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Relatos Ardientes

Caminé todo el día por Praga con su marca en los pies

Amanecer en Praga. El cuarto del hotel guardaba ese calor espeso de dos cuerpos que duermen juntos varias horas, y la luz se filtraba por los bordes de las cortinas con esa timidez característica de octubre. Marcos dormía boca arriba con un brazo sobre los ojos. Yo me quedé un momento mirándolo antes de levantarme.

Bajamos a desayunar al comedor del hotel sin darnos prisa. Había medialunas, frutas, café recién hecho y una vista al adoquinado húmedo de la calle. Nos sentamos uno frente al otro en una mesa junto a la ventana y hablamos de nada: de un sueño que él había tenido, de si queríamos ir al barrio judío o cruzar el puente ese día. Robamos un par de besos entre sorbo y sorbo. Era uno de esos momentos donde todo se siente lento y nuestro.

Subimos de vuelta a la habitación y acordamos ducharnos por separado para salir más rápido. Él entró primero al baño. Yo me quedé sentada en la cama un rato, después me saqué los zapatos y me tiré boca abajo sobre el edredón, buscando el teléfono en la mesita de noche. Me puse los auriculares, abrí una playlist que había armado antes del viaje y me quedé ahí, apoyada en los codos, con el celular frente a mis ojos. Mis pies quedaron en el aire detrás de mí, cruzándose de vez en cuando sin que yo les prestara atención.

Escuché que la ducha se cerraba. Después silencio por un momento. Después la puerta del baño.

Levanté los ojos del teléfono y lo vi parado en el umbral: completamente desnudo, todavía mojado, con el pelo pegado a la frente y pequeñas gotas resbalando por el pecho. Nos miramos. Me saqué un auricular.

—Se te olvidó la toalla —le dije, intentando no reírme.

Él no contestó de inmediato. Tenía los ojos fijos en mis pies, que seguían balanceándose despacito en el aire. Vi cómo empezaba a excitarse. No fue sutil ni pretendió serlo.

—Acercate —le dije.

Se acercó al borde de la cama sin decir nada. Yo me di vuelta un poco, lo tomé de las caderas y lo metí en mi boca. Estaba apenas semiduro todavía, pero fue cosa de segundos. Lo saboreé despacio, sintiendo cómo se endurecía mientras le pasaba la lengua por debajo, mirándolo desde abajo. Él respiraba cada vez más agitado, con una mano apoyada sobre mi nuca.

—Sofía —dijo con voz baja—. Quiero acabar en tus pies.

Lo miré un segundo, con él todavía en la boca. Después lo saqué, me senté en la cama y junté las plantas de los pies, ofreciéndoselas. Quedaron ahí entre nosotros: rosadas, limpias, con el esmalte negro de las uñas recién pintado.

—Hacé lo que quieras —le dije.

Se tomó de sí mismo con una mano y empezó a moverse rápido, con los ojos fijos en mis pies. En pocos minutos soltó un gemido contenido y vinieron varios chorros espesos que cayeron sobre mis dedos, sobre las plantas, en los espacios entre cada dedo. Quedó brillante y caliente, blanco sobre la piel rosada. Él se quedó quieto un momento mirándolos, con la respiración todavía agitada.

Los miré también. Después lo miré a él.

—No me los voy a limpiar —dije—. Quiero salir así.

Él abrió un poco la boca, pero no dijo nada. Solo asintió despacio, con una sonrisa que era a partes iguales sorpresa y deseo.

Me puse unas medias gruesas y las zapatillas de caminar. Al deslizar el pie dentro del zapato sentí cómo todo se acomodaba contra la piel: la humedad tibia pegándose entre los dedos, moviéndose hacia las plantas con cada paso.

***

Praga en octubre tiene ese frío limpio que se mete por el cuello del abrigo. Salimos del hotel de la mano, mezclándonos con los grupos de turistas que ya recorrían las calles del centro viejo. Fuimos sin rumbo fijo: el barrio de Malá Strana, los callejones cerca del castillo, la bajada empedrada hacia el río. Él señalaba fachadas, leía carteles en checo que ninguno de los dos entendíamos. Yo caminaba a su lado y sentía mis pies.

Al principio lo sentía con claridad. La leche de Marcos todavía húmeda contra la piel, tibia dentro del zapato, moviéndose levemente con cada paso. Era una sensación extraña, pero no desagradable. Todo lo contrario: cada vez que pisaba, pensaba en lo que llevaba encima, en el hecho de que nadie en esa multitud tenía la menor idea. Me excitaba la discrepancia entre lo que todos veían y lo que yo sabía.

Cruzamos el Puente de Carlos a media mañana. El viento del río era más frío ahí, entraba por debajo de los abrigos y te obligaba a arrimarte a quien tenías al lado. Me paré un momento junto a la baranda, mirando el agua oscura del Vltava correr debajo de nosotros. Marcos se puso detrás de mí y me rodeó con los brazos.

—¿Cómo estás? —me preguntó al oído.

—Bien —dije—. Muy bien.

Con el paso de las horas, la sensación fue cambiando. La humedad desapareció, y en su lugar quedó algo diferente: una película seca y tensa sobre la piel que crujía apenas al doblar los dedos. Ya no era húmedo sino firme, casi imperceptible para alguien que no supiera lo que era. Pero yo lo sentía en cada paso. Era un recordatorio constante, invisible para todos menos para mí.

Estoy caminando por Praga con su leche seca en los pies.

La idea me cayó de golpe frente a la vidriera de una joyería. Me produjo una ola de calor que no esperaba, y me mordí el labio sin querer. A mi lado, Marcos miraba hacia otro lado sin notar nada. Me pregunté si él también lo pensaba, si cargaba eso en la cabeza mientras recorríamos puentes y plazas. La certeza de que sí lo hacía me mojó más que cualquier otra cosa.

***

Cerca del mediodía paramos en un café pequeño frente a la plaza del Reloj Astronómico. Adentro hacía calor, olía a café tostado y madera mojada. Pedimos dos cafés con leche y un trozo de pastel de queso que el mozo recomendó con orgullo. Nos sentamos junto a la ventana, con vista a los grupos de turistas esperando que el reloj diera la hora.

Marcos esperó a que el mozo se alejara. Entonces se inclinó levemente sobre la mesa y me preguntó en voz muy baja, casi al oído:

—¿Todavía lo tenés en los pies?

Sentí el calor subiéndome al cuello y a las mejillas de inmediato. Miré hacia la plaza, al bullicio de afuera, a cualquier cosa menos a él. No pude contestar con palabras. Solo asentí, una vez, sin mirarlo. Marcos soltó una risa suave y me tomó la mano por encima de la mesa, pasándome el pulgar por el dorso sin dejar de sonreír.

Nos terminamos el café sin prisa. La electricidad entre nosotros era completamente invisible para el resto del local, pero yo la sentía en cada pequeño punto de contacto: su mano sobre la mía, el calor de su mirada cada vez que yo miraba para otro lado.

***

Antes de volver al hotel pasamos por una calle angosta cerca del río donde había un local discreto con iluminación rosada en la vidriera. Nos miramos sin decir nada, y entramos.

Una mujer joven nos atendió sin hacernos sentir raros. Le preguntamos y nos recomendó un lubricante anal de una marca alemana, buena calidad según dijo, especialmente formulado para uso prolongado. Lo compramos envuelto en una bolsa lisa de papel madera.

El camino de vuelta fue tranquilo. La tarde había aflojado un poco el frío. Marcos llevaba la bolsa y yo caminaba a su lado con ese secreto doble: el que se había ido secando en mis pies desde la mañana, y el que llevábamos envuelto en papel para esa noche. Una promesa que el cuerpo recuerda aunque la mente distraiga con otras cosas.

***

Cerramos la puerta de la habitación y no encendimos la luz principal. Bastaba con la lamparita de la mesita de noche.

Me tiré encima de él en cuanto se sentó en el borde de la cama, lo besé con hambre y empecé a bajarle la camisa. Él me sacó los zapatos y las medias. Por un momento los dos nos quedamos mirando mis pies: la piel donde había estado su leche esa mañana, ya completamente seca, sin rastro visible. Él los agarró con ambas manos, se los llevó a los labios y los besó, uno por uno, cada dedo, cada parte de la planta.

Después me tendió sobre el colchón y me sacó el resto de la ropa.

Lo que vino después fue lento. Él bajó por mi cuerpo sin ningún apuro, y cuando llegó, me lamió despacio, con concentración, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me fui tensando de a poco, sin querer llegar todavía, queriendo quedarme en ese borde el mayor tiempo posible. La habitación olía a nosotros de nuevo, como esa mañana, pero más denso.

—No pares —le dije en algún momento, con la voz diferente.

No paró.

Cuando me corrí lo hice apretándole la cabeza con las rodillas, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar. El placer fue limpio y total, sin intermediarios, y me dejó unos segundos sin poder pensar en nada. Solo sentía el pulso en todo el cuerpo y la presión de sus manos sosteniéndome los muslos.

Él se incorporó. Nos miramos en la penumbra.

—Ponete el forro —dije.

Entró despacito. Lo sentí abrirse paso, llenarme de a poco, sin que ninguna parte de esa sensación se perdiera. Empujó con ritmo constante, mirándome a los ojos, apoyado sobre los antebrazos a los costados de mi cabeza. Me besó el cuello, la clavícula, el borde de la mandíbula. Yo lo sostenía con las piernas, guiando el ritmo sin decir nada, comunicándonos de esa manera que no necesita palabras después de mucho tiempo juntos.

Hubo un punto en que la sensación se volvió demasiado. Un punto que conozco bien: cuando el placer pasa de delicioso a casi insoportable.

—Pará —le dije—. Sacala... estoy demasiado sensible.

Salió despacio. Se sacó el preservativo y se acercó a mi cara. Abrí la boca. Lo tomé entre los labios y lo trabajé unos minutos más, sintiendo las contracciones recorrerle el cuerpo antes de que acabara. Varios chorros calientes me cayeron en la mejilla, en los labios, en el mentón. Me quedé quieta un momento, con los ojos cerrados, sintiendo el peso de eso.

—Sos perfecta —dijo con voz ronca.

Me reí sola, limpiándome con el dorso de la mano.

***

Nos duchamos juntos. El agua caliente deshizo el último resto de cansancio del día. Él me lavó el pelo, yo le jabonné los hombros. Levanté un pie y lo puse bajo el chorro, viendo cómo el agua se llevaba lo que quedaba de esa mañana. La piel quedó limpia, sin rastro. Pero la sensación del día entero siguió ahí, almacenada en algún lugar del cuerpo al que el agua no llega.

Nos metimos en la cama abrazados. Afuera, Praga seguía con su ruido suave de ciudad europea de noche: algún tranvía, voces lejanas, el viento contra la ventana. Él tenía una mano en mi cadera y yo tenía la cara apoyada contra su pecho.

—Mañana quiero que uses el lubricante que compramos —dije bajito.

Él tardó un segundo.

—¿Estás segura?

—Sí —dije—. Quiero sentirte ahí también.

Me apretó más fuerte contra su cuerpo. Yo cerré los ojos.

Afuera, la ciudad no sabía nada de nosotros.

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Comentarios (9)

NocturnoLector

increible. ese silencio inicial lo dice todo sin decir nada. muy raro ver eso bien escrito

Ciro_BA

Por favor una segunda parte!! quede con muchisimas ganas de saber como siguio el dia

curiosa87

Me encanto como esta narrado. Se siente intimidad real, no es facil transmitir eso y aca se logra perfectamente

JuanCruz88

tremendo!!! me mato el final jaja

Rosario_BA

Me recordo a un viaje con mi ex, esas complicidades sin palabras son lo mejor que existe. Muy lindo relato, gracias

GERMAN

excelente!!! seguí subiendo relatos

laurita_mx

El detalle de Praga le da algo casi cinematografico. Y ese umbral del baño... uff. Muy bueno.

elena_lectora

Lo lei de noche y fue la mejor decision jaja. Espero que haya mas como este

Ramiro27

se hizo corto, queremos mas!!

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