El secreto que mi hermano escondía en su laptop
Tengo secretos que me avergüenzan. Supongo que por no haber estado nunca con nadie fui acumulando manías raras, y lo que empezó como simple curiosidad se volvió otra cosa. Primero fue porno donde la mujer mandaba, tías con látex y tacones apretándoles las pelotas a tíos desnudos, escupiéndoles en la cara mientras se corrían solos, sin poder tocarse. Después vinieron las cosas duras: golpes secos entre las piernas, sometimiento, dolor, pollas amoratadas, tíos suplicando de rodillas mientras una zorra en botas de cuero les daba patadas en los huevos. Me pajeaba viendo cómo la corrida saltaba disparada por el impacto, cómo esa verga se ponía dura pese al golpe, cómo el tío gemía humillado. Y cuando creí que ya no podía caer más bajo, empecé a buscar relatos con un morbo familiar que jamás admitiría en voz alta, historias de hermanas cabronas que descubrían el vicio del hermano y lo machacaban entre las piernas hasta que se corría en su propia mano, gritándole «pajero» al oído. Fue entonces cuando empecé a mirar a Daniela con otros ojos.
Mi hermana y yo nunca fuimos muy cercanos. Yo me encierro en mi cuarto, ella en el suyo. Apenas hablamos a la hora de comer, y casi siempre con el celular en la mano. Pero es guapa, no puedo negarlo: piel morena clara, una melena negra y espesa que cuida como un tesoro, heredada de nuestra madre. Por la casa anda con shorts diminutos que se le meten entre las nalgas y blusas sueltas, a veces sin sostén, con los pezones marcándose contra la tela cada vez que hace frío o se estira.
Como si alguien hubiera accionado un interruptor, de pronto empecé a notar lo bonita que era. Toda la vida le dije que era fea para fastidiarla, aunque por dentro sabía que mentía. Hasta hace unos días empecé a fijarme de verdad en sus piernas, en la curva de los muslos, en la línea del culo respingón que se le formaba cuando se agachaba, en sus pies delicados con las uñas pintadas de rojo. Y con sus tetas era otra historia. Me obligaba a no mirarlas durante las comidas, y eso era justo lo peor: cuanto más las evitaba, más pensaba en ellas, en cómo se le moverían si se las agarrara, en cómo serían los pezones bajo la lengua.
Cuando bajaba la escalera deprisa y le rebotaban bajo la blusa, era casi hipnótico. A veces clavaba la vista en algo cercano y las veía de reojo, pero todo mi cuerpo me pedía mirarlas de frente, arrancarle la blusa, chupárselas hasta ponerla loca. Una tortura. Se me ponía dura debajo de la mesa y tenía que cruzar las piernas para que mi madre no notara el bulto.
***
Otra vez el idiota de mi hermano me miró las tetas durante la cena. Fue solo una fracción de segundo, una mirada rápida que enseguida disimuló para no meterse en problemas, pero estoy segura de que las vio. La verdad, me hizo gracia. Me divierte que quiera mirármelas y no pueda, porque soy su hermana, porque le prohíben desearme y aun así se le va la vista al escote como si fuera un imán.
De chicos jugábamos todo el tiempo, pero al crecer nos fuimos distanciando. Una parte de mí extraña esos años: tirar piedras a botellas en el patio, las veces que me acompañaba a la tienda y me compraba dulces con la propina del domingo. Nos queríamos tanto. Después llegó la adolescencia y cada uno hizo su vida, aunque durmiéramos a cuatro metros de distancia.
Una madrugada me levanté por agua y, al pasar frente a su puerta entreabierta, escuché un roce raro de telas y una respiración agitada, entrecortada. El muy tonto nunca cierra del todo porque odia sentirse encerrado. Me asomé apenas y vi el edredón agitándose con un ritmo inconfundible, el vaivén de su brazo bajo la tela y ese sonido húmedo, pegajoso, que jamás había oído en persona pero que reconocí al instante: mi hermano se estaba pajeando. Había una lucecita azul reflejándose en su cara: estaría viendo porno con los auriculares puestos, mordiéndose el labio, con la polla dura en la mano.
Me quedé más tiempo del que debía, mirándolo por la rendija, sintiendo cómo se me aceleraba el corazón. Cuando su respiración se hizo más brusca, cuando el movimiento del brazo se aceleró, me aparté deprisa y me metí a mi cuarto en puntas de pie. Desde esa noche supe que mi hermano había cambiado, y yo también. No tenía nada de malo, pero entendí que ya nada sería como antes. Y, lo admito, sentí una curiosidad rara por imaginar qué demonios miraba en esa pantalla que lo ponía tan cachondo.
***
La oportunidad llegó días después. Estábamos por irnos a dormir cuando mi madre lo llamó a gritos porque había olvidado sacar la basura.
—¡Andrés, no sacaste la basura! —vociferó desde abajo.
—¡Lo olvidé! Mañana lo hago —contestó él a gritos.
—No, mañana pasan temprano. Hazlo ya.
Lo oí salir de mala gana de su cuarto. Supe que era mi ocasión, una que quizá no se repetiría. Entré esperando encontrar el celular sobre la cama, pero me topé con la laptop abierta. De lejos vi a una mujer vestida de cuero y a un hombre desnudo, arrodillado en el suelo, con la polla erecta apuntándole a la cara. Giré la pantalla para ver mejor. No entendí el título, solo capté un par de palabras en inglés, así que retrocedí el video.
Al darle play, vi cómo aquella mujer tenía al tipo desnudo de rodillas, con la verga tiesa y roja, y le soltaba una patada seca justo entre las piernas, plantándole el tacón en los huevos. El tío se dobló gimiendo, pero la polla se le puso todavía más dura. Abrí los ojos al máximo. Ella se rio, le agarró la corbata, tiró de él, y le soltó otra patada, y otra, hasta que el hombre se corrió solo, en chorros, sin tocarse, con la cara empapada de saliva y lágrimas. Mi hermano está loco de remate. ¿Cómo puede gustarle algo tan raro? Y sin embargo yo me quedé mirando, mordiéndome el labio, con un calor extraño subiéndome entre las piernas.
Tenía decenas de pestañas abiertas. Fui pinchando una tras otra: todo del mismo estilo, términos que no significaban nada para mí. En una leí la palabra «castración» sobre un texto larguísimo que no alcancé a entender, y me dio un escalofrío. En otra pestaña había un relato distinto. El título me heló la sangre: «Mi hermana me domina».
Ya había visto suficiente. Giré la laptop a su sitio y salí casi corriendo a mi habitación. Cerré la puerta y me quedé en shock, con demasiado que procesar. Me tiré en la cama, miré el techo y empecé a hablar conmigo misma.
¿Por qué mira cosas tan extrañas? ¿Fantaseará conmigo? ¿Le excitará que le peguen ahí abajo, o solo verlo en otros? ¿Le gustaría si yo lo hiciera? ¿Se le pondría dura si yo le agarrara los huevos y apretara?
Estás loca. No puedes pegarle a tu hermano en las pelotas... aunque sería divertido. Pero estaría mal si sé que eso lo pone. Aunque él no sabe que yo lo sé. ¿Entonces estaría tan mal?
Maldita sea. Ya no podría quitarme de la cabeza lo que había visto. Husmear fue una pésima idea, pero al menos entendí por qué me miraba de reojo. Tal vez sí fantaseaba conmigo, tal vez se pajeaba pensando en mis tetas, en mi coño, en mi culo. La idea, en vez de darme asco, me apretó algo en el bajo vientre.
Decidí ignorar el tema, fingir que nunca pasó. Y aun así me carcomía la curiosidad de saber si le gustaría que yo le pegara, si a mí me gustaría hacerlo. Los chicos se golpean ahí jugando todo el tiempo. Soy su hermana, tengo derecho a una vez, ¿no? Estaba tan confundida, tan mojada, tan cachonda sin querer admitirlo.
***
Yo me estaba haciendo la mejor paja de mi vida. Llevaba rato aguantando para terminar en el mejor momento, con la polla en el puño, apretando la base para no correrme antes de tiempo, viendo cómo en la pantalla una tía le hundía la rodilla en los cojones a un tío hasta que él lloraba de placer. Tenía las bolas apretadas contra el cuerpo, la punta mojada de líquido preseminal, y justo entonces mi madre me mandó a sacar la basura. Qué fastidio. La tenía dura como una piedra, roja, latiendo, y no había forma de salir así, de modo que la sujeté hacia arriba con el elástico del short, pegándomela al vientre, y bajé a regañadientes rezando para que no se me notara.
Cuando por fin volvía a mi cuarto, escuché la puerta de Daniela cerrarse mientras ella subía la escalera. Me encerré con seguro y, al tomar la laptop, vi que el navegador estaba justo en el relato de hermanos que pensaba leer antes de distraerme con lo otro. Se me congeló la sangre. ¿Entró? ¿Usó mi laptop?
No podía ser. ¿Habría visto la pestaña del relato? Sentí que todo se iba al diablo. La incertidumbre me mataba, pero decidí que lo mejor era fingir demencia y que todo siguiera igual.
La duda me quitó las ganas. La polla se me fue ablandando en la mano, floja y triste contra el vientre. Me acosté pensando si lo mejor era dejar el porno de una vez, o al menos conformarme con lo normal. Estaba decidido a cortar con todo eso cuando cruzó por mi mente una fantasía nueva: yo pajeándome con esos relatos y, de pronto, mi hermana entrando, diciéndome que ya lo sabía todo, tumbándose a mi lado, agarrándome la polla con su mano pequeña y susurrándome al oído «así que fantaseas con esto, hermanito». Esa imagen, pese a la ansiedad, me la puso otra vez dura como piedra, y en menos de un minuto de puñeta furiosa terminé, disparando semen caliente sobre mi vientre en tres, cuatro chorros gruesos que me llegaron hasta el pecho.
***
Lo hecho, hecho estaba. Ahora sabía que mi hermano, además de pajero, tenía fantasías rarísimas conmigo. Me da vergüenza admitirlo, pero pensar que me deseaba no me incomodaba. Al contrario. Toda la noche le di vueltas a si debía averiguar, de una vez, si de verdad le gustaba aquello o solo cuando se lo hacían a otros. Yo también dormí mal, con la mano metida entre las piernas, imaginando cómo sería tenerlo boca abajo, indefenso, con sus huevos en mi puño.
Al día siguiente, cuando mi madre nos llamó a comer, no sé bien por qué bajé con una blusa escotada sin sostén y los shorts más cortos que tenía. Esta vez estuve más atenta. Era obvio cómo robaba miraditas de un segundo a mis pechos, cómo se le iban los ojos al escote cada vez que yo me inclinaba a servirme. Soy muy delgada, pero tengo un busto pronunciado, y sentir que me miraba me producía algo raro, un cosquilleo en los pezones que se me endurecían solos bajo la tela fina. Una parte de mí quería mostrarle más, sacarle una teta y ponérsela en la cara, aunque sabía que estaba mal.
Terminamos de comer y todo iba a volver a la normalidad. Una parte de mí no quería eso.
—Veamos una película en el sofá —solté antes de que se encerrara.
—¿Cuál?
—No sé, la que sea. ¿Una de terror?
—Esas no te dejan dormir.
—No seas miedosa, ya estás grande —dijo.
—Como sea.
Buscó entre las opciones y puso la primera película vieja de terror que apareció. Nuestra madre subió a leer a su cuarto; por las noches no volvía a bajar salvo por agua. Todo era perfecto.
—Esa película tiene mil años. ¿No había algo de este milenio?
—Es de mis favoritas. Y no la vemos desde que éramos niños.
Eso me hizo recordar cuando nuestros padres nos la prohibieron y la vimos a escondidas en la madrugada. Me dio tanto miedo que terminé durmiendo con él.
Pasaron quince minutos. El inicio era lento, así que charlábamos de a ratos. Se sentía bonito recuperar esa conexión. Me acomodé apoyando la cabeza en el respaldo y subí los pies sobre sus piernas, muy cerca de donde tenía el bulto marcado bajo el short.
—Quita las patas —dijo empujándolas un poco.
—Tú elegiste, déjame estar cómoda, idiota.
Algo me decía que solo actuaba, que en el fondo adoraba tener mis pies en su regazo. Había una tensión suave que disfrazábamos de hostilidad. Yo movía los dedos, rozándolo apenas, como sin querer, sintiendo el calor de su entrepierna en las plantas.
***
Los pies de mi hermana, tan cerca de mi polla. Intentaba apartar cualquier pensamiento sucio, pero era imposible teniendo esas piernas a mi alcance, esos deditos rojos moviéndose milímetros por encima del bulto que ya empezaba a hincharse en el short. Hice el gesto de empujarlas para que no sospechara, y aun así no pude apartarlas de verdad. Quería que siguieran ahí. Quería que las bajara, que me apretara los huevos con el pie, que me pisara la verga hasta hacerme gemir.
Al rato las retiró, fue a la cocina por agua y volvió, pero esta vez se sentó justo a mi lado, pegada, con todo el sofá libre. Después apoyó la cabeza en mi hombro. El olor de su pelo, el calor de su brazo contra el mío, me despertaron un deseo brutal y, al mismo tiempo, una calma que no sentía hacía años. Tenía la polla medio dura sin poder evitarlo, presionando contra la tela. Quería abrazarla con todas mis fuerzas, meterle la lengua en la boca, arrancarle esa blusa y chupármele las tetas hasta dejárselas moradas, pero temí asustarla. Como el cobarde que soy, no hice nada.
***
Apoyada en su hombro, pensé que, degenerado y todo, lo quería. Intentaba concentrarme en la película, pero mi nueva curiosidad no me dejaba en paz.
—¿Tienes novia, Andrés?
—No.
—¿Por qué? ¿Nadie te hace caso?
—Supongo que no me interesa demasiado.
—Tal vez eres feo.
—Casi tanto como tú —contestó.
—Sabes que no soy fea.
—Piensa lo que te haga sentir mejor.
Entonces se me ocurrió un plan brillante.
—Si te pareciera fea no me mirarías las tetas a diario.
—Ya quisieras —dijo. Todavía no picaba.
—¿No tienes los huevos para admitirlo?
—Más bien tú no tienes tetas para mirar.
—¿Quééé? —fingí ofenderme.
—Que estás más plana que una tabla —remató sin piedad.
Era ahora o nunca. Tenía el pretexto perfecto. Me incorporé de su hombro y le solté un buen puñetazo justo entre las piernas. El muy idiota llevaba shorts holgados; sentí el bulto contra mi puño al impactar, los huevos aplastándose bajo mis nudillos, blandos y calientes. Soltó un grito ahogado de dolor y se dobló hacia el lado derecho del sofá, agarrándose la entrepierna con las dos manos, con la cara roja y los ojos apretados. Me sentí un poco culpable: tal vez me había pasado. Me reí, pero por dentro algo me pinchaba la conciencia. Y algo más abajo, entre las piernas, se me humedecía sin permiso.
***
No podía creer lo que mi hermana acababa de hacer. Un golpe tremendo, directo, sin que los shorts protegieran nada. Me tiré de costado, encogido, con las bolas latiendo, con esa náusea sorda que sube desde el estómago cuando te revientan los huevos, mientras la muy bruja se reía. Y entonces, tras unos segundos, cuando el dolor agudo empezó a apagarse, llegó la otra sensación: una excitación que me recorrió entero. Su puño contra mis pelotas, su risa de disfrute, la certeza de que ella había querido hacerlo. Aquello lo recordaría para siempre. Sentí cómo la polla, pese al dolor, empezaba a hincharse dentro del short, empujando contra la tela.
—Ay, me dolió mucho, tonta.
—Te lo merecías.
—Te pasaste, Daniela.
—No seas llorón, fue un golpecito —aunque creo que sabía que había sido fuerte.
El dolor agudo se fue dejando solo un eco, un latido pesado en los huevos, un recuerdo que mi orgullo abrazaba con ternura mientras la polla seguía inflándose sin poder evitarlo.
—Voy a la cocina, ¿quieres algo? —dijo levantándose.
—No.
***
Fui por una golosina y, al volver, ya estaba sentado como antes. No me enorgullece, pero gocé muchísimo ese golpe: sentir su bulto en mi puño, la textura blanda de los huevos contra los nudillos, y luego verlo hecho un ovillo, gimiendo bajito. Solo que aún no sabía si él lo había disfrutado. Al sentarme de nuevo, eché un vistazo a su entrepierna y no lo podía creer: tenía una erección de las buenas. En una escena iluminada de la película alcancé a ver el bulto, más grande de lo normal, tensando la tela del short, marcando incluso el contorno del glande apretado contra la cinturilla. Se me secó la boca.
Aparté la mirada con disimulo, pero el corazón me latía con fuerza y sentí cómo las bragas se me pegaban al coño, empapadas. Lo había disfrutado. Se le había puesto dura justo después de que le reventara los huevos. Me sentí extrañamente bien, casi feliz, y a la vez pensé que no debería.
—¿Ya te sientes mejor, hermanito?
—Sí, no pegas tan fuerte.
—¿Ah, sí? Tal vez debería repetir —levanté el puño amenazante.
—¡No, espera!
—Eso pensé.
Me prendía saber que me temía, aunque cada fibra de mi cuerpo anhelaba volver a clavar el puño ahí, volver a sentir cómo se le aplastaban los huevos contra mis dedos. Volví a recostarme y a subir los pies a su regazo. En las escenas de susto los movía a propósito, rozándolo, sintiendo el bulto duro bajo la planta. Sabía que estaba mal, pero ya no podía frenar. Una sola vez lo sentí de lleno: en el clímax de la película dejé caer un pie como por descuido sobre su entrepierna, y noté algo duro, tieso, palpitante bajo mis dedos. Presioné un instante, apenas nada, y sentí cómo se le contraía la polla contra mi planta. No quise ser obvia, así que lo retiré. Ya tenía lo que quería.
***
La película terminó. Él se levantó.
—Yo elijo la siguiente —dije.
—Sigue soñando —contestó, y me dio un golpecito en la cabeza con el puño, como cuando éramos niños.
Me paré rápido para meterle el pie y hacerlo tropezar, pero se dio cuenta y, al cruzarse mi pierna, jaló la suya y el que cayó fui yo. Se rio de mi fracaso. Me dio rabia y me lancé a su espalda, balanceándome como loca hasta que los dos terminamos en el suelo.
—¿Qué te pasa, loca? —preguntó.
—Gané. Estás en el piso, así que elijo yo.
—Caímos los dos. No ganaste nada. Y no me he rendido.
Me alegró que me siguiera el juego. Forcejeamos un rato, con mis tetas apretándose contra su espalda, con el aire caliente, con las manos buscándose sin decirlo. Sabía que no usaba toda su fuerza, pero aun así me costaba mantenerlo abajo. Y de pronto los tuve ahí, al alcance de la mano, marcándose contra la tela estirada, los huevos y la polla tiesa formando un paquete tenso bajo el short. No resistí.
—No me odies por esto, hermanito. Quiero elegir la película.
Le atrapé entre las piernas con la mano. Le agarré todo: la polla dura, los huevos blandos, todo el paquete apretado en mi palma. Dejó de moverse de golpe, boca abajo, sin decir palabra, tensándose entero.
—¿Te rindes o te dejo sin descendencia?
—Eso es trampa.
—No es trampa, es parte de tu cuerpo. Además eres más fuerte, así que estamos a mano —dije sin soltarlo, cerrando un poco los dedos, sintiendo cómo los cojones se le movían dentro del saco.
Todavía agitada por la pelea, con la adrenalina disparada, empecé a calmarme y caí en la cuenta de lo rico que era tenerlo así, sometido, sintiendo que el poder era todo mío y que él no podía hacer nada. Los notaba perfectamente, como dos pelotas blandas en mi palma, con la verga tiesa por encima, latiendo, delatándolo. Apreté un poco, solo para experimentar, para escuchar cómo se le escapaba el aire entre los dientes.
—¡Ah! Todavía me duele del puñetazo, no aprietes —tal vez me excedí, pero sentí cómo la polla se le sacudió, dura, contra el dorso de mi mano.
—¿Sigues pensando que soy plana?
—Emmm... ¿sí? —apreté de nuevo, esta vez más fuerte, rodando los huevos entre mis dedos—. ¡Ah! ¡No, no eres plana!
—Así me gusta. ¿Te rindes o los hago puré?
***
No podía creer lo que pasaba: mi hermanita me tenía contra el suelo, con mis huevos en su puño cerrado, como si varias de mis fantasías se materializaran a la vez. No quería que terminara nunca, pero tampoco que notara cuánto lo disfrutaba, cuánto me la ponía tenerla apretándome ahí. Sentir sus manos suaves apresándome, con esas uñas rojas hundiéndose apenas en la piel del escroto, era lo más delicioso del mundo. Cada vez que cerraba los dedos me subía una punzada de dolor que se transformaba, dos segundos después, en un latigazo de placer que me atravesaba la polla de la base a la punta. Estar boca abajo, con ella encima, con su peso sobre mi espalda y sus tetas rozándome, me producía una calma extraña que se rompía en agonía dulce cada vez que cerraba el puño. Me tenía a su merced. Le estaba mojando el filo de la mano con el líquido preseminal que se me escapaba, aunque ella todavía no lo notaba.
Me preguntó si seguía pensando que era plana, buscando que me retractara. Pese al dolor, quería volver a sentir su puño cerrarse, así que dije que sí, esperando el castigo. No tardó: apretó tan fuerte que en dos segundos rectifiqué, con la voz ahogada. Lo estaba gozando, y se me paró del todo, tan dura que me dolía contra el suelo. Rezaba para que no se diera cuenta de la mancha húmeda que se estaría formando en el short.
—¿Te rindes o los hago puré?
—Emmm, lo pensaré... —al decirlo, supe que había sellado mi destino.
—Como gustes.
Pensé que apretaría de nuevo, pero soltó, acomodó la mano y jaló sin apretar, dejándome bien estirado, con los huevos separados del cuerpo, expuestos, indefensos bajo la tela del short. Entonces sentí cómo apartaba el otro brazo de mi espalda y, un instante después, su segundo puño se estrelló de lleno contra los cojones estirados. Un dolor inmenso, blanco, que me subió por el estómago hasta la garganta. Me retorcí, intenté llevarme las manos, pero ella me las apartaba de una patada.
—Quieto, o vuelvo a apretar —dijo—. ¿Ahora sí te rindes?
—¡Ah, me duele mucho, Daniela, quítate!
—Supongo que no. Tendré que darte otro.
—¡No! ¡Me rindo! —solté de inmediato, aunque una parte de mí, la que ya estaba mojando el forro del short, quería recibir otro golpe más.
Por fin me soltó y se levantó.
—Gané, hermanito. La próxima la elijo yo.
Seguí en el suelo, encogido, con la polla latiendo tanto como los huevos, y noté su pie apoyarse sobre mi cadera en señal de burla, presionando apenas.
—Ya, no seas exagerado —dijo con cinismo—. Me voy a dormir. Te aviso cuando quiera ver mi película.
Se agachó, me dio un beso en la mejilla, tan cerca de los labios que sentí su aliento, y subió la escalera. Verla irse, con ese culito respingón meneándose bajo los shorts, fue la guinda. Esperé a que se cerrara su puerta para levantarme; aún me dolía todo, aún tenía el semen del preseminal pegado dentro del short, pero tenía la mente ardiendo y demasiado que recordar.
***
Llegué a mi cuarto rarísima. Sentía de nuevo una conexión con Andrés y, a la vez, culpa. Había confirmado que aquello lo excitaba —había sentido su polla dura contra mi mano mientras le apretaba los huevos, no había manera de negarlo— y aun así seguí. Es más: me gustó. Tenerlo en el suelo, en mi poder, sentir su erección latiendo entre mis dedos mientras lo apretaba, descubrir que se quedó boca abajo justo para que no la viera. Se me había puesto tiesa mi propio hermano, y yo me lo había gozado.
Sabía que no había estado bien y, sin embargo, lo volvería a hacer. De hecho, lo haría ahora mismo. Cerré la puerta con seguro, me quité los shorts y las bragas de un tirón. Estaba tan mojada que sentí el aire fresco entre los muslos, el coño ardiendo, los labios hinchados y resbaladizos. Me miré un segundo en el espejo: los pezones erectos empujando la blusa, la piel morena erizada. Saqué de una cajita escondida en el cajón un pequeño vibrador rosa, me tumbé en la cama y me cubrí con el edredón para amortiguar el ruido.
Empecé pasándomelo por encima de la blusa, sobre los pezones, girándolo despacio hasta que se me pusieron tan duros que me dolían. Luego bajé la cabecita por el vientre, tomándome mi tiempo, hasta rozar el clítoris apenas. Un espasmo me subió por la columna. Al colocarlo donde tocaba, justo sobre el capullo hinchado, con el coño abierto y goteando en las sábanas, me invadió un placer enorme, brutal, distinto al de otras veces. Pensaba en cómo lo había tenido sometido apenas un rato antes, en el gemido que se le escapó cuando le clavé el puño, en el bulto duro creciendo contra mi palma.
Me metí dos dedos en el coño mientras el vibrador seguía trabajando el clítoris. Estaba tan mojada que se me hundían hasta los nudillos sin resistencia, con un ruido húmedo y obsceno que me daba más morbo. Los curvé buscando el punto de adentro, ese que me hace apretar las piernas, y empecé a follarme sola con dedos y vibrador al mismo tiempo, jadeando contra la almohada para que nadie escuchara.
Recordar esa sensación de poder, saber que me deseaba, imaginar su erección tras mi castigo, la cara colorada, la boca entreabierta apretándose contra el suelo para no gemir, todo me encendía más. Pero lo que me llevó al borde fue una imagen que jamás se me había ocurrido: él sentado en el suelo, desnudo, con la polla tiesa y roja apuntándole al vientre, mi pie pisándole los huevos apenas, y él besando mis piernas con devoción, subiendo la lengua desde el tobillo hasta el muslo, suplicándome que le dejara correrse. Me lo imaginé lamiéndome el coño mientras yo le apretaba las bolas con los dedos del pie, castigándolo cada vez que me hacía gemir. Me vine pensando en eso, con una intensidad que nunca había sentido, mordiendo la almohada, con el coño contrayéndose alrededor de mis dedos en oleadas tan fuertes que se me sacudió todo el cuerpo. Me corrí tres veces seguidas, una detrás de otra, hasta que quedé empapada, temblando, con las sábanas mojadas debajo del culo.
***
Yo estaba a punto de terminar. En cuanto ella cerró la puerta, me metí al cuarto, me bajé el short y ahí estaba: la polla tan dura que dolía, roja, con la punta brillante de líquido, los huevos hinchados y todavía latiendo del castigo. Me la agarré con la mano derecha, apretando la base, y empecé a bombear despacio, saboreando cada centímetro, mientras con la izquierda me tocaba los cojones doloridos, jugando con esa mezcla de placer y dolor que ella había plantado en mí.
Reviví cada segundo: sus pies sobre mi regazo, su puño contra mis huevos, su risa cuando me doblé de dolor, la forma en que me agarró todo el paquete durante la pelea, el calor de su palma cerrándose sobre mis pelotas. Aceleré el ritmo, con la respiración cortada, mordiéndome el labio para no gemir. Recordé cómo me había estirado el escroto con su manita antes de soltar el segundo golpe, la humillación deliciosa de estar boca abajo, sin poder defenderme, con mi hermanita decidiendo qué hacer con mis huevos.
Cuando volvió a mi mente el momento en que me estiró y soltó el segundo puñetazo, ese estallido blanco de dolor que se había convertido, ya en la memoria, en puro placer, el recuerdo me hizo acabar de golpe. Se me contrajeron los huevos, subió esa oleada desde la base de la polla y solté el chorro más violento de mi vida, con el orgasmo más brutal que jamás había sentido. Me corrí en cuatro, cinco, seis chorros gruesos que me llegaron hasta la barbilla, con el cuerpo entero sacudiéndose, mordiendo la sábana para no gritar, con la polla latiendo en mi puño mucho después de haber terminado.
No sé si algún día viviré algo parecido, pero de algo estoy seguro: por un buen tiempo no me hará falta nada más que ese recuerdo.