Mi amo me ofreció a otro hombre esa noche
Para entonces ya vivían juntos. De puertas afuera eran un casero generoso y su inquilino, un curador de galería que pagaba poco por una habitación que casi nunca usaba. De puertas adentro, Tomás dormía a los pies de Babacar y le daba las gracias cada vez que aquella polla gruesa lo abría sin aviso.
Le había costado meses llegar ahí. Al principio se corría únicamente cuando se tocaba; ahora bastaba el roce constante contra la próstata para que se vaciara solo, temblando, sin una mano encima. No siempre pasaba. Pero pasaba lo suficiente como para que hubiera dejado de sorprenderlo.
Una tarde de domingo, Babacar dejó la cerveza sobre la mesa y lo llamó con un chasquido de dedos.
—Tomás. Anoche estuve hablando con Maikel. ¿Te acuerdas de él?
—Claro. El dominicano.
—No sé si te conté que le gustan las mujeres y también los hombres.
—Algo dijiste. Que era de los dos lados.
Babacar asintió despacio, midiendo las palabras como hacía siempre que algo le importaba.
—Estábamos bebiendo. Dijo que su mujer lo aburre un poco. Yo le conté que estoy a gusto contigo, con tu culo. Y él me dijo que me tenía envidia. Que le gustaría probarlo.
—Pues dale las gracias de mi parte. Ya sabes que me gusta gustar.
—No fue solo eso. —Babacar lo miró fijo—. Quiere follarte. No le dije que sí. Quería hablarlo contigo primero.
Tomás se quedó un segundo en silencio. No por la propuesta, sino por el detalle de que su amo le hubiera preguntado.
—¿O sea que a ti no te molestaría?
—No es eso. Maikel es mi amigo, el único de verdad. Pero la decisión no es mía sola.
Entonces Tomás bajó la voz y el cuerpo entero, y habló desde el lugar donde ya solo era esclavo.
—Decida usted, señor. Usted es mi amo, usted manda. Si quiere ofrecerme a su amigo, me ofrece. Lo único que le pido es que nunca me entregue a un blanco ni a un crío. Pero Maikel es un mulato grande, fuerte, un machote. A ese lo recibo encantado.
—Eres maricón hasta los huesos —dijo Babacar, casi con ternura.
—Lo soy. Y contigo cada vez más. Ya soy adicto a tener su polla dentro, señor.
Babacar terminó la cerveza de un trago.
—Entonces hablo con él.
—¿Me va a follar a solas o en trío, con usted?
—Como él quiera. Cuando le regalo algo a un amigo, el amigo decide. Es lo justo.
***
Maikel no solo decidió: lo planeó con un detalle que dejó claro cuánto llevaba pensándolo. Quería empezar bebiendo en el sofá con Babacar mientras Tomás los servía, pero apenas vestido. Tan apenas que mandó por delante una tanga absurda, una bolsita de estampado animal que cubría justo lo de adelante y que por detrás se reducía a un cordón mínimo, perdido entre las nalgas. Se la entregó a Babacar para que se la pusiera al chico antes de que él llegara.
Quería manosearlo a su antojo. Quería ver al dueño pegarle delante de él, una bofetada limpia, y oírle decir «te portas bien con mi amigo, ¿entendido?». Después quería desnudarlos a los dos y mirar cómo el sumiso pasaba la boca de uno al otro y volvía a empezar. Así lo pidió, y así fue.
El timbre sonó cuando ya llevaban media cerveza.
—Es Maikel —dijo Babacar sin levantarse—. Ve y abre.
—¿Así, como estoy?
—Claro que sí. ¿A qué crees que viene?
Tomás cruzó el salón con el cordón clavándosele en la raja a cada paso, y abrió.
—Buenas tardes, Maikel. Bienvenido.
El dominicano entró, cerró la puerta a su espalda y silbó por lo bajo.
—Babacar, qué buena puta tienes. ¿Viste cómo le queda la tanguita?
—Muy bien. A tu gusto, ¿verdad, cabrón?
—A mi gusto, sí. Se ve bien zorra. —Maikel ladeó la cabeza—. ¿No la vas a castigar por abrirme la puerta así, medio desnuda?
Babacar se levantó, lo agarró fuerte por la mandíbula y le estampó dos bofetadas secas, una en cada mejilla. Después le escupió en la cara. Tomás dio un respingo. Sabía que su amo iba a pegarle delante del invitado, pero no esperaba los escupitajos, y mucho menos que lo humillara así frente a otro hombre. Fue como si le abrieran un interruptor: se le endureció todo y quedó listo para cualquier cosa que viniera.
—Así me gusta, cojones —dijo Maikel, encantado—. ¿Ves? Esto a mi mujer no se lo puedo hacer ni soñando. Por eso me gusta tu chico. ¿Puedo darle yo también? Me han entrado ganas.
—Claro. Cuando regalo algo a un amigo, lo regalo sin condiciones.
—Mejor en el culo. ¡Es que mira qué nalgas tiene! ¿Lo sabes, no? ¿Sabes el culo que carga tu puta?
—Lo sé. Grandes, blancas y sin un pelo.
—Los pocos que me salen me los quito, señor —murmuró Tomás.
—Eso es exactamente lo que tiene que hacer alguien como tú —dijo Maikel—. Toma.
El azote sonó como un disparo. Los cinco dedos del dominicano quedaron marcados en blanco y rojo sobre una nalga; un segundo después cayó el otro, idéntico, en la contraria.
—Había que dejarlas iguales —se rió Maikel—. Equilibrio. Bueno, zorrita, empieza a quitarnos la ropa. A mí y a tu negro.
Tomás obedeció deprisa. Tenía curiosidad por aquella polla, y cuando la liberó le gustó lo que vio: ya estaba dura, y al primer lametazo creció todavía más, hasta ponerse durísima contra su lengua. Pensó que Babacar había acertado al ofrecerlo. Tenía delante un mulato enorme que lo primero que hizo al entrar fue castigarle el culo, y a su espalda un amo que no iba a quedarse mirando. Iba a ser fácil dejarlo bien. Se la metió en la boca con ganas, tragándola hasta la garganta. Ya no era un novato.
En mitad de la mamada sintió a Babacar detrás, apartando el cordón de la tanga, escupiendo y entrando sin demasiado preámbulo. Su amo sabía de sobra que aceptaba el dolor, que incluso lo buscaba. Tomás se estremeció, apenas lo habían preparado, y lo único que hizo fue tragarse la polla de Maikel entera, hasta el fondo, sin dejar nada fuera. Quedó ensartado por los dos extremos a la vez, y le gustó saberse así: el blanco joven y delgado en medio de dos hombres maduros, un mulato y un negro.
Después se intercambiaron los lugares. Más tarde Maikel quiso probar el sabor del culo del chico, y sin asco ninguno de que estuviera recién usado por las dos pollas, le hundió la lengua y lo trabajó hasta hacerlo gemir. Tomás se volvió loco; terminó pidiéndole a Babacar que le diera de mamar mientras el otro le comía el culo, las dos bocas ocupándose de él a la vez.
Maikel propuso entonces sentarse los dos en el sofá y que el sumiso se ensartara por turnos, de una polla a la otra. Tomás lo hizo de frente y de espaldas, abriéndose para cada una. Su culo ya cedía sin esfuerzo, y mientras subía y bajaba pensaba algo que no diría en voz alta: que aquellos dos hombres, de los que tantas veces se había hablado como esclavos en otros siglos, tenían todo el derecho a ser por una vez los dueños. Y que si alguien debía acabar dolorido, escocido, marcado, ese tenía que ser él. El esclavo blanco.
Llegó el momento en que ya ninguno aguantaba más. Acordaron correrse a la vez, uno por el culo y otro por la boca. Maikel se quedó con el culo; dijo que Babacar ya lo tenía bien gozado. Se colocaron, y el dominicano le daba manotazos en las nalgas al ritmo de las embestidas. Sintiendo una polla por detrás y otra entre los labios, Tomás notó que estaba a punto.
—¿Ya casi, colega? —jadeó Maikel—. Tengo ganas de soltarlo.
—Cuando quieras —dijo Babacar—. Yo no aguanto.
—Ay, sí, cojones —Tomás sacó la polla de la boca un segundo—. Denme las dos, que es la primera vez que recibo dos a la vez.
—¡Ya, ya! —rugió Babacar.
—Yo también, toma, maricón —gruñó Maikel—. ¡Me corro!
Cuando Tomás los oyó correrse fue como si absorbiera lo que ambos sentían. Notó los primeros golpes calientes en el culo y la boca llena a la vez, y se vació sin tocarse, con un temblor que le cerró el esfínter en espasmos. Aquellas contracciones le sacaron a Maikel los últimos chorros entre gruñidos.
—Babacar —dijo el dominicano, retirándose despacio—, ya me habías dicho que me gustaría tu nena, pero ni idea tenía. Es de lo mejor que he probado. Ahora sí que te envidio. Quiero repetir.
—Repetir, sí. Pero Tomás es mío. Mi esclavo, no el tuyo. Que quede claro.
Eso fue lo que más le gustó oír. No el sexo, no las dos pollas: la palabra. Su amo había dicho «esclavo» y lo había dicho con sentido de posesión. Esa palabra llevaba años pesándole por dentro, desde mucho antes de conocer a Babacar, desde unos libros que leyó de adolescente y que le dejaron una huella imposible de explicar. Su obsesión siempre había sido esa, ser él el esclavo, darle la vuelta a todo lo que había leído de otras épocas y otros lugares.
***
La relación se afianzó y se hizo duradera. Hacia fuera, dos amigos; hacia dentro, un amo y lo que él consideraba ya, sin matices, su propiedad. Babacar decidía por él, lo mandaba, lo corregía, y lo cuidaba a su manera. Tomás le llevaba la toalla al baño, le secaba los pies, le ayudaba a vestirse. Detalles mínimos que para cualquiera no significarían nada y que a él lo hacían absurdamente feliz. No quería otra vida.
Maikel los visitaba cada tres o cuatro semanas. No siempre había sexo, ni tríos, ni encuentros a solas con el chico. Pero muchas veces sí, y Tomás esperaba esas visitas con ganas, porque el dominicano traía una sensualidad ruda que Babacar no tenía. En resumen, Tomás era feliz. Muy feliz. Y Babacar, aunque casi nunca lo dijera, sabía que aquel hombre callado y obediente era lo que más quería en el mundo.