte —dice.
No hay beso. No hay un «bienvenido de vuelta». Solo la necesidad práctica de lavar los restos del ritual, el sudor, el lubricante, el talco, el semen seco pegado en las ingles. Tomás se levanta con dificultad, las piernas dormidas, y se encamina a la ducha. A lavar el látex que cuelga en el toallero. A lavarse a sí mismo. A intentar encontrar, debajo de toda esa goma, a la persona que se escondió allí durante todo el fin de semana.
Mañana es lunes. La oficina, el metro, el perfume barato, las risas de Irene contando lo de su compañera. Y en el centro del salón, otra vez cerrado y a oscuras, el arcón negro seguirá ahí. Esperando.
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