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Relatos Ardientes

Mi vecina jugaba a ser perra en el patio

El verano en Hermosillo te empuja contra la pared. A las cuatro de la tarde el cemento todavía echa humo y nadie con dos dedos de frente sale al patio si no es para fumar. Yo estaba sin camiseta, apoyado en la barda baja que separa mi casa de la suya, con un cigarro a medias y la espalda mojada de sudor. Llevaba ahí veinte minutos, pensando en nada.

Entonces salió ella.

Lorena. La que en la cuadra todos llaman «la rara», entre risitas, porque pasea a sus perros tres veces al día y les habla en voces distintas. Vivía sola desde que el novio se fue a Tijuana y nunca regresó. Treinta y pocos. Pelo teñido de un rubio sucio que ya no era rubio. Una playera vieja y descolorida de Slayer que le llegaba a media nalga. Leggings rotos en las rodillas. Descalza.

Salió al jardín como si no me viera, aunque me había visto. Se puso en cuatro patas en el zacate, despacio, arqueando la espalda. Y entonces lo vi.

De la cintura del legging le salía algo. Una cola. Larga, esponjosa, de un color trigo quemado que casi hacía juego con el pelo de su cabeza. No era cola de disfraz pegada con cinta. Estaba sujeta a la base de un plug anal metido a fondo, y se balanceaba lenta cada vez que ella movía las caderas o avanzaba un paso a gatas.

Olvidé el cigarro entre los dedos. Se me quemó hasta el filtro y no me importó.

Me miró. No se sobresaltó, no se tapó. Se quedó quieta unos segundos, con el culo un poco más alto que la cabeza, y se pasó la lengua por los labios sin prisa.

—¿Qué onda, vecino? —dijo, con la voz más grave de lo que esperaba—. ¿Te gusta mi colita?

Tragué saliva.

—Se te… se te mueve sola —contesté, intentando no sonar ronco.

Se rio. La risa terminó en un gruñido bajo que le salió de la garganta, no de la boca.

—Tiene vida propia cuando estoy caliente. Llevo semanas oliéndote desde la ventana. Tu sudor cuando lavas el coche. El humo de tus cigarros. Cómo te tocas en el sillón cuando crees que la persiana está cerrada del todo. —Avanzó un paso a gatas. La cola se movió entre las nalgas como si el plug estuviera vivo—. Me pongo así de perra. Me meto esto y me arrastro por la casa imaginando que eres tú el que me lo está clavando por detrás.

Tiré el cigarro al cemento. No lo apagué con el pie.

—Salta la barda —dijo ella—. Ven a olerme bien de cerca. Te dejo que me huelas el coño antes de que me lo metas. Y a lo mejor te dejo que me jales la colita mientras me montas.

—¿Y si nos ven? —pregunté, aunque la pregunta era retórica.

—Que vean —gruñó—. Que sepan que tengo dueño. Salta, cabrón.

Salté. Aterricé mal, casi me tuerzo el tobillo, y para cuando levanté la cabeza ella ya estaba de espaldas a mí, con el legging bajado hasta los tobillos en un solo tirón seco. Sin ropa interior. La piel le brillaba de sudor en la curva de la cintura. El plug seguía ahí, hundido entre las nalgas, la cola esponjosa empezando a moverse con su respiración acelerada.

Me arrodillé en el zacate. El zacate quemaba. Le agarré las nalgas, separé, y olí.

El olor era fuerte. Animal, dulce y salado al mismo tiempo, mezclado con el aroma a silicona del juguete. Lamí una vez, despacio, de abajo hacia arriba, evitando el plug, recorriendo la línea entera del sexo.

Ella empujó la cadera contra mi cara y dejó escapar un sonido que era medio gemido y medio ladrido pequeño.

—Eso… méteme la lengua… quiero que te quede el sabor en la boca para que no se te olvide a quién perteneces…

Le metí la lengua hasta donde llegué. Estaba caliente, empapada, latiéndome alrededor. Empezó a moverse en círculos, montándose contra mi boca como si yo no fuera más que una herramienta entre sus muslos.

—Más arriba… el clítoris… chúpalo despacio primero… sí… así… joder… eres bueno… —Su voz iba subiendo y bajando, y de vez en cuando se le escapaba un sonido que no parecía humano del todo—. Mi coño ya está latiendo… mi colita ya quiere que la jales…

Me bajé el short. Estaba tan dura que dolía solo de rozarme contra el algodón. Apoyé la punta entre los labios hinchados.

—Despacio no —me cortó, mirando por encima del hombro. Tenía los ojos brillantes y la pupila ancha, como si estuviera en otro sitio—. Clávamela de un golpe. Quiero sentir que me abres como hembra en celo mientras la cola se mueve contigo dentro.

Empujé. Entré hasta el final. Ella aulló corto, ronco, y cerró los músculos internos alrededor de mí con una fuerza que no esperaba.

—Joder… —gruñó—. Móntame… móntame fuerte… soy tu perra con cola de juguete…

Empecé a embestirla sin tregua. Cada golpe sonaba contra sus nalgas con un chasquido seco que se mezclaba con el zumbido de las chicharras. La cola esponjosa me golpeaba el bajo vientre cada vez que entraba a fondo. Le pasé la mano por la cintura, busqué la base del plug y tiré un poco hacia afuera, lo suficiente para que ella sintiera el desplazamiento. Después lo empujé otra vez adentro.

—¡Tira de la cola! —ladró, levantando más la cadera—. ¡Jálala mientras me clavas! ¡Quiero sentirla moverse dentro de mí cada vez que me llenas!

Tiré. La embestí más fuerte. Ella jadeaba con un ritmo raro, entrecortado, casi como un perro después de correr. «Hjf… hjf… más profundo… márcame…»

—¿Qué quieres que haga cuando me venga? —le pregunté entre jadeos. Tenía el pecho ardiendo.

—Adentro —dijo, sin dudar—. Lléname. Y cuando te corras, mi coño se va a cerrar fuerte, te va a atrapar, vamos a quedarnos pegados. No te asustes, cabrón. Es así con la perra. Solo córrete y márcame.

La idea era una locura, pero me hizo perder el último pedazo de control que me quedaba. La embestí brutal, agarrando la base de la cola y tirando hacia arriba con cada penetración. Cada tirón la hacía arquear la espalda más y apretar los muslos. La sentía latir, contraerse, ordeñarme antes de tiempo.

—Me corro —gruñí.

—Hazlo… lléname… quiero sentir que te vacías dentro… quiero oler a ti toda la semana… ¡córrete dentro de tu perra con cola!

Tres embestidas más. Vi negro un segundo, literalmente. Me corrí en oleadas largas, sintiendo cómo ella se estremecía y se apretaba alrededor en pulsos que coincidían con los míos.

Y entonces pasó lo que ella había anticipado.

Algo se cerró en la base de mi verga. No fue un calambre, no fue una contracción cualquiera. Fue como si un anillo de músculo se hinchara desde dentro y me agarrara desde la entrada del sexo. No podía retirarme ni un centímetro. Estaba clavado a ella, culo contra culo, en el zacate, bajo el sol que ya empezaba a inclinarse.

—Lorena… —murmuré, intentando moverme.

Ella soltó una risa temblorosa, todavía jadeando.

—Es el nudo —dijo, casi orgullosa—. No te muevas. Se baja solo. Veinte minutos. Media hora. Disfrútalo. Mi colita sigue dentro y va a seguir dentro hasta que termine.

Intenté salir, suavecito. Solo conseguí que ella gimiera más alto y que sus paredes me apretaran con otra oleada. El sudor me corría por la frente, por la columna, hasta el suelo. La cola esponjosa estaba aplastada entre nuestros cuerpos, todavía húmeda de saliva mía. El plug seguía a fondo.

—Está cabrón… —dije, más para mí mismo.

—Está rico —susurró ella, dejando caer la cabeza hacia adelante—. Te tengo. Te tengo dentro. Mi coño no te suelta hasta que esté satisfecho del todo.

Pasaron diez minutos. Quince. Veinte. Las rodillas se me quemaban contra el zacate seco. Tenía las manos plantadas a los lados de sus caderas, las palmas resbalando de sudor. Ella tuvo dos pequeños orgasmos de réplica, sin que yo me moviera, solo respirando.

Y entonces salió la señora Quintero al patio de enfrente, con la manguera en la mano.

***

La señora Quintero tenía como sesenta y cinco, peinado de salón cada miércoles, y un sentido del decoro que llegaba antes que ella a cualquier sitio. Tardó tres segundos en procesar lo que estaba viendo, y otros tres en decidir qué hacer con esa información.

—¡Pero qué barbaridad! —chilló, con la voz tan aguda que algún perro respondió desde dos casas más allá—. ¡En el jardín como animales! ¡Voy a quemarlos vivos!

Y abrió la llave del agua hasta el tope. La manguera estaba conectada al grifo del calentador exterior, el que se usa para lavar trastes en las carnes asadas. Salió un chorro de agua hirviendo, en pleno arco, directo hacia nosotros.

Lorena aulló de verdad, esta vez de sorpresa y de ardor. Yo intenté pegar un brinco que no podía dar. El golpe de agua, el grito y el susto le aflojaron de golpe el nudo. Salí con un sonido húmedo y ridículo que en otra circunstancia me habría dado risa. Semen y fluidos suyos me chorrearon por los muslos. El plug se quedó dentro un segundo más antes de que ella se moviera y lo dejara caer al zacate con un golpe sordo.

La señora Quintero seguía gritando.

—¡Voy a llamar a la policía! ¡Cochinos! ¡Descarados! ¡Esta cuadra se ha vuelto un burdel!

Lorena se levantó a medias. Se subió los leggings de un tirón. Tenía la cola del pelo deshecha, el cuerpo brillando de sudor y agua caliente, marcas rojas en el cuello donde le había clavado los dientes sin darme cuenta. Me miró con los ojos todavía brillantes.

—Mañana —dijo, en voz baja, mientras la vieja seguía aullando desde su barda—. En mi casa. Puerta cerrada. Pero quiero que esto sea distinto. Sobre la mesa de la cocina. Atada con la correa. Que me muerdas el cuello hasta dejarme la marca. Y un plug más grande que este. Con la cola más esponjosa.

—¿Y el nudo? —pregunté.

—El nudo va a durar más —dijo, y se relamió otra vez—. Toda la tarde, si tú aguantas.

Me limpié la cara con el antebrazo. La verga seguía medio dura, todavía goteando, brillando bajo el sol.

—Ahí estaré —le dije.

Salté la barda de vuelta. Aterricé en mi propio patio justo cuando la señora Quintero me señalaba con el dedo y juraba por todos sus muertos que iba a hablar con mi madre, con el cura y con el comisario, en ese orden.

Entré en mi casa, cerré la puerta y me apoyé contra ella unos segundos. El corazón me latía en la garganta. Las rodillas todavía me ardían. Olía a Lorena de la cintura para abajo, a sudor y a algo más profundo y más sucio que no sabía nombrar. Me dejé caer en el suelo del recibidor, con la espalda contra la madera, y me reí solo. Me reí fuerte y feo, como ella se había reído antes.

Nunca en mi vida había sentido nada así. Nada tan animal, tan absurdo, tan ridículamente real. Y ya estaba contando las horas para volver a saltar la barda.

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Comentarios (9)

Mauri_Cba

Tremendo!!! Desde el primer parrafo ya no pude parar de leer. Brillante.

NocheFelina

Esto si que es diferente, no es el tipico relato de siempre. Me sorprendio gratamente. Segunda parte por favor!!!

ElectoMorales

Me dejo con ganas de mas, termino muy rapido para la tension que habia acumulado jaja. Igual muy bueno

Anahi77

Que manera de escribir, se nota que dominas el tema. Sigo esperando mas relatos!

Damian_BsAs

Nunca lei nada de esta categoria y me anime por el titulo... no me arrepiento para nada jaja

Caro_2304

increible!!!

lecturaNocturna

Bien escrito, con suspenso y sin ser burdo. Eso se agradece, hay relatos que exageran y pierden la gracia. Este tiene equilibrio.

SantiagoRD

La descripcion inicial me engancho de inmediato. Muy visual, te imaginas la escena perfectamente.

MiriamV09

jajaja el titulo me llamo la atencion, no mentia para nada. Muy entretenido!!

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