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Relatos Ardientes

Me dejé dominar antes de tomar yo el control

A mí, la verdad, nunca me había llamado demasiado la atención. Eras tú la que llevaba meses dándome la matraca con el tema. Que te ponía cachonda solo de pensarlo. Que lo habías visto en una serie y te había dejado encendida durante días. Que siempre habías querido probarlo, pero nunca habías confiado en nadie lo suficiente para hacerlo. Que te excitaba la idea de mandar y de obedecer, de someter y de ser sometida, de sentirte usada. No sé cuántas teorías me soltaste sobre el placer y el dolor como dos caras de la misma moneda.

Me tenías agotado.

Habíamos juntado con esfuerzo cuatro perras para pasar un fin de semana en un hotelucho destartalado de un pueblo de la costa que había dejado de ser turístico años atrás, y que por eso mismo salía barato. En el coche, de camino, me confesaste que habías comprado «unas cositas» para darle un toque especial a la noche.

Pensé en uno de esos conjuntos de lencería que tanto me gustaban, y empecé a salivar como un crío imaginando tus curvas envueltas en un corpiño negro, o tus nalgas apenas cubiertas por un picardías transparente, o tu cuerpo embutido en la malla de un mono semitransparente. Solo con pensarlo ya se me levantaba la tienda de campaña. Me prometía un fin de semana como Dios manda.

Llegamos al hotel y nos recibió una mujer rolliza y parlanchina, de unos cincuenta y tantos, enfundada en unas mallas tan prietas que parecían una segunda piel. Nos enseñó el cuarto y nos recomendó una taberna donde, según ella, se comía bien, abundante y barato.

Yo quería subir ya y verte estrenar tus galas, pero me diste largas. Así que paseamos por el pueblo, mojamos los pies en el mar, nos tomamos unas cervezas, después unos vinos, y al final cenamos una mariscada interminable —efectivamente, abundante y barata— regada con un blanco de la tierra. Cuando íbamos por el segundo combinado te pusiste tontorrona. Me mirabas embelesada, te acurrucabas contra mí, me robabas besos cortos. Yo aproveché, porque llevaba pensando en lo que tenías entre las piernas desde antes del almuerzo.

—Podríamos ir al hotel… y me enseñas eso que compraste —solté.

—Bueno… pero prométeme que, aunque no sea lo que esperas, le darás una oportunidad.

—¿Una oportunidad?

—Sí… aunque sea algo que me guste más a mí que a ti.

Me temí entonces que volvías con la cantinela del sado, y no lo tenía nada claro. No tanto porque lo de atarme y azotarme me disgustara —nunca me lo habían hecho y no sabía si me gustaría—, sino porque me daba algo de miedo que me gustara. Que me removiera por dentro cosas confusas, recuerdos de unos juegos no del todo inocentes de la infancia. Y más miedo me daba aún que, en una de esas calles y noches que conocíamos demasiado bien, a ti, a mí, o a los dos, se nos fuera la mano con la parte cruel y acabáramos haciéndonos daño de verdad.

Decidí que, si los tiros iban por ahí, me mostraría frío, distante y cortésmente inflexible, y rechazaría tus ofrecimientos. Era una decisión firme. Muy firme. Por desgracia, o por suerte, en lo que toca a la cama nunca he sido especialmente firme, y tras dos copas más y unos cuantos arrumacos te seguí escaleras arriba como un cordero, dispuesto a entregarme a lo que se te antojara.

Subí detrás de ti, embobado con el vaivén de tu trasero, babeando como un perro. En el cuarto sacaste de la mochila un par de paquetes, los abriste y desparramaste su contenido sobre la cama. Había, sí, un picardías blanco semitransparente con tanga a juego. Pero el grueso era otra cosa: un equipo de iniciación al sado para principiantes. Unas esposas. Unas tiras de tela para atar. Un antifaz negro sin aberturas. Un collar de perro con su cadena. Un látigo de tiras de cuero falso. Una pluma de cosquillas. Y una fusta.

Tragué saliva.

—¿Qué te parece?

—Uf… no sé… no me convence demasiado.

—Por favor, cariño… déjate hacer… tengo muchas ganas.

—Es que no sé… a ver si se nos va de las manos.

—Mira que solo de pensarlo me pongo caliente.

Me tomaste la mano y la metiste por tu pantalón ya desabrochado, guiándome por encima de la tela de la ropa interior. Estabas empapada.

—Y me pongo esa ropita para ti…

Me lamiste un lado del cuello y la oreja. Se me erizó la piel entera.

—Primero te dejas hacer… y luego me haces tú lo que quieras.

Me echaste mano a la entrepierna y apretaste con ansia mientras yo sentía tu humedad en los dedos y tu aliento caliente en el oído. En aquellas condiciones habría firmado hasta mi propia sentencia. Así que acepté.

Me desnudé y dejé que me pusieras las esposas con los brazos por delante, las manos inmovilizadas sobre el vientre. Tú, con esa calma de quien sabe lo que hace, me ataste los tobillos a las patas de la cama con las tiras de tela y empezaste a desvestirte.

—Prohibido tocarte. ¿Entendido?

Asentí. Te quitaste la ropa despacio, ofreciéndome a la vista la plenitud de tus pechos, la fuerza de tus muslos, la curva enorme de tu espalda y tu trasero. Lógicamente, lo mío empezó a despertar para tener mejor perspectiva del espectáculo.

—¿Te gusta lo que ves?

—Sí.

—Sí, mi ama.

—Sí, mi ama.

Te pusiste el picardías y el tanga sin prisa. Estabas arrebatadora. Allí, con la luz de la farola entrando por la ventana, tu figura blanca y redondeada parecía un cruce entre una aparición y una diosa antigua de la fertilidad. Me tenías loco.

***

Te colocaste a horcajadas sobre mi cara y apartaste el tanga hacia un lado. Un olor punzante, a mar y a piel, me llenó la nariz y me hizo agua la boca.

—Ahora cómemelo todo.

Y te sentaste sin contemplaciones, obligándome a hundir la cara en ti, a retorcerme buscando un hueco de aire para no asfixiarme. Te lamí y te besé como buenamente podía, mientras tú te frotabas despacio, marcando el ritmo, tomándote tu tiempo conmigo.

—Ahora date la vuelta… venga.

Te reacomodaste, y volví a obedecer con una mezcla de reparo y de gusto que no me esperaba. A ti también te gustaba, porque te restregabas contra mi boca y gemías de un modo obsceno, sin pudor, disfrutando del poder. Me tenías a punto de estallar.

Te incorporaste un instante y volviste a sentarte sobre mí, solo que ahora me acariciabas con la pluma, provocándome unas cosquillas tan intensas que me hacían convulsionar el cuerpo entero. El cuerpo, no la cabeza: esa la tenías atrapada entre tus muslos, sin escapatoria posible.

No sé cuánto rato me torturaste con aquella mezcla de boca obligada y cosquillas, pero la excitación que iba subiendo se me convertía en una rabia rara, en una euforia con filo. Intenté tocarte aunque fuera con las manos esposadas, y me las sujetaste contra el colchón.

—No te he dado permiso para tocarme.

Te levantaste de nuevo. Esta vez, al volver, me pusiste el antifaz y me dejaste a oscuras del todo. En ese laberinto de sombras empezaste a darme con el látigo en las piernas. No eran golpes fuertes, pero escocían, y no saber por dónde vendría el siguiente hacía la cosa tan estresante como estimulante. Volviste a sentarte en mi cara, a obligarme a comerte mientras seguías azotándome y me insultabas con la voz ronca y entrecortada.

—Toma, mírate… ni hablar puedes… cómeme entera.

No podía decir nada. Si hubiera podido, te habría pedido más. Mucho más. Me sorprendió la cantidad de cosas que deseé en aquel silencio obligado, la facilidad con la que mi cabeza se entregaba a algo que dos horas antes me daba pavor. Lo mío saltaba hinchado, a punto de reventar, mientras imaginaba que se te ocurrían perversiones cada vez peores y que las llevabas a cabo allí mismo, conmigo de objeto.

Pero te corriste sin más, en mi cara y en mi boca, con un temblor largo, y solo el antifaz me salvó los ojos de la marea. Luego te levantaste, me liberaste de las ataduras y me dijiste:

—Te toca a ti. Ahora soy tuya.

***

Supongo que no sabías hasta qué punto me habías despertado con tu inofensiva muestra de mando, porque cuando te puse a cuatro patas sobre la cama y te esposé las manos a la espalda te quedaste mirándome quieta, como petrificada por la sorpresa.

—Ahora mando yo. Y te vas a enterar.

Te di unos cuantos azotes para empezar. Saltabas de un lado a otro como picada por una avispa, y tu cuerpo entero saltaba contigo. Me fijé en que te había dejado las manos marcadas en rojo sobre el blanco de tu piel. Como no quería estropearte así, agarré la fusta y la usé sin piedad. Chillabas, te retorcías, y a mí me gustaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Lo mío estaba a punto de reventar, y verte sometida, con el trasero en pompa y gimiendo entre la excitación y el dolor, era más de lo que podía soportar. Así que te penetré de golpe y empecé a embestirte sin tregua, dándote azotes, tirándote del pelo. Tú gemías y jadeabas y te sacudías, pero no podías escapar. Y supongo que tampoco querías.

Sin dejar de moverme, me incliné hacia tu otra entrada y la tanteé. Apenas un roce.

—No, por favor, por ahí no.

Me detuve un instante, apoyado contra ti, y miré tu cara por encima del hombro. Me mirabas con miedo de verdad, y aquello me encendió todavía más. Y esa excitación, lo confieso, también me asustó a mí un poco.

—Por ahí no. Pero es el último favor que te hago esta noche.

Te quité las esposas, te di la vuelta hasta dejarte boca arriba y te até las muñecas a los barrotes del cabecero con las tiras de tela, apretando todo lo que pude. Te quejaste de que apretaban, así que te saqué el tanga de un tirón y te lo metí en la boca para que no hablaras. Te puse el antifaz y te besé apenas en los labios.

—Déjate hacer, amor mío.

Mi voz salió áspera, con un punto metálico que a mí mismo me dio un escalofrío. Agarré la tela del picardías y tiré hasta hacerla jirones. Te besé y te mordí los pechos, primero con mimo, después con ansia, al final con brutalidad. Te retorcías y gruñías, pero tu piel estaba erizada y tu cuerpo tenso de deseo. Te pasé la pluma para luego morderte. El tanga ahogaba tus chillidos.

Te abrí las piernas de golpe y me hundí en ti de una sola vez. Te follé con furia, sujetándote los muslos, arrancándote gemidos ahogados. Me empujaba la rabia confusa, casi hostil, de que no hubieras llegado más lejos antes, de quedarme con las ganas de todo lo que no me habías hecho. Me corrí dentro de ti con tanta fuerza que se desbordaba y mojaba las sábanas.

No me detuve. Seguí frotándome en tu interior empapado hasta que volví a ponerme duro, y te embestí con más saña aún. Te retorcías como si intentaras escapar, como si no pudieras más. Tirabas tan fuerte que, en una de esas, descolgaste el cabecero de su sitio: cayó al suelo y quedó encajado contra la pared, dejándote atrapada con las muñecas atadas a sus barrotes. Ni así paré. Te follaba como un animal en celo, sin pensar en si te gustaba o no, sin oír tus gemidos amortiguados por la tela. Solo quería poseerte, usarte, vaciarme en ti.

Seguí hasta que me pareció que dejabas de jadear, y entonces te saqué el tanga de la boca. Tosiste. Gemiste, lastimera, sin dejar de retorcerte.

—No puedo más… no puedo… por favor.

Te salvó la campana, porque noté que me venía el orgasmo. Salí de ti y, con la mano, dirigí el último envite hacia tu cara y tu pecho, donde descargué a ciegas, sin que tú supieras de dónde venía. Te apoyé la punta en los labios y la froté.

—Chupa.

Me lamiste obediente, temblorosa, la respiración agitada, hasta dejarme limpio. Luego pasé un par de dedos por tu pecho y te los acerqué a la boca. No tuve que pedirte nada: ya sabías lo que quería, y lo hiciste sin rechistar.

—Buena chica.

Me resistí a la tentación de dejarte atada toda la noche, te liberé y me dejé caer en el colchón, agotado. Fuiste a lavarte, volviste, y entre los dos enderezamos el cabecero como pudimos, calzándolo de emergencia con unas bolsas de plástico dobladas. Me dispuse a dormir. Te acurrucaste a mi lado y me hablaste con un susurro quejumbroso.

—Qué bruto eres… me duele todo.

—Fue idea tuya, reina.

—Ya lo sé… pero me duele.

Me di la vuelta sin contestar. Estaba cansado, tenía sueño. Y en cuanto a ti, habías recibido exactamente lo que habías ido a buscar.

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