Me pusieron de rodillas en el parque
Clara era de esas mujeres que lo saben desde los quince años. Que cuando cruzan una puerta, algo cambia. El aire se tensiona. Las conversaciones se frenan medio segundo antes de continuar. Los ojos se desvían sin que nadie lo ordene.
A los treinta y ocho, rubia, con un metro setenta y un cuerpo que mantenía con dos entrenamientos semanales y mucha disciplina en la mesa, Clara había convertido esa conciencia en una especie de arte.
Sacaba a Lola, su border collie, al parque del barrio a las ocho y diez todas las mañanas. El horario era deliberado. A esa hora llegaban los padres con los chicos al colegio de la vereda de enfrente. Los hombres de traje, apurados, con café en la mano. Las madres en grupo, con los nenes colgando de una mano y el teléfono en la otra.
Clara cruzaba el parque y los maridos la miraban. Ella lo sabía y no hacía nada por evitarlo. Más bien lo contrario.
Había empezado con poco: una sonrisa específica, reservada solo para ellos. Después el ritmo al caminar. Después, en los últimos meses, algo más directo. Agacharse a atender a Lola justo cuando uno de ellos pasaba cerca, sabiendo que el escote del top se le abría y le dejaba ver las tetas hasta los pezones. Preguntarle a Marcos —el del saco azul, el de la nena de tercer año— si sabía cuándo abría el kiosco nuevo, y hacerlo de costado, con la cara muy cerca, apoyándole la teta contra el brazo como sin querer, sabiendo exactamente cómo se le marcaba la verga contra el pantalón.
Las esposas lo notaban. Claro que lo notaban.
Las primeras semanas fueron miradas. Después comentarios en voz baja que no llegaban a ser insultos. Después Verónica, la del pelo castaño y los ojos siempre cansados, le dijo algo en voz alta una mañana mientras sus maridos estaban al lado. Clara la miró, sonrió, y siguió caminando meneando el culo un poco más de lo necesario.
No debió haber hecho eso.
***
El jueves siguiente salió a las ocho y diez como siempre. Lola tiraba de la correa con entusiasmo. El cielo estaba blanco, nublado, con ese calor húmedo que promete tormenta sin terminar de cumplirla.
Llegó a la zona de las mesas de cemento, donde paraba siempre a revisar los mensajes del teléfono, y fue entonces cuando sintió la mano.
No fue violento. Fue preciso. Una mano en la nuca, firme, que la agarró justo antes de que pudiera reaccionar.
—Lola está bien —dijo una voz femenina detrás de ella—. La tiene una de nosotras.
Intentó girar y la sujetaron mejor.
—No te conviene gritar —dijo la misma voz—. Hay mucha gente en el parque.
Tenía razón. Había una madre empujando un cochecito a veinte metros. Un jubilado haciendo elongación en los aparatos. Una chica corriendo con auriculares.
—¿Qué quieren? —dijo Clara. La voz le salió controlada aunque le temblaba algo muy adentro.
Nadie respondió. En cambio, alguien le pasó algo sobre la boca y la ató a su cabeza: una mordaza de goma, ancha, que la obligaba a mantener la boca entreabierta y le bloqueaba el habla. No podía gritar. Apenas podía emitir sonidos.
La llevaron hacia el interior del parque, detrás de los arbustos que bordeaban la fuente vieja. Había cuatro mujeres. Clara las reconoció a todas: Verónica, la del pelo castaño. Daniela, la más alta, la que siempre tenía a los mellizos colgados encima. Paula, que nunca hablaba mucho pero siempre miraba. Y una cuarta que no conocía, más joven, con una mochila negra de la que sacó cosas sin que Clara pudiera ver bien qué eran.
—Bienvenida —dijo Verónica con una calma que resultaba más amenazante que el enojo—. Hace mucho que queremos hablar con vos.
***
La hicieron arrodillar.
No de un golpe, no con violencia innecesaria. Le pusieron las manos en los hombros y la presionaron hacia abajo hasta que las rodillas tocaron el pasto. El suelo estaba frío bajo el denim fino del pantalón que ese día, por suerte o por desgracia, había elegido en vez de la falda.
—Así mejor —dijo Paula. Era la primera vez que Clara la escuchaba hablar.
Daniela sacó algo de la mochila: una correa de cuero, ancha, con una argolla metálica. La pasó alrededor del cuello de Clara con movimientos eficientes, sin crueldad ni ternura. La enganchó a un árbol cercano con un candado pequeño.
Clara no podía hablar. No podía ponerse de pie sin asfixiarse. Lo único que podía hacer era estar ahí, de rodillas en el pasto, mientras cuatro mujeres la miraban desde arriba.
—Meses —dijo Verónica—. Meses haciéndote la puta con nuestros maridos. Delante nuestro. Sacudiéndoles el culo en la cara como si fueran perros.
Esto no puede estar pasando.
—¿Creías que no nos dábamos cuenta? ¿O creías que nos dábamos cuenta y no íbamos a hacer nada?
Clara intentó decir algo. Solo salió un sonido amorfo.
—No, ahora no te toca hablar a vos.
La cuarta mujer, la que no conocía, sacó un teléfono y empezó a filmar. No lo escondía: lo sostenía abiertamente, con la pantalla orientada hacia ella.
—Tenemos muchos seguidores que quieren conocerte —dijo Daniela con una sonrisa que no era amable—. El vivo ya tiene ciento cincuenta personas.
Me están filmando. Me están transmitiendo en vivo.
Paula se agachó por atrás y de un tirón le rompió la remera de arriba abajo, de la nuca hasta la cintura. Clara sintió el aire frío en la espalda y después el chasquido del corpiño cediendo. Las tetas le cayeron desnudas contra el pasto cuando la empujaron hacia adelante, obligándola a apoyar la cara en el suelo con el culo en el aire.
—Miren qué tetas, chicas —dijo Daniela, agachándose a un costado. Le agarró un pecho con toda la mano, se lo apretó, se lo sopesó como si estuviera evaluando fruta en la feria—. Con razón los idiotas se quedan babeando. Duras como piedra. ¿Te las operaste, puta?
Clara sacudió la cabeza contra la mordaza. Daniela le pellizcó el pezón con dos dedos, fuerte, hasta que Clara gimió por lo bajo.
—Naturales entonces. Peor todavía.
Verónica se puso en cuclillas frente a ella, le agarró la cara con una mano y le acomodó el pelo detrás de la oreja con una ternura falsa que daba más miedo que los golpes.
—Le vamos a mostrar a la cámara para qué te sirve esta boquita, ¿te parece? Aparte de para hacerte la seductora con maridos ajenos.
Le soltó la mordaza un momento. Antes de que Clara pudiera decir nada, Verónica le metió el pulgar en la boca, hasta la garganta, y se lo movió despacio, obligándola a chuparlo.
—Chupá. Como chupabas a Marcos con la mirada todas las mañanas. Con ganas.
Clara chupó. No tenía opción. Sintió el sabor a piel y a sal y algo dentro se le desarmó de una manera que no supo nombrar.
—Bien —dijo Verónica, sacándole el dedo con un ruido húmedo—. Aprende rápido esta.
***
Lo que siguió tuvo una lógica propia, casi rituálica.
Primero: que gateara hasta el bebedero, a unos quince metros. Con la correa floja pero presente, con las tetas colgando libres bajo la remera rota, con el pasto húmedo marcándole las palmas y las rodillas. Avanzó despacio, sabiendo que el teléfono la seguía y que le enfocaba el culo respingado bajo el denim tirante. A mitad de camino se resbaló y cayó hacia un costado, quedando con las tetas al aire pegadas al pasto. Las risas fueron inmediatas.
—Otra vez. Desde el principio. Y esta vez sacudí el culo, dale, mostrale a los mil que están mirando cómo se menea la reina del parque.
Volvió al árbol. Lo hizo de nuevo, meneando las caderas mientras gateaba, con la cara ardiendo.
Cuando llegó al bebedero, Verónica la sujetó del pelo con una mano y con la otra hizo correr el agua.
—Pedí.
Clara no dijo nada.
—Pedí agua, Clara.
Pausa larga.
—Agua —dijo Clara con la voz extraña de quien lleva mucho tiempo sin hablar bien.
—Más educada.
—Por favor.
Alguien se rió. Le pusieron la palma bajo la boca como si fuera un cuenco y le volcaron agua. Clara tomó. No tenía opción. El agua estaba fría y sabía a hierro y a humillación.
Daniela se paró detrás de ella, le pasó las dos manos por debajo de la remera hecha jirones y le agarró las tetas por atrás, apretándoselas fuerte, haciéndoselas rebotar para la cámara.
—Miren, señores. Miren lo que la puta esta les andaba mostrando a sus maridos. Miren cómo se le paran los pezones cuando la tocan. Le gusta. A la muy hija de puta le gusta.
Y era verdad. Los pezones de Clara estaban duros como balas, imposibles de disimular, y ella lo sabía y no podía hacer nada. Sintió un calor entre las piernas que la partió al medio. Rezó para que no se le notara la humedad a través del denim.
Verónica se dio cuenta. Verónica se daba cuenta de todo.
Le metió una mano entre las piernas, por encima del pantalón, y presionó con la palma justo ahí. Clara arqueó la espalda sin querer.
—Uy, chicas. Miren esto. Está mojada. La puta está chorreando.
Los dedos de Verónica se movieron en círculos apretados sobre el denim, justo sobre el clítoris. Clara mordió la mordaza. No quería. No quería gemir. Pero el cuerpo no le respondía y algo entre sus piernas se le tensaba de a poco, contra su voluntad, con las cuatro mujeres mirándola y la cámara enfocando cada temblor de su cara.
—Bien —dijo Verónica, sacando la mano justo antes—. Eso estuvo bien. Nos vamos a divertir mucho con vos.
***
La llevaron de vuelta al centro del sendero. Ya no estaban detrás de los arbustos: estaban en un sendero lateral, visible desde varios ángulos. El jubilado de los aparatos la había visto y se había dado vuelta. La madre del cochecito pasó más despacio de lo necesario.
Nadie intervino.
Nadie va a ayudarme, pensó Clara. Y esta vez no fue aterrador. Esta vez fue algo diferente, más difícil de nombrar.
Paula se le acercó por atrás y de un tirón le bajó el pantalón hasta las rodillas. La bombacha —una tanga blanca, de encaje— quedó a la vista de todos, con una mancha húmeda perfectamente marcada en el centro.
—Miren, miren la mancha —se rió la más joven, acercando el teléfono para hacer zoom—. Esta se estaba corriendo sola en el pasto.
Le pusieron un trozo de tela atado a los tobillos por encima del pantalón bajado, lo suficientemente corto para que solo pudiera caminar con pasos muy pequeños. La hicieron pararse —las piernas le temblaban, las tetas al aire, la tanga marcada— y avanzar así, a pasos cortos y lentos, mientras Daniela sostenía la correa y las otras caminaban alrededor.
—Saludá a la cámara —dijo la cuarta mujer.
Clara miró directo al teléfono. No porque quisiera. Porque era lo único que podía hacer.
—Así —dijo la mujer—. Esa mirada. Esa es la real. Sin los tacones y la sonrisita, ¿qué queda?
Lo que quedaba era una mujer de treinta y ocho años con las rodillas raspadas, la correa en el cuello, las tetas al aire y los ojos que empezaban a humedecerse.
—Che, está llorando —dijo Paula.
—Que llore —dijo Verónica, sin enojo—. No pasa nada.
Verónica se acercó por detrás y le corrió la tanga a un costado. La metió sin previo aviso: dos dedos, hasta el fondo, con la mano en cuchara. Clara se dobló sobre sí misma con un gemido ahogado por la mordaza.
—Escuchen esto, chicas —dijo Verónica, moviendo los dedos adentro con lentitud calculada—. Escuchen el ruido que hace. Chof, chof. Está empapada. La zorra está más mojada que el pasto.
Sacó los dedos brillantes. Se los mostró a la cámara. Se los pasó por la boca de Clara, embarrándole los labios con su propia humedad.
—Probate. Probate cómo sos por adentro. A ver si te gusta.
Clara sentía la boca llena de su propio sabor y la vergüenza se le mezclaba con el calor que le seguía subiendo de las piernas, sin poder frenarlo. Se le escapó otro gemido y esta vez ya no supo si era de humillación o de otra cosa.
—Miren, miren cómo se le mueven las tetas —dijo Daniela, dándole un cachetazo suave a un pezón para verlo rebotar—. Se está por venir. Esta se viene sola, chicas. La puta se viene sola.
Verónica volvió a meterle los dedos. Ahora tres. Ahora más rápido, con el pulgar sobre el clítoris, con la precisión aterradora de una mujer que sabe exactamente cómo hacerse acabar a sí misma.
—Vení. Vení delante de todas. Delante de mil personas que están mirando en vivo. Vení como la puta que sos.
Clara sacudió la cabeza. No. No delante de ellas. No filmándola. No.
Pero el cuerpo hizo lo que quiso. Los dedos de Verónica le encontraron un punto exacto y se movieron con una velocidad y una presión que Clara no había sabido darse a sí misma nunca. Sintió que se le trababa el aire. Que las rodillas se le doblaban. Que todo el cuerpo se le contraía alrededor de esos tres dedos y una oleada le subía desde el ombligo hasta la garganta, incontenible, larga, humillante y perfecta.
Se corrió con los ojos cerrados, con la mordaza mojada de saliva, con las tetas al aire y las piernas temblando, gimiendo contra la goma con un sonido que no había hecho nunca en su vida.
Verónica no le sacó los dedos hasta que la última contracción terminó. Después los sacó despacio y se los pasó por la mejilla, marcándola.
—Listo —dijo—. Ya está. Ya sos nuestra.
***
Estuvo así casi dos horas.
Las humillaciones fueron variadas y calculadas. Nunca violentas en el sentido físico, pero sí en todo lo demás. La hicieron repetir frases: soy una puta, soy una puta de mierda, me gusta que me traten como una puta. La hicieron agradecer cosas. La hicieron chuparle el pulgar a cada una de las cuatro, una por una, delante de la cámara. La hicieron arrastrarse por un tramo del sendero mientras las cuatro filmaban desde distintos ángulos, con las tetas balanceándose y la tanga marcada. En un momento llegaron tres mujeres más, amigas de las otras, que se pararon alrededor a mirar y comentar entre ellas con la indiferencia de quien presencia algo que ya esperaba. Una de ellas —flaca, mayor, de rulos— se agachó, le metió dos dedos entre las piernas sin preguntar, los sacó, los olió, y se los limpió en el pantalón de Clara.
—Todavía chorrea —dijo, y las otras se rieron.
Clara había dejado de intentar identificarlas.
Se corrió dos veces más antes de que terminara. Una con la mano de Paula, que resultó ser inesperadamente experta. Otra sola, con la mordaza en la boca y sin que nadie la tocara, solo por el peso de las miradas y por el ruido del teléfono grabando y por algo muy oscuro que había adentro suyo y que ya no podía negar.
Lo que la sostenía era una sola idea, fija y fría: esto va a terminar.
Y después, más abajo, otra: que no termine todavía.
Verónica se agachó a su altura en un momento de pausa, cuando le habían sacado la mordaza para que pudiera tomar agua de verdad.
—¿Entendés lo que está pasando? —le dijo en voz baja, para que solo ella escuchara—. No es porque nos importes tanto. Es porque te pasaste. Cruzaste una línea que no debías cruzar.
Clara asintió.
—¿Y si volvés a cruzarla?
—No voy a volver —dijo Clara. La voz le salió rota pero entera.
—¿Cómo?
—No voy a volver a cruzarla.
Verónica la miró un momento largo. Después le pasó dos dedos por los labios, muy despacio, casi con cariño.
—Mentira. Vas a volver. Y nosotras vamos a estar acá.
Se incorporó y les hizo una seña a las otras.
***
Le quitaron la correa. Le sacaron la mordaza. Le desataron los tobillos. Le tiraron encima una campera vieja para que se cubriera las tetas antes de salir. Clara se quedó sentada en el pasto durante un tiempo que no supo cuantificar, mirando sus propias manos con marcas rojas en las palmas, sintiendo entre las piernas una humedad pegajosa que no era solo suya.
—Lola está atada al roble de la entrada —dijo Daniela sin mirarla, guardando cosas en la mochila—. Está bien.
Las cuatro se fueron. Caminaron juntas hacia la salida sin apurarse, sin discutir, sin el alivio nervioso que tienen las personas que hicieron algo que las incomoda. Lo hicieron con la serenidad de quien cumplió una tarea que tenía pendiente.
Clara esperó hasta que desaparecieron entre los árboles.
Después fue hasta el roble, soltó a Lola, y salió del parque con la campera cerrada hasta el cuello y la tanga todavía corrida a un lado dentro del pantalón.
***
Esa tarde no salió del departamento. Se bañó largo rato, se revisó las rodillas, se pasó los dedos entre las piernas y notó que estaba hinchada y que le seguía gustando el roce. Se tomó un té que no bebió. Se sentó en el sillón con Lola dormida encima de los pies y estuvo mirando por la ventana el parque que se veía desde el cuarto piso.
Debería estar furiosa. Debería estar llamando a alguien: a una amiga, a un abogado, a la policía.
No llamó a nadie.
Había algo que no podía dejar de darle vueltas. Algo que había sentido en algún momento durante las dos horas en el parque, en medio de la humillación y el miedo y la rabia, y que no encajaba con ninguna de esas cosas. Una sensación que reconocía de otra parte. De noches solas con la mano metida en la bombacha, de fantasías que siempre había clasificado como demasiado extremas para admitir en voz alta, de veces en que se había hecho acabar imaginando cosas parecidas —una boca ajena, muchas manos, una cámara— pero nunca, nunca tan reales.
Se metió una mano bajo la bata, se abrió las piernas en el sillón, y se tocó pensando en Verónica. En los tres dedos. En el pulgar en la boca. En el chof chof que había hecho su cuerpo delante de mil desconocidos. Se corrió en menos de dos minutos, mordiéndose el labio para no hacer ruido, con Lola durmiendo a sus pies.
No debería haberme gustado.
Pero ahí estaba el pensamiento, claro y sin pedir permiso.
Lola levantó la cabeza, la miró un segundo, y volvió a dormirse.
Clara se quedó ahí, con el té frío en la mano y la mano todavía mojada, mirando el parque vacío desde el cuarto piso.
—Mañana no salgo —se dijo.
Y después, muy bajito, casi sin querer:
—Mentira.