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Relatos Ardientes

El secreto que mi mujer descubrió una noche de jueves

4.5 (22)

Todos los jueves a las nueve de la noche, el coche de Lucía desaparecía por la calle y la casa quedaba solo para mí. Era un ritual invariable: ella y sus cuatro amigas de siempre, la cena en algún restaurante del centro, las copas de después. Llegaba de madrugada con los ojos brillantes por el vino y sin muchas ganas de hablar. Yo solía estar dormido, o eso fingía.

Me llamo Marcos. Tengo cincuenta y ocho años, una empresa de distribución logística que funciona prácticamente sola, y un matrimonio que lleva tiempo siguiendo un protocolo más que un deseo. Lucía tiene cincuenta y tres y sigue siendo impresionante: morena, de curvas generosas y esa autoridad natural de las mujeres que saben exactamente lo que valen. En la cama, sin embargo, llevábamos años recorriendo pasos ya muy conocidos. Y eso ya no me afectaba como antes, porque había encontrado otra manera de canalizar todo lo que no sabía cómo nombrar.

Maya llevaba tres años en casa. Venía de lunes a viernes, vivía en el cuarto del fondo y era callada hasta el punto de parecer invisible. Tenía sus cosas bien ordenadas, sus rutinas, su mundo aparte dentro del nuestro. Los jueves no trabajaba: se iba después de comer y volvía el viernes por la mañana. Esas horas eran mías.

La primera vez había sido por curiosidad, hacía seis meses. Había entrado al cuarto a buscar unas tijeras y había abierto el cajón equivocado. Ahí estaban sus bragas dobladas, su sujetador, y en el fondo, envuelto en una media, el consolador. Grande. Negro. De silicona densa. Me quedé parado cinco minutos mirándolo. Luego cerré el cajón y me fui. Pero la semana siguiente volví. Y la siguiente. Hasta que se convirtió en el único momento de la semana en que me sentía completamente libre.

***

Esa noche cerré la puerta del garaje y subí directamente. El pasillo estaba a oscuras. Entré al cuarto de Maya y encendí solo la lamparita de la mesilla. La habitación olía a ella: jabón neutro, algo vagamente floral, ropa limpia. Me quedé unos segundos en el umbral, dejando que ese olor me pusiera el corazón a latir más rápido.

Abrí el cajón inferior de su cómoda. Ahí estaban las bragas blancas de algodón que Maya había llevado el día anterior. Me las llevé a la nariz y cerré los ojos. Su olor era directo, sin filtros, limpio y animal a la vez.

Me quité la ropa pieza por pieza y la dejé doblada sobre la silla. Primero el sujetador: el elástico me quedaba pequeño en la espalda, la copa desbordada sobre mi pecho plano. Luego las bragas, que apenas contenían lo que ya empezaba a endurecerse. Me miré en el espejo del armario: un hombre de casi sesenta años, con entradas hasta la coronilla y una barriga que ya no se molestaba en disimular, vestido con la ropa interior de su empleada. Era ridículo. Era exactamente lo que necesitaba.

Saqué el consolador de su envoltura y lo sostuve un momento. Fui al armario y pegué la ventosa al lateral con la fuerza de quien lleva meses repitiendo el mismo movimiento exacto. La altura estaba calibrada. Saqué la crema hidratante de la mesilla de Maya y me preparé. Luego me até los tobillos con una de sus medias, y las muñecas con la otra, por delante, lo suficientemente flojo para poder moverme la mano.

Me coloqué de espaldas al consolador y empujé poco a poco. La cabeza gruesa encontró resistencia y luego cedió. Solté el aire que llevaba aguantando.

—Dios… —murmuré al techo.

Empecé a mover las caderas en arcos cortos y luego más profundos. El consolador entraba más con cada movimiento. Agarré mi polla con la mano atada y empecé a masturbarme al ritmo de mis propias embestidas. Cerré los ojos. Me imaginé a Maya al otro lado del consolador, mirándome, hablándome con esa voz seria que usaba para todo.

Llevaba quince minutos así, sudando, la frente apoyada en el armario y el consolador entrando y saliendo con un sonido osceno que llenaba el silencio de la habitación. Estaba muy cerca. Demasiado cerca para frenarme.

***

Entonces oí la llave en la cerradura de la entrada.

Me quedé paralizado. Pasos en el pasillo. El tacón de Lucía contra el mármol de la entrada.

—¿Marcos? —Su voz resonó desde la planta baja—. ¿Estás arriba?

El consolador seguía dentro de mí hasta el fondo. No podía moverme. No tenía tiempo de nada.

La puerta del cuarto de Maya se abrió.

Lucía se quedó en el umbral. Había visto la luz encendida desde la escalera y entró buscando el móvil que había olvidado antes de salir. Y lo que encontró fui yo.

Atado de pies y manos, vestido con las bragas y el sujetador de la empleada, con un consolador enorme enterrado entre mis nalgas, la polla asomando por el elástico de las bragas y la mano todavía sujetándola. La cara tan roja que probablemente brillaba.

Ninguno de los dos habló. Solo se oía mi respiración entrecortada y el silencio que llenó el espacio entre nosotros durante varios segundos que parecieron mucho más.

Lucía me miró de arriba abajo, sin prisa. Las bragas blancas manchadas. El sujetador demasiado pequeño. El consolador grueso desapareciendo entre mis nalgas. Mi cara de puro pánico mezclado con algo que no podía disimular.

Y entonces, muy despacio, una sonrisa apareció en su boca. No era la sonrisa que yo conocía. Era otra cosa: más oscura, más calculada, con algo frío y excitado al mismo tiempo.

—Vaya, vaya… —dijo en voz baja, entrando en la habitación y cerrando la puerta tras ella—. Así que esto es lo que haces los jueves mientras yo estoy de cena.

Quise hablar. Salió un sonido inarticulado.

—No digas nada —ordenó—. Todavía no.

Se acercó despacio. Sus tacones resonaban en el parqué. Se plantó frente a mí y me cogió la barbilla con dos dedos, levantándome la cara para mirarme directamente a los ojos.

—¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto?

—Lucía, yo…

—Cuánto tiempo, Marcos.

—Seis meses —susurré.

Soltó un sonido entre el asombro y la carcajada. Bajó la mirada hacia el consolador y luego la volvió a subir.

—¿Y eso también es de Maya?

—Sí.

Lucía me soltó la barbilla y dio un paso atrás. Me estudiaba con la expresión de alguien que acaba de encontrar exactamente lo que necesitaba sin saber que lo estaba buscando.

—Sigue —dijo.

—¿Qué?

—Que sigas. No te he dicho que pares. Quiero verte.

El corazón me iba a mil. La polla me latía en la mano.

Y obedecí.

***

Lucía se sentó en el borde de la cama de Maya, cruzó las piernas y me observó con una atención que nunca antes me había dedicado. Me moví hacia atrás con cuidado, dejando que el consolador volviera a abrirme. Solté un quejido que no pude contener.

—Sin vergüenza —dijo ella—. Suéltate.

Empujé más fuerte. El consolador entró hasta el fondo y gemí sin reprimirme. Lucía apoyó los codos en las rodillas y ladeó la cabeza, estudiándome con curiosidad. Vi cómo se mordía el labio inferior. Vi cómo cruzaba los muslos con más fuerza.

—Dios mío —murmuró—. Cuánto tiempo perdido.

Se puso de pie, se levantó el vestido negro hasta la cintura y volvió a sentarse en el borde de la cama. No llevaba bragas. Se metió dos dedos sin ningún preámbulo y empezó a masturbarse mirándome fijamente.

—Mi marido —dijo con voz ronca, los dedos moviéndose—. El gran empresario. Vestido con las bragas sucias de la empleada y follándose su consolador. —Una pausa—. Qué patético eres, Marcos.

Esas dos palabras me cayeron encima como gasolina. Empujé el culo hacia atrás con más fuerza, clavándome el consolador de golpe. Gemí alto. Lucía soltó un jadeo también.

—Eso es —murmuró—. Más fuerte. Quiero oírte.

Se sacó los dedos brillantes y me los acercó a la boca.

—Abre.

Los lamí sin pensar. Ella sonrió. Luego cogió el móvil de su bolso y marcó.

—Andrés. Soy yo. Tienes que venir ahora. En serio, ven. —Una pausa y entonces una sonrisa lenta—. Mi marido tiene una pequeña sorpresa para los dos.

Colgó y se recostó en la cama de Maya con los brazos cruzados bajo la cabeza.

—Veinte minutos —dijo—. Andrés vive cerca. Y mientras tanto tú no paras.

Obedecí. El consolador hacía un sonido húmedo con cada movimiento. Sudaba. La polla me goteaba dentro de las bragas de Maya.

—¿Desde cuándo? —preguntó Lucía de pronto.

—¿Desde cuándo qué?

—Esto. Las bragas. El consolador.

—Siempre —respondí, jadeando—. Siempre lo he necesitado pero nunca lo había hecho con nadie delante.

Silencio.

—Y yo aquí pensando que simplemente no te apetecía. —Una pausa larga—. Qué idiota he sido.

No supe si era un reproche o algo distinto. Su tono era demasiado suave para cualquiera de las dos cosas.

***

Oí la puerta de la calle. Pasos en la escalera, rápidos y seguros. Andrés entró en la habitación y se quedó quieto un momento.

Era alto, de hombros anchos y esa seguridad tranquila que dan los cincuenta años bien llevados. Me miró durante tres segundos completos, sin decir nada. Luego miró a Lucía.

—¿En serio? —dijo.

—En serio —dijo ella.

Andrés soltó una carcajada grave que llenó la habitación.

Se acercó a mí, mirándome de arriba abajo con una mezcla de sorpresa y algo más difícil de clasificar. Desabrochó el cinturón sin prisa. Lo que sacó era más que yo, bastante más, ya medio duro.

—Así que te gusta que te usen —dijo en voz baja, frotándosela despacio delante de mi cara—. Dilo. Quiero oírlo de tu boca.

Rojo hasta las orejas, jadeé:

—Me gusta. Me gusta que me usen.

Andrés me dio una palmada suave en la mejilla.

—Eso es lo que vas a tener esta noche.

Lucía se puso de pie y se colocó detrás de mí. Cogió el consolador con las dos manos.

—Ahora lo manejo yo —dijo—. Tú te masturbas y miras a Andrés.

Empezó a moverlo, despacio al principio y luego con más fuerza. Cada embestida me sacaba un sonido que no podía controlar. Andrés se acercó, frotando su polla contra mis labios.

—Abre la boca, Marcos.

Andrés entró despacio. Lucía aceleró el ritmo del consolador. Entre los dos me dejaron sin espacio para pensar en nada más. Yo en el medio, atado, vestido con la ropa de Maya, mientras Lucía me follaba el culo con el consolador de la empleada y Andrés usaba mi boca con una calma que resultaba más humillante que cualquier agresividad.

—Joder —gruñó Andrés—. Qué boca tiene el cabrón.

Lucía soltó el consolador, lo dejó dentro de mí y se apartó.

—Ven aquí —le dijo a Andrés.

Él se apartó de mi boca y se giró hacia ella. Lucía se quitó el vestido de un solo movimiento. Se tumbó en la cama de Maya y le sostuvo la mirada desde abajo.

—Fóllame. Que él nos mire.

Andrés se colocó entre sus piernas y entró de un solo empuje. Lucía soltó un gemido que yo no le había escuchado en años. Quizás nunca.

Yo seguí moviéndome solo, con el consolador, atado. Mirándolos. La polla de Andrés entrando y saliendo de Lucía, sus pechos moviéndose al ritmo, la cara de ella vuelta hacia un lado con los ojos cerrados y la boca abierta. De vez en cuando Lucía me miraba por encima del hombro de Andrés.

—¿Lo estás viendo bien? —preguntó, sin dejar de jadear—. ¿Ves lo que me faltaba?

—Sí —susurré.

—Dilo.

—Sí, Lucía. Lo veo.

Andrés aumentó el ritmo. Lucía se aferró a sus hombros y llegó al orgasmo con fuerza, arqueándose, con un sonido largo y profundo que no tenía nada de calculado. Tardó en volver. Cuando lo hizo, Andrés se incorporó y me miró.

—Tu turno.

***

Quitó el consolador despacio. Me quedé vacío durante un segundo. Luego sentí su calor, su peso, y entré en pánico y en excitación a partes iguales.

Andrés entró despacio, dándome tiempo para adaptarme. Luego empezó a moverse con un ritmo firme, las manos en mis caderas atadas.

—Esto es lo que eres —dijo en voz baja—. Lo que querías ser. Ahora lo tienes.

Lucía se levantó de la cama y se arrodilló frente a mí. Me cogió la cara con las dos manos y me miró a los ojos mientras Andrés seguía moviéndose desde atrás.

—Di que sí —murmuró.

—Sí —respondí, jadeando—. Sí.

Andrés aceleró. Yo me masturbé con lo que me quedaba de coordinación. Lucía me besó en la boca cuando ya no podía aguantar más.

Llegué dentro de las bragas de Maya, sin apenas erección pero con una intensidad que me vació por completo.

***

Los tres quedamos en silencio durante un rato. El cuarto olía a sexo y a la crema hidratante de Maya mezclados. Andrés se vistió sin prisa y se fue con pocas palabras y una media sonrisa en la puerta. Yo me quedé sentado en el suelo, todavía con las bragas puestas, las muñecas ya libres.

Lucía se puso el vestido, se arregló el pelo frente al espejo de Maya y me miró a través del reflejo.

—Mañana viene Maya —dijo—. Tendremos que explicarle por qué su consolador no está donde ella lo dejó.

No respondí.

—A menos que —continuó, con una media sonrisa— prefieras guardar eso entre nosotros. Como un secreto más.

—Lucía.

—Duerme bien, Marcos. —Se volvió hacia la puerta y se detuvo en el umbral—. El jueves que viene, no salgo a cenar.

La oí bajar las escaleras. El ruido de la nevera abriéndose, un vaso llenándose de agua. Después, nada.

Me quité las bragas de Maya despacio y las dejé dobladas en el cajón exactamente donde las había encontrado. Puse el consolador en su sitio. Me puse mi ropa. Apagué la lamparita.

No sabía qué iba a pasar el jueves siguiente. No sabía si el matrimonio que yo conocía seguía existiendo o si acababa de empezar algo completamente distinto. Pero mientras bajaba las escaleras a oscuras, lo único que sentía era que después de seis meses de soledad cuidadosamente gestionada, Lucía y yo habíamos estado, por primera vez en mucho tiempo, completamente presentes el uno para el otro.

Aunque fuera así.

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4.5 (22)

Comentarios (8)

SoloCamping22

excelente!!! se nota que sabes escribir

Luna_de_noche

Por favor una segunda parte, me quede con las ganas de saber como siguio todo entre ellos

TorrentMDZ

Me dejo pensando el resto del dia. Eso de los jueves... demasiado familiar jaja. Muy bueno

NachoPampa

tremendo final, no me lo esperaba para nada. De los mejores que lei aca en mucho tiempo

Lili_noc

Y ella como reacciono despues? hay continuacion?

confesando_todo

Me recordo a algo que vivi hace años. Esa sensacion de que te descubran cuando menos lo esperas... brutal. Muy bien narrado

Mia_lectora

Corto pero intenso, quede con ganas de mas. Ojalá haya segunda parte :)

RobertoBA

Increible como lograste generar tanta tension con tan poco. Sigue subiendo!

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