La socia trans de mi madrastra me enseñó a obedecer
La biblioteca de la casa siempre olió a madera vieja y a secretos que nadie se atrevía a nombrar. Esa tarde, sin embargo, lo que dominaba el aire era el perfume de Marcela. Jazmín y algo más frío debajo, una elegancia que a mis veintiséis años todavía me hacía sentir como el chico que mendigaba su aprobación. Mi padre llevaba medio año en Singapur cerrando contratos, y su ausencia no había hecho otra cosa que agrandar el vacío que Marcela llenaba con una autoridad callada y total.
—Siéntate, Damián —dijo sin levantar la vista de unos papeles.
Su voz era seda con filo. No era una invitación. Me senté en el sillón de cuero frente al escritorio de caoba. Llevaba un vestido oscuro que abrazaba unas curvas que yo había aprendido a mirar de reojo desde la adolescencia, con una mezcla de culpa y deseo que nunca supe apagar. No era mi madre. Era la mujer que se había casado con mi padre cuando yo tenía dieciséis, y eso, en teoría, debía bastar para protegerme de quererla. No bastaba.
—Me han llegado historias sobre tus distracciones —continuó, dejando los documentos y clavándome unos ojos verdes que no perdonaban la debilidad—. Crees que porque tu padre no está puedes gastar el apellido en aventuras de una noche. No te eduqué para que fueras un hombre cualquiera, Damián. Te eduqué para esta casa.
Antes de que pudiera balbucear una disculpa, la puerta se abrió.
Entró Renata. Si Marcela era hielo, ella era metal al rojo. Una mujer trans de una belleza que no parecía real, cerca de los cuarenta, alta, con unos tacones que sonaban en el parqué como una condena anunciada. Su cuerpo combinaba curvas rotundas con hombros firmes, todo envuelto en un traje de sastre color vino que gritaba poder. Era la socia de Marcela en los negocios, pero la forma en que se miraron al entrar sugería un pacto mucho más antiguo y mucho más oscuro.
—¿Es este el cachorro del que me hablabas? —preguntó Renata, rodeando mi sillón.
Sentí su mano enguantada rozarme la nuca. El contacto me erizó la piel entera. Su voz era un contralto profundo que parecía reclamar mi cuerpo antes de tocarlo.
—Es él —respondió Marcela, levantándose para ponerse a mi lado—. Tiene el vigor de la juventud, pero ninguna dirección. Cree que es un hombre porque tiene fuerza en los brazos. No sabe lo que es entregarse de verdad.
Renata se detuvo frente a mí. Me alzó la barbilla con dos dedos forrados en cuero fino. Su rostro quedó a un palmo del mío, y pude oler su perfume: tabaco dulce y ámbar.
—Tienes los ojos preciosos —murmuró, recorriéndome con la mirada hasta hacerme sentir desnudo—. Y un cuerpo que pide ser moldeado. Marcela y yo decidimos que tu educación quedó a medias. Tu padre te enseñó a heredar. Nosotras vamos a enseñarte a pertenecer.
Tendría que haberme ido en ese instante. No lo hice.
—Hoy empieza tu reeducación —sentenció Marcela, apoyando una mano firme en mi hombro—. Vas a descubrir que el mayor placer de un hombre de tu linaje no es mandar. Es ser la superficie donde otras escriben su voluntad.
***
El trayecto desde la biblioteca hasta el ala privada de la casa fue un desfile lento. Caminé entre las dos, sintiendo sus presencias como un campo del que no se podía salir. Marcela, a mi derecha, mantenía una mano posesiva en mi brazo. Renata, a mi izquierda, dejaba que la tela de su traje me rozara el hombro a cada paso, recordándome su estatura y su fuerza.
El cuarto de Marcela no parecía el dormitorio de una madre, sino la cámara de una reina. Cortinas pesadas de terciopelo aislaban el mundo. El jazmín se mezclaba ahora con un olor más crudo: el del cuero que Renata empezó a sacar de un maletín de diseño.
—Quítate la camisa —ordenó Marcela, sentándose en una silla de respaldo alto y cruzando las piernas con una elegancia que me cortó el aliento.
Mis dedos temblaban en cada botón. Cuando la prenda cayó al suelo, Renata se acercó por detrás. Sentí su cuerpo, más alto que el mío, pegándose a mi espalda. Sus manos recorrieron mis hombros y bajaron por mi pecho, midiendo la resistencia de mi piel. Uno de sus dedos enguantados encontró mi pezón derecho y lo pellizcó sin aviso, hasta arrancarme un jadeo. La otra mano bajó plana hasta mi cinturón, siguió por encima de la tela y me apretó la polla ya endurecida a través del pantalón, sopesándola como quien evalúa una mercancía.
—Un físico excelente —le dijo a Marcela, hablándome al oído mientras seguía apretándome—. Lástima que lo haya malgastado en tonterías. Vamos a darle un propósito. Y mira esto, Marcela: se le puso dura sólo con que le pellizcaran un pezón. Este cachorro tiene el cuerpo de un puto antes de saberlo.
Me rodeó el cuello con una gargantilla de cuero negro y la ajustó lo justo para que cada vez que tragara saliva recordara quién tenía el control. El clic de la hebilla sonó como el cierre de una celda.
—De rodillas, frente a ella —dijo Renata, empujándome los hombros hacia abajo.
Caí frente a mi madrastra. Desde el suelo parecía una figura antigua, intocable. Marcela me acarició la mejilla con una ternura que dolía, antes de cerrar la mano sobre mi mandíbula y obligarme a mirarla.
—Mírate. Tiemblas de miedo y de ganas al mismo tiempo —susurró—. Tu padre construyó todo esto sobre la voluntad de los demás. Yo voy a construir mi placer sobre la tuya.
Renata se desabrochó el traje y dejó ver una lencería de encaje negro que contenía un cuerpo poderoso, escultural, cargado de una energía que me hacía sentir diminuto. El encaje del sujetador apenas contenía dos tetas grandes y firmes, y por debajo de las bragas de encaje se marcaba el volumen inconfundible de una polla dormida contra el muslo. Cada rastro de masculinidad convencional quedaba eclipsado por ella, y sin embargo ese bulto, oculto y evidente al mismo tiempo, era la promesa más obscena de todo lo que estaba por venir.
—Hoy aprendes que un cuerpo como el mío y la autoridad de una mujer como ella son las dos únicas leyes que vas a obedecer —dijo, abriendo un pequeño frasco de aceite—. Desnúdate del todo. Quiero que Marcela vea cómo su cachorro se entrega.
***
Me despojé del resto de la ropa bajo sus miradas frías. Estaba expuesto por completo, mi excitación delatándome sin remedio: la polla me apuntaba al techo, hinchada, con una gota gruesa de líquido preseminal colgándome del glande. De rodillas entre la mujer que conocía todos mis secretos y la que prometía empujar todos mis límites, sentí que algo antiguo se rompía en mí y no quería repararlo.
Marcela se inclinó, recogió esa gota con la yema del pulgar y me la puso en los labios sin decir palabra. La lamí porque supe que era lo que se esperaba. Sonrió.
—Chúpate tu propio jugo, Damián. Es la primera de muchas cosas humillantes que vas a tragarte esta noche.
Renata bajó una mano y me agarró la polla entera con la palma enguantada. El cuero frío contra la carne caliente me sacó un gemido tan agudo que me dio vergüenza.
—Escúchalo —murmuró, acariciándome de arriba abajo con una lentitud calculada—. Ya está a punto de correrse y ni siquiera empezamos. Vamos a tener que enseñarle a durar, Marcela, o esto va a ser un desperdicio.
Apretó justo debajo del glande con dos dedos y me cortó el flujo de golpe. Todo el cuerpo se me sacudió en una descarga en falso, un orgasmo negado que me arrancó un sollozo. Me dejó ahí, palpitando, sin correrme, con las bolas contraídas y un ardor sordo en el bajo vientre.
—Boca abajo, sobre la alfombra —ordenó Marcela, poniéndose de pie con una fusta corta en la mano.
El frío de la lana persa contra mi pecho fue un contraste violento con el calor que me subía por dentro. Mi polla, aplastada contra la lana, latía con cada respiración. Escuché el siseo de la fusta antes de sentir el golpe seco y preciso en la cadera. El dolor fue una chispa eléctrica que me hizo arquear la espalda, pero el tacón de Renata se apoyó en mi nuca y me devolvió al suelo.
—Te dijimos que no te movieras —murmuró ella—. Cada gesto sin permiso se paga. Aquí tu cuerpo es una extensión de lo que nosotras queremos.
Renata se arrodilló entre mis piernas y vertió el aceite entre los cachetes de mi culo. El líquido tibio bajó despacio hasta el ojete y siguió gota a gota hasta el perineo y las bolas. Sus manos eran grandes, cálidas, firmes. Empezó a masajearme los cachetes, separándolos con los pulgares para que mi culo quedara abierto y expuesto a la mirada de Marcela.
—Mira qué agujero tan cerrado tiene tu hijastro —le dijo a Marcela, mientras uno de sus pulgares empezaba a rozar el pliegue apretado—. Rosadito, virgen, sin usar. Es una pena que un culo así se haya desperdiciado tantos años.
—Ábrelo despacio —contestó Marcela—. Quiero verle la cara cuando entienda para qué sirve de verdad.
El pulgar de Renata empezó a entrar. Primero fue sólo la punta, girando en círculos, aflojándome el músculo. Yo apretaba los dientes contra la alfombra, entre la vergüenza y una descarga extraña de placer que me subía por la espalda. Cuando el dedo entró entero me clavé las uñas en las palmas. Era una sensación de invasión total, y la humillación de ser abierto así, en mi propia casa, por la socia de mi padre, la volvía insoportable y deliciosa a la vez.
—Míralo, Marcela —dijo, curvando el dedo dentro de mí hasta encontrar un punto que me hizo aullar contra la lana—. Mira cómo se le cae el orgullo de heredero en cuanto siente un mando de verdad. Ya se le mueve el culo solo, buscando más.
—Delicioso —respondió ella, inclinándose para acariciarme el pelo—. Damián, este placer, el de ser tomado, es el único que te vamos a permitir de ahora en más. Tu fuerza es tuya. Tu sumisión es nuestra.
Renata sacó el pulgar y sumó dos dedos, el índice y el medio, hundiéndolos hasta los nudillos. Los movió en tijera, dilatándome, y después empezó a bombear con una cadencia que me hacía perder la noción de dónde estaba. Cada empujón me arrancaba un gemido cada vez más grave, más animal. Mi erección, aplastada contra la alfombra, se frotaba sin querer contra la lana, y sabía que si seguía así iba a correrme en el piso como un adolescente.
—Ni se te ocurra dejar una mancha en mi alfombra —advirtió Marcela, como leyéndome el pensamiento. Se agachó, me pasó una mano por debajo de la cadera y me alzó los cachetes para separarme del suelo—. Si te vas a venir, te venís cuando yo diga. Ni un segundo antes.
Renata añadió un tercer dedo. El estiramiento me arrancó un quejido largo. Movió los dedos hondo, marcando un ritmo lento, deteniéndose cada vez que sentía que me acercaba al borde. Me estaba entrenando, abriéndome como quien prepara un molde para lo que iba a venir después.
***
—A cuatro patas —ordenó Renata, retirando los dedos de golpe y dejándome con un vacío que me hizo jadear.
Obedecí, temblando. El culo me palpitaba, abierto, buscando ser llenado. Marcela se arrodilló frente a mí, a la altura de mi cara, y me sostuvo el rostro con ambas manos.
—No cierres los ojos —dijo—. Quiero que veas en mi mirada el momento exacto en que dejas de ser el hijo de la casa para ser nuestro.
Detrás de mí escuché el maletín abrirse y un sonido metálico. Renata no tenía prisa. Sentí el frío de un acero pulido apoyarse contra mi ojete recién trabajado, y el contraste térmico me arrancó un quejido. Era un consolador de metal, pesado, con una cabeza gruesa que se hacía sentir en cuanto la apoyaba. Intenté apartarme, pero Marcela me clavó las uñas en las mejillas.
—Ni se te ocurra —susurró, letal—. Estás en mi cuarto, bajo el mando de mi mejor aliada, entregando lo que jamás debiste entregar. Disfruta la caída.
Renata empujó con una firmeza implacable. El metal me invadió despacio, dilatando cada fibra mientras mis ojos seguían clavados en los de mi madrastra. Sentí la cabeza abrirme paso, sentí el frío recorrerme por dentro, sentí que el aire se me escapaba en un gemido largo. Verla satisfecha mientras Renata me reclamaba fue el golpe final a lo poco que me quedaba de voluntad.
—Eso es. Gime para nosotras —murmuró Renata, moviéndose en un ritmo lento y hondo, sacando el consolador casi entero y volviéndolo a meter de un empujón limpio—. Siente cómo el acero te marca. Siente la fuerza de una mujer que sabe exactamente cómo romper a un hombre como tú.
Cada embestida me empujaba hacia adelante, casi hasta rozar los labios de Marcela, que no se apartaba. Me hacía abrir la boca y me metía dos dedos entre los dientes, obligándome a chuparlos al ritmo que Renata me follaba con el metal. La saliva me chorreaba por el mentón. Disfrutaba mi degradación, ver al heredero de la fortuna convertido en una masa temblorosa y obediente que mamaba dedos por un lado y aguantaba acero por el otro.
—Eres nuestro —me dijo al oído—. Tu padre nunca sabrá que su mayor tesoro nos pertenece. Eres el secreto más sucio de esta casa, y vas a aprender a amar cada segundo.
Renata aceleró el ritmo del consolador. Me lo enterraba hondo, me lo giraba dentro, me golpeaba una y otra vez contra la próstata hasta que yo temblaba entero y de la punta de la polla me caía un hilo continuo de líquido claro. Se me formó un charco pequeño en la alfombra entre las rodillas. No podía cerrar la boca, no podía cerrar los ojos, no podía frenar los gemidos.
***
El placer y el dolor se habían entrelazado hasta que ya no lograba separarlos. Renata retiró el juguete de un tirón que me hizo gritar y me obligó a sentarme sobre los talones. El culo se me quedó abierto, latiendo, vacío. Se quitó la lencería y quedó por completo a la vista: una silueta imponente, una mujer que llenaba la habitación con su sola presencia. Y ahí, entre sus muslos, ya no había bulto disimulado sino una polla gruesa y erecta que le colgaba pesada, oscura, con las venas marcadas y el glande brillante.
—Marcela cree que necesitas humildad —dijo, dando un paso hacia mí y agarrándose la verga con la mano para acercármela a la cara—. Yo creo que necesitas entender quién es tu verdadera dueña. Abre la boca.
La abrí. Ella no esperó. Me empujó la polla entera de una sola arremetida, sin darme tiempo a respirar. Sentí el glande golpearme la garganta y las arcadas me subieron enseguida. Me agarró del pelo con las dos manos y empezó a moverme la cabeza a su ritmo, follándome la boca como si fuera un coño más.
—Así, cachorro. Traga toda mi verga. Es lo único para lo que sirve tu bocaza de niño rico.
Marcela se colocó detrás de mí. La fusta caía sobre mi espalda cada vez que mi ritmo flaqueaba, líneas ardientes que contrastaban con el calor que tenía delante. Cada latigazo me hacía gemir alrededor de la polla de Renata, y cada gemido le vibraba a ella en el glande y la hacía gruñir de gusto.
—Más devoción —exigía Marcela, y el chasquido subrayaba la orden—. Estás mamando la polla de una reina. Hazlo como si tu vida dependiera de ello, porque tu placer, desde luego, depende. Sácale la lengua a las bolas, Damián. Chúpaselas una por una. Que sepa que se las adoras.
Renata me sacó la polla de la boca de un tirón y me hundió la cara contra sus bolas. Yo saqué la lengua como me ordenaban y las lamí, las chupé, las adoré con la lengua entera, mientras ella se pajeaba encima de mi frente y me dejaba caer un chorrito de saliva y preseminal en el pelo.
—Mírale la cara —jadeó Renata, hundiéndome los dedos en el pelo—. Ya no queda nada del chico arrogante que entró en la biblioteca. Solo queda este juguete babeando por mis bolas.
—Es justo lo que quería —respondió Marcela, soltando la fusta para acariciar las marcas que ella misma había dejado—. Un lienzo en blanco para escribir nuestras reglas. El dolor es solo el envoltorio del regalo, Damián.
Renata me devolvió la polla a la boca y me la enterró hasta la garganta otra vez. Esta vez la mantuvo dentro, ahogándome, hasta que las lágrimas me corrieron por las mejillas y un hilo espeso de baba se me escapó por las comisuras.
—Traga —ordenó—. Traga alrededor de mi verga, con la garganta. Ordéñala como tienes que aprender a hacerlo.
***
—Boca arriba —ordenó Renata—. Quiero que nos veas mientras decidimos quién te lleva al límite esta noche.
Me tumbé. La posición era la más vulnerable: piernas abiertas, el culo aún abierto de lo que había venido antes, la polla erecta apuntando hacia mi propio ombligo, el cuerpo entero ofrecido a las dos mujeres que presidían mi ruina. De pie sobre mí, parecían dos figuras de un sueño que no había pedido tener.
Marcela se quitó el vestido y dejó ver un cuerpo de más de cincuenta años que desafiaba cualquier estándar, firme y sabio en cada curva. Las tetas le colgaban justas, los pezones oscuros y duros. El coño, depilado y brillante, ya se le veía hinchado y mojado. Se colocó sobre mis hombros a horcajadas, con las rodillas a los lados de mi cabeza, y bajó despacio hasta que su coño quedó a un centímetro de mi boca.
—Sácame la lengua, Damián. Cómete a la mujer de tu padre. Cómemela como el chico sucio que siempre fuiste debajo del apellido.
Saqué la lengua y la enterré entre sus labios. El sabor me golpeó, denso, salado, femenino, y me arrancó un gemido de puro deseo animal. Le busqué el clítoris con la punta de la lengua y empecé a lamerlo en círculos, mientras ella se apoyaba con las dos manos en la cabecera de la cama y se restregaba contra mi cara sin ninguna gentileza.
—Así, más adentro. Métemela toda. Fóllame con la lengua, cachorro. Esa boca es mía a partir de hoy.
Renata se ajustó nada a la cintura, no necesitaba arnés, y se colocó entre mis muslos con su propia polla en la mano, dura y untada de aceite. Me alzó las piernas hasta apoyarlas en sus hombros y me miró desde arriba con una sonrisa cruel.
—¿Crees que aguantas el peso de las dos? —preguntó, apoyándome el glande contra el ojete—. ¿Crees que este culito de heredero aguanta una polla de verdad?
El primer empuje no tuvo sutileza. Entró en mí con una potencia que me hizo arquear el cuerpo, pero el peso de Marcela me mantuvo anclado a la cama. La cabeza de la polla de Renata me abrió pese al aceite y a los dedos y al metal previos; sentí un ardor breve, seguido de una plenitud caliente, viva, muy distinta de la del acero. Grité contra el coño de Marcela y el grito le llegó a ella como una vibración que la hizo empujarse más contra mi cara.
—Trágatelo entero —susurró Renata, hundiéndose hasta la raíz de un empujón corto—. Toda mi verga dentro de ti. Así. Ahora sí eres nuestro.
Era una saturación total: la boca ocupada por el sabor de mi madrastra, el culo reclamado por la polla de Renata, y las manos de las dos moviéndose sobre mí sin descanso. Estaba traicionando a mi padre con las dos personas en las que más confiaba, y el vértigo de esa traición me hacía vibrar hasta los huesos.
—Más fuerte —ordenó Marcela, apartándose apenas para mirar—. Rómpelo. Quiero que cada vez que cierre los ojos vea este momento.
Renata aceleró. Sus embestidas eran hondas, rítmicas, brutales, y su cuerpo chocaba contra el mío con un chasquido húmedo que retumbaba en el cuarto en silencio. Sus bolas me golpeaban el perineo con cada bajada, y con cada golpe me arrancaba un gemido más agudo. Yo era el nexo entre ellas, el objeto que permitía que su complicidad llegara a un punto que ninguna habría alcanzado sola. Marcela se volvió a bajar sobre mi cara, se restregó el coño en mi boca, y ahora también me metió un dedo en la comisura de los labios para tenerme más abierto.
—¡Marcela! —gemí, pero ella me tapó la boca con la mano enguantada.
—No la llames como un hijo —gruñó Renata al oído, sin dejar de metérmela—. Llámala tu dueña.
—Mi dueña —repetí como en un rezo, la voz rota, contra el coño mojado que se me hundía en la cara—. Mi dueña, mi dueña, mi dueña.
Marcela se corrió sobre mi boca sin previo aviso. Sentí el temblor recorrerla desde los muslos, sentí cómo se apretaba el coño contra mis labios, sentí el chorro tibio bajarme por la barbilla y por el cuello. Se quedó ahí unos segundos, respirando fuerte, marcándome la cara con su placer, antes de bajarse despacio.
***
Mis sentidos empezaron a fallar. El ardor de la espalda, la presión de la polla de Renata todavía moviéndose dentro de mí, el peso reciente de Marcela sobre mi pecho, el sabor a coño en la lengua, todo formó un torbellino que me arrancó la noción del tiempo. Entonces Renata se detuvo de golpe y se retiró, dejándome abierto, latiendo, con el ojete ya laxo y hambriento. Marcela se levantó, recuperando esa verticalidad soberana que tanto me intimidaba.
—Mira su cara —dijo—. Está a punto de quebrarse, y su cuerpo todavía busca una salida. No se la vamos a dar tan fácil.
Renata sacó del maletín una pequeña jaula de acero. Antes de que pudiera protestar, encerró mi polla y mis bolas dentro con una destreza que delataba cuántas veces lo habían hecho antes. La sentí apretarme, todavía dura, contra las varillas frías, y supe que ya no iba a poder ni siquiera crecer más sin dolor. El clic del candado fue el sonido de mi sentencia.
—A partir de ahora, tu orgasmo no te pertenece —declaró, guardando la llave en el escote de Marcela—. Solo saldrás de ahí cuando nos hayas servido hasta el agotamiento.
Me obligaron a arrodillarme de nuevo. La frustración de sentir el deseo quemándome sin escape, la polla intentando ponerse más dura dentro del metal y sólo encontrando dolor, me empujó a un estado de desesperación absoluta.
—Vas a mirar cómo disfrutamos la una de la otra —sentenció Marcela—. Vas a ser el espectador de las dos mujeres que te poseen. Y si te atreves a tocar ese acero, lo de hoy te parecerá un juego de niños.
Las vi entregarse. Marcela se tumbó de espaldas sobre la cama y Renata se subió encima. Le separó los muslos y le enterró la polla en el coño de un solo golpe, arrancándole un jadeo largo. La montó ahí, delante de mí, con una fuerza y una técnica que me hicieron entender por qué eran socias en todo. Marcela le agarraba las nalgas y la empujaba más hondo. Renata le mordía los pezones, le lamía el cuello, le hablaba obscenamente al oído. Los cuerpos se les mecían en un ritmo perfecto, sudados, dorados a la luz de la lámpara, y el chasquido de piel contra piel llenaba la habitación.
—Mírame, Damián —me dijo Marcela sin dejar de moverse debajo de Renata—. Mira quién me está follando. Mira lo que tu padre no me da nunca. Mira cómo la disfruto.
Yo, enjaulado, ardía sin poder hacer nada. La polla me palpitaba dentro del metal en un intento inútil de reaccionar. Se me caían las lágrimas de pura frustración mientras las miraba correrse, primero Marcela con un grito grave, después Renata con un gruñido animal que le vació el cuerpo entero dentro del coño de mi madrastra. Era un espectador en mi propio santuario, reducido a nada, viéndolas celebrar su dominio con el semen chorreándole a Marcela por el interior del muslo.
—Ven aquí —me llamó ella, abriendo las piernas—. Ven a limpiar lo que Renata acaba de dejarme dentro. Ese es tu premio por haber aguantado, cachorro. Ese, y ningún otro.
Me arrastré. Enterré la cara entre sus muslos y saqué la lengua. Lamí el semen tibio de Renata directamente del coño de mi madrastra, tragando lo que me caía en la boca, sintiendo el sabor mezclado de los dos y del sudor de ella. Marcela me sostuvo la cabeza con las dos manos y me obligó a lamer hasta el último rastro. Renata, arrodillada al lado, me daba palmadas suaves en el culo enrojecido.
—Buen chico. Bébelo todo. Así se aprende.
***
Pasado un tiempo que no supe medir, Renata se separó de ella y fijó en mí unos ojos cargados de electricidad oscura.
—Ya tuvo bastante tortura —dijo—. El cachorro sabe cuál es su lugar. Es hora de dejar que se rompa del todo.
Marcela asintió con una sonrisa que no voy a olvidar. Sacó la llave del escote y se la entregó con un gesto ceremonial. Renata se arrodilló frente a mí y, con una lentitud que me hizo sollozar, abrió el candado. Retiró el metal despacio, pieza por pieza, y mi polla saltó libre, hinchada, morada, latiendo con cada pulso del corazón. La liberación fue casi tan intensa como un orgasmo, pero no me dejaron moverme.
—No te vas a correr solo —sentenció Marcela, colocándose detrás y sujetándome los brazos hacia atrás—. Lo harás mientras Renata te reclama una última vez y yo te recuerdo la única verdad de tu vida: que eres nuestro.
Me hicieron ponerme de rodillas apoyado sobre el pecho, con el culo levantado y los brazos sujetos a la espalda por las manos firmes de Marcela. Renata se colocó detrás. Me apoyó el glande contra el ojete y esta vez no hubo aceite ni preparación: entró con la urgencia salvaje de su propio cuerpo, y aunque el culo ya la aceptaba, la posición y la fuerza me hicieron aullar contra la alfombra.
—Grita todo lo que quieras —jadeó, agarrándome de las caderas—. Esta casa es de tu madrastra, y ella eligió que gritaras para nosotras.
Empezó a follarme con un ritmo demoledor. La cabeza de su polla me golpeaba la próstata cada dos embestidas y me hacía ver luces. Mi polla, libre por primera vez en horas, oscilaba entre mis muslos, goteando sin parar, sin que nadie la tocara todavía. Marcela me soltó un brazo, alargó la mano por debajo de mi cuerpo y me la agarró por fin. Empezó a pajearme con una técnica lenta, precisa, que sólo dan los años, sincronizando cada movimiento de su puño con las embestidas de Renata.
—Siente, Damián. Siente cómo mi mano te trabaja al mismo compás que su polla te llena. Siente que ni siquiera te corres por ti mismo. Te corres cuando y como nosotras decidimos.
La traición a mi padre, la entrega a la mujer trans que me había conquistado, la lengua todavía manchada del semen ajeno, el ojete ya reclamado, la mano experta de mi madrastra bombeándome la polla, todo colisionó en un único punto insoportable. Sentí el orgasmo subirme desde las plantas de los pies, un temblor que no había sentido nunca en mi vida.
—Ahora —gritó Renata, llevando el ritmo hasta lo imposible, hundiéndome la polla hasta la raíz una y otra vez—. ¡Córrete para nosotras! ¡Siente quiénes son tus dueñas!
Grité. Fue un grito desgarrador que resonó en las paredes de la casa, el final de mi vieja identidad. La corrida me salió en chorros largos, gruesos, sobre la mano de Marcela y la alfombra debajo de mí. Al mismo tiempo sentí a Renata correrse dentro, con un gruñido que le vibró en el pecho y con la polla latiéndole contra las paredes de mi culo mientras me llenaba con un calor húmedo que se me quedó dentro incluso después de que se retirara. Marcela me subió la mano hasta la boca, empapada de mi propia leche, y me obligó a lamerla toda.
—Traga —susurró—. Tu semen también nos pertenece. Nada de ti se pierde. Nada de ti es tuyo.
El clímax me dejó vacío, temblando entre sus manos. Mientras me derrumbaba, sentí los labios de Marcela en mi oído y los brazos de Renata sosteniéndome, con la polla todavía blanda goteando entre mis muslos.
—Bienvenido a la familia —susurró ella—. La herencia más valiosa es la que se paga con la voluntad.
Me quedé en silencio sobre la alfombra que había sido testigo de mi transformación, con la boca sabiendo a coño y a semen, el culo abierto y goteando, la polla vencida contra el muslo, y las marcas de la fusta ardiendo suaves en la espalda. Ya no era un heredero. Era un devoto, reclamado por la madurez de una y el poder de la otra. Y supe, mientras el sol de la mañana empezaba a filtrarse por las cortinas, que nunca más querría ser libre.