La voz que despertó a mi esposa en el aniversario
Era nuestra noche de aniversario y, sin que ella lo notara, yo había estado contando las horas con una mezcla de esperanza y miedo. Hacía meses que mi esposa apenas sonreía. Después de los problemas con nuestro hijo, algo se le había muerto adentro, y por más planes, escapadas o regalos, no lograba que me mirara como antes.
Reservé una mesa en aquel pequeño salón frente al malecón, donde habíamos festejado el primer aniversario, veintidós años atrás. La iluminación era cálida, el vino correcto, y un trío en vivo tocaba boleros para los pocos comensales que aún quedaban a esa hora.
Le acaricié la mano sobre el mantel.
—Estás hermosa esta noche.
—Estoy cansada —respondió ella, mirando el menú sin verlo.
Entonces, desde la pequeña tarima, el cantante anunció la última tanda. Era cubano, lo dijo él mismo con esa picardía caribeña que rompe el hielo. Alto, de piel oscura, con una sonrisa que parecía haberle costado nada y unos ojos que no se rendían fácilmente. Se llamaba Yoandry.
Apenas empezó a cantar, vi a mi esposa enderezarse en la silla. Yo ya conocía ese gesto. Ella siempre había vibrado de un modo particular con las voces graves, esas que parecen salir de un sótano y subir despacio por la espalda. Y la voz de Yoandry tenía algo más: el acento. La isla. La cadencia que ella había rozado años atrás, en aquel viaje con sus amigas, y que después se le había vuelto un recuerdo, dibujado y vuelto a dibujar en sus cuadros.
Cuando atacó las primeras estrofas de Venecia sin ti, mi esposa se llevó la copa a los labios sin darse cuenta. Le brillaban los ojos. Yoandry la había elegido, como hacen los buenos cantantes: posaba la mirada en sus labios, después en sus pestañas, y volvía a sus labios. Le cantaba a ella, sólo a ella. Y ella, desde el otro lado de la pequeña pista, le devolvía cada nota con un gesto mínimo, una respiración entrecortada, un mechón retirado de la frente.
Hace cuánto que no la veo así, pensé.
Para cuando agotó el repertorio cubano, ella tenía las mejillas encendidas y los ojos húmedos. Yoandry bajó del escenario rumbo a las mesas. Yo creí que iría a saludar al dueño, pero pasó de largo y se acercó a la nuestra. Saludó con esa galantería antigua que ya casi no se ve, le tomó la mano a mi esposa y se la besó sin apuro.
—Cantaba para usted —dijo, y la miró fijo.
Lo invité a sentarse y compartir una copa. Aceptó. Pidió mojito, por supuesto, y nos contó dos o tres anécdotas de su vida trashumante: La Habana, México, Bogotá, ahora la costa. Mi esposa, que llevaba meses sin pronunciar tres frases seguidas, le hizo preguntas sobre Cuba, sobre el malecón, sobre los pintores de la isla. Yo la escuché reír. La escuché reír de verdad.
Cuando empezó a sonar una balada lenta, Yoandry se puso de pie y la miró a ella primero, después a mí. Pidió permiso con los ojos. Mi esposa apretó mi mano debajo de la mesa, y yo le besé la frente, como una bendición.
—Vayan —dije.
Los vi caminar hacia la pista rozándose los dedos. Cuando él la tomó de la cintura, ella se colgó de su cuello y cerró los ojos. Al principio bailaron con prudencia, separados por dos puños de aire respetuoso. Después la música los fue empujando, hasta que dejaron de medir distancias y los dos cuerpos se entendieron solos. Yoandry le decía algo al oído. Ella entreabría la boca como si ya le costara respirar.
Al volver a la mesa supe lo que tenía que decir. La invitación salió natural, sin estrategia. Teníamos suite arriba, había champaña, había música. Mi esposa giró hacia él y soltó apenas un «¿puedes?» que no necesitó adornos. Yoandry me miró otra vez, esperando mi gesto. Asentí.
—Subamos —dije.
***
La suite olía a flores y a la sal del mar que entraba por el balcón abierto. Mi esposa se metió un momento en el baño y volvió con una solera de seda fina, sin nada debajo. Los pezones se le marcaban como dos botones oscuros. Yoandry, mientras tanto, había elegido la música. Bajé las luces a la mitad y serví tres copas.
Bailaron de nuevo, esta vez sin público. Yoandry le mostró a llevar el cuerpo como en la playa, descalzo, sin camisa, con esa elasticidad de quien aprendió a bailar antes que a leer. Mi esposa lo siguió como si tuviera veinte años. Le habían desaparecido del rostro las arrugas de los últimos meses. Yo me corrí hacia el sillón con mi copa y me convertí, sin pelearlo, en lo que necesitaba ser esa noche: el espectador agradecido.
El primer beso largo me agitó algo en el pecho que no era exactamente celos. Era más bien asombro. Y, lo confieso, deseo. Yoandry le besaba el cuello con la lentitud de quien sabe que el tiempo le pertenece. Ella echaba la cabeza hacia atrás y sonreía con los ojos cerrados.
—Ven —me dijo él de pronto, estirando la mano—. Acércate.
Me llevó hasta donde estaba ella, le dejó mi cuerpo entre los brazos un instante, y se apartó como diciendo «esto también es tuyo». Después continuó él. Inteligente, el cubano. Sabía exactamente cuándo correrse y cuándo volver.
Mi esposa se arrodilló frente a él en la alfombra. Le bajó el pantalón con dedos torpes. Cuando se encontró con lo que tenía delante, cerró los ojos un segundo, como pidiendo permiso a sí misma. No era sólo el tamaño. Era la idea de tener al fin lo que había soñado en silencio durante años.
Lo lamió primero con una devoción casi religiosa. La base, las venas, los testículos. Después intentó tragarlo y le ganó la garganta. Tosió. Volvió a intentarlo. Yoandry le sostuvo la cara con las dos manos, sin forzar, marcándole el ritmo con una paciencia de viejo amante. Yo miraba desde el sillón con el aliento cortado. Hacía años que no la veía así de viva.
—Ven aquí, papito —me dijo ella sin soltarlo—. No te quedes lejos.
Me arrodillé a su lado. Yoandry me miró con curiosidad, pero no se sorprendió. Mi esposa me ofreció el sexo del cubano con la misma naturalidad con la que años atrás me había ofrecido un trago. Bajé la cabeza y lo probé. Confieso que en mi vida había hecho otras cosas, pero ella nunca lo había sabido. Aquella noche sí lo supo, y, por primera vez, no le importó. Al contrario, me besó la nuca mientras yo lo lamía, y susurró:
—Así, amor, juntos.
Compartimos esa boca y esa carne durante un rato largo, una a cada lado. Ella mordía despacio el tronco, yo bajaba a las bolas, nos encontrábamos arriba con un beso que llevaba sabor a piel ajena. Yoandry resoplaba con el cuello tenso y la cabeza echada hacia atrás. Cuando sentí que se iba a venir, retiré la cara y dejé que ella recibiera todo. La leche le pintó los labios, las mejillas, el cuello. Una parte cayó sobre mi boca, que estaba abajo. Nos besamos con eso entre las lenguas y mi esposa lloraba sin parar, pero era un llanto distinto al de los últimos meses.
***
Pensé que ahí terminaba todo. No terminó. Yoandry se recuperó con una velocidad que sólo se tiene a los treinta y pocos. Diez minutos después la tenía otra vez echada en el sillón, las piernas abiertas, mientras él le besaba la cara interna de los muslos sin apuro. Mi esposa pidió en voz baja algo que yo no le había escuchado pedir nunca:
—Quiero que me cojas. Por favor.
Él dijo que sí, pero pidió lubricante. Ella protestó, quería sentirlo entero, sin nada de por medio. Yoandry insistió con dulzura.
—Te conozco hace tres horas, mi amor, pero no quiero hacerte daño.
Yo fui a buscar el frasco al neceser. Mi esposa, mientras tanto, lo lamía otra vez con esa concentración nueva. Cuando volví, le pasé el gel a Yoandry y le sostuve la cara a ella con las dos manos.
—Mírame —le dije—. Quiero verte.
Lo hizo. Ella prefirió montarlo. Se apoyó en sus hombros, buscó el ángulo, y se fue dejando caer despacio. La primera embestida se la quedó por la mitad. Yoandry no empujó. Le besó la frente, la nariz, los párpados, la dejó respirar. Después siguieron juntos. Cuando llegó al fondo, mi esposa soltó un grito ahogado y se quedó quieta, abrazada a su cuello, con los ojos cerrados.
—Es vida, papito —me dijo sin abrir los ojos—. Esto es vida.
Empezaron despacio. Después no tan despacio. Yo le acerqué la copa a los labios a ella, le sequé la frente, le acaricié la espalda. Era extraño, pero me sentía útil. Como si por fin estuviera haciendo bien mi trabajo de marido: cuidarla mientras ella se reencontraba consigo misma.
Cambiaron de posición. Ella se puso de rodillas en el sillón, ofreciendo la espalda y todo lo demás. Yoandry la tomó de la cintura y volvió a entrar. Mi esposa estiró la mano hacia mí, me reclamó la boca. Le di lo que pedía. Sus gemidos se ahogaban contra mi cuello.
—No quiero que se vaya nunca —murmuró—. No me lo quites nunca.
—No te lo quito, amor.
Yoandry, que había escuchado, se inclinó sobre su espalda y le habló al oído.
—Tranquila, mi reina, que esta noche es tuya. Toda.
Pidió más gel. Esta vez lo distribuyó con paciencia donde mi esposa nunca había aceptado a nadie. Ella dudó. Le tembló la voz.
—No sé si puedo.
—Si no quieres, paramos —dijo él.
Mi esposa miró el techo unos segundos. Después me miró a mí. Después asintió.
—Quiero —dijo—. Despacio.
Yoandry entró con una lentitud que sólo se aprende cogiendo mucho y pensando en la otra persona. Le habló todo el tiempo, le pidió que respirara, le dijo cosas en cubano que yo no entendí pero ella sí. La vi pasar del miedo al asombro y del asombro a algo que no sabría nombrar, una entrega con la boca abierta y los ojos llenos. Yo le sostuve las manos. Hubo un momento en que ella se rió, una carcajada corta, sorprendida, y dijo:
—No lo puedo creer.
—Créelo —le respondió él.
La cogió así durante un largo rato. Mi esposa me reclamó otra vez la boca, y después me reclamó debajo de ella. Yoandry me indicó con un gesto cómo acomodarme. Terminamos los tres en una geometría imposible que sólo se sostiene cuando hay confianza, y a esa altura, después de tres horas, había confianza. Yo abajo, ella encima de mí, él detrás de ella. Mi esposa lloraba y reía al mismo tiempo, y nos repetía «papito, amor, no se vayan, quédense».
Cuando él finalmente acabó, fue como un derrumbe lento. Se aferró a la cintura de ella, le besó la nuca empapada y se quedó así, abrazándola, sin salir, durante un rato largo. Mi esposa giró la cara y me buscó. Le di un beso que no tenía sexo, que era otra cosa. Era reconocimiento. Era gracias.
***
Después vino el silencio, que es la mejor parte. Los tres quedamos amontonados en el sillón, sudados, con la champaña tibia en las copas. Yoandry le acariciaba el pelo a mi esposa con la mano enorme. Ella le adoraba todavía, pero ya sin urgencia, como quien acaricia un milagro que sabe que existe.
—Tengo vergüenza —me dijo de pronto, sin mirarme.
—¿De qué, amor?
—De haberlo gozado tanto.
—No tienes ninguna vergüenza que tener. Te miré toda la noche y no vi a otra mujer. Te vi a ti, viva, después de meses.
Lloró otra vez, pero distinto. Yoandry, discreto, fue al baño y nos dejó solos un rato. Me dio tiempo de abrazarla bien, de decirle al oído que esa mujer que había vuelto esta noche no iba a desaparecer otra vez, que yo no lo iba a permitir.
Cuando él volvió, ya vestido a medias, supo leer la escena. Se sentó en el borde de la cama, aceptó otra copa, y nos contó que en dos semanas se iba de gira al sur. Pero que volvía. Que siempre volvía a esta costa.
—Cuando vuelvas, llámanos —dijo mi esposa, y se sorprendió ella misma de haberlo dicho.
—Voy a llamar —contestó él.
Se vistió sin apuro y se fue cerca del amanecer, con un beso largo en la boca de ella y un apretón firme en mi hombro. Cuando cerré la puerta, mi esposa estaba sentada en la cama, envuelta en la sábana, mirando el balcón por donde empezaba a entrar la primera claridad.
—Feliz aniversario —le dije.
Se rió. Me tendió la mano. La acompañé bajo las sábanas y nos quedamos mirando el techo, sin hablar, durante un rato muy largo. Antes de dormirse, me apretó los dedos.
—Gracias, amor —murmuró—. Por dejarme volver.
No le respondí nada. No había nada para responder.