La noche que accedí a su fantasía más oscura
Llevábamos seis años juntos y yo sabía perfectamente cuándo Adrián estaba a punto de sacar algo importante. Había una manera concreta en que se pegaba a mi espalda en la oscuridad del dormitorio, como si necesitara el contacto físico para darse el último empujón, y aquella noche lo noté antes de que abriera la boca.
—Todavía quiero que lo hagamos —me dijo al oído, mientras su erección buscaba el espacio entre mis muslos—. El grupo. Sigo pensando en ello.
No me sorprendió. Llevaba semanas con aquel tema. Lo había intentado de todas las formas posibles: con sutileza al principio, después con más franqueza, y finalmente con esa insistencia amable que tenía él cuando algo se le metía en la cabeza y no encontraba la puerta de salida. Hacía casi un mes le había regalado un lubricante especial como concesión táctica, convencida de que aquello apaciguaría las aguas durante un tiempo. Me equivoqué por completo. Lo único que conseguí fue que la fantasía se instalara más profundamente, como una semilla a la que sin querer le había dado agua.
—Ya sabes todo lo que me genera aquello —respondí, pasando los dedos por su pelo—. Tengo más preguntas que ganas.
—¿Y si consigo resolver las dudas más importantes?
—Si fueras capaz de eso... —dudé—. No lo sé todavía.
—Al menos no es un no —concluyó, con la voz de quien sabe que ha ganado terreno.
No. No era un no. Y los dos lo sabíamos perfectamente.
Lo dijo justo en el momento en que me penetraba despacio, y yo sentí cómo la resistencia que me quedaba se disolvía con la misma facilidad que el calor entre nuestros cuerpos. Era una táctica y él lo sabía. Aprovechar un instante de excitación plena para arrancar concesiones que en frío nunca hubiera obtenido. Lo detestaba en teoría. En la práctica, me encantaba dejarlo hacer.
—Prepáralo todo y ya veremos —le concedí, justo cuando noté que se derramaba en mí.
***
No tardó ni tres semanas. Un miércoles por la noche, mientras me daba un masaje en los pies y ponía en la televisión una película que eligió él por primera vez en meses, me anunció que había resuelto todo. Qué casualidad que la película fuera precisamente aquella de Kubrick sobre fiestas secretas y placeres ocultos detrás de una máscara.
—Creo que he atado todos los flecos —dijo sin apartar los ojos de la pantalla, con las manos trabajando el arco de mi pie derecho.
—Qué eficiente eres cuando quieres —respondí con el tono neutro que uso cuando finjo indiferencia y no la tengo.
—He contactado con un club de intercambio. Ese que vimos cuando veraneamos en la costa hace dos años. Ellos gestionan todo el proceso.
—Define «todo el proceso».
Habló de corrido, sin pausas, como si llevara días con el discurso ensayado. Les había explicado quiénes éramos y qué buscábamos exactamente. El club se encargaba de seleccionar a los participantes y de garantizar que el entorno fuera completamente seguro. Tenían un convenio con una clínica privada que exigía análisis completos doce horas antes de cada encuentro, para todos los implicados sin excepción. Nos reservarían una sala exclusiva. Para mí no habría ningún coste, incluidas las consumiciones. Él pagaría sus copas, y el resto de los hombres, la entrada al local.
Me quedé en silencio. El sonido de la película se convirtió en un zumbido de fondo sin sentido.
Cuando le había lanzado aquel reto semanas antes, lo hice convencida de que los obstáculos prácticos terminarían por enfriar su entusiasmo. La seguridad sanitaria, la logística, encontrar participantes adecuados: pensé que cualquiera de esos muros sería suficiente. Pero él los había derribado todos de un solo golpe. Lo que quedaba ahora era únicamente mío. La pregunta era si quería hacerlo realmente, o si quería querer hacerlo, que no es exactamente lo mismo.
Pero había algo más. Algo que no podía negarme a mí misma, aunque lo intentara: el morbo extraño que me producía verlo perder la cabeza por mí. Darle algo que nadie más en el mundo le daría jamás. Esa especie de poder peculiar que se siente cuando eres la razón de que alguien pierda completamente el control.
—Vale —dije.
Lo noté de inmediato: su erección creció bajo mis pies, que seguían apoyados en su regazo, bajo la manta. Se le escapó un suspiro que podría haber sido de alivio o de placer puro, y eso me dio ganas de hacerme la dura un poco más. Lo presioné con más fuerza, deliberadamente, con toda la intención.
—Vale —repitió él, en voz baja, saboreando la palabra como si fuera la primera vez que la escuchaba en su vida.
—¿Y cuántos hombres se han apuntado? —pregunté, fingiendo una curiosidad más casual de la que sentía en ese momento, mientras comenzaba a deslizarme entre los pliegues de su ropa.
—Siete. Seríamos ocho en total, contándome a mí.
—Ocho —repetí, en un murmullo apenas audible.
Ocho.
El número me dio vueltas en la cabeza de una manera que no esperaba. Pensé en la única vez que habíamos hecho algo remotamente parecido: un trío con Bruno, un amigo suyo de hacía años, y yo apenas había podido mantener la concentración dividida entre los dos. Ocho era un orden de magnitud completamente diferente. Ocho era una sala llena. Ocho significaba no tener una dirección libre en ningún punto del espacio.
Empujé aquellos pensamientos hacia un lado y me concentré en lo que tenía entre manos. Comencé a moverme sobre él con más firmeza, usando el calor y la presión de mis pies desnudos para llevarlo al límite de manera gradual. Me encantaba hacerlo así: sentir su dureza, las pequeñas contracciones que lo recorrían, la humedad que aparecía en la punta y que yo recogía con los dedos para estirarla hasta que se rompía en hilos finos y brillantes. Lo sujeté con firmeza y lo guié con calma, dejando que marcara el ritmo cuando lo necesitaba, hasta que acabó, caliente, sobre mi empeine y su propia pierna.
—¿Y cuándo sería? —pregunté en la penumbra, esperando a que su respiración volviera a la normalidad.
—Este sábado.
—¿Cómo? ¿Este sábado? —No pude disimular la sorpresa.
—Podemos llegar al local sobre las once de la noche. La sala la tienen reservada para nosotros de medianoche a las dos.
—Dios —fue lo único que encontré.
—Tenemos hasta el viernes por la mañana para cancelar sin ningún compromiso. Piénsatelo. Necesito que estés completamente segura, porque si no lo estás, yo tampoco lo voy a disfrutar.
—No hace falta que lo piense. Iremos —respondí, con una firmeza que me sorprendió hasta a mí misma.
Lo dije con bastante más convicción de la que tenía en ese momento.
***
No estuve completamente segura de querer hacerlo ni siquiera cuando ya llevábamos veinte minutos dentro del local, a las once y veinte de la noche del sábado. El trayecto en coche lo hicimos en silencio casi total, con la radio de fondo escupiendo canciones que ninguno de los dos escuchaba. Adrián llevaba las manos apretadas en el volante y miraba la carretera con esa fijación excesiva que tiene cuando intenta aparentar que está tranquilo. Podría haber apostado a que él estaba más nervioso que yo.
Habíamos llegado con tiempo de sobra a propósito. Cenamos en un restaurante a dos calles del local: pan, una tabla de embutidos, algo de carne que no terminamos. Dos copas de vino cada uno para amortiguar lo que se sentía en el estómago. Hablamos de cosas completamente ajenas durante casi toda la cena: trabajo, una serie que teníamos a medias, el plan para el fin de semana siguiente. Como si aquella noche fuera cualquier otra. Supongo que era la única manera de llegar enteros hasta la entrada.
El local por dentro era más discreto de lo que esperaba. Nada de neones, nada de estética de película barata. Una barra de madera oscura, luz tenue, música baja que no estorbaba la conversación. Había otras personas distribuidas en distintos rincones, pero el ambiente era tranquilo, casi civil. Pedimos algo en la barra y esperamos.
Los siete hombres llegaron en grupos pequeños, en distintos momentos, según lo que Adrián había coordinado para que la presentación no fuera abrumadora de golpe. Nos fuimos agrupando de manera natural, ocupando taburetes y el espacio junto a la barra, y durante casi una hora mantuvimos conversaciones sobre nada demasiado importante: trabajo, viajes, el partido que ponían en una pantalla al fondo. Edades distintas, profesiones distintas. Lo único que compartían, además de la razón por la que estaban ahí, era que eran correctos. Que no me miraban como si fuera un objeto que alguien hubiera puesto sobre el mostrador. Que parecían tan nerviosos como yo, aunque ninguno lo dijera en voz alta.
Aquello me ayudó más de lo que hubiera imaginado.
En algún momento de esa hora me di cuenta de que había empezado a respirar con normalidad. Que los hombros se me habían bajado solos, que había reído de verdad con algún comentario de uno de ellos, que el nudo del estómago se había convertido en algo diferente. No exactamente calma. Algo más parecido a una resolución. A haber tomado por fin una decisión real desde dentro, y no solo haberla pronunciado en voz alta.
A medianoche, uno de los encargados del club se acercó con discreción y nos explicó el protocolo en voz baja. La sala ya estaba preparada. Me pedirían que entrara yo primera, que me pusiera cómoda a mi ritmo, y que cuando estuviera lista pulsara un interruptor junto a la puerta para avisar al resto.
Entré sola.
El cuarto era exactamente como me lo habían descrito: impecable, sin adornos innecesarios, con una iluminación cálida que no resultaba fría ni clínica. Había una superficie acolchada amplia en el centro de la habitación y cojines dispersos por el suelo. El silencio era completo. Me detuve en el centro y respiré hondo una vez, despacio, dejando que el aire me llenara los pulmones del todo antes de soltarlo.
Me desnudé sin prisa. Dejé caer la ropa pieza a pieza, procesando cada segundo como si necesitara ese tiempo para terminar de convencerme de algo que ya había decidido pero que todavía no terminaba de aterrizarme en el cuerpo. Me quedé únicamente con el tanga. Me recogí el pelo hacia atrás para despejarme la cara y el cuello. Coloqué un par de cojines en el suelo por si los necesitaba más adelante.
Me arrodillé un momento con los ojos cerrados. El silencio de la habitación tenía un peso propio, una densidad que se sentía contra la piel. Pensé en Adrián al otro lado de esa puerta, esperando, con esa gratitud que le cambiaba la cara cuando yo le daba algo que no esperaba recibir. Pensé en que me había dejado elegir a cada paso. En que en ningún momento me había presionado de verdad.
Pulsé el interruptor.
Al otro lado de la puerta había un vestidor con taquillas, así que cuando la puerta se abrió, los ocho hombres entraron directamente sin ropa. Adrián fue el último en cruzar el umbral. Me buscó con la mirada desde la entrada y yo se la sostuve, sin pestañear.
El espacio cambió en un segundo.
El aire se volvió más denso, más cargado, con ese olor a piel caliente que no tiene nombre concreto pero que el cuerpo reconoce antes de que el cerebro lo haya procesado siquiera. Ocho hombres cerraron el círculo a mi alrededor, bloqueando la luz de los costados, convirtiéndose en una presencia física que llenaba cada rincón del cuarto. El calor que irradiaban sus cuerpos llegó hasta mí como una ola que no tenía intención de retroceder.
No me moví.
Miré a Adrián. Él me miró a mí. Y en sus ojos encontré algo que no había imaginado que encontraría: no era triunfo, ni deseo a secas, ni ninguna de las cosas que había anticipado durante semanas. Era gratitud. Una gratitud sin cálculo, completamente expuesta, sin disfraz alguno. Y eso, por alguna razón que no supe explicarme en ese momento, lo cambió todo dentro de mí.
Extendí la mano hacia él primero.
Y el círculo comenzó a cerrarse.