Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Aquella noche entré al cuarto de mi hermano

Lo escribo ahora, casi cuatro años después, porque hay cosas que no se cuentan en voz alta. Las guardás en una carpeta sin nombre dentro de la cabeza y, a veces, una noche cualquiera, las volvés a abrir. Esta es una de esas.

Tenía veintidós años aquel verano y habíamos vuelto los dos a la casa de mis padres, en un pueblo de la sierra que se llama San Javier. Mateo, mi hermano, terminaba la facultad y necesitaba un par de semanas lejos de la ciudad. Yo quería el mismo silencio. Mis viejos se habían ido a la costa con tía Ema, así que la casa quedaba vacía salvo por nosotros y un perro viejo que dormía en la galería.

El primer día fue normal. El segundo también. Hacíamos asado de mediodía, leíamos en hamacas distintas, manejábamos el aire acondicionado del living como si fuera un objeto sagrado. Hablábamos poco, pero con esa confianza vieja que tienen los hermanos que crecieron compartiendo cuarto. Nada raro. Nada que avisara nada.

El tercer día algo cambió.

No sé si fue el calor o el aburrimiento o que de pronto lo miré como si fuera otra persona. Mateo había salido del baño con una toalla atada en la cintura, todavía mojado, buscando algo en la cocina. Lo vi de costado, apoyado contra la mesada, tomando agua directamente del pico de la botella, y pensé una cosa muy clara y muy fea. La pensé entera, sin disimulo, y después intenté borrarla rápido.

—¿Querés tostadas? —me preguntó, sin mirarme.

—Dale —dije, con la voz un poco rara.

No le pasa a una nada. Hace mucho calor, nada más.

Esa misma tarde nos quedamos viendo una película en el sillón largo del living. Él se sentó cerca, no pegado, pero cerca. En un momento estiró el brazo por arriba del respaldo y me rozó el hombro. Fue un toque sin intención, de los que cualquiera hace y olvida. Yo no lo olvidé. Cada vez que respiraba, sentía la punta de sus dedos como si fueran cinco pequeñas marcas tibias.

Cuando terminó la película me levanté antes que él, dije buenas noches sin darme vuelta y me encerré en mi cuarto. No prendí la luz. Me quedé sentada en el borde de la cama, con las manos apretadas sobre las rodillas, intentando convencerme de que no estaba pensando lo que sí estaba pensando.

***

La casa respiraba ese silencio tibio de las noches de enero, cuando el calor se queda flotando en las paredes y todo parece latir más despacio. Afuera, los grillos tejían una música constante. Adentro, cada puerta cerrada guardaba algo que nadie iba a nombrar a la mañana siguiente.

No podía dormir.

Giré sobre la cama una vez más, con la sábana enredada entre las piernas y la mente demasiado encendida. Había algo en el aire de esa noche, en la forma en que él me había mirado durante la tarde, en la cercanía casual que no había sido tan casual. Una electricidad leve, persistente, como si la densidad del aire hubiera cambiado mientras yo no miraba.

Me levanté.

El piso estaba fresco bajo los pies y avancé despacio por el pasillo, con esa mezcla de decisión y vértigo que solo aparece cuando una sabe que está cruzando una línea invisible y aun así da el paso. La puerta de su cuarto estaba entreabierta, apenas un susurro de oscuridad invitándome a entrar.

Empujé con cuidado.

La penumbra envolvía todo. Mateo dormía de costado, o eso parecía, con la sábana cayéndose a medias sobre el cuerpo. La luz tenue que entraba por la ventana dibujaba sombras suaves sobre su piel y marcaba contornos que durante el día pasaban desapercibidos: la curva del hombro, el surco bajo la clavícula, la línea de la espalda hasta la cintura.

Me quedé en el umbral más tiempo del que debería haberme quedado.

Podía volver. Esa era la verdad incómoda. En cualquier momento de los siguientes minutos podía darme vuelta y volver a mi cama y nada habría pasado nunca. Lo pensé varias veces. Pero también pensé otra cosa, y esa segunda cosa fue la que ganó.

Me acerqué sin hacer ruido.

El pulso me latía en la garganta, en las muñecas, en cada paso. Me senté en el borde de la cama, apenas rozando el colchón, como si tuviera miedo de despertarlo… o como si, en el fondo, fuera exactamente eso lo que quería. Lo observé un instante que se estiró más de lo normal. Se le notaba el movimiento del pecho al respirar, lento y largo, y me pregunté si estaría dormido de verdad o si estaría haciéndose el dormido a propósito.

Entonces moví la mano.

Primero dudosa, apenas un roce sobre el brazo, como probando la realidad del momento. Su piel estaba cálida. Real. No se apartó. No se movió. Solo un cambio casi imperceptible en la respiración, un quiebre mínimo en el ritmo.

Ese pequeño detalle me alcanzó.

Avancé con más seguridad, recorriendo despacio, sin apuro, dejando que cada centímetro fuera una decisión consciente. Mateo reaccionó entonces, no despertando del todo, pero girándose apenas hacia mí, como si su cuerpo supiera antes que su cabeza. La sábana resbaló y le quedó enredada a la altura de la cadera.

—¿Qué hacés? —murmuró, con la voz pastosa de sueño y otra cosa.

—Nada —contesté, y sentí lo absurdo de la palabra apenas la dije.

—Mentirosa.

No lo dijo enojado. Lo dijo casi sonriendo, sin abrir los ojos del todo, y esa única palabra fue la que terminó de empujarme. Si hubiera dicho «andate», me habría ido. Si hubiera dicho «¿estás loca?», me habría ido. No dijo ninguna de las dos.

***

Me incliné despacio y le busqué la boca. Me la abrió apenas, con esa lentitud de recién despierto, y me devolvió el beso con la lengua caliente, todavía con gusto a sueño. Le pasé la mano por el pecho, por el estómago, sintiendo cómo se le contraía la piel al roce, y bajé hasta el borde de la sábana. Él respiró hondo. Yo también.

—Lu… —murmuró contra mi boca.

—Callate.

Le tiré la sábana para abajo de un tirón lento y me quedé mirándolo. Estaba en calzoncillos, y el bulto marcado abajo de la tela me dijo todo lo que necesitaba saber. Se le había puesto dura mucho antes de que yo llegara. Se había estado haciendo el dormido con la verga parada, esperándome.

—Hijo de puta —le dije, casi riéndome—. Estabas despierto.

—Vos entraste.

—Vos no me echaste.

Le apoyé la mano encima del calzoncillo y sentí el largo caliente palpitándome contra la palma. La cerré alrededor y apreté suave, sin sacarla todavía, midiéndola por arriba de la tela. Mateo dejó salir un ruido bajo, un gemido cortado que le nació del fondo del pecho, y me clavó los dedos en la cadera.

Le bajé el calzoncillo hasta las rodillas y la polla le saltó afuera, dura, gorda, con la cabeza roja y una gota transparente ya asomando en la punta. Me quedé un segundo mirándola en la penumbra. Era la primera vez en mi vida que le veía la verga a mi hermano y no me pareció mal. Me pareció exactamente lo que necesitaba tener en la mano esa noche.

La agarré del tronco y la apreté. Estaba caliente y dura como una piedra tapada con seda. Empecé a moverle la mano de arriba abajo, despacio, sintiendo cómo se le hinchaba todavía más y cómo la piel se le corría sobre el glande. Mateo echó la cabeza hacia atrás contra la almohada y se le abrió la boca en un jadeo mudo.

—Puta madre —susurró—. Lucía, puta madre.

—Esto no… —empezó él después, cuando pudo hablar de nuevo.

—Ya sé —corté, sin dejar de moverle la mano.

—No vamos a hablar de esto mañana.

—Ya sé.

Y después no hablamos más. Me agaché entre sus piernas y le pasé la lengua desde la base hasta la cabeza en un solo lengüetazo largo. Le sentí el sabor salado, medio dulce, ese sabor a hombre caliente y limpio. Mateo se agarró de las sábanas y dijo mi nombre otra vez, con la voz rota. Me metí la punta en la boca. Le chupé el glande con los labios apretados, jugando con la lengua por abajo, mientras con la mano seguía moviéndole el tronco. Me la fui metiendo más adentro de a poco, dejándola llegarme hasta la garganta, sacándola, volviéndola a meter, cubriéndosela toda de saliva.

—No, esperá —dijo, tirándome del pelo—. Esperá que me vengo. Esperá.

La saqué de la boca haciendo un ruido húmedo. Se la tenía toda babeada, brillante, y él me miraba desde la almohada como si no pudiera creer que la que estaba entre sus piernas era yo. Me subió con las dos manos, agarrándome de las axilas, y me tumbó sobre él, boca contra boca. Se probó a sí mismo en mi lengua y no le importó. Me besó fuerte, con desesperación, mientras me metía la mano por abajo de la remera larga.

Yo no tenía nada abajo. Solo la remera.

Cuando le encontró la piel desnuda del culo con la palma, hizo un ruido animal contra mi boca y me apretó fuerte, clavándome los dedos. Me subió la remera hasta arriba de las tetas y me la sacó por la cabeza. Me quedé encima de él completamente desnuda, en cuatro patas, con las tetas colgándole en la cara. Me agarró una con la boca. Me chupó el pezón entero, duro, y lo mordió apenas. Sentí el tirón bajarme derecho a la concha y me di cuenta de que estaba empapada. Le estaba manchando el estómago con la humedad.

—Estás toda mojada —murmuró contra mi teta—. Se te está chorreando.

—Ya sé.

—Vení acá.

Me giró sin dejar de chuparme y me tumbó boca arriba en el colchón. Me abrió las piernas con las manos y se metió en el medio. Me miró la concha en la penumbra, la miró de verdad, y después bajó la cabeza y me la comió sin previo aviso. Casi me arqueo del colchón. Me clavó la lengua entera adentro y después me la subió hasta el clítoris y me lo chupó con los labios como me había chupado el pezón. Le agarré la cabeza con las dos manos, le tironeé el pelo y le pedí que no parara. Mateo me la comía con hambre, con la nariz metida en el pubis, respirándome, lamiéndome de arriba a abajo. Me metió dos dedos y me los movió despacio mientras me chupaba el clítoris, y sentí que se me venía el primer orgasmo de la noche subiendo de golpe, sin pedir permiso.

—Me vengo —dije—. Mateo, me vengo.

No paró. Al contrario, me chupó más fuerte y me curveó los dedos adentro y yo me terminé cerrando las piernas contra su cara, mordiéndome el antebrazo para no gritar, corriéndome en su boca en oleadas que no se acababan nunca. Cuando por fin me solté, tenía la cara toda brillante de mí, y se pasó la lengua por los labios como quien acaba de comer algo bueno.

—Te chupo la concha cada vez que quieras —dijo.

—Callate y garchame de una vez.

Me abrió las piernas más todavía y se acomodó entre ellas. La polla le rebotaba dura contra la panza. Se la agarró con la mano y se la pasó por los labios de mi coño, arriba y abajo, mojándose la cabeza en mi humedad, tocándome el clítoris con el glande hasta hacerme temblar. Después apoyó la punta en la entrada y empujó.

La sentí abrirme despacio. Era gorda y me dolió un segundo, apenas, un ardor lindo que se convirtió en placer cuando la tuve toda adentro. Me llenó entera. Mateo se quedó quieto encima de mí, con los codos a los lados de mi cara, respirando fuerte, como aguantándose las ganas de venirse ya.

—Puta madre, Lu —dijo—. Estás re apretada.

—Movete.

Empezó a garcharme despacio, largo, sacándomela casi entera y volviéndola a meter hasta el fondo. Cada empujón me arrancaba un jadeo. Le rodeé la espalda con los brazos, le clavé las uñas y le mordí el hombro para no gritar. Me acuerdo de detalles raros. Me acuerdo de que el ventilador de techo hacía un clic cada tantas vueltas y que ese clic terminó marcándonos el ritmo. Me acuerdo de que afuera ladró un perro a lo lejos y los dos nos quedamos quietos un segundo, con la polla adentro mío hasta el fondo, esperando, y después seguimos como si nada. Me acuerdo de la temperatura exacta de su pecho contra mis pezones, de cómo olía a jabón blanco y a sudor de siesta, de la forma en que su mano me sostuvo la nuca cuando me la empezó a clavar más rápido.

—Más fuerte —le pedí—. Dame más fuerte.

Me la clavó más fuerte. Me levantó una pierna y me la apoyó en el hombro y desde ese ángulo me llegaba más profundo todavía, tocándome un lugar que me hacía ver luces. La cama empezó a hacer un ruido rítmico contra la pared, sordo, y ninguno de los dos hizo nada para pararlo. Me estaba garchando mi hermano y era lo más increíble que había sentido en mi vida.

—Decime lo que soy —le dije, y ni yo sabía por qué.

—Sos mi hermana —dijo, sin dejar de moverse—. Sos mi hermana y te estoy garchando.

—Otra vez.

—Te estoy garchando la concha a mi hermana. A vos, Lucía. A vos.

Me vine ahí, sin aviso, con la polla adentro y sus palabras en la oreja. Me contraje entera alrededor de él y él sintió cómo se lo apretaba y tuvo que parar la cadera un segundo, con los ojos cerrados, para no venirse conmigo.

Hubo un momento en que abrí los ojos y me lo encontré mirándome. No con culpa. No con vergüenza. Con una concentración rara, como queriendo aprender de memoria mi cara para después poder negarla. Le sostuve la mirada mientras él me la seguía metiendo, más lento ahora, casi con solemnidad. Fue lo más íntimo de toda la noche, más que cualquier otra cosa. Verlo garcharme sin dejar de mirarme, sabiendo los dos que esto era lo que estaba pasando y que estaba pasando entre nosotros.

—Date vuelta —me dijo después, con la voz ronca.

Me di vuelta en cuatro patas y le levanté el culo. Me lo agarró con las dos manos, me lo abrió, y me la volvió a meter de una sola vez. Desde atrás me llegaba todavía más adentro. Empezó a garcharme con embestidas duras que me sacudían entera y me hacían chocar la cabeza contra la almohada. Le escuchaba la respiración pesada, los muslos golpeándome el culo, el ruido húmedo de la concha ensartada en la verga.

Me agarró del pelo. Me lo enrolló en el puño y me tiró la cabeza para atrás, arqueándome, y así me siguió garchando, con una mano en el pelo y la otra clavada en la cadera. Yo apretaba la almohada con las dos manos y me mordía los labios para no despertar al perro de la galería, al pueblo entero, a los muertos.

—Me voy a venir —dijo, con la voz destrozada—. Lu, me voy a venir.

—Adentro no —alcancé a decir—. En la boca. Dámela en la boca.

La sacó a los dos segundos y me di vuelta a tiempo. Me arrodillé frente a él en la cama y él se paró en las rodillas, con la polla brillante y roja apuntándome a la cara. Se la agarré con la mano y me la puse en la boca justo cuando le explotó la primera corrida. Sentí el chorro caliente estamparme contra el paladar, después otro, y otro, y me tragué todo lo que pude mientras el resto le chorreaba por el tronco y por mis dedos. Mateo se agarró de mi hombro para no caerse. Le tembló la voz cuando terminó.

—La puta madre —dijo—. La puta madre, Lucía.

Me quedé con la polla en la boca un segundo más, chupándole las últimas gotas, limpiándosela con la lengua. Después la solté y me pasé el dorso de la mano por los labios. Me quedaba semen tibio en el mentón. Me lo saqué con el dedo y me lo chupé mirándolo a la cara.

El tiempo se desdibujó.

***

Cuando todo se calmó, cuando el silencio volvió a asentarse sobre la habitación, me quedé un momento más, respirando despacio, intentando entender lo que acababa de pasar… o tal vez sin querer entenderlo del todo. Mateo tenía el brazo apoyado sobre mi cintura y no me di cuenta de en qué momento lo había puesto ahí.

—Tenés que volver a tu cuarto —dijo, en voz muy baja.

—Ya sé.

—No por mí. Por vos.

Asentí en la oscuridad, aunque no pudiera verme. Me incorporé con cuidado, recogí del piso la remera larga con la que había venido y me la puse sobre el cuerpo todavía caliente. Antes de salir, me di vuelta. Él estaba acostado boca arriba, con un brazo sobre los ojos, como si tratara de tapar algo que ya era demasiado tarde para tapar.

—Mateo.

—¿Qué?

—Nada. Buenas noches.

—Buenas noches, Lucía.

Era la primera vez en toda la noche que decía mi nombre así, y lo dijo distinto a como lo decía siempre. No sé explicarlo mejor. Lo dijo como diciendo otra cosa, una cosa que no íbamos a poder decir nunca con palabras.

El pasillo seguía igual, tranquilo, ajeno. El perro viejo de la galería ni se movió cuando pasé. Volví a mi cama con el cuerpo todavía encendido, la concha ardiéndome, y la cabeza llena de imágenes que ya sabía que no iba a olvidar fácilmente. Me acosté boca arriba, miré el techo y me reí sola, una risa muy corta, sin gracia, casi un suspiro. Después me tapé la cara con la sábana y me quedé así un rato largo.

***

A la mañana siguiente, todo fue normal. O eso fingimos.

Bajé al living tarde, con el pelo todavía húmedo de la ducha. Mateo ya estaba en la cocina, haciendo café, con una camiseta vieja de la facultad y un pantalón de gimnasia. Me miró apenas. Me sirvió una taza sin preguntar y me la pasó por arriba de la mesada.

—¿Dormiste? —preguntó.

—Más o menos.

—Hace mucho calor.

—Sí —dije—. Hace mucho calor.

Y eso fue todo. No hablamos del tema esa mañana, ni esa tarde, ni el resto de las vacaciones, ni en los años que vinieron después. No volvió a pasar tampoco. Hubo otras noches calurosas, otras casas vacías, otros momentos en los que cualquier cosa hubiera sido posible, y sin embargo nunca volvió a pasar. No porque no quisiéramos. Creo que justamente por eso.

Mateo se casó hace dos años con una chica que se llama Carolina y que me cae bien. Tienen un departamento chico en Villa Crespo y un gato gordo y planes de comprar algo más grande cuando puedan. Yo estoy con alguien también, alguien tranquilo, alguien que nunca va a leer esto. Nos vemos los domingos en lo de mis viejos. Nos abrazamos para saludarnos como cualquier hermano y hermana del mundo.

Pero a veces, en los asados de domingo, cuando alguien cuenta un chiste y todos se ríen, levanto la vista y lo encuentro mirándome desde el otro lado de la mesa. No mucho. Apenas un segundo. Lo justo para acordarnos los dos de que existió aquella noche en la sierra, aquel cuarto, aquel ventilador de techo que hacía clic.

Y después uno de los dos baja la vista y la conversación sigue, como si no hubiera pasado nada.

Como si.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(7)

Marta_77

increible!!! me enganché desde el primer párrafo y no pude soltar el teléfono hasta el final

DanielaBaires

Por favor seguí con esta historia, me dejaste con muchísimas ganas de saber como termina.

taniagris

me recordó una situacion que tuve hace años y que nunca le conté a nadie jaja. muy bueno

EduMR22

tremendo. de esos relatos que te hacen sentir que estas ahí parado en ese pasillo

LauraVdT

Qué buena narración, se siente muy real. Me gustó cómo fuiste construyendo la tensión desde el principio. Ojalá haya segunda parte!

VeroLectora

Uno de los mejores que lei en esta pagina en mucho tiempo. Esa manera de describir cuando uno sabe que no deberia pero igual sigue... perfecto. Seguí escribiendo!

MarioCba

relatos como este son ideales para leer de madrugada. me atrapó completo!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.