El precio que puso el tutor para aprobar a mi hijo
Camila tenía treinta y pocos años y un solo hijo que le daba más dolores de cabeza que cualquier otra cosa en su vida. Se llamaba Andrés, cursaba el último año del instituto, y su interés por los estudios era prácticamente nulo. Cada mañana ella le repetía lo mismo: que se esforzara, que pensara en su futuro, que la vida no iba a regalarle nada. Andrés la escuchaba con la mirada vacía de quien ha aprendido a dejar que las palabras pasen de largo sin tocarle.
Esa mañana, antes de salir, Andrés dejó un papel doblado sobre la mesa de la cocina. Camila lo vio mientras recogía los platos del desayuno, pero estaba demasiado cansada para abrirlo de inmediato. Lo dejó junto al frutero y siguió con la rutina: barrer, tender la ropa, preparar el almuerzo. El papel la esperó con paciencia durante dos horas, hasta que la curiosidad le ganó a la pereza.
Era una citación del colegio. Breve, formal, sin margen para la ambigüedad: la esperaban al día siguiente a las once de la mañana para tratar el rendimiento académico y la conducta de su hijo. Firmaba Ernesto Salcedo, tutor del curso.
Camila sintió cómo el estómago se le cerraba. No era la primera vez que la llamaban, pero algo en el tono de esa nota le decía que esta vez era distinto.
***
Llegó doce minutos tarde. El pasillo del ala administrativa estaba vacío y olía a desinfectante de pino. Se sentó en una silla de plástico frente a la puerta cerrada de la oficina del tutor y esperó, cruzando y descruzando las piernas, hasta que la puerta se abrió.
Ernesto Salcedo era un hombre de casi sesenta años, ancho de hombros, con el pelo entrecano y unos ojos pequeños que parecían calcular todo lo que miraban. Llevaba una camisa celeste remangada hasta los codos y no sonrió al verla.
—Llega tarde —dijo a modo de saludo.
—Lo sé. No leí la nota hasta ayer por la tarde. ¿Podemos hablar de todas formas?
Ernesto la miró de arriba abajo con un gesto que no se molestó en disimular. Camila llevaba una blusa escotada color crema y unos jeans oscuros que le marcaban las caderas. Se había vestido con prisa, sin pensar demasiado, y ahora, bajo esa mirada, se arrepentía de cada prenda.
—Pase —dijo él, y se hizo a un lado.
La oficina era pequeña: un escritorio de madera vieja, dos sillas, un archivador metálico y una ventana con las persianas a medio cerrar. Camila se sentó en la silla de visitas. Ernesto cerró la puerta y ella escuchó el clic del cerrojo. Un sonido pequeño que le erizó la nuca.
—Su hijo tiene un problema serio —empezó Ernesto, sentándose detrás del escritorio—. No solo está reprobando la mayoría de las materias. Se escapa del colegio, contesta a los profesores, no entrega trabajos. Si sigue así, no va a poder ingresar a la universidad. Ni de casualidad.
Camila escuchaba con las manos apretadas sobre el regazo. Cada frase era un golpe. Sabía que Andrés no era el mejor estudiante, pero no imaginaba que la situación fuera tan grave.
—¿No hay nada que se pueda hacer? —preguntó con la voz quebrada.
Ernesto se reclinó en su silla y la observó en silencio durante unos segundos que se estiraron como chicle.
—Oficialmente, no.
Dejó que la palabra flotara entre los dos. Después se levantó, rodeó el escritorio con calma y se colocó detrás de la silla de Camila. Ella sintió su presencia como una sombra que le cubría los hombros.
—Extraoficialmente —dijo él, y sus manos descendieron sobre los hombros de Camila con una firmeza que no admitía confusión—, podría haber un arreglo.
—¿Qué está haciendo? —Camila se tensó de golpe, pero no se levantó. Las manos de Ernesto eran pesadas y calientes a través de la tela de la blusa.
—Estoy dándote la oportunidad que tu hijo necesita —respondió él, bajando la voz hasta convertirla en algo espeso, íntimo—. La pregunta es si estás dispuesta a tomarla.
Camila quiso levantarse. De verdad quiso. Pero pensó en Andrés, en la cara que pondría su familia si él no terminaba el instituto, en las noches que llevaba sin dormir pensando en qué había hecho mal como madre. Y se quedó quieta.
Ernesto interpretó el silencio como lo que era: una rendición.
***
Sus manos se deslizaron desde los hombros hacia abajo, metiéndose por el borde del escote sin ninguna delicadeza. Camila contuvo el aliento cuando los dedos ásperos de Ernesto encontraron la curva de sus pechos bajo el sujetador. Él los apretó con fuerza, como si estuviera comprobando su peso, y soltó un gruñido de aprobación contra su oído.
—Qué desperdicio, tener esto escondido en una reunión de padres —murmuró.
—Basta —dijo Camila, pero la palabra salió sin fuerza, como un reflejo más que una orden.
Ernesto no se detuvo. Le bajó la blusa de un tirón, llevándose el sujetador con ella, y los pechos de Camila quedaron expuestos bajo la luz amarillenta del fluorescente. Eran grandes, pesados, con pezones oscuros que se endurecieron al contacto con el aire frío de la oficina. Él los amasó con ambas manos, pellizcando los pezones entre el pulgar y el índice hasta que Camila soltó un quejido involuntario.
—Levántate —ordenó.
Camila obedeció. Las piernas le temblaban. Ernesto la empujó contra el escritorio, doblándola sobre la superficie de madera. Los papeles se arrugaron bajo su pecho. Sintió el borde del escritorio clavándose en sus caderas y la mano de él recorriendo su espalda hasta llegar a la cintura del pantalón.
—Mira lo que trajiste hoy —dijo Ernesto, bajándole los jeans hasta los muslos—. ¿Viniste preparada o siempre te vistes así?
Camila no respondió. Apretó los dientes y cerró los ojos. Sintió el aire contra su piel desnuda y después la mano de Ernesto acariciando la curva de sus nalgas con una lentitud deliberada, como si estuviera evaluando una posesión.
La primera nalgada fue seca, precisa, y le arrancó un grito que tuvo que ahogar mordiéndose el antebrazo. La segunda vino antes de que pudiera recuperarse. Y después la tercera, la cuarta, la quinta, cada una más fuerte que la anterior, hasta que Camila dejó de contarlas y solo sentía el ardor extendiéndose por toda la piel.
—Esto —dijo Ernesto entre golpe y golpe— es por no educar bien a tu hijo. Por dejarlo hacer lo que se le antoja. Por llegar tarde a mi oficina.
Camila quería decirle que parara, que no tenía derecho, que iba a denunciarlo. Pero cada vez que abría la boca solo le salían jadeos entrecortados y algo que se parecía peligrosamente a un gemido. La vergüenza de eso era peor que el dolor.
***
Ernesto dejó de golpearla. Camila respiraba con la cara pegada al escritorio, los ojos húmedos, las nalgas encendidas. Escuchó el sonido de un cinturón al desabrocharse, de una cremallera al bajar, y supo lo que venía antes de sentirlo.
—¿Quieres que tu hijo apruebe? —preguntó él, posicionándose detrás de ella.
—Sí —susurró Camila.
—Dilo completo.
—Sí, profesor. Quiero que apruebe.
Ernesto le arrancó la ropa interior de un tirón y la penetró de una sola embestida. Camila gritó contra la madera del escritorio, un sonido gutural que rebotó en las paredes de la oficina cerrada. Él no esperó a que se acostumbrara. Empezó a moverse con un ritmo brutal, agarrándola de las caderas con dedos que dejaban marcas blancas en su piel.
Los pechos de Camila se balanceaban con cada embestida, aplastándose contra la superficie del escritorio. Ella se aferraba al borde con ambas manos, intentando mantener algún tipo de control, pero no había control posible. Ernesto la tomaba como quien cobra una deuda: sin prisa por terminar, pero sin ninguna intención de ser amable.
—¿Te gusta esto? —preguntó él, inclinándose sobre su espalda para hablarle al oído.
Camila no contestó. No podía. Las palabras se habían convertido en sonidos incoherentes que escapaban de su garganta sin permiso. Lo odiaba. Odiaba cada segundo. Odiaba que su cuerpo respondiera cuando su mente le gritaba que esto estaba mal.
Ernesto le agarró el pelo y le echó la cabeza hacia atrás, obligándola a arquear la espalda.
—Te hice una pregunta.
—No —mintió ella.
Ernesto se rio. Una risa corta, sin humor, y aumentó el ritmo hasta que el escritorio empezó a moverse con cada golpe. El ruido era obsceno: carne contra carne, la madera chirriando contra el suelo, la respiración de ambos mezclándose en algo que parecía una pelea.
***
La hizo cambiar de posición. La sentó sobre él en la silla del escritorio, de frente, con las piernas abiertas a cada lado. Desde ahí, Camila podía ver su propia cara reflejada en el cristal del archivador: el maquillaje corrido, el pelo revuelto, los labios hinchados. No se reconoció.
Ernesto le agarró los pechos y se los llevó a la boca, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Camila empezó a moverse por instinto, subiendo y bajando sobre él, sin querer admitir que su cuerpo había dejado de resistirse mucho antes que su cabeza.
El placer llegó como una traición. Se fue construyendo desde el fondo del vientre, una ola caliente que subía sin que ella pudiera detenerla. Camila apretó los dientes, cerró los ojos, intentó pensar en cualquier otra cosa, pero Ernesto la agarró de la cintura y marcó el ritmo él mismo, forzándola a ir más rápido, más profundo, hasta que ella no pudo contenerse más y se vino con un gemido largo que le salió del pecho como un sollozo.
Se quedó quieta, temblando, con la frente apoyada en el hombro de Ernesto. Él todavía estaba duro dentro de ella.
—¿Ya terminamos? —preguntó Camila con un hilo de voz.
—Todavía no.
La bajó de la silla y la puso de rodillas frente a él. Camila miró hacia arriba y vio esos ojos pequeños y calculadores observándola desde arriba, sin un gramo de ternura.
—Si quieres que apruebe, termina lo que empezaste.
Camila cerró los ojos y abrió la boca. El sabor era salado, denso, y llenaba toda su garganta. Ernesto le puso la mano en la nuca y empezó a guiar el ritmo, empujando cada vez más profundo. Camila se atragantó, tosió, pero él no se detuvo. La saliva le escurría por la barbilla y le caía sobre el pecho desnudo mientras trataba de respirar entre cada embestida.
Cuando Ernesto terminó, Camila se dejó caer sentada en el suelo. Le ardían las rodillas, le dolía la mandíbula y tenía los ojos llenos de lágrimas que no sabía si eran de arcadas o de algo peor.
Ernesto se subió el pantalón con calma, como quien termina un trámite administrativo, y volvió a sentarse detrás de su escritorio.
***
—Con esto aprueba una materia —dijo, abrochándose el cinturón.
Camila lo miró sin entender.
—¿Una? ¿Solo una?
—Está reprobando once materias. Hoy cubrimos una. Mañana a la misma hora, si quieres seguir avanzando.
La sonrisa de Ernesto era lo más obsceno que Camila había visto en esa oficina, y eso era mucho decir.
Ella se vistió en silencio. La blusa estaba arrugada, el sujetador torcido, y la ropa interior era un trapo inservible en el suelo que metió en su bolso. Se alisó el pelo con los dedos y caminó hacia la puerta.
Cuando pasó junto a Ernesto, él le dio una palmada en las nalgas que resonó como un disparo en la oficina vacía.
—Mañana no llegues tarde —dijo.
Camila no contestó. Salió al pasillo, cerró la puerta a sus espaldas y caminó hacia la salida con pasos mecánicos. El sol de mediodía le golpeó la cara y la hizo parpadear. Todo seguía igual: los coches, los árboles, una señora paseando un perro. El mundo no se había enterado de nada.
Llegó a su casa, dejó las llaves en la entrada y siguió con su rutina. Lavó los platos, tendió la ropa, preparó la cena. Cuando Andrés volvió del instituto y le preguntó qué tal el día, ella le dijo que bien, que normal, que nada especial.
Mañana tengo que volver, pensó mientras cortaba las verduras para la sopa. Diez materias más. Diez veces más.
El cuchillo golpeaba la tabla con un ritmo constante, casi mecánico, y Camila se convenció de que todo esto era por el bien de su hijo. Que no había otra opción. Que cualquier madre haría lo mismo.
La mentira era cómoda. Tanto que casi se la creía.