El secreto que mi hermano escondía en su laptop
Tengo secretos que me avergüenzan. Supongo que por no haber estado nunca con nadie fui acumulando manías raras, y lo que empezó como simple curiosidad se volvió otra cosa. Primero fue porno donde la mujer mandaba. Después vinieron las cosas duras: golpes, sometimiento, dolor. Y cuando creí que ya no podía caer más bajo, empecé a buscar relatos con un morbo familiar que jamás admitiría en voz alta. Fue entonces cuando empecé a mirar a Daniela con otros ojos.
Mi hermana y yo nunca fuimos muy cercanos. Yo me encierro en mi cuarto, ella en el suyo. Apenas hablamos a la hora de comer, y casi siempre con el celular en la mano. Pero es guapa, no puedo negarlo: piel morena clara, una melena negra y espesa que cuida como un tesoro, heredada de nuestra madre. Por la casa anda con shorts diminutos y blusas sueltas, a veces sin sostén.
Como si alguien hubiera accionado un interruptor, de pronto empecé a notar lo bonita que era. Toda la vida le dije que era fea para fastidiarla, aunque por dentro sabía que mentía. Hasta hace unos días empecé a fijarme de verdad en sus piernas, en sus pies delicados, y con sus pechos era otra historia. Me obligaba a no mirarlos durante las comidas, y eso era justo lo peor: cuanto más los evitaba, más pensaba en ellos.
Cuando bajaba la escalera deprisa y rebotaban bajo la blusa, era casi hipnótico. A veces clavaba la vista en algo cercano y los veía de reojo, pero todo mi cuerpo me pedía mirarlos de frente. Una tortura.
***
Otra vez el idiota de mi hermano me miró las tetas durante la cena. Fue solo una fracción de segundo, una mirada rápida que enseguida disimuló para no meterse en problemas, pero estoy segura de que las vio. La verdad, me hizo gracia. Me divierte que quiera mirarlas y no pueda, porque soy su hermana.
De chicos jugábamos todo el tiempo, pero al crecer nos fuimos distanciando. Una parte de mí extraña esos años: tirar piedras a botellas en el patio, las veces que me acompañaba a la tienda y me compraba dulces con la propina del domingo. Nos queríamos tanto. Después llegó la adolescencia y cada uno hizo su vida, aunque durmiéramos a cuatro metros de distancia.
Una madrugada me levanté por agua y, al pasar frente a su puerta entreabierta, escuché un roce raro de telas. El muy tonto nunca cierra del todo porque odia sentirse encerrado. Me asomé apenas y vi el edredón agitándose, y un sonido que jamás había oído en persona pero que reconocí al instante. Había una lucecita: estaría viendo porno con los auriculares puestos.
Desde esa noche supe que mi hermano había cambiado, y yo también. No tenía nada de malo, pero entendí que ya nada sería como antes. Y, lo admito, sentí una curiosidad rara por imaginar qué demonios miraba en esa pantalla.
***
La oportunidad llegó días después. Estábamos por irnos a dormir cuando mi madre lo llamó a gritos porque había olvidado sacar la basura.
—¡Andrés, no sacaste la basura! —vociferó desde abajo.
—¡Lo olvidé! Mañana lo hago —contestó él a gritos.
—No, mañana pasan temprano. Hazlo ya.
Lo oí salir de mala gana de su cuarto. Supe que era mi ocasión, una que quizá no se repetiría. Entré esperando encontrar el celular sobre la cama, pero me topé con la laptop abierta. De lejos vi a una mujer vestida de cuero y a un hombre arrodillado en el suelo. Giré la pantalla para ver mejor. No entendí el título, solo capté un par de palabras en inglés, así que retrocedí el video.
Al darle play, vi cómo aquella mujer tenía al tipo desnudo de rodillas y le soltaba una patada seca justo entre las piernas. Abrí los ojos al máximo. Mi hermano está loco de remate. ¿Cómo puede gustarle algo tan raro?
Tenía decenas de pestañas abiertas. Fui pinchando una tras otra: todo del mismo estilo, términos que no significaban nada para mí. En una leí la palabra «castración» sobre un texto larguísimo que no alcancé a entender, y me dio un escalofrío. En otra pestaña había un relato distinto. El título me heló la sangre: «Mi hermana me domina».
Ya había visto suficiente. Giré la laptop a su sitio y salí casi corriendo a mi habitación. Cerré la puerta y me quedé en shock, con demasiado que procesar. Me tiré en la cama, miré el techo y empecé a hablar conmigo misma.
¿Por qué mira cosas tan extrañas? ¿Fantaseará conmigo? ¿Le excitará que le peguen ahí abajo, o solo verlo en otros? ¿Le gustaría si yo lo hiciera?
Estás loca. No puedes pegarle a tu hermano en las pelotas... aunque sería divertido. Pero estaría mal si sé que eso lo pone. Aunque él no sabe que yo lo sé. ¿Entonces estaría tan mal?
Maldita sea. Ya no podría quitarme de la cabeza lo que había visto. Husmear fue una pésima idea, pero al menos entendí por qué me miraba de reojo. Tal vez sí fantaseaba conmigo.
Decidí ignorar el tema, fingir que nunca pasó. Y aun así me carcomía la curiosidad de saber si le gustaría que yo le pegara, si a mí me gustaría hacerlo. Los chicos se golpean ahí jugando todo el tiempo. Soy su hermana, tengo derecho a una vez, ¿no? Estaba tan confundida.
***
Yo me estaba haciendo la mejor paja de mi vida. Llevaba rato aguantando para terminar en el mejor momento, y justo entonces mi madre me mandó a sacar la basura. Qué fastidio. La tenía dura como una piedra y no había forma de salir así, de modo que la sujeté hacia arriba con el elástico del short y bajé a regañadientes.
Cuando por fin volvía a mi cuarto, escuché la puerta de Daniela cerrarse mientras ella subía la escalera. Me encerré con seguro y, al tomar la laptop, vi que el navegador estaba justo en el relato de hermanos que pensaba leer antes de distraerme con lo otro. Se me congeló la sangre. ¿Entró? ¿Usó mi laptop?
No podía ser. ¿Habría visto la pestaña del relato? Sentí que todo se iba al diablo. La incertidumbre me mataba, pero decidí que lo mejor era fingir demencia y que todo siguiera igual.
La duda me quitó las ganas. Me acosté pensando si lo mejor era dejar el porno de una vez, o al menos conformarme con lo normal. Estaba decidido a cortar con todo eso cuando cruzó por mi mente una fantasía nueva: yo masturbándome con esos relatos y, de pronto, mi hermana entrando, diciéndome que ya lo sabía todo, tumbándose a mi lado. Esa imagen, pese a la ansiedad, me hizo terminar.
***
Lo hecho, hecho estaba. Ahora sabía que mi hermano, además de pajero, tenía fantasías rarísimas conmigo. Me da vergüenza admitirlo, pero pensar que me deseaba no me incomodaba. Al contrario. Toda la noche le di vueltas a si debía averiguar, de una vez, si de verdad le gustaba aquello o solo cuando se lo hacían a otros.
Al día siguiente, cuando mi madre nos llamó a comer, no sé bien por qué bajé con una blusa escotada sin sostén y los shorts más cortos que tenía. Esta vez estuve más atenta. Era obvio cómo robaba miraditas de un segundo a mis pechos. Soy muy delgada, pero tengo un busto pronunciado, y sentir que me miraba me producía algo raro. Una parte de mí quería mostrarle más, aunque sabía que estaba mal.
Terminamos de comer y todo iba a volver a la normalidad. Una parte de mí no quería eso.
—Veamos una película en el sofá —solté antes de que se encerrara.
—¿Cuál?
—No sé, la que sea. ¿Una de terror?
—Esas no te dejan dormir.
—No seas miedosa, ya estás grande —dijo.
—Como sea.
Buscó entre las opciones y puso la primera película vieja de terror que apareció. Nuestra madre subió a leer a su cuarto; por las noches no volvía a bajar salvo por agua. Todo era perfecto.
—Esa película tiene mil años. ¿No había algo de este milenio?
—Es de mis favoritas. Y no la vemos desde que éramos niños.
Eso me hizo recordar cuando nuestros padres nos la prohibieron y la vimos a escondidas en la madrugada. Me dio tanto miedo que terminé durmiendo con él.
Pasaron quince minutos. El inicio era lento, así que charlábamos de a ratos. Se sentía bonito recuperar esa conexión. Me acomodé apoyando la cabeza en el respaldo y subí los pies sobre sus piernas.
—Quita las patas —dijo empujándolas un poco.
—Tú elegiste, déjame estar cómoda, idiota.
Algo me decía que solo actuaba, que en el fondo adoraba tener mis pies en su regazo. Había una tensión suave que disfrazábamos de hostilidad.
***
Los pies de mi hermana, tan cerca. Intentaba apartar cualquier pensamiento sucio, pero era imposible teniendo esas piernas a mi alcance. Hice el gesto de empujarlas para que no sospechara, y aun así no pude apartarlas de verdad. Quería que siguieran ahí.
Al rato las retiró, fue a la cocina por agua y volvió, pero esta vez se sentó justo a mi lado, pegada, con todo el sofá libre. Después apoyó la cabeza en mi hombro. Tenerla tan cerca despertó en mí un deseo brutal y, al mismo tiempo, una calma que no sentía hacía años. Quería abrazarla con todas mis fuerzas, pero temí asustarla. Como el cobarde que soy, no hice nada.
***
Apoyada en su hombro, pensé que, degenerado y todo, lo quería. Intentaba concentrarme en la película, pero mi nueva curiosidad no me dejaba en paz.
—¿Tienes novia, Andrés?
—No.
—¿Por qué? ¿Nadie te hace caso?
—Supongo que no me interesa demasiado.
—Tal vez eres feo.
—Casi tanto como tú —contestó.
—Sabes que no soy fea.
—Piensa lo que te haga sentir mejor.
Entonces se me ocurrió un plan brillante.
—Si te pareciera fea no me mirarías las tetas a diario.
—Ya quisieras —dijo. Todavía no picaba.
—¿No tienes los huevos para admitirlo?
—Más bien tú no tienes tetas para mirar.
—¿Quééé? —fingí ofenderme.
—Que estás más plana que una tabla —remató sin piedad.
Era ahora o nunca. Tenía el pretexto perfecto. Me incorporé de su hombro y le solté un buen puñetazo justo entre las piernas. El muy idiota llevaba shorts holgados; sentí el bulto contra mi puño al impactar. Soltó un grito de dolor y se dobló hacia el lado derecho del sofá, agarrándose. Me sentí un poco culpable: tal vez me había pasado. Me reí, pero por dentro algo me pinchaba la conciencia.
***
No podía creer lo que mi hermana acababa de hacer. Un golpe tremendo, directo, sin que los shorts protegieran nada. Me tiré de costado, encogido, mientras la muy bruja se reía. Y entonces, tras unos segundos, llegó la otra sensación: una excitación que me recorrió entero. Su puño contra mí, su risa de disfrute. Aquello lo recordaría para siempre.
—Ay, me dolió mucho, tonta.
—Te lo merecías.
—Te pasaste, Daniela.
—No seas llorón, fue un golpecito —aunque creo que sabía que había sido fuerte.
El dolor agudo se fue dejando solo un eco, un recuerdo que mi orgullo abrazaba con ternura.
—Voy a la cocina, ¿quieres algo? —dijo levantándose.
—No.
***
Fui por una golosina y, al volver, ya estaba sentado como antes. No me enorgullece, pero gocé muchísimo ese golpe: sentir su bulto en mi puño y luego verlo hecho un ovillo. Solo que aún no sabía si él lo había disfrutado. Al sentarme de nuevo, eché un vistazo a su entrepierna y no lo podía creer: tenía una erección. En una escena iluminada de la película alcancé a ver el bulto, más grande de lo normal, tensando la tela.
Aparté la mirada con disimulo, pero el corazón me latía con fuerza. Lo había disfrutado. Me sentí extrañamente bien, casi feliz, y a la vez pensé que no debería.
—¿Ya te sientes mejor, hermanito?
—Sí, no pegas tan fuerte.
—¿Ah, sí? Tal vez debería repetir —levanté el puño amenazante.
—¡No, espera!
—Eso pensé.
Me prendía saber que me temía, aunque cada fibra de mi cuerpo anhelaba volver a clavar el puño ahí. Volví a recostarme y a subir los pies a su regazo. En las escenas de susto los movía a propósito, rozándolo. Sabía que estaba mal, pero ya no podía frenar. Una sola vez lo sentí: en el clímax de la película dejé caer un pie como por descuido sobre su entrepierna, y noté algo duro. No quise ser obvia, así que lo retiré. Ya tenía lo que quería.
***
La película terminó. Él se levantó.
—Yo elijo la siguiente —dije.
—Sigue soñando —contestó, y me dio un golpecito en la cabeza con el puño, como cuando éramos niños.
Me paré rápido para meterle el pie y hacerlo tropezar, pero se dio cuenta y, al cruzarse mi pierna, jaló la suya y el que cayó fui yo. Se rio de mi fracaso. Me dio rabia y me lancé a su espalda, balanceándome como loca hasta que los dos terminamos en el suelo.
—¿Qué te pasa, loca? —preguntó.
—Gané. Estás en el piso, así que elijo yo.
—Caímos los dos. No ganaste nada. Y no me he rendido.
Me alegró que me siguiera el juego. Forcejeamos un rato. Sabía que no usaba toda su fuerza, pero aun así me costaba mantenerlo abajo. Y de pronto los tuve ahí, al alcance de la mano, marcándose contra la tela estirada. No resistí.
—No me odies por esto, hermanito. Quiero elegir la película.
Le atrapé entre las piernas con la mano. Dejó de moverse de golpe, boca abajo, sin decir palabra.
—¿Te rindes o te dejo sin descendencia?
—Eso es trampa.
—No es trampa, es parte de tu cuerpo. Además eres más fuerte, así que estamos a mano —dije sin soltarlo.
Todavía agitada por la pelea, con la adrenalina disparada, empecé a calmarme y caí en la cuenta de lo rico que era tenerlo así, sometido, sintiendo que el poder era todo mío y que él no podía hacer nada. Los notaba perfectamente, como dos pelotas blandas en mi palma. Apreté un poco, solo para experimentar.
—¡Ah! Todavía me duele del puñetazo, no aprietes —tal vez me excedí.
—¿Sigues pensando que soy plana?
—Emmm... ¿sí? —apreté de nuevo—. ¡Ah! ¡No, no eres plana!
—Así me gusta. ¿Te rindes o los hago puré?
***
No podía creer lo que pasaba: mi hermanita me tenía contra el suelo, agarrado, como si varias de mis fantasías se materializaran a la vez. No quería que terminara nunca, pero tampoco que notara cuánto lo disfrutaba. Sentir sus manos suaves apresándome era lo más delicioso del mundo. Estar boca abajo, con ella encima, me producía una calma extraña que se rompía en agonía dulce cada vez que cerraba el puño. Me tenía a su merced.
Me preguntó si seguía pensando que era plana, buscando que me retractara. Pese al dolor, quería volver a sentir su puño cerrarse, así que dije que sí, esperando el castigo. No tardó: apretó tan fuerte que en dos segundos rectifiqué. Lo estaba gozando, y se me paró del todo. Rezaba para que no se diera cuenta.
—¿Te rindes o los hago puré?
—Emmm, lo pensaré... —al decirlo, supe que había sellado mi destino.
—Como gustes.
Pensé que apretaría de nuevo, pero soltó, acomodó la mano y jaló sin apretar, dejándome bien estirado. Entonces sentí cómo apartaba el otro brazo de mi espalda y, un instante después, su segundo puño se estrelló de lleno. Un dolor inmenso. Me retorcí, intenté llevarme las manos, pero ella me las apartaba.
—Quieto, o vuelvo a apretar —dijo—. ¿Ahora sí te rindes?
—¡Ah, me duele mucho, Daniela, quítate!
—Supongo que no. Tendré que darte otro.
—¡No! ¡Me rindo! —solté de inmediato.
Por fin me soltó y se levantó.
—Gané, hermanito. La próxima la elijo yo.
Seguí en el suelo, encogido, y noté su pie apoyarse sobre mí en señal de burla.
—Ya, no seas exagerado —dijo con cinismo—. Me voy a dormir. Te aviso cuando quiera ver mi película.
Se agachó, me dio un beso en la mejilla y subió la escalera. Verla irse, con ese cuerpo perfecto, fue la guinda. Esperé a que se cerrara su puerta para levantarme; aún me dolía todo, pero tenía la mente ardiendo y demasiado que recordar.
***
Llegué a mi cuarto rarísima. Sentía de nuevo una conexión con Andrés y, a la vez, culpa. Había confirmado que aquello lo excitaba y aun así seguí. Es más: me gustó. Tenerlo en el suelo, en mi poder, sentir su erección mientras lo apretaba, descubrir que se quedó boca abajo justo para que no la viera.
Sabía que no había estado bien y, sin embargo, lo volvería a hacer. De hecho, lo haría ahora mismo. Saqué de una cajita escondida en el cajón un pequeño vibrador, me cubrí con el edredón para amortiguar el ruido y, al colocarlo donde tocaba, me invadió un placer enorme. Pensaba en cómo lo había tenido sometido apenas un rato antes.
Recordar esa sensación de poder, saber que me deseaba, imaginar su erección tras mi castigo, todo me encendía más. Pero lo que me llevó al borde fue una imagen que jamás se me había ocurrido: él sentado en el suelo, mi pie pisándolo, besando mis piernas con devoción. Me vine pensando en eso, con una intensidad que nunca había sentido.
***
Yo estaba a punto de terminar. Cuando volvió a mi mente el momento en que me estiró y soltó el segundo puñetazo, el recuerdo de aquel dolor me hizo acabar de golpe, con el orgasmo más brutal de toda mi vida. No sé si algún día viviré algo parecido, pero de algo estoy seguro: por un buen tiempo no me hará falta nada más que ese recuerdo.