Le confesé a mi marido cómo era la verga del otro
Mi marido descubrió hace unos meses que escuchar mis recuerdos lo enciende como nada. Al principio fueron preguntas sueltas, casi tímidas, en medio de un beso o cuando le acariciaba el pecho antes de dormir. Después se volvieron parte del juego, una rutina nueva en una cama que ya tenía pocas sorpresas.
Tenemos cuarenta y tres años los dos. Llevamos juntos desde poco después de la universidad, pero la cosa nunca se nos apagó. Probamos cosas, hablamos de cosas, no nos da vergüenza casi nada. Yo siempre fui una mujer a la que le gusta el sexo sin complejos: no me importan los tamaños, ni las duraciones, ni las técnicas finas. Me importa lo que el cuerpo me pide en el momento, y se lo hago saber al hombre que tengo enfrente.
Joaquín lo sabe mejor que nadie. Y por alguna razón, hace un tiempo empezó a obsesionarse con saber cómo había sido yo antes de él.
Esa noche en particular, los chicos se habían encerrado en sus cuartos con los auriculares puestos. La casa estaba en silencio. Joaquín me besó despacio, con esa intención que ya conozco, y yo metí la mano debajo de la sábana para acariciarle la verga, todavía blanda, todavía despertando. De todas las que conocí, la suya es la que mejor me encaja. No sabría explicarlo: hay vergas más largas, otras más gruesas, otras que duran más, pero la suya parece hecha a la medida de mi mano y de mi boca.
Cuando ya estaba dura y palpitando, me incliné a comérmela —es algo que me sale solo, no necesito que me lo pida— y entonces me detuvo. Apoyó la mano en mi mejilla y me miró con esa sonrisa torcida que pone cuando está tramando algo.
—Esta noche todavía no —dijo—. Cuéntame primero.
—¿Que te cuente qué?
—Cómo eran los otros. Los de antes de mí.
Otra vez ese juego.
—Ya te he contado —le dije, riéndome.
—Por encima. Quiero detalles. Quiero saber cómo te cogieron.
Le solté la verga un segundo, me acomodé contra su hombro y se la volví a agarrar, esta vez más despacio, casi con desidia, para que la conversación pesara más que la prisa. Lo conozco: si vamos demasiado rápido, se viene antes de que yo termine de hablar.
—Te describí a Andrés, mi primero —empecé—. El profesor. Largo y fino. Esa la sabés de memoria.
—Sí, esa me la sé.
—¿Y la del compañero del banco?
Levantó la cabeza unos centímetros de la almohada.
—Esa nunca me la contaste entera.
—Esa es la que más te gustaría —le advertí.
—Cuéntamela.
***
Tenía yo veintiséis años. Trabajaba en una sucursal de un banco en Rosario y había un compañero, Mateo, que llevaba meses tirándome los tejos sin disimulo. Casado, con dos hijos pequeños, encantador. Yo estaba sola en aquella época —Joaquín y yo todavía no nos habíamos reencontrado—, y la curiosidad y el aburrimiento de la rutina me podían cada vez más.
Un viernes me invitó a almorzar a su casa. La mujer trabajaba afuera todo el día, los nenes en la escuela hasta la tarde. No fui ingenua: sabía perfectamente a qué iba.
—¿Mateo? —me interrumpió Joaquín con la voz ya espesa—. Nunca lo nombraste así.
—Es un nombre. Ya está. ¿Sigo?
—Seguí.
Me bajé del taxi a las dos. La casa quedaba en un barrio tranquilo, con jardín al frente y una glicina vieja sobre la entrada. Me abrió en remera, sin reloj, recién bañado. No había puesto música, no había vino sobre la mesa, no había nada de la coreografía típica del que improvisa: él tenía la situación pensada hasta el último detalle. Eso, te lo confieso, me prendió todavía más. Me gustaba que se hubiera tomado el trabajo.
Apenas cerró la puerta, me besó. Sin preguntar. Me apoyó contra la pared del pasillo y me besó como se besa a alguien que llevás meses imaginando. Yo me derretí. Mi cuerpo siempre reacciona rápido: bastan dos besos profundos y ya tengo los pezones duros y la bombacha mojada por dentro.
—Sigue —repitió Joaquín, y su mano se cerró sobre la mía para que no parara de masturbarlo.
Me arrancó la blusa con paciencia, no con prisa. Tenía un sostén violeta que apenas me contenía las tetas; me las sacó por encima de la copa y empezó a chuparme los pezones, primero uno y después el otro, despacio, como si los probara. Ya sabes cómo soy: tetas grandes, blancas, redondas, los pezones se me ponen muy duros muy rápido. Mateo lo descubrió en treinta segundos y se quedó ahí más tiempo del que yo esperaba, mientras se me iba aflojando todo el cuerpo.
—Estaba con tanga —seguí—. Una negra, de las que apenas tapan adelante y se pierden entre las nalgas. Él me la corrió a un costado, sin sacarla, y me empezó a frotar el clítoris con dos dedos. Despacio, después un poco más rápido, después con una presión que no soltaba. Me iba a venir parada contra su pared.
—¿Te viniste así?
—La primera vez, sí. De pie, agarrada de su cuello, mordiéndole el hombro para no gritar.
Sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo a Joaquín. La verga le latía en mi mano, dura, hinchada, mojada en la punta. Aflojé el ritmo a propósito. No quería que se viniera todavía.
***
—Después me llevó al sillón del living —seguí—. Me sentó, me terminó de sacar la tanga, y se desvistió él. Y ahí, mi amor, fue cuando casi me caigo del sillón.
—Cuéntame.
—Era un cuerpo común. Flaco, sin abdominales marcados, sin ese físico de gimnasio. Te lo cruzás en la calle y no te das vuelta. Pero cuando se sacó el bóxer…
—Sigue.
—Tenía la verga más gruesa que vi en mi vida. Y mirá que vi unas cuantas. Larga también, sí, pero sobre todo gorda. Como un pepino de los grandes. La cabeza rosada, suave, redonda, hinchada. Y a medida que bajaba hacia la base se ensanchaba más. Tenía las venas marcadas, gordas, y una curvatura ligera hacia arriba. Parecía irreal.
—Describémela bien —pidió Joaquín, ya con la voz quebrada—. ¿Más gruesa que la mía?
—Mucho más, mi amor. La tuya es perfecta para mí, te lo digo siempre. La de él era… anormal. De las que aparecen una vez en la vida.
Sentí cómo se le contraía el muslo contra mi pierna. Le solté la verga, me lamí la palma de la mano para mojarla bien, y se la volví a agarrar. El gemido que le salió fue casi un quejido.
—Cuéntame cómo te la metió —me pidió.
—Te lo cuento, pero respira un poco o no llegamos al final.
***
Cuando vi semejante miembro, te juro que pensé que no iba a entrar. Tenía la concha hecha un río, pero esa cosa parecía más para mirar que para coger. Mateo se dio cuenta de lo que se me cruzaba por la cara, porque no se apuró. Se llenó la palma de saliva, se la untó despacio en toda la verga, me abrió las piernas, y me pasó la cabeza por la entrada, sin meterla, una vez, dos veces, tres, lubricándome con su saliva y con la mía hasta que estuve resbaladiza.
El primer empujón fue corto. Apenas la cabeza. Y aún así sentí un tirón en el bajo vientre que era mitad placer y mitad ardor. Me agarré del respaldo del sillón con las dos manos. Él esperó. Me miró a los ojos y esperó. Salió y volvió a entrar un poco más. Otra vez. Otra. Hasta que mi cuerpo lo aceptó, hasta que sentí que me acomodaba alrededor de él.
Y ahí, Joaquín, ahí descubrí algo que no sabía. Sentí, por primera vez, lo que es estar verdaderamente llena. Las paredes me vibraban, cada movimiento mínimo me llegaba al fondo. No necesitaba moverse fuerte: la fricción sola me iba a hacer venir.
—Y me vine —dije—. A los dos minutos. Sin que me tocara, sin nada, solo con la sensación de tenerlo dentro. Fue un orgasmo distinto a todos los que conocía. Largo, profundo, raro, como si me empujara desde adentro hacia afuera. Le clavé las uñas en los hombros y le gemí en el oído.
Joaquín tenía los ojos cerrados. Su mano apretaba la mía sobre su verga. Le caía una gota brillante por la cabeza y yo la usé para resbalarme mejor.
—Sigue.
—Después me pidió que me pusiera en cuatro. Le pedí un minuto, no me daban las piernas, te juro, me temblaban los muslos. Me dijo que no, que estaba a punto de venirse, que quería terminar en mis nalgas. ¿Cómo le decís que no a alguien que te acaba de hacer eso?
Me di vuelta, apoyé la cara contra el respaldo del sillón y le ofrecí el culo. Sentí cómo me agarraba de la cintura, cómo me volvía a meter esa verga gruesa de un solo movimiento ahora más fluido, y cómo se le iba la caballerosidad de antes. Me empezó a coger fuerte. Sin pausa. Sin miramientos. Yo no podía hacer otra cosa que aguantar la respiración y ver cómo me crecía un segundo orgasmo, este desde la planta de los pies, que me hizo temblar las rodillas hasta el último centímetro.
—Y se vino —rematé— afuera, sobre mis nalgas, con un chorro tan abundante que después tardé en limpiar. Como si hubiese guardado meses para ese día.
***
Cuando terminé de contar la historia, Joaquín no aguantó dos movimientos más. Me pidió con un gruñido que no parara, que apretara más fuerte, y se vino entre mis dedos, sobre su propia panza, con la mandíbula apretada y un gesto que no le había visto en años. Lo sentí latir en mi mano, una, dos, tres veces, vaciándose como si llevara semanas guardándolo.
Después se quedó callado un rato largo, con la respiración entrecortada, recuperándose. Yo le pasé una mano por el pecho mojado, le besé el hombro, esperé. Sé que después de venirse así necesita unos minutos para volver al cuerpo.
—¿Por qué nunca me la habías contado entera? —me preguntó al fin, todavía con los ojos cerrados.
—Porque me daba un poco de cosa —le confesé—. No por mí, por vos. Pensé que te iba a molestar.
—¿Molestarme? —se rio bajo, casi para adentro—. Yo soy el que te tiene ahora. Yo soy el que te coge esta noche.
—Y vas a seguir teniéndome —le dije.
Le di un beso largo, despacio, y le mordí el labio antes de soltarlo. Sentí que la verga le volvía a latir contra mi muslo, todavía mojada, todavía sensible, todavía despierta. Él me miró con esa misma sonrisa morbosa que había puesto al principio de la noche, y supe lo que estaba pensando.
—La próxima querés otra historia —le dije.
—La próxima quiero otra historia.
—Tengo unas cuantas guardadas, mi amor.
—Ya lo sé.
Apagué la luz del velador. La verga le seguía latiendo contra mi pierna y supe que esa noche, antes de dormir, todavía me quedaba algo por hacer. Pero esa parte es nuestra, y no se la cuento a nadie.