La chica del 314 me dejó claro quién mandaba esa noche
Mateo llevaba apenas cuatro noches durmiendo en la residencia y ya se sentía como un intruso en su propia vida. Alto, delgado, con el flequillo cayéndole sobre los ojos y una voz que nunca pasaba del murmullo, intentaba moverse por los pasillos sin estorbar a nadie. Las chicas de la planta le parecían criaturas de otro planeta: ruidosas, seguras de sí mismas, con risas que rebotaban contra las paredes como si el edificio entero fuera de su propiedad.
Vera no era la más escandalosa del grupo, pero sí la que más le imponía. Llevaba el pelo corto teñido de un rojo oscuro, casi granate, y un piercing diminuto en el ala izquierda de la nariz. Camisetas siempre ajustadas, vaqueros caídos y unos ojos que parecían estar evaluando a quien tuviera enfrente. Cuando sonreía, no era una sonrisa amable: era una sonrisa que prometía problemas interesantes.
Se cruzaron por primera vez en la cocina común. Él intentaba hervir agua sin hacer demasiado ruido. Ella entró descalza, con unos pantaloncitos de deporte y una botella de plástico medio vacía colgándole de la mano.
—¿Tú eres el nuevo de la 314, no? —preguntó sin presentarse.
Mateo asintió sin levantar la vista del hervidor, como si el aparato fuera la cosa más fascinante del universo.
—Te vi ayer en el pasillo. Caminas como si pidieras permiso para existir.
Él se puso rojo hasta las orejas. No supo qué contestar.
Vera se acercó un paso más, apoyó una cadera contra la encimera y ladeó la cabeza, divertida.
—Me caes bien —decidió—. Eres comestiblemente tímido.
Mateo casi dejó caer la taza.
Durante los días siguientes, ella empezó a aparecer «por casualidad» en los mismos sitios que él: el pasillo a las once de la noche, la salita de estudio del segundo piso, la máquina de café del tercero. Cada vez dejaba caer un comentario directo, una pullita suave pero precisa que lo hacía sonrojarse y, al mismo tiempo, sentirse visto de una forma que nadie había hecho antes.
La cuarta noche que coincidieron solos en el pasillo, ella se acercó más de lo necesario para pasar a su lado.
—¿Vienes un rato a mi cuarto? —susurró—. Mis compañeras de piso están viendo una peli horrible. Podemos charlar.
A Mateo le temblaron las manos al abrir la puerta de su propia habitación para dejar la sudadera. Diez minutos después estaba sentado en la cama deshecha de Vera, con el corazón golpeándole las costillas como si quisiera escapar.
Ella cerró la puerta empujándola con el pie, se quedó de pie frente a él y se quitó la camiseta por la cabeza con un movimiento lento, casi teatral. Llevaba un sujetador negro sencillo. Nada de encaje caro. Pero en ella todo parecía caro.
—¿Te pongo nervioso? —preguntó mientras se sentaba a horcajadas sobre sus muslos.
—Un poco… mucho —admitió él en un hilo de voz.
Vera sonrió de esa forma suya, esa media sonrisa que era mitad ternura y mitad depredación.
—Bien. Me gusta cuando tiemblas.
Lo besó despacio, explorando, dejando que él se fuera soltando sin presión. Las manos de Mateo subían y bajaban por su espalda como si pidieran permiso en cada centímetro de piel. Ella le mordió el labio inferior con la presión justa, la suficiente para arrancarle un gemido pequeño, casi un suspiro.
Y entonces se separó un poco, lo miró a los ojos y dijo con una calma que no presagiaba nada bueno.
—Quítate los pantalones.
Él obedeció torpemente, con las mejillas ardiendo. Se quedó en bóxers, sentado al borde de la cama, con las piernas ligeramente abiertas por puro nerviosismo.
Vera se puso de pie frente a él. Lo observó como si estuviera decidiendo qué parte iba a probar primero.
—Voy a hacer algo que igual te va a doler un poquito —murmuró—. Pero también te va a gustar. ¿Confías en mí?
Mateo tragó saliva. Asintió, aunque tenía el estómago hecho un nudo.
Ella se agachó hasta quedar a la altura de sus ojos.
—Di «sí, Vera».
—S-sí, Vera.
—Buen chico.
Se incorporó otra vez. Dio un paso atrás. Y entonces, sin previo aviso, levantó la pierna derecha con una precisión casi gimnástica y le propinó una patada seca, directa, en pleno centro de los testículos.
El impacto fue perfecto: ni demasiado fuerte como para dejarlo retorcido en el suelo, ni demasiado suave como para que pasara desapercibido. Lo justo para que el aire se le escapara de los pulmones en un gemido agudo y roto.
Mateo se dobló hacia delante. Las manos volaron por instinto hasta la entrepierna. Los ojos se le llenaron de lágrimas de golpe, sin transición. Vera no se inmutó. Se limitó a mirarlo con esa calma perturbadora que tenía cuando todo iba según su plan.
—Shhh… respira por la nariz. Despacito.
Justo en ese momento se abrió la puerta.
***
Tres chicas entraron riéndose entre dientes. Una llevaba el móvil en alto, claramente grabando. Otra se tapaba la boca como si intentara no estallar en carcajadas. La tercera, la más alta, simplemente cruzó los brazos y dijo:
—Hostia, Vera, qué precisión, tía.
Mateo intentó taparse, hacerse pequeño, desaparecer entre las sábanas. Pero Vera le sujetó las muñecas con una suavidad que no admitía discusión y se las apartó hacia los lados, exponiéndolo otra vez.
—No te tapes, cariño. Que te vean bien.
Las tres se acercaron rodeando la cama como si fuera un escenario. La rubia, Paula, se arrodilló a un lado. La morena del móvil, Aitana, se colocó justo enfrente. Y Bea, la más alta, se quedó de pie al otro lado, supervisándolo todo con los brazos cruzados.
Vera miró a sus amigas y dijo con voz tranquila, casi didáctica:
—Quitadle los bóxers. Quiero que vean exactamente a lo que le he dado.
Mateo soltó un «no, por favor» muy bajito, casi inaudible. Nadie le hizo caso. Paula y Bea le agarraron cada una un lado de la cintura del bóxer y tiraron hacia abajo en un solo movimiento coordinado, como si lo hubieran ensayado. La tela se deslizó por sus muslos y se le quedó atascada en los tobillos.
Sus testículos quedaron completamente expuestos: enrojecidos todavía por el golpe, ligeramente hinchados, colgando pesados y vulnerables entre sus piernas abiertas por el nerviosismo. Aitana acercó el móvil a escasos centímetros.
—Mira qué monada… están perfectos para fotos.
Vera se inclinó y, con dos dedos, le levantó suavemente la bolsa para que quedara más a la vista de la cámara.
—Sonreíd, chicas. Vamos a inmortalizar esto.
Las tres sacaron sus móviles. Empezaron a saltar flashes suaves. Clic, clic, clic. Ángulos distintos: desde arriba, de lado, acercando la cámara hasta que el objetivo casi rozaba la piel sensible. Mateo cerró los ojos con fuerza. Las mejillas le ardían y el cuerpo entero le temblaba de pura vergüenza.
Paula fue la primera en tocar. Pasó las uñas pintadas de rojo por la piel arrugada, muy despacio, trazando círculos perezosos alrededor de uno de los testículos.
—Mira cómo se contraen… qué sensibles —murmuró.
Bea se unió al juego. Con la palma abierta, le dio unos golpecitos suaves, casi juguetones, pero cada impacto hacía que Mateo soltara un gemido ahogado.
—Uy, se está poniendo duro —dijo Aitana entre risas, enfocando con el móvil—. Mirad esto.
Y era verdad. A pesar del dolor todavía latiendo en oleadas, o quizás precisamente por la humillación absoluta de estar desnudo frente a cuatro chicas, su polla había empezado a endurecerse. Primero un movimiento leve, casi imperceptible. Luego más evidente. Se irguió despacio, palpitando, con la punta ya brillante por una gota de líquido transparente. Las chicas estallaron en risitas contenidas.
—¡Mira esto! —exclamó Paula—. Le encanta que lo humillen delante de todas.
Vera sonrió, satisfecha, y se inclinó hacia él para susurrarle al oído.
—¿Ves? Tu cuerpo no miente, pequeño. Te pone cachondo que te miren así, expuesto y dolorido al mismo tiempo.
Aitana siguió grabando mientras Bea le daba otro golpecito, esta vez un poco más firme. La erección saltó visiblemente con cada toque. Mateo soltó un gemido largo, mezcla de vergüenza y placer retorcido, y una gota clara resbaló desde la punta hasta caer sobre su abdomen.
Las fotos siguieron unos segundos más: primeros planos de los testículos rojos, de la polla erecta goteando, de su cara empapada en lágrimas y rubor. Vera, finalmente, levantó una mano.
—Vale, suficiente por ahora. Dejadlo respirar.
Las chicas se apartaron un poco, todavía riendo y comentando entre ellas como si acabaran de ver un truco de magia. Vera se inclinó hacia él y le acarició el pelo con una ternura que contrastaba con todo lo anterior.
—¿Ves? —le susurró—. Te dije que te iba a doler. Y también te dije que te iba a gustar.
Y entonces, muy despacio, le dio un segundo golpe. Esta vez con la parte superior del pie, en un movimiento más suave pero igual de calculado. Mateo soltó otro gemido largo, casi un sollozo, y se dejó caer hacia atrás sobre la cama, temblando entero.
Las chicas aplaudieron flojito, como si fuera el final de un número bien ejecutado.
Vera se sentó a su lado, le pasó los dedos por el pelo sudoroso y le habló con esa voz dulce que contrastaba tanto con lo que acababa de hacer.
—Ahora ya saben todas lo que te gusta, pequeño. Y yo ya sé que no vas a poder olvidarte de esto nunca.
Le dio un beso suave en la frente, justo donde las lágrimas habían dejado un rastro brillante.
—Y lo mejor —susurró— es que esto solo ha sido el calentamiento.
Afuera, en el pasillo, todavía se oían risitas ahogadas y algún comentario subido de tono que se filtraba por debajo de la puerta. Mateo, hecho un ovillo en la cama, con el corazón latiéndole en la garganta y un dolor sordo y caliente entre las piernas, entendió dos cosas al mismo tiempo.
Que estaba perdido.
Y que no quería estar en ningún otro sitio.