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Relatos Ardientes

Mi vecino aprendió a respetarme por las malas

Residencial Las Acacias, un domingo de mayo con el sol entrando a raudales por los ventanales. Yo estaba en mi salón, descalza sobre la esterilla, intentando encontrar algo de paz interior. Llevaba mis leggins negros de siempre, esos que se pegan al cuerpo como una segunda piel, y un top gris de tirantes que dejaba al descubierto el tatuaje del hombro: una mariposa con las alas abiertas que me hice en Berlín hace años. Tengo otro más abajo, una rama de cerezo que sube desde la cadera hasta las costillas, pero ese solo lo ve quien se lo gana.

El silencio duró exactamente hasta las once y cuarto. Fue como si alguien hubiera abierto un portal al infierno sonoro. Un reggaetón con los bajos al máximo empezó a vibrar a través de la pared medianera, tan fuerte que el agua de mi vaso temblaba sobre la mesa. Respiré hondo. Conté hasta diez. La música subió todavía más.

Me calcé las chancletas y salí tal como estaba. No me molesté en ponerme nada encima. Crucé los pocos metros que separaban mi puerta de la suya y golpeé con los nudillos, firme, sin prisa.

Abrió Marcos. Un metro ochenta y pico de músculo, camiseta ceñida, pantalón de chándal gris de esos que no dejan nada a la imaginación. Barba recortada, ojos oscuros que se me clavaron en el escote antes siquiera de mirarme a la cara. Una sonrisa torcida, de esas que dicen ya sé lo que vienes a buscar.

—Vaya, vecina —dijo, apoyándose en el marco—. ¿A qué debo el placer?

—La música. Es domingo por la mañana. Estoy haciendo yoga. ¿Puedes bajarla?

Me repasó de arriba abajo sin ningún disimulo. Se detuvo en mis piernas, subió por la cintura, se quedó en el pecho más tiempo del tolerable.

—Yoga, claro —sonrió, masticando la palabra—. Con ese cuerpo que tienes, normal que necesites estirarte bien. Se te marca todo, ¿eh? Todo. Hasta el chocho se te nota con esos leggins. Dime la verdad, ¿has venido a que te eche una mano con los estiramientos?

Sentí el calor subiéndome por el cuello. No de vergüenza. De rabia.

—Baja la música y deja de decir gilipolleces.

—¿Gilipolleces? Tú eres la que viene a mi puerta vestida así, provocando. Te encanta que te miren, ¿verdad? Eres una guarrilla.

Guarrilla. La palabra quedó flotando en el aire entre los dos como una cerilla encendida. Marcos sonrió, convencido de que tenía el control. Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio con su colonia barata y su aliento a café.

No lo pensé. Mi rodilla subió como un resorte y conectó con toda la precisión que dan años de yoga y kickboxing justo entre sus piernas. Un impacto seco, perfecto.

Marcos emitió un sonido que no era humano. Un quejido gutural, como si le hubieran arrancado el aire de los pulmones con un gancho. Se dobló por la cintura, las manos volando hacia abajo. La sonrisa arrogante desapareció de su cara como si alguien la hubiera borrado con un trapo.

—¿Duele? —pregunté, con una calma que me sorprendió a mí misma.

Antes de que pudiera responder, lo empujé hacia adentro. Marcos, todavía incapacitado, tropezó con sus propios pies y cayó de espaldas sobre el suelo del salón, junto a un sofá de cuero marrón lleno de migas. Un salón de soltero en estado puro: la tele enorme, las cortinas a medio correr, latas de cerveza sobre la mesa baja.

Cerré la puerta de un golpe a mis espaldas. El cerrojo hizo un clic que sonó a sentencia.

Marcos se retorcía en el suelo, las manos aferradas a la entrepierna, tratando de recuperar el aliento. Me acerqué despacio, dejando que cada paso resonara en las baldosas. Vi cómo sus ojos pasaban del dolor a algo nuevo: miedo.

—Pensabas que podías hablarme así —dije, de pie frente a él, mirándolo desde arriba—. Pensabas que porque tienes músculo y una polla que se marca en el chándal, yo iba a quedarme callada. A sonreír. A sentirme halagada.

Le lancé una patada seca a los testículos. Calculada, no con toda mi fuerza, pero sí la suficiente para que gritara. Y gritó. Un alarido que la música del reggaetón, ahora sonando a volumen bajo de fondo, apenas consiguió amortiguar.

—¡Para! ¡Para, joder! —suplicó, con los ojos húmedos.

Me arrodillé junto a él. Con la mano derecha le agarré los huevos por encima de la tela del pantalón. Apreté. No con toda mi fuerza, pero sí con la suficiente para que supiera que estaban en mis manos. Literalmente.

Marcos gimió, un sonido que salía del fondo de su garganta. Vi cómo las lágrimas le resbalaban por las sienes hacia el pelo. La sensación de tenerlo así, completamente a mi merced, me provocó algo inesperado. Un calor denso y pulsante entre las piernas. Una humedad que reconocí al instante y que no tenía ninguna intención de disimular.

Esto me está poniendo. El pensamiento me atravesó sin filtro. El poder. Su sumisión. Su miedo. Todo eso junto estaba encendiendo algo dentro de mí que llevaba meses dormido.

Sin soltar su agarre, con la mano libre me bajé los leggins. Los deslicé por los muslos, las rodillas, los tobillos. Los aparté de una patada. Marcos me miraba desde abajo con los ojos desorbitados, sin entender qué estaba pasando.

—Vas a aprender lo que es el respeto —le dije, y me senté sobre su cara. Su nariz y su boca quedaron directamente contra mí, contra esa parte que él había mencionado minutos antes con tanto descaro. Le apreté los testículos como recordatorio—. Si no me haces terminar, te los reviento. Si intentas apartarme, te los arranco. ¿Estamos?

Sentí su asentimiento más que verlo. Un movimiento débil de cabeza, desesperado. Y después, su lengua. Torpe al principio, errática, como la de alguien que no sabe si está complaciendo o sobreviviendo. Apreté un poco más y su técnica mejoró notablemente.

Cerré los ojos. Eché la cabeza hacia atrás. Cada vez que su ritmo decaía, un giro suave de mi muñeca sobre sus huevos lo corregía al instante. Era como adiestrar a un animal: estímulo y respuesta. Dolor y obediencia. Él gemía, y cada gemido suyo vibraba contra mi carne, y cada vibración me acercaba un poco más.

Eso es. Así. No pares.

La tensión se fue acumulando en mi vientre como agua detrás de una presa. Rápida, urgente, inevitable. Me mecí sobre él, buscando el ángulo exacto, apretando los muslos contra sus orejas. Su lengua encontró el punto preciso y se quedó ahí, presionando con una desesperación que por fin servía para algo útil.

El orgasmo me golpeó como una descarga eléctrica. Un espasmo que me arqueó la espalda y me arrancó un grito ronco que debió escucharse en toda la urbanización. Me quedé unos segundos temblando sobre su rostro, aferrada a sus testículos, con los ojos cerrados y el corazón retumbando en los oídos.

Después, silencio. Solo mi respiración agitada y sus jadeos amortiguados debajo de mí.

Me levanté con calma. Me puse los leggins sin prisa, me ajusté el top, me recogí un mechón de pelo blanco que se había soltado de la coleta. Marcos yacía en el suelo, empapado, rojo, con los ojos fijos en el techo. No se había movido. No se atrevía.

Lo miré desde arriba, alisándome la ropa como quien se arregla frente a un espejo.

—Es que me tenías hasta el coño —le dije, con la voz más tranquila del mundo.

Me di la vuelta hacia la puerta. Pero antes de salir, giré sobre mis talones y le solté una última patada entre las piernas. Seca, precisa, sin compasión. Marcos se encogió como un ovillo, emitiendo un sonido que estaba a medio camino entre el llanto y el vómito.

Salí a la luz del domingo. Cerré la puerta con suavidad, como quien cierra un libro que acaba de terminar. Caminé los pocos metros hasta mi casa, entré, y volví a la esterilla. Postura del árbol, respiración profunda, ojos cerrados.

La urbanización estaba en completo silencio. Ni música, ni bajos, ni reggaetón. Solo los pájaros y el rumor lejano de un cortacésped.

Desde ese domingo, Marcos me saluda con un hilo de voz cada vez que nos cruzamos en el garaje. Baja la mirada. No ha vuelto a poner música alta. A veces lo veo observarme de lejos cuando salgo a correr, pero en cuanto nuestros ojos se encuentran, aparta la vista como si le quemara.

Buen chico, pienso, y sigo mi camino.

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