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Relatos Ardientes

Le confesé a mi marido aquel recuerdo prohibido

—Cuéntame cómo te volvió a coger —me pidió mi marido al oído, con la voz quebrada por algo que no era cansancio—. No te saltes nada.

Yo estaba sentada sobre sus muslos, con los labios todavía húmedos de él, y supe en ese momento que la noche apenas empezaba. Me acomodé el pelo detrás de la oreja, le sostuve la mirada y empecé.

—Después de la primera vez, nos quedamos un rato hablando en el sofá. Damián estaba desnudo, sentado con las piernas abiertas y el sexo recostado sobre el cuero, todavía pesado. Yo me había puesto un cojín en el regazo, no por pudor, sino porque no sabía dónde mirar. Llevábamos diez minutos charlando de cualquier cosa, como dos viejos amigos, cuando se me ocurrió.

—Se te ocurrió qué —preguntó él, apretándome la cintura.

—Comprobar si podía despertarlo otra vez.

Mi marido tragó saliva. Esa cara la conozco, pensé. La misma que pone en la cocina cuando le suelto algún detalle prohibido del pasado. Seguí.

—Le pedí que se recostara y obedeció sin decir nada. Me arrodillé entre sus piernas, dejé caer el cojín y empecé a balancear los pechos sobre él. Despacio, como si lo estuviera consolando. Mis pezones, duros, le rozaban una y otra vez aquel trozo de carne dormida.

—¿Y reaccionó?

—Levanté la cabeza, lo miré, y eso bastó. Lo vi crecer, palmo a palmo, como si la sangre le entrara con retraso. Al verlo así, despertando por mí, me dieron unas ganas que no había sentido en años. De ser yo la culpable.

Mi marido respiró hondo. La tenía dura otra vez bajo mi peso. Apreté un poco las caderas para sentirla mejor.

—Damián se incorporó y se quedó de pie, frente a mí. La tenía rosada, gruesa, con las venas marcadas. Para que te hagas una idea: cuando la tomé con la mano, no conseguí cerrar los dedos. Y no soy de manos pequeñas.

—Me lo imagino.

—No, no te lo imaginas. La levanté hacia mi cara, la miré como quien mira un animal que pudiera escaparse, y la lamí desde la base hasta la punta. Despacio. Una sola pasada larga. Solo de pensarlo se me empapó todo de nuevo. Y eso que tú sabes que para mí el sexo oral nunca fue lo mío.

—Lo sé.

—Pero esa noche fue distinto. La metí entera, todo lo que pude, y empecé a moverme sobre ella sin pensar. La punta me llegaba al fondo de la boca y me obligaba a parar, a respirar, a volver a empezar. Él tenía las manos sueltas a los lados, sin tocarme la cabeza, dejándome hacer. Yo nunca había mamado así, marido. Por mí, no por él.

Mi marido emitió un sonido bajo, casi animal. La verga le palpitaba contra mi entrepierna.

—Le bajé las manos a los huevos. Eran enormes también, dos pelotas tibias y limpias. Cuando se las acariciaba se le encogían, se le arrugaban contra el cuerpo, y eso me daba más placer que cualquier otra cosa. Como si entendiera lo que le estaba haciendo. En un momento me pidió un respiro, no aguantaba más.

—¿Y le diste el respiro?

—Me puse de pie, lo besé, y me restregué contra él. Esa cosa palpitante quedó atrapada entre mis tetas y mi vientre, y juro que me ardía la piel donde tocaba.

***

—Sigue —dijo mi marido, y me empujó suavemente hacia atrás para acostarme en la cama. Su cuerpo se acomodó sobre el mío sin entrar todavía. Yo abrí las piernas por reflejo y seguí hablando con la boca contra su cuello.

—Me hizo sentar otra vez. Pensé que iba a meterse en mi boca de nuevo, pero no. Se arrodilló frente a mí, escupió entre mis pechos y los apretó contra él. Y empezó a moverse así, entre mis tetas, como si la cuna que le hacía mi cuerpo fuera lo único que existía.

—Una paja rusa.

—La paja rusa más larga de mi vida. La cabeza de la verga le aparecía y desaparecía entre mis pechos a cada empuje. Yo le ayudaba sosteniéndolas, las apretaba contra él, y cada vez que la cabeza asomaba la tenía a un palmo de la boca. Sentía las embestidas como si fueran en el clítoris. Cada una.

—Mira cómo me la pones —murmuró mi marido, y se metió entre mis muslos sin pedir permiso. Yo estaba tan empapada que entró sin esfuerzo, hasta el fondo, en un solo movimiento. Me arqueé.

—No tan rápido —dije, repitiendo lo que él mismo me había dicho un momento antes—, todavía no acabé de contar.

—Cuenta —respondió, sin moverse, hundido en mí.

—Le dije que ya no aguantaba. Métemela. Eso fue lo que le dije. Y Damián, sin necesidad de saliva, sin necesidad de nada, me acostó en el sofá y empujó. La carne se fue abriendo paso entre mis paredes, por la humedad podía entrar mejor, pero aun así la primera vez que llegó al fondo me hizo tragar aire por la boca. Como ahora.

Mi marido empezó a moverse despacio dentro de mí. Cada empuje me arrancaba una palabra.

—Me tomó las piernas por debajo de las rodillas y empezó a moverse con un ritmo raro, como un baile, con la cadera. Aceleraba sin darse cuenta. Yo me sujetaba a sus brazos. Sabía que iba a venirme, y me vine, marido. Grité tanto que se asustó él. Pero no paró. Me puso los tobillos sobre los hombros y cambió el movimiento. Ya no era ese baile coordinado, era una embestida bruta. Cada golpe me empujaba los labios hacia dentro y hacia fuera. Como ahora. Como tú me la metes ahora.

Mi marido gimió contra mi cuello. Aceleró.

—El segundo orgasmo me llegó antes de poder avisar. Las piernas me temblaban solas. Y entonces… entonces hizo algo que no esperaba.

—¿Qué hizo?

—Me bajó los pies de los hombros, me los acercó a la boca y empezó a chuparlos. Los dedos, el empeine, la planta. Como si tuviera hambre. Nadie me había hecho eso nunca.

—¿Y te gustó?

—Casi me vine otra vez solo con eso. Mi cuerpo no podía más. Y él tampoco. A los pocos empujones más se sacó la verga, la dejó caer sobre mi vientre, y juro que sonó como una nalgada. Dos chorros, marido. Dos chorros que me llegaron hasta los pechos. Y después se quedó ahí, palpitando, vaciando lo que le quedaba.

***

Mi marido ya no aguantaba. Estaba clavado en mí hasta el fondo, sin moverse apenas, conteniéndose. Me besó con esa desesperación de los primerizos, buscándome la lengua. Después bajó la mano y me tocó el clítoris con dos dedos, sin sacarse de dentro. Yo me arqueé.

—Esto que tienes así —dijo, jadeando contra mi boca—, dime que es por mí. Dime que ahora es por mí.

—Tú sabes que sí —contesté, y era verdad.

—¿Por mí o por él?

—Por los dos. Por contártelo. Por sentirte celoso. Por sentirte cachondo. Por todo eso a la vez.

Sus dedos se movieron rápido, sin llegar a ser bruscos. Yo le clavé las uñas en la espalda. Él empezó a moverse otra vez, ya sin contenerse, y supe que estaba al borde por la forma en que respiraba: solo por la nariz, con la boca apretada contra la mía. Yo iba detrás, a un latido de distancia.

—Vente conmigo —le pedí—. Conmigo.

Y nos vinimos a la vez, mordiéndonos los labios, gimiendo cada uno dentro de la boca del otro. Sin separarnos. Como si soltarnos fuera a romper algo. Cuando por fin abrimos los ojos, los dos teníamos esa expresión de quien ha estado conteniendo el aire demasiado tiempo. Él se dejó caer a un lado. Yo me quedé tumbada, mirando al techo.

—Joder —dijo después de un silencio largo.

—¿Joder bueno o joder malo?

—Joder no me lo cuentes nunca más.

Yo me reí. Le conozco. Me lo iba a volver a pedir antes de que terminara la semana.

—Una cosa —le dije, girándome hacia él, apoyada en el codo—. ¿Te molesta de verdad o te gusta?

Tardó en contestar. Miraba el techo igual que yo, con esa media sonrisa de los hombres que acaban de venirse y todavía no recuperan la palabra.

—Las dos cosas —dijo al final—. Y eso es lo que más me jode.

Le besé en el hombro y cerré los ojos. Sabía que la próxima vez me preguntaría más detalles. Cómo era exactamente él, qué gestos hacía, qué le dije al despedirme. Y yo se los iba a dar. Uno por uno. Despacio. Porque esa, y no otra, era nuestra forma de querernos.

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Comentarios (6)

RomyArg

que relato tan fuerte, se siente la emocion en cada palabra. Increible!!

ToniBA87

¿y como reacciono el marido al otro dia? quede con esa pregunta dando vueltas jaja

Silvina_BA

algo parecido me paso a mi hace años y nunca lo conte. Los relatos asi me hacen pensar en cosas que tenia olvidadas...

nocturno_44

corto pero con mucho fuego adentro. muy bueno

Paola_86

Me encanto la idea de usar un recuerdo para encender la pareja. Muy original y picante sin ser vulgar, eso no es facil de lograr

Martin_Cba

sigue escribiendo asi por favor!!! tenes un don para contar estas cosas

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