El rival de mi hijo me esperó en Nochebuena
Mi marido llevaba tres semanas en Singapur cuando llegó la Nochebuena. Sus reuniones de fin de año se alargaban siempre, y yo había aprendido a no contarle los días. La casa olía a romero, a mantequilla derretida y a ese pino artificial que arrastrábamos desde hacía demasiados diciembres. Mi vecina se había llevado a su perro, a su marido y a sus comentarios de siempre. Quedábamos Lucas y yo, y la cena que llevaba toda la tarde preparando.
Lucas tenía veintidós años y la paciencia justa para aguantar a su madre dos horas seguidas. Ya no era el chico que se sentaba en mis rodillas a abrir regalos: era un universitario de hombros anchos, despeinado, con la mirada perdida entre el móvil y la consola. Aun así, esa noche había prometido no escaparse hasta después del postre.
El timbre sonó a las nueve en punto.
—Es Mateo —gritó Lucas desde el sofá, sin levantarse—. Le dije que se pasara un rato.
Me sequé las manos en el delantal y abrí la puerta sintiéndome más nerviosa de lo que tenía sentido. Mateo era el rival eterno de mi hijo desde la facultad: el que le ganaba al pádel, el que sacaba mejores notas, el que se reía de él en cada cena de cumpleaños sin que la broma terminara de ser broma. Tenía veinticuatro, era moreno, más bajo que Lucas pero compacto, con esa seguridad insolente que se aprende cuando nunca te han dicho que no.
—Buenas noches, señora —dijo, dándome dos besos demasiado cerca de la comisura—. Le traigo un vino. Me ha contado Lucas que cocina como los ángeles.
—Pasa, anda —respondí, fingiendo no notar cómo sus ojos bajaban un instante hasta el escote del vestido.
Llevaba un vestido rojo, sí. Uno que mi marido no había visto. Me lo había comprado para una cena de empresa que terminó cancelándose y desde entonces colgaba en el armario como una promesa incumplida. Esa tarde, mientras me lo metía por la cabeza, había decidido que la promesa era para mí.
Mateo entró con la botella en la mano y la naturalidad de quien ya conoce la casa. Lucas le tiró un cojín a la cara como saludo. Mateo se lo devolvió, le pasó el brazo por el cuello en una llave de lucha y, en cuestión de segundos, los dos rodaban por el sofá insultándose entre risas. Era el ritual de siempre: pelearse, picarse, medir quién aguantaba más. Solo que esa noche, cuando Mateo se levantó del sofá despeinado, sus ojos vinieron directos a buscar los míos por encima del hombro de mi hijo.
Sostuve la mirada un segundo más de lo necesario.
—Daniela, ¿te ayudo a poner la mesa? —preguntó.
Lucas resopló desde el sofá.
—Tía, mi madre se llama señora Alarcón para ti.
—Llámame como quieras —dije sin pensar, y enseguida me di cuenta de cómo había sonado.
***
La cena fue larga. Mateo bebió poco, contó historias de la universidad y se rio cada vez que Lucas intentaba contradecirle. Yo serví el cordero, el turrón, el café, y entre plato y plato me sorprendí buscando excusas para inclinarme cerca de él. Cuando me llenaba la copa, sus dedos rozaban los míos un instante. Cuando se reía, me miraba a mí, no a Lucas.
Mi hijo no se daba cuenta de nada. O tal vez sí, y prefería no darse cuenta.
A las once y media, Lucas se levantó bostezando.
—Mamá, me voy a dormir. Mateo, cierra cuando te vayas, ¿vale?
—Tranquilo, campeón —respondió Mateo, sin mirarle. Me miraba a mí.
Lucas subió las escaleras y, en cuanto la puerta de su habitación se cerró arriba, el salón se volvió otro salón. La chimenea seguía crepitando, los villancicos sonaban bajitos en el altavoz y yo estaba de pie junto a la mesa, recogiendo platos con manos que de pronto no me obedecían.
—Deja eso —dijo Mateo.
Se había levantado. Estaba al otro lado de la mesa, con la copa todavía en la mano, mirándome como si llevara toda la noche esperando ese momento.
—Mateo, no...
—No he dicho nada todavía.
—No hace falta.
Soltó la copa con cuidado, dio la vuelta a la mesa y se paró delante de mí. Olía a colonia y al humo de la chimenea. Era más bajo que mi marido, más bajo que Lucas, pero tenía esa forma de plantarse en el suelo que ocupaba toda la habitación.
—Llevas toda la noche mirándome —dijo en voz baja—. Y yo llevo dos años mirándote a ti.
—Soy la madre de Lucas.
—Ya lo sé.
Me apoyé contra el borde de la mesa. El vestido se me subió un poco al moverme. No hice nada por bajarlo.
—¿Qué quieres, Mateo?
—Lo que quieres tú.
Cerré los ojos un segundo. Pensé en mi marido, en Singapur, en el avión que aterrizaría en tres días. Pensé en Lucas, durmiendo arriba con los auriculares puestos. Pensé en lo absurdo, lo imperdonable, lo perfecto de aquel salón en silencio.
Cuando abrí los ojos, Mateo seguía ahí.
—Si te beso —dije—, mañana no podemos volver a vernos como si nada.
—Ya no podemos.
***
Su boca sabía a vino tinto y a algo más nuevo, más joven, más impaciente. Me besó como si llevara meses ensayando ese beso en su cabeza. Sus manos no fueron donde yo esperaba; primero me cogieron la cara, luego la nuca, después me sostuvieron por la cintura como si tuviera miedo de que me echara atrás. No me eché atrás.
Lo arrastré hacia el sofá, lejos de la escalera, lejos del ruido. La luz del árbol nos manchaba la piel de rojo y verde. Le quité la camisa con prisa, segura de que si no la quitaba en ese momento iba a arrepentirme. Por debajo era exactamente como me lo había imaginado en cada cena de cumpleaños: hombros amplios, abdomen marcado, una línea de vello bajando hasta la hebilla del cinturón.
—Ven aquí —dijo, y me sentó sobre él.
El vestido rojo se me subió hasta la cintura. Me cogió por las caderas y me ajustó contra él, despacio, dejándome sentir lo que llevaba toda la noche escondiendo. Apoyé la frente en su frente y traté de respirar.
—Daniela.
—¿Qué?
—Mírame.
Lo miré. Sus ojos no eran los de un crío que viene a meterse con mi hijo. Eran los de un hombre que sabe lo que está haciendo.
—No vamos a apresurarnos —dijo—. Tenemos toda la noche.
***
Me bajó el tirante del vestido con los dientes. Me besó el cuello, despacio, donde mi marido nunca besaba ya. Buscó la cremallera de la espalda con los dedos y la fue bajando vértebra a vértebra. Yo le dejaba hacer y le iba descubriendo a la vez: el cinturón, los botones del pantalón, el calor de su piel debajo de mis manos. Cuando el vestido cayó al suelo del salón, me quedé en ropa interior negra, encima de él, con la luz del árbol parpadeándome sobre la piel.
—Joder —murmuró—. Llevo años pensando en esto y me he quedado corto.
Me reí bajito, contra su boca, y se me ocurrió que llevaba meses sin reírme así. Era una risa nerviosa, culpable, casi adolescente. Era la risa de alguien que se está saltando todas las normas a la vez.
Bajamos al suelo, sobre la alfombra, junto al árbol. Mateo me besó los pechos sin prisa, me mordió el cuello con cuidado de no marcarme demasiado, me abrió las piernas con manos firmes. Cuando entró en mí, contuve un grito mordiéndole el hombro. Él se quedó quieto un segundo, hundido hasta el final, mirándome a la cara como si estuviera grabando ese momento.
—¿Estás bien?
—No pares.
No paró.
Empezó despacio, como si quisiera demostrarme que sabía esperar. Después, cuando entendió que yo ya no aguantaba esperar más, cambió el ritmo. Me levantó las caderas, me apretó contra él, me dijo al oído cosas que no debería repetirle a nadie. Yo le clavé las uñas en la espalda y me mordí el labio para no gritar bajo el techo de mi propio hijo. Me corrí dos veces antes de que él se permitiera correrse, y cuando lo hizo, lo hizo con la frente apoyada en mi cuello, susurrando mi nombre como si lo acabara de aprender.
***
Nos quedamos un rato en el suelo, sin hablar, escuchando el crepitar de la chimenea. Las luces del árbol seguían parpadeando. Arriba, Lucas dormía sin enterarse de nada. Yo tenía treinta y ocho años, un marido en Singapur y la sensación absurda de que había recuperado algo que no sabía que había perdido.
—Tienes que irte —le dije.
—Lo sé.
Se vistió despacio. Yo me puse su camisa por encima y le acompañé hasta la puerta. En el recibidor me besó otra vez, más suave, casi pidiendo permiso para volver.
—¿Mañana? —preguntó.
—Mañana es Navidad.
—Pasado.
No le respondí, pero tampoco le dije que no.
Cuando cerré la puerta, me quedé un momento apoyada contra ella. Olía a él, a vino, a chimenea. Subí descalza las escaleras, asomé la cabeza al cuarto de Lucas y vi a mi hijo dormido con los auriculares puestos, ajeno a todo. Cerré la puerta con cuidado.
En el espejo del baño me reconocí a duras penas. Tenía las mejillas encendidas, una marca roja en el cuello y el pelo revuelto. Me lavé la cara con agua fría, me quedé mirándome un rato y me di cuenta de que sonreía sola.
Feliz Nochebuena, me dije.
Y, por primera vez en mucho tiempo, lo dije en serio.