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Relatos Ardientes

Caminé toda la noche para ver al padre de mi amiga

Caminé tantas cuadras esa noche que dejé de contarlas. La cabeza me iba a mil, repitiéndose como un disco rayado: «Es el padre de tu mejor amiga, idiota. Es el padre de Lucía. ¿Qué pretendes? ¿Que te mire como tú lo miras? ¿Que olvide la diferencia de edad y todo lo demás solo porque a ti se te antojó?». Pero los pies no obedecían, seguían avanzando solos por avenidas que ni siquiera reconocía, contra todas las advertencias que mi madre me había metido en la cabeza durante años.

Llovía a ratos, una lluvia fina que no llegaba a mojarme pero me pegaba el vestido a los muslos. Las pantimedias se habían roto a la altura de los tobillos y el roce de los zapatos me había abierto la piel. Cada paso era un pinchazo, como caminar sobre cristales. Aun así no me detenía. Necesitaba verlo. Necesitaba mirarlo a los ojos una última vez y confirmar si lo que había sentido esa tarde, en su living, mientras él me servía un café y me hablaba de cualquier tontería, había sido real o un invento mío.

Las esquinas estaban llenas de figuras que silbaban en clave, voces que me llamaban desde portales oscuros. Yo solo apretaba el paso y miraba al frente. Tenía su cara grabada como un faro en el medio de la noche.

***

El condominio del señor Mendoza estaba al otro lado de la ciudad. Una caseta blanca, dos guardias y una pluma. Cuando me planté frente a la garita, el de turno me miró como si fuera un fantasma.

—¿A qué casa vas, niña? —preguntó.

Abrí la boca y no salió nada. Solo balbuceos, sílabas sueltas que no formaban una idea. El hombre suspiró y se giró hacia el teléfono. Aproveché que me daba la espalda para alejarme caminando rápido por la acera exterior, hasta perderme detrás de unos árboles.

Caminé por el perímetro hasta encontrar el rincón más oscuro del enrejado. Había un panel de madera apoyado contra la reja, de esos que se usan para enredaderas. Me serviría de escalera. Empecé a subir con torpeza, las manos temblando, las piernas pesadas como si las arrastrara por barro. El vestido se enganchó dos veces y tuve que tironearlo hasta que cedió. Llegué a lo alto medio muerta, jadeando, y entonces vi la cámara de seguridad apuntándome a la cara.

Una voz por altavoz me ordenó bajarme. Cerré los ojos y salté.

***

El arbusto donde aterricé no era un arbusto, era un montón de espinas con apariencia de planta decorativa. Caí mal, sentada, hundida hasta la cintura entre ramas que se prendieron de mi vestido y de mi piel. El dolor en la rabadilla me cortó la respiración. Cuando logré salir, las piernas me chorreaban sangre por una docena de cortes pequeños.

No tuve tiempo de revisarme. Escuché ladridos, luces que se encendían, gritos. Eché a correr. Salté un cantero, esquivé una pileta a oscuras, me golpeé la rodilla contra una banca y seguí. Reconocí la fachada del señor Mendoza por las macetas de geranios que él mismo cuidaba los domingos. Llegué hasta la puerta y aporreé el timbre como si en eso me fuera la vida.

Una mano enorme me tomó del antebrazo. El guardia más alto, el de las cejas espesas, me había alcanzado y empezó a tirarme hacia atrás como a un animal. Yo me aferré al picaporte con las dos manos.

—¡Solo quiero verlo! ¡Déjenme verlo, por favor! —grité con la voz quebrada.

Y entonces la puerta se abrió.

***

La luz cálida del living se derramó sobre el porche. Por un segundo me iluminé entera de esperanza, dispuesta a llorar de alivio. Pero quien había abierto no era él. Era una mujer. Alta, con el pelo recogido, los labios pintados de rojo oscuro. Llevaba una bata de seda que dejaba ver el inicio del escote y, más abajo, la sombra oscura de los pezones marcándose contra la tela. Me miró como se mira a un perro callejero que ensucia la alfombra.

El cuchillo se me clavó en el pecho sin avisar.

Miré el número de la casa, el felpudo, las macetas de geranios, todo, queriendo que fuera un error. No lo era. Era su casa. Y esa mujer estaba ahí dentro, a las tres de la mañana, vestida de esa manera, con la cara de la que acaba de bajarse de una polla.

Dejé de luchar. El guardia me arrancó del picaporte y me llevó a rastras hasta la entrada del condominio, donde ya parpadeaban las luces de una patrulla. Caminé con las manos en la espalda, descalza, mientras los vecinos salían en pijama a juzgarme con la mirada.

Me subieron al móvil. Y a través del vidrio empañado lo vi. El señor Mendoza, en pantalón de pijama y remera, abriéndose paso a empujones entre la gente para llegar al oficial. Hablaba acelerado, con las manos. No alcanzaba a oírlo. Solo veía cómo gesticulaba, cómo señalaba la patrulla, cómo se llevaba las manos a la cabeza.

El oficial abrió la puerta y me clavó el dedo en la cara.

—¿Conoces a ese hombre, niña?

Asentí.

—¿Venías a ver a su hija?

Volví a asentir, aunque era mentira.

—¿Sabes la hora que es? ¿Sabes el escándalo que armaste?

Bajé la vista. Tenía los ojos llenos de lágrimas pero ya no me quedaban fuerzas para llorar.

—Bájate. Él se hace cargo. Vete antes de que me arrepienta.

***

El señor Mendoza me agarró de la nuca como a una perra que se hubiera portado mal y me llevó a su casa sin decir una palabra. Sus ojos verdes lanzaban dagas a cualquier vecino que se atreviera a comentar algo a nuestro paso.

Cuando entramos, la mujer del escote esperaba con los brazos cruzados.

—¿Quién es esta cría? —susurró, sin disimular la rabia.

—Es amiga de Lucía.

—¿De tu hija? ¿Y qué hace aquí a esta hora, sola, así?

—Renata, déjame manejarlo. Por favor.

—¿Manejarlo? ¡Mírala! Está sucia, ensangrentada, no sé qué le pasa. Llama a sus padres y que se la lleven.

—La situación en su casa es complicada. No puedo mandarla así.

—Hoy era la noche. Después de tres meses, hoy iba a ser la noche. Tres meses aguantándome las ganas de que me la metieras, ¿y me lo cortás por esta mocosa?

—Ya lo sé. Te juro que te compenso. La próxima semana, donde quieras. Te la clavo hasta el fondo, si querés dos días seguidos. Pero ahora no puedo. Es como si fuera mi hija.

—Entonces hubieras dejado que se la llevara la policía. Pero claro, ella es la prioridad. No yo, no mi coño, no lo que veníamos hablando.

Pasó por al lado mío con una mueca de asco que me deshizo lo poco que me quedaba por dentro. Agarró su cartera, abrió la puerta y la cerró de un golpe que sacudió los cuadros.

El señor Mendoza se quedó parado en el medio del living, mirándome. Yo no podía levantar la cara. Las medias rotas se me iban pegando a los cortes, y para colmo me di cuenta de que en algún momento del susto me había hecho un poquito encima. Estaba húmeda, y no sabía cuánto era pis y cuánto era otra cosa, porque desde que él había cerrado la puerta con la mano en mi nuca yo tenía las bragas empapadas. Si me lo hubieran dicho dos horas antes me habría querido morir; ahora lo sumaba a la lista.

—Te llevo al hospital y después a tu casa —me soltó.

No me moví. Ni siquiera levanté la vista. Lo escuché maldecir bajito y salir del living. Volvió con un botiquín y se sentó frente a mí en la mesa ratona.

—Quítate las medias.

Obedecí con dedos torpes, intentando que el vestido no se me subiera más de lo necesario. Él se calzó unos guantes, abrió un frasco de antiséptico y me tomó la pierna derecha. La levantó, la giró hacia un lado y hacia el otro, sin mirarme a la cara. Tenía el ceño fruncido.

—Acuéstate boca arriba.

Lo hice. El sofá olía a su perfume. Me concentré en eso para no temblar.

Empezó por las heridas más bajas, las de las pantorrillas. Limpiaba, secaba, ponía gasa. Yo apretaba la falda entre los muslos para mantener la dignidad que me quedaba. Cada vez que pasaba el algodón con alcohol, me mordía el labio para no gemir de ardor. Y para no gemir de otra cosa, porque el ardor se mezclaba con el cosquilleo que me subía por dentro del muslo cada vez que su pulgar rozaba la piel limpia.

—¿Me vas a decir qué se te metió en la cabeza? —preguntó sin mirarme.

Yo abrí la boca. Cerré la boca. No tenía ninguna respuesta que no fuera la verdad, y la verdad no podía decirla. Todavía no.

—Date la vuelta.

Me giré. Quedé boca abajo, la mejilla contra el terciopelo del sofá, y sentí el calor de su mano subiendo despacio por la pantorrilla, después por el muslo, deteniéndose justo antes del límite del vestido. La voz se me había ido a algún rincón de la garganta y no salía. Se me escapó un jadeo que traté de disfrazar de suspiro. No sé si lo notó. Sé que la mano se quedó un segundo más de lo estrictamente médico ahí, en la parte alta del muslo, con los dedos abiertos, casi rozándome el pliegue de la nalga.

—¿Tienes más arriba?

—No… no estoy segura —mentí. Tenía un ardor punzante en la nalga derecha, sabía exactamente dónde.

—Tócate y dime.

Me llevé la mano hacia atrás, fingí palpar, mantuve el silencio.

—No… no sé…

—A ver, déjame revisar.

Me subió el vestido sin preguntar. La brisa de la ventana me erizó la piel de las piernas, de la cintura, del culo. Quedé con el calzón blanco a la vista, una ropa interior simple que cualquier otro día me habría parecido ridícula, y que ahora, empapada por delante, se me pegaba al coño marcando cada pliegue. Cerré los ojos y mordí el antebrazo, rezando para que él no lo mirara. Rezando para que sí lo mirara.

—Sí, hija. Tienes una aquí.

Sentí el algodón frío sobre la piel ardida, después la presión suave de su pulgar para limpiar alrededor. Para acomodarse mejor, corrió un poco la tela del calzón hacia el centro. Apenas un centímetro. Pero ese centímetro me cortó la respiración, porque el borde de la bombacha se me metió entre las nalgas y ahí quedó, marcando la raya.

—Te hiciste un moretón en la espalda baja. Tremendo. ¿Pero en qué estabas pensando, niña?

No respondí. No podía. Sentía el roce de su mano enguantada y mi cuerpo entero respondía de una manera que no debía. Los pezones se me habían puesto durísimos contra el sofá, tanto que me dolían. Entre las piernas era peor: cada vez que él movía el pulgar sobre la nalga, yo apretaba los muslos y sentía cómo el clítoris palpitaba contra la costura del calzón mojado. Me odié por eso. Y al mismo tiempo no quería que parara.

—¿Y qué tomaste? Dime la verdad.

—Un licor de mi mamá.

—Por Dios. ¿Por qué hiciste algo así?

—Estaba triste.

—¿Triste por qué? ¿Triste a tal punto de cruzar la ciudad de noche, borracha, y casi matarte saltando una reja? Mírame. ¿Sabes en qué problemas me puedes meter? ¿Sabes en qué problemas te puedes meter tú?

—Lo sé. Lo siento. Fui una imbécil.

Me ayudó a sentarme. Bajó el vestido, me cubrió las piernas con una manta de polar que tenía doblada en el respaldo. Se sacó los guantes, los tiró en una bolsita y se sentó a mi lado, con las manos en las rodillas. Me miraba de costado, esperando.

—¿Qué era tan urgente, niña? ¿Por qué tenías que verme?

El corazón me latía en la sien. Una voz adentro me gritaba: «Dilo de una vez, dilo, no vas a tener otra oportunidad». La otra voz me suplicaba que me callara. Tomé aire.

—Yo… siento cosas por usted, señor Mendoza.

Se hizo un silencio que duró siglos. No me animé a abrir los ojos. Sentí cómo se acomodaba en el sofá, cómo apoyaba los codos sobre las rodillas, cómo se pasaba las dos manos por la cara.

—¿Cosas… en qué sentido?

Lo miré. Me ardían los ojos.

—En el sentido en el que se mira a alguien que te gusta. En el sentido en el que me toco pensando en usted.

—Hija, no. La cabeza juega malas pasadas. Estás confundida.

—No estoy confundida. Me hago los dedos pensando en su boca. Todas las noches. ¿Le parece confusión eso?

Se le escapó el aire de golpe, como si le hubieran pegado una piña en el estómago. Yo misma me sorprendí de haberlo dicho, pero ya no había vuelta atrás.

—Mírame. No es posible. Lo sabes. Eres amiga de Lucía. Yo te conozco desde hace años. Te vi crecer, por Dios.

—Sé todo eso. Sé cada uno de los motivos. Los repito todas las noches en mi cabeza. No me importan.

Suspiró largo. Apoyó una mano sobre la mía, en mi rodilla, como un padre que quiere consolar a una hija que perdió un examen. Pero la mano no era la de un padre. Estaba tibia, pesada, y los dedos se le abrieron un poco de más, con la yema del pulgar rozándome la cara interna del muslo por debajo de la manta.

—Hay un montón de chicos allá afuera que están a tu altura. Solo tienes que ser paciente.

Empecé a llorar. No el llanto controlado de una chica que se hace la fuerte: el llanto que sale de adentro y rompe todo. Me puso la mano en la nuca, me atrajo hacia su pecho. Olía a jabón y a algo que no supe nombrar, algo de hombre, algo espeso y salado que me hizo apretar los muslos. Lo abracé con los brazos rotos que me quedaban y, sin querer, la cadera se me pegó a la suya. Sentí el bulto. Estaba dura. Contra el pantalón de pijama, la polla se le marcaba pesada, ladeada, y yo la sentí latir contra mi cadera una vez, dos veces.

—Cálmate, está todo bien.

Pero a él la voz también se le quebraba.

—Yo soy un tipo viejo, ya gastado. Tú estás empezando. Te mereces a alguien fresco, no a esto.

Quise gritarle que no me importaba la edad, que tampoco me importaba lo que dirían, que no quería a un chico fresco, lo quería a él, quería esa polla que sentía apretada contra mí. Pero la voz no me salió. Me dejé acostar contra él, sobre su brazo, mientras una de sus manos me acariciaba la espalda baja con esa presión tibia que solo dan los hombres grandes, bajando cada vez un poco más, hasta el nacimiento del culo.

—Lo amo, señor Mendoza.

—Ay, mi pequeña. No te compliques más. Estás sufriendo por algo imposible.

Lloré con más fuerza. Él me apretó más fuerte.

—Por favor, niña, me vas a hacer llorar a mí también.

—Dígame que no estoy loca. Dígame que sintió algo. Aunque sea poquito. Se lo suplico.

—Hija…

—Dígame que no me abrió la puerta solo por lástima. Dígame que no lo haría por cualquiera. Por favor. No puedo más con la duda.

Suspiró otra vez, hondo. Y entonces, con una voz que no tenía nada de paternal, me soltó cuatro palabras.

—No estás equivocada, hija.

El aire me volvió de golpe a los pulmones.

—Sí, siento cosas por ti también. Pero es imposible. Te juro que es imposible.

Lo apreté con todas las fuerzas que me quedaban. Era la única respuesta que me importaba esa noche. Después podríamos hablar de imposibles, de edades, de la mejor amiga, de lo que fuera. Esa noche solo necesitaba una cosa, y la había escuchado.

Le acaricié la mejilla con el pulgar. Le rocé la comisura del labio. Él me miraba con los ojos brillantes, sin apartarlos. Y yo, envalentonada por la confesión, bajé la mano por su pecho, por el estómago, y la apoyé encima del bulto que todavía le empujaba el pantalón. La polla latió bajo mi palma.

—Niña, no…

—Shhh.

Le apreté suave. La sentí crecer un poco más, endurecerse contra la tela. Él me agarró la muñeca, no para apartarla, sino para aguantarla ahí, como si le costara decidir. Cerró los ojos. Se le escapó un jadeo bajo, ronco, de garganta.

—Es imposible, mi pequeña. Es imposible —repitió con la voz rota.

—Entonces déjeme una sola vez. Una. Y después me voy y no lo molesto más.

—No sabes lo que estás pidiendo.

—Sí sé.

Le bajé la mano por dentro del pantalón. No llevaba nada abajo. La palma se me llenó de piel caliente, de una polla gruesa, pesada, con la cabeza mojada de una gota que se le había escapado. Se me cortó la respiración. Nunca había tocado una así, tan gruesa, tan de hombre grande. Se la agarré con toda la mano y me di cuenta de que ni siquiera podía cerrar los dedos.

—Ay, hija —murmuró, y echó la cabeza para atrás contra el respaldo.

Empecé a moverle la mano despacio, sintiendo cómo la piel se le corría sobre lo duro. En cada bajada, la cabeza se le hinchaba más contra mi palma. Me acerqué a su oído.

—Enséñeme. Yo no sé casi nada. Enséñeme.

Ese fue el punto en que se rompió. Lo sentí ceder. Me agarró de la nuca con la misma mano que antes me había arrastrado del picaporte de la policía y me pegó la boca a la suya. No fue un beso de papá. Fue un beso con lengua adentro, con los dientes rozándome el labio, con la respiración caliente pegada a mi cara. Yo abrí la boca todo lo que pude y le dejé entrar.

Con la otra mano me abrió la manta y me la tiró al piso. Me metió los dedos por debajo del vestido, directo entre las piernas, sin rodeos. Encontró el calzón empapado y se le escapó un gemido contra mi boca.

—Estás chorreando, niña. Toda mojada. ¿Todo esto por mí?

—Sí. Todo por usted.

Me corrió la tela para el costado. La yema de un dedo se me metió entre los labios y encontró el clítoris. Yo pegué un salto en el sofá. Nadie me había tocado ahí con un dedo que no fuera el mío, y menos con esa firmeza. Me empezó a hacer círculos lentos, apretados, mirándome a la cara para leer lo que me hacía.

—Mira cómo se te pone la boca cuando te toco acá.

—Señor Mendoza…

—Dime cómo te llamas cuando estás así. Dime tu nombre.

Se lo dije jadeando. Él lo repitió pegado a mi oreja, mientras el dedo del medio se me metía adentro despacio, hasta el fondo, y volvía a salir todo brillante.

—Mírate. Estás apretadísima. Me vas a matar.

Metió dos dedos. Me abrió. Empezó a bombear en un ritmo que me sacó los primeros gemidos de verdad, esos que salen de la garganta sin permiso. Yo tenía la mano todavía dentro de su pantalón, moviéndole la polla al ritmo que él me marcaba adentro. Cada vez que él empujaba los dedos, yo apretaba la mano en su verga. Estábamos sincronizados sin haberlo hablado.

—Sácame el pijama. Bájamelo.

Le tiré de la cintura. Él levantó la cadera y el pantalón cayó hasta las rodillas. Ahí la vi por primera vez, entera, de cerca. Larga, gruesa, con las venas gordas subiendo por el costado, el glande brillante, casi morado. Me quedé unos segundos con la boca abierta, mirando.

—¿Qué pasa?

—Es más grande de lo que pensé.

Sonrió por primera vez, medio de costado. Me tomó la mano y me la volvió a poner ahí, esta vez sin ropa de por medio, y me enseñó cómo agarrarla, cómo cerrar el puño, cómo apretar cuando bajaba y aflojar cuando subía. Yo obedecí como si me fuera la vida en aprender. Le hice una gota más grande en la punta y sin pensarlo mucho, movida por algo que se me venía escribiendo hace meses en la cabeza, me incliné y se la lamí.

—Ay, la puta madre, hija.

Me tomó de la cabeza con las dos manos, sin empujar, solo apoyando. Le pasé la lengua por toda la cabeza, en círculos, sintiendo cómo el sabor se me quedaba pegado. Después abrí la boca y me metí lo que pude. No entraba entera, ni de lejos. Me llegaba a la mitad y ya me tocaba fondo de la garganta, arcadas. Salí, respiré, volví a bajar. Le chupaba mirándolo a la cara.

—Así, así, mi niña. Con la lengua debajo. Eso. Mírame mientras la mamas. Mírame.

Lo miraba. Se le habían puesto los ojos verdes tan oscuros que parecían negros. Con una mano me acompañaba la cabeza suave, con la otra me metió el pulgar en la comisura para abrirme más la boca. Le empezó a chorrear la saliva por el mentón, por los huevos. Yo lo tenía todo babeado, con los pómulos hundidos, chupando como si nunca hubiera hecho otra cosa.

—Basta. Basta o me corro en tu boca y no quiero, todavía no.

Me levantó de los brazos. Me sentó sobre él a horcajadas en el sofá. Me arrancó el vestido por arriba de la cabeza. Quedé con el calzón corrido y el sostén blanco todavía puesto, que él me desabrochó de un tirón y tiró al piso. Me miró las tetas, chicas, con los pezones parados, y bajó la boca directo.

—Qué linda estás, hija. Qué linda estás.

Me chupaba un pezón mientras con la mano me apretaba la otra teta. Después cambió. Me los mordía suavecito, me los tironeaba con los dientes, me pasaba la lengua plana y de golpe soplaba. Yo me refregaba contra su polla, sentada encima, mojándosela con el coño abierto. La cabeza de la verga me quedaba justo pegada a la entrada, resbalando arriba y abajo sobre el clítoris. Cada roce me arrancaba un gemido más agudo.

—Métamela. Por favor, señor. Métamela.

—¿Estás segura?

—Sí. Sí. Se lo suplico.

—¿Alguien te la metió antes?

—Uno. Uno solo. Y no como usted.

Me agarró de las caderas. Me levantó unos centímetros. Con la otra mano se acomodó la verga contra mi entrada. Sentí la cabeza empujando, gruesa, abriéndome. Bajé despacio. La sentí entrar. Un tercio. La mitad. Me clavé las uñas en sus hombros y solté un grito ahogado.

—Espera, espera. Tranquila. No la fuerces.

—Es que… no me entra…

—Sí te entra. Aflójate. Respira. Eso. Ahora bájate un poquito más.

Me fui hundiendo de a poco. Cada centímetro me la sentía adentro, gruesa, caliente, moviéndose sola. Cuando la tuve entera, cuando me senté hasta el fondo con las nalgas contra sus muslos, me quedé quieta, temblando, con la boca abierta.

—Mírate. Toda para adentro. Buena chica. Buena chica.

Me tomó de la cintura y empezó a levantarme y bajarme sobre él, marcándome el ritmo. Yo dejaba que me manejara. Al principio despacio, casi con delicadeza. Después empezó a subir el ritmo. Cada bajada la polla me llegaba hasta un punto adentro que yo no sabía que tenía, y me sacaba un gemido grave, desconocido.

—Así, así te la clavo. Mira cómo se te va el cuerpo.

Me chupaba las tetas mientras me montaba encima suyo. Yo me apoyaba en el respaldo, encima de sus hombros, y me dejaba caer, aprendiendo a moverme sola. En algún momento me solté las manos de la cintura y me monté yo, agarrándome del respaldo, moviendo el culo en círculos, hacia adelante y hacia atrás, buscando el ángulo. Encontré uno que me hacía chirriar los dientes.

—Ay. Ay. Ahí. Ahí.

—¿Ahí, hija? ¿Ahí te toca?

—Sí. Ahí. No pare, por favor no pare.

Me agarró del culo con las dos manos y me empezó a mover él, en esa misma diagonal, apretándome las nalgas, separándomelas. Sentí el aire fresco sobre el otro agujero y me di cuenta de que me tenía toda abierta, expuesta, y no me importó. Al contrario.

—Me voy a correr. Me voy a correr, señor.

—Sí, hija. Córrete. Córrete en la verga. Todo mi coñito.

Fue como si me hubieran tirado de un enchufe. Se me tensaron las piernas, la espalda, hasta la mandíbula. Sentí la corrida subir de adentro, de un lugar profundo que no era el clítoris, y explotarme entera. Me apreté sobre él con toda la fuerza del coño y grité contra su cuello, mordiéndole el hombro para no despertar a media manzana. Él me abrazó fuerte, me dejó temblar encima suyo, me susurraba «eso, eso» al oído mientras yo seguía apretándolo con espasmos.

Cuando me aflojé, todavía llena de él, todavía con la polla adentro, me levantó del sofá sin sacarla. Me la sentí moverse adentro con cada paso. Me tiró de espaldas sobre la alfombra. Se acomodó entre mis piernas, me abrió los muslos con los antebrazos y me la volvió a meter de una sola estocada.

—Ahora te la clavo yo, hija. Aguántame.

Empezó a embestir. Fuerte. En serio. Cada golpe de cadera me hacía subir en la alfombra, y él me tenía que agarrar de los hombros para que no me le corriera. Yo tenía la boca abierta, sin voz, con la lengua afuera, viendo el techo y sintiendo esa polla entrando y saliendo con un ruido húmedo, sonoro, obsceno, que llenaba todo el living.

—Mírame. No cierres los ojos. Mírame mientras te la meto.

Lo miré. Tenía la cara desencajada, brillante de sudor, los ojos clavados en los míos.

—Dime a quién le estás dando el coño.

—A usted, señor Mendoza. A usted.

—Otra vez.

—A usted. Todo suyo. Todo suyo.

Me metió tres dedos en la boca y yo se los chupé como si fueran otra polla. Se los sacó llenos de saliva y me los bajó al clítoris, apretando en círculos mientras seguía cogiéndome sin parar. Me vine otra vez, más corta, más aguda, arqueándome contra su mano.

—Vamos, hija. Una más. Otra para mí.

Me dio vuelta. Me puso boca abajo, la mejilla contra la alfombra, el culo levantado. Se acomodó atrás y me metió la polla otra vez, esta vez de una, sin esperar. En esa posición me llegaba distinto, más adentro todavía, y con cada empujón le sentía los huevos golpearme el clítoris. Me tomó del pelo, me tiró un poco la cabeza para atrás.

—Así, perrita. Así te tenía que coger.

Su otra mano me agarró la cintura con fuerza, marcando los dedos. La cadera le golpeaba contra mi culo con un sonido de palmadas mojadas. Sentí que el orgasmo se me empezaba a armar de nuevo, esta vez desde más lejos, en las plantas de los pies, subiendo.

—Me voy a correr, hija. Adentro no. Salgo.

—Adentro. Adentro. Estoy tomando pastillas.

—¿Segura?

—Segura. Cójame hasta adentro. Termíneme por dentro, por favor.

Se enloqueció. Aceleró. Me clavó las dos manos en las caderas y me la empezó a meter con toda la fuerza, hasta el hueso, tan fuerte que la mesa ratona empezó a moverse. Le escuché la respiración volverse ronca, entrecortada, esos gruñidos de hombre grande a punto de reventar.

—Ahí voy. Ahí voy, hija. Ahí voy.

Se hundió hasta el fondo y se quedó quieto. Sentí la polla latirme adentro tres, cuatro veces, y después el chorro caliente llenándome todo, disparándome hasta arriba, empujando lo mío hacia afuera. Fue tanto que empezó a chorrearme por dentro del muslo antes de que él terminara. Con el chorro adentro se me vino el mío otra vez, apretándole la verga en espasmos, ordeñándosela.

Se quedó tirado sobre mí, jadeando en mi cuello, sin sacarla. Le sentía el corazón golpeándome la espalda. Me dio un beso en la nuca, húmedo, largo. Después otro en el hombro. Otro en la mejilla.

Cuando por fin la sacó, con cuidado, sentí cómo el semen empezaba a caerme afuera, tibio, espeso, imparable. Me quedé ahí, boca abajo sobre la alfombra, con las piernas abiertas, chorreando de él, sin fuerzas para moverme.

Me dio vuelta despacio. Me acomodó la cabeza sobre su brazo. Me apartó el pelo mojado de la cara. Me miraba con los ojos verdes brillantes, sin apartarlos.

—Es imposible, mi pequeña. Es imposible —repitió con la voz rota.

Sonreí por primera vez en toda la noche.

Por primera vez en mucho tiempo tenía un motivo para ser feliz, aunque fuera uno imposible.

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Comentarios(9)

LectorNocturno22

Dios, qué manera de escribir. Me tuvo pegado hasta el final.

Nati_2090

Por favor seguí contando, no podes dejarnos así!! Quiero saber qué pasó cuando llegó a la puerta.

laurita_82

Me llegó al alma esta historia. Esa desesperación de caminar lastimada y no poder parar... se siente tan real. Gracias.

MarcelaPaz

Me recordó algo que me pasó de joven, esa mezcla de miedo y ganas que te hace hacer cosas que normalmente nunca harías. Excelente.

DiegoRsAs

Que buena historia, con solo leer el principio ya me enganché. Sigue escribiendo asi!

CandorN88

Esperando la continuacion!!!

VeroFan42

Me generó mucha ternura y nervios a la vez. Se nota que lo viviste de verdad, o por lo menos lo escribiste con el corazon. Bravo.

TomásNorte

El titulo ya lo dice todo jajaja. Tremendo

Fabricio_mx

Qué final más angustiante... o es que hay segunda parte? jeje espero que sí

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