La noche que accedí a su fantasía más oscura
Llevábamos seis años juntos y yo sabía perfectamente cuándo Adrián estaba a punto de sacar algo importante. Había una manera concreta en que se pegaba a mi espalda en la oscuridad del dormitorio, como si necesitara el contacto físico para darse el último empujón, y aquella noche lo noté antes de que abriera la boca.
—Todavía quiero que lo hagamos —me dijo al oído, mientras su erección buscaba el espacio entre mis muslos—. El grupo. Sigo pensando en ello.
No me sorprendió. Llevaba semanas con aquel tema. Lo había intentado de todas las formas posibles: con sutileza al principio, después con más franqueza, y finalmente con esa insistencia amable que tenía él cuando algo se le metía en la cabeza y no encontraba la puerta de salida. Hacía casi un mes le había regalado un lubricante especial como concesión táctica, convencida de que aquello apaciguaría las aguas durante un tiempo. Me equivoqué por completo. Lo único que conseguí fue que la fantasía se instalara más profundamente, como una semilla a la que sin querer le había dado agua.
—Ya sabes todo lo que me genera aquello —respondí, pasando los dedos por su pelo, mientras notaba su polla dura restregándose contra mi culo por encima de las bragas—. Tengo más preguntas que ganas.
—¿Y si consigo resolver las dudas más importantes? —murmuró, y su mano bajó por mi vientre hasta colarse dentro del tanga, dos dedos buscándome directamente entre los labios ya húmedos.
—Si fueras capaz de eso... —dudé, y se me escapó un jadeo cuando encontró el clítoris y empezó a trazarme círculos lentos y precisos, como sabía hacerlo—. No lo sé todavía.
—Al menos no es un no —concluyó, con la voz de quien sabe que ha ganado terreno.
No. No era un no. Y los dos lo sabíamos perfectamente.
Me arrancó las bragas de un tirón y sentí cómo la punta de su polla se abría paso entre mis nalgas hasta encontrar mi coño empapado. Me penetró despacio, hundiéndose hasta el fondo de una sola embestida larga, y yo sentí cómo la resistencia que me quedaba se disolvía con la misma facilidad que el calor entre nuestros cuerpos. Era una táctica y él lo sabía. Aprovechar un instante de excitación plena para arrancar concesiones que en frío nunca hubiera obtenido. Lo detestaba en teoría. En la práctica, me encantaba dejarlo hacer.
—Dime que sí —susurró contra mi nuca, mientras me follaba de lado en la oscuridad, con una mano aferrada a mi teta y la otra apretándome la cadera para mantener el ritmo.
—Prepáralo todo y ya veremos —le concedí, arqueando la espalda para que su polla me llegara aún más adentro.
Se corrió pocos minutos después, con un gruñido apagado contra mi pelo, y yo noté cómo se derramaba dentro de mí, chorro tras chorro, mientras seguía embistiendo despacio para vaciarse del todo. Cuando salió, sentí el semen resbalando por la cara interna de mis muslos, y aquello me pareció, en ese instante, la firma involuntaria de un contrato que acababa de aceptar.
***
No tardó ni tres semanas. Un miércoles por la noche, mientras me daba un masaje en los pies y ponía en la televisión una película que eligió él por primera vez en meses, me anunció que había resuelto todo. Qué casualidad que la película fuera precisamente aquella de Kubrick sobre fiestas secretas y placeres ocultos detrás de una máscara.
—Creo que he atado todos los flecos —dijo sin apartar los ojos de la pantalla, con las manos trabajando el arco de mi pie derecho.
—Qué eficiente eres cuando quieres —respondí con el tono neutro que uso cuando finjo indiferencia y no la tengo.
—He contactado con un club de intercambio. Ese que vimos cuando veraneamos en la costa hace dos años. Ellos gestionan todo el proceso.
—Define «todo el proceso».
Habló de corrido, sin pausas, como si llevara días con el discurso ensayado. Les había explicado quiénes éramos y qué buscábamos exactamente. El club se encargaba de seleccionar a los participantes y de garantizar que el entorno fuera completamente seguro. Tenían un convenio con una clínica privada que exigía análisis completos doce horas antes de cada encuentro, para todos los implicados sin excepción. Nos reservarían una sala exclusiva. Para mí no habría ningún coste, incluidas las consumiciones. Él pagaría sus copas, y el resto de los hombres, la entrada al local.
Me quedé en silencio. El sonido de la película se convirtió en un zumbido de fondo sin sentido.
Cuando le había lanzado aquel reto semanas antes, lo hice convencida de que los obstáculos prácticos terminarían por enfriar su entusiasmo. La seguridad sanitaria, la logística, encontrar participantes adecuados: pensé que cualquiera de esos muros sería suficiente. Pero él los había derribado todos de un solo golpe. Lo que quedaba ahora era únicamente mío. La pregunta era si quería hacerlo realmente, o si quería querer hacerlo, que no es exactamente lo mismo.
Pero había algo más. Algo que no podía negarme a mí misma, aunque lo intentara: el morbo extraño que me producía verlo perder la cabeza por mí. Darle algo que nadie más en el mundo le daría jamás. Esa especie de poder peculiar que se siente cuando eres la razón de que alguien pierda completamente el control.
—Vale —dije.
Lo noté de inmediato: su polla creció bajo mis pies, que seguían apoyados en su regazo, bajo la manta. Se le escapó un suspiro que podría haber sido de alivio o de placer puro, y eso me dio ganas de hacerme la dura un poco más. Lo presioné con más fuerza, deliberadamente, con toda la intención, hasta sentir cómo la tela del pantalón se tensaba sobre esa dureza que ya no cabía en ningún sitio.
—Vale —repitió él, en voz baja, saboreando la palabra como si fuera la primera vez que la escuchaba en su vida.
—¿Y cuántos hombres se han apuntado? —pregunté, fingiendo una curiosidad más casual de la que sentía en ese momento, mientras le desabrochaba el pantalón con los pies y le liberaba la polla, que saltó hacia arriba, tiesa, con la punta ya brillante de líquido preseminal.
—Siete —dijo, y se le quebró la voz cuando envolví la base de su verga entre las plantas de mis pies y empecé a masturbarlo despacio—. Seríamos ocho en total, contándome a mí.
—Ocho —repetí, en un murmullo apenas audible.
Ocho.
El número me dio vueltas en la cabeza de una manera que no esperaba. Pensé en la única vez que habíamos hecho algo remotamente parecido: un trío con Bruno, un amigo suyo de hacía años, y yo apenas había podido mantener la concentración dividida entre los dos. Ocho era un orden de magnitud completamente diferente. Ocho era una sala llena. Ocho significaba no tener una dirección libre en ningún punto del espacio. Ocho pollas duras esperando su turno de metérmela.
Empujé aquellos pensamientos hacia un lado y me concentré en lo que tenía entre manos. Comencé a moverme sobre él con más firmeza, usando el calor y la presión de mis pies desnudos para llevarlo al límite de manera gradual. Me encantaba hacerlo así: sentir su dureza, las pequeñas contracciones que lo recorrían, la humedad que aparecía en la punta y que yo recogía con los dedos del pie para estirarla hasta que se rompía en hilos finos y brillantes. Lo sujeté con firmeza y lo guié con calma, apretándole los huevos con la otra planta, dejando que marcara el ritmo cuando lo necesitaba. Cuando ya no aguantaba más se incorporó de golpe, me agarró de los tobillos y se metió mi pie derecho a la boca, chupándome los dedos uno a uno mientras la otra mano seguía bombeando su polla contra mi empeine. Se corrió así, con un gemido ahogado y los ojos cerrados, escupiendo tres, cuatro chorros gruesos y calientes que me salpicaron el empeine, la pantorrilla y su propio muslo.
—¿Y cuándo sería? —pregunté en la penumbra, esperando a que su respiración volviera a la normalidad, mientras extendía distraídamente el semen por mi piel con la yema del dedo gordo.
—Este sábado.
—¿Cómo? ¿Este sábado? —No pude disimular la sorpresa.
—Podemos llegar al local sobre las once de la noche. La sala la tienen reservada para nosotros de medianoche a las dos.
—Dios —fue lo único que encontré.
—Tenemos hasta el viernes por la mañana para cancelar sin ningún compromiso. Piénsatelo. Necesito que estés completamente segura, porque si no lo estás, yo tampoco lo voy a disfrutar.
—No hace falta que lo piense. Iremos —respondí, con una firmeza que me sorprendió hasta a mí misma.
Lo dije con bastante más convicción de la que tenía en ese momento.
***
No estuve completamente segura de querer hacerlo ni siquiera cuando ya llevábamos veinte minutos dentro del local, a las once y veinte de la noche del sábado. El trayecto en coche lo hicimos en silencio casi total, con la radio de fondo escupiendo canciones que ninguno de los dos escuchaba. Adrián llevaba las manos apretadas en el volante y miraba la carretera con esa fijación excesiva que tiene cuando intenta aparentar que está tranquilo. Podría haber apostado a que él estaba más nervioso que yo.
Habíamos llegado con tiempo de sobra a propósito. Cenamos en un restaurante a dos calles del local: pan, una tabla de embutidos, algo de carne que no terminamos. Dos copas de vino cada uno para amortiguar lo que se sentía en el estómago. Hablamos de cosas completamente ajenas durante casi toda la cena: trabajo, una serie que teníamos a medias, el plan para el fin de semana siguiente. Como si aquella noche fuera cualquier otra. Supongo que era la única manera de llegar enteros hasta la entrada.
El local por dentro era más discreto de lo que esperaba. Nada de neones, nada de estética de película barata. Una barra de madera oscura, luz tenue, música baja que no estorbaba la conversación. Había otras personas distribuidas en distintos rincones, pero el ambiente era tranquilo, casi civil. Pedimos algo en la barra y esperamos.
Los siete hombres llegaron en grupos pequeños, en distintos momentos, según lo que Adrián había coordinado para que la presentación no fuera abrumadora de golpe. Nos fuimos agrupando de manera natural, ocupando taburetes y el espacio junto a la barra, y durante casi una hora mantuvimos conversaciones sobre nada demasiado importante: trabajo, viajes, el partido que ponían en una pantalla al fondo. Edades distintas, profesiones distintas. Lo único que compartían, además de la razón por la que estaban ahí, era que eran correctos. Que no me miraban como si fuera un objeto que alguien hubiera puesto sobre el mostrador. Que parecían tan nerviosos como yo, aunque ninguno lo dijera en voz alta.
Aquello me ayudó más de lo que hubiera imaginado.
En algún momento de esa hora me di cuenta de que había empezado a respirar con normalidad. Que los hombros se me habían bajado solos, que había reído de verdad con algún comentario de uno de ellos, que el nudo del estómago se había convertido en algo diferente. No exactamente calma. Algo más parecido a una resolución. A haber tomado por fin una decisión real desde dentro, y no solo haberla pronunciado en voz alta.
A medianoche, uno de los encargados del club se acercó con discreción y nos explicó el protocolo en voz baja. La sala ya estaba preparada. Me pedirían que entrara yo primera, que me pusiera cómoda a mi ritmo, y que cuando estuviera lista pulsara un interruptor junto a la puerta para avisar al resto.
Entré sola.
El cuarto era exactamente como me lo habían descrito: impecable, sin adornos innecesarios, con una iluminación cálida que no resultaba fría ni clínica. Había una superficie acolchada amplia en el centro de la habitación y cojines dispersos por el suelo. El silencio era completo. Me detuve en el centro y respiré hondo una vez, despacio, dejando que el aire me llenara los pulmones del todo antes de soltarlo.
Me desnudé sin prisa. Dejé caer la ropa pieza a pieza, procesando cada segundo como si necesitara ese tiempo para terminar de convencerme de algo que ya había decidido pero que todavía no terminaba de aterrizarme en el cuerpo. Me quedé únicamente con el tanga. Me recogí el pelo hacia atrás para despejarme la cara y el cuello. Coloqué un par de cojines en el suelo por si los necesitaba más adelante.
Me arrodillé un momento con los ojos cerrados. El silencio de la habitación tenía un peso propio, una densidad que se sentía contra la piel. Pensé en Adrián al otro lado de esa puerta, esperando, con esa gratitud que le cambiaba la cara cuando yo le daba algo que no esperaba recibir. Pensé en que me había dejado elegir a cada paso. En que en ningún momento me había presionado de verdad.
Pulsé el interruptor.
Al otro lado de la puerta había un vestidor con taquillas, así que cuando la puerta se abrió, los ocho hombres entraron directamente sin ropa. Adrián fue el último en cruzar el umbral. Me buscó con la mirada desde la entrada y yo se la sostuve, sin pestañear.
El espacio cambió en un segundo.
El aire se volvió más denso, más cargado, con ese olor a piel caliente que no tiene nombre concreto pero que el cuerpo reconoce antes de que el cerebro lo haya procesado siquiera. Ocho hombres cerraron el círculo a mi alrededor, bloqueando la luz de los costados, convirtiéndose en una presencia física que llenaba cada rincón del cuarto. El calor que irradiaban sus cuerpos llegó hasta mí como una ola que no tenía intención de retroceder. Y ocho pollas, en distintos estados de excitación, apuntándome desde todos los ángulos.
No me moví.
Miré a Adrián. Él me miró a mí. Y en sus ojos encontré algo que no había imaginado que encontraría: no era triunfo, ni deseo a secas, ni ninguna de las cosas que había anticipado durante semanas. Era gratitud. Una gratitud sin cálculo, completamente expuesta, sin disfraz alguno. Y eso, por alguna razón que no supe explicarme en ese momento, lo cambió todo dentro de mí.
Extendí la mano hacia él primero.
Adrián se acercó, se arrodilló frente a mí y me besó en la boca, largo y despacio, como si necesitara asegurarme una última vez que seguía siendo él antes de dejarme ir. Sentí sus manos bajarme el tanga por las caderas y yo levanté las rodillas para ayudarlo. Cuando me quedé completamente desnuda, el círculo se estrechó un paso más.
—Túmbate —me susurró al oído, y me tendió sobre la superficie acolchada con las manos suaves de quien conoce cada centímetro del cuerpo que está entregando.
Los otros siete se movieron sin necesidad de que nadie coordinara nada. Dos manos empezaron a acariciarme los pechos, otra encontró la cara interna de mi muslo, alguien me apartó el pelo de la cara. Un hombre mayor, de barba corta y ojos oscuros, se agachó y me tomó un pezón entre los labios, chupándolo despacio mientras otro le hacía lo mismo al otro pecho, y yo sentí las dos bocas trabajando a la vez con ritmos distintos y se me escapó el primer gemido honesto de la noche.
Adrián me abrió las piernas él mismo, con delicadeza, colocándome bien para que uno de los hombres se acomodara entre mis muslos. Fue un tipo delgado, de manos grandes, el que bajó primero la cabeza y me pasó la lengua entera por el coño, de abajo arriba, deteniéndose en el clítoris con una presión perfecta que me hizo arquear la espalda contra los cojines. Detrás de él ya había otro esperando turno.
—Abre la boca —dijo alguien encima de mí, y giré la cabeza para encontrarme una polla gruesa y morena a la altura de los labios.
La agarré por la base y me la metí entera, tan hondo como pude, notando cómo golpeaba la parte de atrás de mi garganta. Su dueño gimió alto y me sujetó el pelo con las dos manos, marcándome un ritmo lento al principio, más profundo con cada embestida. Al otro lado, otro hombre me acercó su verga a la mano libre y yo se la envolví con los dedos, empezando a masturbarlo al mismo tiempo que chupaba. Sentí una tercera contra mi otra mano y se la agarré también, mientras la lengua del tipo delgado seguía trabajándome el clítoris con una precisión que me estaba llevando al primer orgasmo mucho más rápido de lo que había previsto.
Me corrí así, con la boca llena, dos pollas en las manos, la lengua de un desconocido enterrada en el coño y los pezones mordisqueados por dos bocas distintas. Fue un orgasmo largo, sacudido, que me obligó a soltar la polla que tenía en la boca para gritar contra el hombro del hombre más cercano.
—Esa es mi chica —murmuró Adrián desde algún punto que no pude localizar, y aquello me disparó el segundo pico casi encima del primero.
No me dieron tiempo a bajar. El tipo delgado se apartó y otro ocupó su lugar de inmediato, uno más ancho de hombros, que se puso el preservativo con calma y me penetró de una sola embestida larga, hundiéndose hasta el fondo. Yo grité contra la polla que me había vuelto a llenar la boca, y él aprovechó el gemido para empujar más hondo. Los dos ritmos, arriba y abajo, empezaron a sincronizarse solos, con esa coordinación que no necesita palabras, y yo me convertí en el punto medio de una embestida continua que entraba por los dos extremos a la vez.
Las manos no dejaron de tocarme en ningún momento. Alguien me chupaba los dedos de los pies, alguien me pellizcaba los pezones ya sensibles, alguien pasaba las palmas por mi vientre y mis costados como si quisiera memorizarme entera. Adrián estaba sentado a un lado, con la polla dura en la mano, mirándome con los labios entreabiertos, sin masturbarse todavía, solo mirando, y cada vez que mis ojos se cruzaban con los suyos me apretaba el coño alrededor de la verga que me estaba follando.
El de hombros anchos se corrió dentro del preservativo con un rugido grave, sujetándome las caderas con las dos manos, y yo lo sentí latir dentro de mí antes de retirarse. Su lugar lo ocupó otro, y otro, y los turnos empezaron a mezclarse. Me pusieron a cuatro patas y uno se metió detrás mientras el que tenía delante me guiaba la boca hasta su polla, aferrándome el pelo, follándome la garganta con una lentitud metódica que me hacía babear sobre sus huevos. Otro se acostó boca arriba en el colchón y me hicieron subirme encima, cabalgándolo, mientras un tercero se acomodaba a mi espalda y me lamía el culo con la lengua estirada, preparándome sin prisa, entrando después con un dedo lubricado que me arrancó un gemido nuevo, más grave.
—Adrián —lo llamé, girando la cabeza.
Él se acercó al fin. Se arrodilló delante de mí y me ofreció su polla, esa que conocía de memoria, esa que llevaba años metida en mi vida, y yo lo miré a los ojos mientras me la metía en la boca por completo, chupándosela despacio, con toda la ternura y toda la guarrería que sabía sacarle. Él me acarició la mejilla con el pulgar y no apartó los ojos ni un segundo.
Me follaron por delante y por detrás al mismo tiempo, con las tres bocas ocupadas, dos manos apretando pollas nuevas, el clítoris frotado por un dedo desconocido. Perdí la cuenta de los orgasmos en algún punto entre el cuarto y el quinto. Perdí también la cuenta de cuántos se corrieron sobre mí, dentro de los preservativos, en mi vientre, en mis tetas, en mi cara. Un chorro caliente me cayó sobre los pezones y se deslizó por el esternón hasta el ombligo. Otro me salpicó la mejilla y los labios entreabiertos, y yo saqué la lengua a recogerlo por puro instinto.
Adrián fue el último. Cuando los demás ya se apartaban, él se colocó entre mis piernas abiertas, empapadas, y me penetró con la misma calma con la que me penetraba en casa, mirándome fijo, como si necesitara reclamarme de nuevo después de todo. Me folló despacio, hondo, aguantando lo suyo, y yo lo abracé con las piernas y le pedí al oído que se corriera dentro. Lo hizo con un jadeo largo contra mi cuello, vaciándose entero, y yo me corrí una última vez alrededor de su polla, mezclando su semen con el sudor y con los restos de los otros que todavía me resbalaban por la piel.
Cuando abrí los ojos, los siete hombres se habían apartado ya, dejándonos solos en el centro del colchón. Adrián seguía dentro de mí, apoyado en los codos, mirándome con esa misma gratitud descarada de antes, ahora convertida en algo más callado, más cansado, más nuestro.
Y el círculo, por fin, se abrió.