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Relatos Ardientes

Madres de día, depredadoras de noche

Marisol y Rebeca tenían la misma edad, rondaban los treinta y pocos, y en el barrio nadie habría apostado un solo euro a lo que hacían cuando caía el sol. Una era morena y de ojos oscuros; la otra, rubia con mechas y una sonrisa que tranquilizaba a cualquiera. Bajas, algo rellenitas, de esas que en la salida del colegio reparten besos a los demás padres y se ofrecen voluntarias para la fiesta de fin de curso. Madres ejemplares, esposas atentas, vecinas amables.

Sus hijos, dos niños que iban juntos a primaria, dormían a esas horas convencidos de que mamá estaba trabajando. Y trabajaban, claro. Las dos compartían empleo en la misma empresa de logística, con turnos rotativos que les daban la coartada perfecta. Hoy me toca el cierre, no me esperes despierto. Esa frase, repetida durante meses, había abierto una grieta en sus vidas por la que se colaba algo que ni ellas sabían nombrar del todo.

Porque de noche se transformaban.

***

No era falta de cariño. Sus maridos las querían, el sexo en casa era correcto, los niños sanos. La perversión había nacido de otro sitio: de las madrugadas frente a la pantalla, buscando vídeos cada vez más extremos, leyendo sobre dominación, sobre el placer de doblegar a alguien hasta verlo suplicar. Lo que empezó como curiosidad terminó convertido en un fetiche compartido, una sed que crecía cuanto más la alimentaban.

Y la doble fachada las excitaba todavía más. Que nadie sospechara de dos madres pacíficas, de dos mujeres que el lunes preguntaban por los deberes y el sábado planeaban la merienda, les daba un poder embriagador. La discreción era parte del juego.

En el vestuario de la empresa guardaban una bolsa de deporte que nada tenía que ver con el gimnasio. Allí se cambiaban: vestidos ceñidos, tacones, maquillaje agresivo. Ropa de caza. Porque a eso salían, a cazar. Y en el fondo de la bolsa, ocultos entre la ropa, llevaban sus herramientas: gas pimienta, una pequeña pistola de descargas, cuerdas, bridas. Eran sádicas, sí, pero no estúpidas.

—Evitamos los grupos —decía siempre Rebeca, la más fría de las dos—. Nada de pandillas, nada de más de dos a la vez.

Lo habían aprendido por las malas. Una vez, envalentonadas, se atrevieron con tres hombres a la salida de un bar. Salió bien, los dejaron malheridos y temblando, pero uno de ellos no estaba tan borracho como aparentaba y le devolvió a Marisol un golpe que le dejó un moratón enorme en la mandíbula. Al día siguiente tuvo que inventarle a su marido una historia de una puerta y un despiste. Desde entonces medían cada riesgo. Aunque, en el fondo, las dos sabían que tarde o temprano volverían a tentar la suerte.

***

Aquella noche habían elegido una discoteca a las afueras, de música electrónica y luces estroboscópicas, frecuentada por chavales jóvenes que se ponían hasta arriba y a las cuatro de la madrugada apenas recordaban su propio nombre. Un terreno fértil. Allí nadie las conocía, y nadie recordaría a dos mujeres mayores que ellos perdiéndose entre la multitud.

Fumaban en el callejón trasero, lejos de los porteros y de las cámaras, cuando lo vieron salir. Un chico de unos veintipocos, pelo rubio enmarañado, pendientes en la oreja y en la nariz, gorra de colores y una chaqueta brillante que reflejaba las pocas luces del callejón. Venía tambaleándose, masticando insultos hacia alguien que se había quedado dentro.

—Zorra de mierda —escupía, dando un corte de mangas a la puerta cerrada—. Te lo montas con Rafa y con esos muertos de hambre y a mí me dejas tirado. Os vais a enterar, todos.

Se apartó hacia la pared a orinar, justo a unos metros de donde ellas esperaban. Marisol y Rebeca se miraron. Una sonrisa idéntica les cruzó la cara. Se acercaron despacio, como dos gatas.

—Eh, guapo, ¿qué te ha pasado? —ronroneó Marisol, deslizando la mano por su brazo—. ¿Mal de amores? Aquí nos tienes para consolarte.

—Mmm —gruñó él, terminando de subirse la cremallera—. ¿Qué sois, putas? Que sepáis que yo no pago. En todo caso cobro, no veáis lo que tengo aquí.

Hizo un gesto obsceno y volvió a escupir. Rebeca le rodeó por el otro lado, le tomó del codo con suavidad.

—No, cariño —dijo con voz de miel—. Somos mujeres agradecidas. De esas que saben valorar a un hombre de verdad cuando lo tienen delante.

El chico eructó sin disimulo y las miró de arriba abajo con desprecio.

—El caso es que sois un poco mayorcitas. Y gorditas. No sé si haceros el favor, igual el que tiene que cobrar soy yo. Aunque caliente sí que estoy, eso no lo niego.

Marisol sintió que la sangre le subía a la cara. El orgullo le pudo.

—Oye, imbécil, ¿tú te has creído que eres un cromo con esa napia que te gastas? —le soltó, señalándole la nariz aguileña, enorme, casi caricaturesca.

El chico iba a contestar, pero Rebeca le clavó a su amiga una mirada de advertencia. La más lista de las dos sabía que con ira no se cazaba. Se acercó al oído del joven y bajó la voz hasta convertirla en una caricia.

—Tiene razón él, Marisol. Nosotras no somos más que dos carrozas. —Le agarró la camiseta sudada y tiró de ella con delicadeza—. Pero, nene, si vienes con nosotras vas a aprender cosas que no te enseña ninguna de tu edad. Trucos, fantasías. Te vas a acordar de esta noche toda la vida.

El alcohol y la promesa hicieron el resto.

—Vale —dijo él, encogiéndose de hombros.

Y las siguió.

***

Lo guiaron hasta una cala apartada, una lengua de arena escondida entre rocas donde el ruido de la ciudad se apagaba y solo quedaba el del mar. Era noche de verano, pero corría una brisa fría que erizaba la piel. La luna bastaba para verse.

Le quitaron la chaqueta primero, luego la gorra, luego todo lo demás, riendo, fingiendo un juego de seducción. Después se desnudaron ellas, sin prisa, dejando que el chico borracho las mirara con los ojos vidriosos. Lo empujaron hacia el agua entre carcajadas.

—Venga, valiente, que el agua está buenísima.

Él temblaba, mareado, poco acostumbrado a bañarse de noche. Ellas, sobrias y resistentes, lo arrastraron mar adentro y empezaron a jugar como dos crías: chapuzones, aguadillas, risas. Solo que cada vez que el chico tragaba agua, ellas tardaban un segundo más en soltarlo. Cuando salieron, él estaba peor que al entrar, tambaleándose, y se dejó caer de espaldas sobre la arena.

El frío, el alcohol y los nervios le habían dejado el cuerpo torpe, pero la entrepierna firme. Marisol y Rebeca se acurrucaron a su lado, una a cada flanco. Marisol le recorrió el torso con las uñas. Rebeca bajó la cabeza y empezó a lamerlo, despacio, ganándose su confianza. Él cerró los ojos. Por un instante creyó que tocaba el cielo.

El infierno llegó sin avisar.

—¡Aaah! —El chico pegó un respingo. Rebeca le había mordido, fuerte, y en lugar de disculparse soltó una risa y volvió a hacerlo, con más saña—. ¡Pero qué coño hacéis!

Marisol, por su parte, le clavaba los dientes en el pecho, en el cuello, en las mejillas, como una alimaña.

—Estáis locas, dejadme en paz —rugió él, intentando incorporarse.

Pero Marisol fue más rápida. Le empujó el medio cuerpo contra la arena y le plantó el pie en el pecho. La sonrisa que le dedicó ya no tenía nada de coqueta.

—De eso nada, corazón. La paz se te acabó hace un rato.

***

Lo que vino después fue rápido y eficiente, ensayado mil veces. Rebeca le dio la vuelta de un tirón y le ató las muñecas a la espalda con la parte de arriba de su bikini negro. Él se resistió, todavía fuerte pese a la borrachera, y de un cabezazo le partió el labio a Rebeca. Un hilo de sangre le bajó por la barbilla. En vez de echarse atrás, ella se pasó la lengua por la herida, lo agarró del mentón y le restregó su propia sangre por la boca.

—Cariño, esto me pone. Y todavía más si te resistes.

Marisol empezó a darle patadas en las costillas. El chico pataleaba, intentaba golpear con las piernas porque los brazos ya no le respondían.

—Habrá que atarle las piernas también —dijo Rebeca, sacando de la bolsa unas cuerdas más gruesas.

Cuando lo tuvieron del todo inmovilizado, saltaron sobre él como dos niñas sobre una colchoneta hinchable, riéndose, pisándole el vientre y los muslos. Él gritaba, las insultaba, juraba que las mataría. Pero los golpes se acumulaban, y el insulto fue cediendo paso al ruego.

—Por favor —jadeó al fin—, dejadme. No os he hecho nada. ¿Por qué me hacéis esto?

Marisol se agachó, le tomó la mejilla con una ternura insultante, le dio una bofetada suave y le escupió en la cara.

—Porque has tenido la mala suerte de nacer hombre y cruzarte en nuestro camino, cielo. La vida es así.

Los gritos eran cada vez más altos, y el miedo a que alguien los oyera obligó a Rebeca a amordazarlo con las bragas que se había quitado antes. El chico abría mucho los ojos, atrapado, sin aire suficiente.

***

—Sabes qué me pone de este crío —dijo Marisol, contemplándolo—. Esa nariz. Cuando lo vi en el callejón pensé «menudo macarra», pero ahora me apetece sentarme encima de ella. Con la gorra puesta. Mmm.

Rebeca buscó la gorra de colores, que había quedado abandonada unos metros más allá, y se la encajó al chico en el pelo lleno de arena, casi con burla. Marisol se colocó a horcajadas sobre su cara, apretando contra la única vía de aire que le quedaba. Él movía la cabeza, desesperado, los ojos inundados de pánico. Ella se meció encima hasta que el orgasmo la sacudió, indiferente a la agonía que tenía debajo.

—Ahora me toca a mí —dijo Rebeca, que se había ido empapando solo de mirar—. Haznos una foto, Marisol. Un recuerdo de esta noche.

El flash iluminó la cala un instante: el chico maniatado, con la gorra puesta y la cara empapada, sometido a las dos mujeres. Rebeca ocupó después el lugar de su amiga, y cuando terminó lo dejaron desplomado, casi sin sentido.

Se apartaron un poco, como si se hubieran cansado del juguete.

—¿Nos damos un baño? —propuso Marisol, igual que una niña en el recreo.

Volvieron del mar chorreando agua salada y se restregaron contra él, frotándole la sal en cada herida, en cada mordisco, hasta arrancarle un quejido nuevo con cada roce. El escozor lo despertó de su duermevela.

***

Un móvil vibró dentro de la bolsa. Rebeca lo sacó, leyó el mensaje y resopló.

—Es mi marido. Que sale tarde de la guardia, que lleve yo a los niños al colegio mañana. —Miró la hora—. Joder, son casi las seis. Tendríamos que ir saliendo.

El chico, reuniendo sus últimas fuerzas, consiguió empujar la mordaza con la lengua y escupir las bragas. Tosió, respiró a bocanadas.

—Sí, sí, por favor —suplicó—. Id con vuestros hijos. Sois madres, por Dios. Id a por ellos y dejadme respirar.

Marisol se quedó un momento en silencio. Después, una sonrisa lenta y perversa le cruzó la cara. Sacó su propio teléfono.

—No os preocupéis, chicos. Le escribo a mi marido, que hoy libra. Que se levante él y lleve a los dos niños. —Le guiñó un ojo al joven—. Y así la fiesta sigue un ratito más.

—No —intentó gritar él, pero Rebeca le tapó la boca con la palma de la mano y apretó.

—Benditos los hombres —murmuró, mirando al mar que empezaba a clarear—. ¿Qué haríamos sin ellos?

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