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Relatos Ardientes

El castigo que su amo le tenía preparado esa tarde

Con el paso de los meses, Demba se fue acomodando en su papel hasta que dejó de sentirlo como un juego. Lo que al principio era una fantasía que ambos exploraban con cierta torpeza se había convertido en una costumbre, y luego en algo más parecido a un derecho. Ya no pedía las cosas: las ordenaba. Y a Iván, lejos de incomodarle, aquella transformación lo tenía cada día más enganchado.

Vivían en el mismo estudio desde hacía casi un año. Lo que había empezado como un acuerdo cómodo —Demba alquilaba la habitación, Iván pagaba la mitad y a cambio se ocupaba de la casa— había derivado en otra cosa muy distinta una noche en que el chico, medio en broma, le confesó lo que de verdad buscaba. Demba se lo tomó con calma al principio, escéptico, pero pronto descubrió que el papel le quedaba como un guante.

Aquella tarde llegó antes al estudio. Iván se había retrasado en la facultad, una tutoría que se alargó más de la cuenta, y cuando por fin metió la llave en la cerradura ya eran casi las siete. Demba estaba sentado en el sofá, con los brazos extendidos sobre el respaldo y la mirada fija en un punto de la habitación.

—¿Ves esa camisa en el rincón? —dijo sin levantarse—. La mía. ¿Se te ha olvidado lo que tienes que hacer en esta casa?

—Perdón, ahora mismo la recojo —respondió Iván, dejando la mochila en el suelo.

—No. Eso después. —La voz de Demba era grave, pausada, sin una sola fisura—. Ahora ven aquí. Primero el castigo. De rodillas.

Iván obedeció sin discutir. Cruzó la habitación, se arrodilló frente al sofá y bajó las manos a los muslos, la espalda recta, la barbilla en alto. Lo primero que recibió fue una bofetada. Y después otra, y otra más, una serie seca y sostenida que le giró la cara de un lado al otro.

Demba tenía ganas de descargar algo. Había tenido un problema con un cliente esa mañana, una discusión que se había tragado entera en la oficina de la empresa de mudanzas, y ahora todo aquello salía por sus manos. Iván no se lo esperaba, pero le gustó. No se defendió, no apartó la cara, no bajó la mirada. Aguantó cada golpe con los ojos clavados en los de su amo, con una expresión sumisa y, en el fondo, agradecida.

—Increíble cómo aguantas —murmuró Demba, frenando un momento—. Ni una mueca. ¿Crees que te lo mereces?

—Sí —contestó Iván, con la mejilla ardiendo—. Pero no es sólo por la camisa. Si mi amo decide que tiene que pegarme, yo feliz. Llevaba tiempo esperando que asumiera del todo lo que es. Soy suyo, soy su esclavo, y me gusta que por fin ocupe su sitio sin medias tintas. Puede pegarme cuando quiera. Y que sepa que me gusta. Me hace sentir más suyo.

—Mmm. —Demba se pasó la lengua por los dientes—. Ahora a mamar. La polla del macho que te pega.

Iván se la tragó casi entera. Ya no era la primera vez y había aprendido a relajar la garganta, a tomarse su tiempo, a leer el ritmo de su amo. Las bofetadas nada más entrar por la puerta lo habían puesto a mil, y se notaba en la avidez con que trabajaba, en la saliva que le caía por la barbilla, en la manera en que subía la mirada buscando aprobación.

Demba lo dejó hacer, recostado en el sofá, observándolo con esa mezcla de desdén y satisfacción que tan bien se le daba. De vez en cuando le sujetaba la cabeza y marcaba él el ritmo, recordándole sin palabras quién mandaba allí. Iván se entregaba con una obediencia que no fingía: aquello no era teatro, era exactamente donde quería estar.

—Ahora quiero el culo —dijo Demba al cabo de un rato, tirándole del pelo para apartarlo.

—Sí, mi señor —respondió Iván, sacándose la polla de la boca con un hilo de saliva—. Pero permítame pedirle una cosa.

—Dime.

—Me ha pegado en la cara y me ha puesto a mamársela. Quisiera, si no le molesta, que hiciera lo mismo con mi culo. Que me azote las nalgas antes de metérmela.

—Concedido —dijo Demba, y algo se le encendió en la mirada—. Me gusta la idea.

Lo puso a cuatro patas en mitad del salón y empezó a pegarle con la mano abierta, duro desde el primer golpe. La piel de Iván fue pasando del rosa al rojo, y cada palmada resonaba en la habitación vacía como un latigazo. Pero al poco rato Demba notó que el que sufría era él: la mano le ardía, le palpitaba, y no tenía ningún sentido que el dolor fuera para quien repartía y no para quien debía recibirlo.

Se levantó un momento y fue hasta el armario del pasillo. Allí, olvidada por algún inquilino anterior del estudio, había una pala de ping-pong de madera vieja. La cogió, volvió junto a Iván y continuó con ella. Sentía rabia y placer a la vez, una mezcla que no se molestó en separar. Y, golpe a golpe, fue notando cómo la tensión del día se le iba aflojando en los hombros.

Cuando las nalgas de Iván ya no podían estar más encendidas, decidió que era el momento. El chico se incorporó un poco al notar que los azotes habían parado, intuyendo que su amo querría recolocarlo.

—Vamos. A cuatro patas otra vez.

—Joder, sí —jadeó Iván, apoyando los antebrazos en el suelo—. Démela entera. Sin compasión. Como lo que es, un macho que manda, un señor que me tiene en propiedad. Métamela de golpe, a lo bestia, que yo me aguanto y punto.

—Toma, pues. —Demba se colocó detrás y empujó—. No eres sólo esclavo. Eres esclavo y muy puto.

—Sí, joder, sí —gimió Iván cuando sintió el primer empellón—. Con esa polla dentro claro que lo soy. Un chico esclavo y puto al servicio de un señor casi veinte años mayor, alto, fuerte, con esa enormidad entre las piernas que se merece todo de alguien como yo.

—Pues disfrútala.

—Claro que sí. Me llena entero. Y después de los azotes la disfruto todavía más, la polla del macho que me ha castigado. Espero que no sea la última vez que me trata así. Que me pegue, joder. Sí.

—Lo haré —respondió Demba, embistiendo más fuerte—. Me gusta más de lo que pensaba.

La estaba follando duro, sujetándolo por la cintura con las dos manos, marcando un ritmo que no admitía réplica. Se la clavaba hasta el fondo y luego la retiraba casi entera, dejando sólo la punta dentro antes de volver a hundirla. Lo hacía a su gusto, sin contemplaciones, sin pensar en nada que no fuera su propio placer. Y eso era justo lo que Iván quería: que dispusiera de él, que lo usara hasta cansarse. Nunca lo había tratado tan bruscamente, y nunca él mismo había disfrutado tanto.

—Ya viene, esclavo —avisó Demba, la voz quebrada.

—Usted manda, mi señor. Yo estoy para recibirla cuando quiera.

—Pues toma.

Por primera vez, Iván se corrió sin tocarse. Bastó el aviso, la sensación dentro y el recuerdo todavía caliente de las bofetadas y los azotes para que se descargara apenas un segundo antes que su amo. Sentir después la corrida llenándolo por dentro fue, como pensó él mismo, la guinda del pastel.

Nada más terminar, antes incluso de recomponerse, lo primero que hizo Iván fue levantarse, cruzar el salón y recoger la camisa del rincón para meterla en el cesto de la ropa sucia. Demba lo observó desde el sofá. Por mucho que fuera conociéndolo, todavía le costaba entender cómo alguien podía llegar a ese punto de entrega, cómo aquella servidumbre se había vuelto tan parte de él, tan natural como respirar.

***

Pasó el tiempo y la relación de amo y esclavo terminó de asentarse. Dejó de ser una cosa de fines de semana para convertirse en el eje de los dos, una rutina que ninguno quería romper. Iván acabó la carrera de Bellas Artes, una licenciatura con poca salida, pero tuvo la suerte de que se jubiló el conservador de un pequeño museo en un pueblo a unos treinta y cinco kilómetros del suyo.

No podía dejar pasar la oportunidad y la aceptó. No le apetecía ir y venir cada día por una carretera estrecha y mal asfaltada, así que aprovechó para independizarse de sus padres y firmó la hipoteca de un apartamento pequeño en aquel pueblo. La empresa de mudanzas donde trabajaba Demba tenía un almacén cerca, y el traslado no fue ningún problema.

Así que se mudaron juntos, sin decirlo con esas palabras, sin necesidad de etiquetas que ninguno de los dos usaba. Para el resto del mundo eran un casero y su inquilino, dos hombres que compartían piso por conveniencia. Puertas adentro, Iván seguía recogiendo cada camisa del suelo antes de que su amo tuviera que pedírselo. Y, las pocas veces que se le olvidaba, ya sabía perfectamente lo que le esperaba.

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