La novia de su padre la entregó a su profesora
Confiaba en ella ciegamente, por eso no preguntó adónde iban cuando el coche dejó la autopista y enfiló hacia la costa con la profesora en el asiento de atrás.
Confiaba en ella ciegamente, por eso no preguntó adónde iban cuando el coche dejó la autopista y enfiló hacia la costa con la profesora en el asiento de atrás.
Llevaba semanas con el brazo enyesado y aburrida cuando una serie despertó algo en mí. Entonces ella apareció en la puerta con una sonrisa que no era del todo inocente.
Cuando Renata abrió la puerta del cuarto con el arnés puesto y preguntó si había lugar para una más, supe que esa Navidad no íbamos a olvidarla ninguna.
Fui a buscar consejo a la única mujer en la que confiaba, sin imaginar que esa tarde, en la casa de campo, descubriría todo lo que mi cuerpo todavía no sabía sentir.
Le sostuve la mirada mientras mentía, con la mano que aún recordaba su piel temblando contra la taza, rezando para que ella no atara los cabos.
Se sentó en el sofá, a un palmo de mí, con esa cara de niño arrepentido que tan bien le funcionaba. Y yo, que llevaba semanas sin dormir, supe que iba a perdonarlo otra vez.
Bajé a la cocina en pijama, sin nada debajo, sabiendo que él estaría despierto. La tensión llevaba días creciendo y esa noche decidí que no iba a contenerme más.
Era la mujer de su padre, pero esa madrugada, sentada en la arena y pegada a su pecho, dejé de saber dónde terminaba el cariño y empezaba otra cosa.
Cuando Adrián le rodeó la muñeca y le pidió que se sentara entre los dos, Marisol supo que ya no estaba al mando de nada en aquella casa.
Esa primera semana bajo su techo lo cambió todo: un abrazo demasiado largo, una copa de más y la certeza de que ella sentía lo mismo que yo callaba.
La acorralé en el sofá entre risas de borrachera y, cuando mis dedos se colaron bajo su pijama de gatitos, la mujer de hielo por fin se rindió.
Le había rogado mil veces y siempre me frenaba con la misma excusa. Hasta que esa noche, en la penumbra del dormitorio, me dijo que sí.
Treinta y dos grados, el niño dormido y una sola baraja entre los dos. Cuando ella preguntó qué quería apostar, él respondió con lo único que llevaba toda la semana sin atreverse a decir.
Reconocí el coche de mi madrastra en la puerta del edificio y, antes de abrir, ya sabía que esa mañana no terminaría como cualquier otra.
Me dejó sus bragas sobre la mesilla como cada noche. Pero esta vez entré en su cuarto sin avisar y encontré algo que lo cambió todo entre nosotros.
Estaba frente a la puerta de su dormitorio, conteniendo la respiración. Solo faltaba un paso para que la razón terminara de arder entre nosotros.
Bastó una frase inocente de Lucía en la terraza para que todas las miradas cayeran sobre nosotros, y la mano de Marina encontró la mía bajo la mesa.
Su madre me llamó soñador, su padre me humilló junto al coche. Cuando todo acabó, Helena bajó las escaleras, me tomó de la mano y me llevó a su cuarto.
Solo iba a estacionar la camioneta. Pero el teléfono de mi padre se encendió en el asiento, y lo que descubrí cambió la forma en que miraba a mi madrastra.
Bajé a estirar las piernas en la estación y, al volver, la mano de aquel desconocido ya estaba en el muslo de mi madrastra. Lo que vino después no lo conté nunca.