La noche en Valencia que cambió todo en mí
Hasta los veintiuno fui invisible. No lo digo con dramatismo, lo digo porque es la verdad más fea que he aprendido a contar sin que me duela. Mientras mis amigas del instituto coleccionaban besos en fiestas, citas a ciegas y mensajes de chicos que las esperaban a la salida, yo coleccionaba apuntes ordenados, tardes con mi madre y libros que leía dos veces. Los chicos me miraban como se mira un mueble bonito: con interés breve y sin ganas de detenerse.
Esto no es una queja. Es el contexto. Porque lo que pasó después solo se entiende si entendéis primero que yo llegué a esa discoteca de Valencia siendo otra persona.
Voy a llamarme Marina aquí. Para lo que voy a contar, y para que mi madre no se entere si algún día encuentra esta página, prefiero que sea así. Marina, veintiuno, virgen, tímida, con un grupo de amigas de la facultad que me tenían cariño porque era la que aguantaba sus dramas sin juzgarlas.
El viaje a Valencia salió de un capricho colectivo. Empezó como un café en la cafetería de la facultad y terminó con cinco billetes de tren y un piso turístico cerca de la playa. Éramos seis chicas y dos chicos. Uno de ellos, Iván, llevaba semanas hablándonos de unos amigos suyos que vivían allí y que tenían «buenos contactos». Yo no terminaba de entender qué quería decir con eso, pero el resto se reía y decía que ya lo veríamos.
Lo vimos la última noche.
***
Habíamos pasado tres días buenos. Playa, tapas, una visita a la Ciudad de las Artes que no significó nada porque ninguna miraba los edificios, mucha cerveza barata y poco dormir. Para esa última noche, los amigos de Iván nos consiguieron entrada a una discoteca enorme cerca del puerto. Yo me había puesto un vestido negro, corto, con tirantes finos, que mi amiga Daniela me había prestado porque «tienes que estrenar algo en este viaje, Marina, por Dios». Lo decía con cariño. Lo decía también con un poco de pena.
A las dos de la madrugada estábamos en un reservado del segundo piso. Cuatro chicos de Valencia, nosotras seis y una mesa con dos botellas de cava, hielo y una vela que no entendí muy bien para qué servía. Las luces eran azules y violetas. La música era de esa que no se escucha, que te empuja desde las costillas.
No sé cuántas copas llevaba cuando uno de ellos, el más alto, se sentó a mi lado. Se llamaba Sergio. Lo recuerdo porque después me lo repetí muchas veces, como si fuera un código.
—¿Tú no hablas mucho, no? —me dijo, acercando la boca a mi oreja para que lo oyera por encima del bajo.
—Hablo cuando tengo algo que decir —contesté, y a mí misma me sorprendió la respuesta.
Se rio. Tenía una risa breve y ronca, como si se la guardara casi siempre.
—Pues me gustaría oírte decir algo más.
***
Bailamos. Al principio con una distancia incómoda que se fue evaporando con cada minuto. Sergio me sacaba veinte centímetros y tenía las manos grandes. Empezó tocándome la cintura, después la cadera, después me apretó contra él. Yo estaba lo suficientemente bebida para no pensar y lo suficientemente sobria para acordarme.
Me besó cerca del cuello primero, como pidiendo permiso. Cuando giré la cara y le ofrecí la boca, ya no preguntó nada. Me besó como si llevara rato planeándolo. Le abrí la boca, le dejé pasar la lengua, le mordí el labio inferior, todas esas cosas que había leído y nunca había hecho. Él gimió bajito contra mi boca y eso, más que el alcohol, fue lo que me terminó de soltar.
Sentí su erección contra mi vientre antes que su mano contra mi muslo. Él no la disimuló. Yo tampoco fingí que no la notaba. Me apretó el culo y me pegó a él, y yo me moví despacio, en círculos pequeños, comprobando lo que provocaba.
Lo provocaba todo.
Acabamos en uno de los sillones del reservado, yo encima de él, las luces lo bastante bajas como para que ninguno de los demás pareciera estar mirando. Me senté a horcajadas y él me agarró las caderas y me empujó hacia abajo, friccionándome contra su bulto. El vestido se me había subido hasta media nalga. Yo notaba la tela del tanga húmeda contra la costura de su pantalón y cada empujón me iba erizando la espalda.
—¿Vamos a otra parte? —me susurró.
No contesté. Me bajé de su regazo, me ajusté el vestido lo justo para que no enseñara nada al levantarme y le di la mano.
***
Subimos a la tercera planta porque alguien le había dicho que arriba los baños eran más tranquilos. Encontramos uno de chicas casi vacío. Esperamos a que saliera la última y nos metimos los dos en el cubículo del fondo.
En cuanto cerró el pestillo, me empujó suavemente contra la puerta y volvió a besarme. Esta vez tenía menos delicadeza. Me bajó los tirantes del vestido por los brazos hasta que el escote cedió y se me quedó la tela enrollada por encima de las costillas. Mis pezones, duros del frío y de todo lo demás, le quedaron a la altura de la boca.
Me succionó uno y me mordió el otro. La punta de su lengua giraba en círculos pequeños, primero suaves, después con más insistencia. Yo enredaba los dedos en su pelo y le tiraba sin darme cuenta. Cada vez que cambiaba de pecho, yo soltaba un sonido que no reconocía como mío.
Cuando se separó, lo entendí sin que lo dijera. Me bajé yo sola.
Me arrodillé frente a él en el suelo del baño —un baño de discoteca, sí, pero ya no me importaba nada— y le desabroché el cinturón. Le bajé los pantalones lo justo. Su polla estaba dura, gruesa, con la punta brillante. Yo no había hecho aquello nunca, pero llevaba años imaginándolo, y la imaginación, cuando es vieja, también enseña.
Me la metí entera la primera vez. Demasiada, demasiado rápido, los ojos llorándome por el reflejo, pero no me retiré. Le acaricié los testículos con una mano y me sostuve en su muslo con la otra. Empecé despacio, sintiendo cómo me llenaba la boca, midiendo cuándo respirar, aprendiendo en tiempo real.
—Joder —dijo él en voz baja, y se llevó la mano a mi nuca.
***
No me dejó dirigir mucho rato. Me sujetó la cabeza y empezó a moverla a su ritmo, marcando él la velocidad. Yo lo dejé. Cada vez que me empujaba hasta el fondo, sentía la nariz contra su pubis y la barbilla contra sus testículos, y se me escapaban las lágrimas y la saliva en hilos por la mandíbula. Era humillante y era hermoso al mismo tiempo. No sabía que esas dos cosas pudieran estar juntas.
—Avísame —dije, separándome un momento.
—Te aviso —contestó—. Tú decides.
Decidí no apartarme.
Cuando se corrió, lo hizo con un quejido largo y la mano apretándome el pelo. La primera oleada me llenó la boca y la segunda casi se me escapó por la comisura. Me la tragué entera. Mientras lo hacía, lo miré desde abajo. Él me miraba como si nunca antes hubiera visto a nadie.
Recogí con dos dedos lo poco que se me había escapado y me los chupé. No por hacer postal. Porque me apetecía.
***
Me puso de pie y, antes de que pudiera ordenarme la cabeza, me había quitado el vestido del todo. Me quedé en tanga, contra la pared del cubículo, con sus manos recorriéndome desde las costillas hasta las caderas. Apartó la tela hacia un lado y me acarició el clítoris con el dedo medio, despacio.
El despacio fue una crueldad. Yo llevaba dos horas mojándome sin parar y aquel toque mínimo me hizo temblar las piernas. Se rio bajo, contra mi cuello, y siguió.
Después metió dos dedos a la vez, sin avisar. Yo me mordí su hombro para no soltar un grito. Empezó a moverlos rápido, hacia dentro y hacia arriba, buscando algo. Cuando lo encontró, lo supe yo antes que él, porque se me arquearon los riñones y se me fue un sonido por la boca que jamás había oído de mí misma.
—Quieta —me dijo—. Quieta, que estás a punto.
Estaba a punto. Estuve a punto durante un minuto entero, con sus dedos curvándose contra ese sitio que yo no sabía que tenía un sitio, y con su boca pegada a la mía para que no se escaparan los gemidos. Cuando me corrí, lo hice contra su mano, en silencio, mordiéndole el labio inferior tan fuerte que después él se rio y me dijo que se lo había dejado marcado.
***
Estábamos recolocándonos la ropa cuando entraron unas chicas en el baño. Las oímos charlar, lavarse las manos, meterse en cubículos contiguos. Yo me quedé congelada con el vestido a media subir.
—¿Y Marina? —dijo una de ellas—. Lleva un buen rato desaparecida.
Cerré los ojos. Era Daniela.
Sergio sonrió. No con amabilidad: con una clase de descaro que en otro contexto me habría irritado. Me empujó con un dedo en el esternón hasta que volví a estar de rodillas. Y mientras mis amigas hablaban en voz alta a dos puertas de distancia, sin saber, me volvió a abrir los pantalones y me metió la polla en la boca otra vez.
Esta vez no estaba completamente dura. Creció entre mis labios. Yo lo agarré por el muslo y lo chupé despacio, con cuidado, controlando cada sonido que se nos pudiera escapar. Sentir las voces de mis amigas hablando de mí mientras yo le hacía aquello a un desconocido en un baño me puso más caliente que cualquier otra cosa de esa noche. No lo entendí entonces. Tampoco lo entiendo del todo ahora.
Me agarró del pelo otra vez. Le costó más correrse esta segunda vez, pero cuando lo hizo me lo tragué igual, sin pestañear, mirándolo a los ojos. Por respeto. Por gusto. Por no sé qué.
***
Nos vestimos en silencio, esperamos a que se vaciara el baño y salimos como si nada. Bajamos por separado. Cuando volví al reservado, mis amigas se habían ido a la pista y nadie me preguntó nada.
A las cinco de la mañana volvíamos al apartamento. Daniela me miraba de reojo, sospechando, sin atreverse a decir nada. Yo me dejé caer en el sofá con el vestido todavía oliendo a Sergio y me quedé dormida mirando el techo.
No lo he vuelto a ver. No me dio el teléfono y yo tampoco lo pedí. No hizo falta.
Lo que sí pasó es que esa misma semana, ya en mi ciudad, le hice una mamada a un compañero de la facultad que llevaba años intentándolo y al que yo siempre había despachado con una sonrisa. Y dos noches más tarde, otra. Y desde entonces, casi cuatro años después, he aprendido cosas de mi cuerpo que aquella Marina del vestido prestado no habría imaginado nunca.
Sergio, si esto te llega de algún modo, no quiero volver a verte. No porque no quiera. Porque ya ha pasado lo que tenía que pasar contigo, y la versión tuya que llevo en la cabeza me sirve más que cualquier mensaje que pudieras escribirme hoy.
Eso fue lo que me cambió. No la mamada. No el orgasmo en aquel baño. Fue la decisión, allí de rodillas, mientras mis amigas pasaban a dos metros, de no callarme nunca más lo que quería.