Caminé toda la noche para ver al padre de mi amiga
Caminé tantas cuadras esa noche que dejé de contarlas. La cabeza me iba a mil, repitiéndose como un disco rayado: «Es el padre de tu mejor amiga, idiota. Es el padre de Lucía. ¿Qué pretendes? ¿Que te mire como tú lo miras? ¿Que olvide la diferencia de edad y todo lo demás solo porque a ti se te antojó?». Pero los pies no obedecían, seguían avanzando solos por avenidas que ni siquiera reconocía, contra todas las advertencias que mi madre me había metido en la cabeza durante años.
Llovía a ratos, una lluvia fina que no llegaba a mojarme pero me pegaba el vestido a los muslos. Las pantimedias se habían roto a la altura de los tobillos y el roce de los zapatos me había abierto la piel. Cada paso era un pinchazo, como caminar sobre cristales. Aun así no me detenía. Necesitaba verlo. Necesitaba mirarlo a los ojos una última vez y confirmar si lo que había sentido esa tarde, en su living, mientras él me servía un café y me hablaba de cualquier tontería, había sido real o un invento mío.
Las esquinas estaban llenas de figuras que silbaban en clave, voces que me llamaban desde portales oscuros. Yo solo apretaba el paso y miraba al frente. Tenía su cara grabada como un faro en el medio de la noche.
***
El condominio del señor Mendoza estaba al otro lado de la ciudad. Una caseta blanca, dos guardias y una pluma. Cuando me planté frente a la garita, el de turno me miró como si fuera un fantasma.
—¿A qué casa vas, niña? —preguntó.
Abrí la boca y no salió nada. Solo balbuceos, sílabas sueltas que no formaban una idea. El hombre suspiró y se giró hacia el teléfono. Aproveché que me daba la espalda para alejarme caminando rápido por la acera exterior, hasta perderme detrás de unos árboles.
Caminé por el perímetro hasta encontrar el rincón más oscuro del enrejado. Había un panel de madera apoyado contra la reja, de esos que se usan para enredaderas. Me serviría de escalera. Empecé a subir con torpeza, las manos temblando, las piernas pesadas como si las arrastrara por barro. El vestido se enganchó dos veces y tuve que tironearlo hasta que cedió. Llegué a lo alto medio muerta, jadeando, y entonces vi la cámara de seguridad apuntándome a la cara.
Una voz por altavoz me ordenó bajarme. Cerré los ojos y salté.
***
El arbusto donde aterricé no era un arbusto, era un montón de espinas con apariencia de planta decorativa. Caí mal, sentada, hundida hasta la cintura entre ramas que se prendieron de mi vestido y de mi piel. El dolor en la rabadilla me cortó la respiración. Cuando logré salir, las piernas me chorreaban sangre por una docena de cortes pequeños.
No tuve tiempo de revisarme. Escuché ladridos, luces que se encendían, gritos. Eché a correr. Salté un cantero, esquivé una pileta a oscuras, me golpeé la rodilla contra una banca y seguí. Reconocí la fachada del señor Mendoza por las macetas de geranios que él mismo cuidaba los domingos. Llegué hasta la puerta y aporreé el timbre como si en eso me fuera la vida.
Una mano enorme me tomó del antebrazo. El guardia más alto, el de las cejas espesas, me había alcanzado y empezó a tirarme hacia atrás como a un animal. Yo me aferré al picaporte con las dos manos.
—¡Solo quiero verlo! ¡Déjenme verlo, por favor! —grité con la voz quebrada.
Y entonces la puerta se abrió.
***
La luz cálida del living se derramó sobre el porche. Por un segundo me iluminé entera de esperanza, dispuesta a llorar de alivio. Pero quien había abierto no era él. Era una mujer. Alta, con el pelo recogido, los labios pintados de rojo oscuro. Llevaba una bata de seda que dejaba ver el inicio del escote. Me miró como se mira a un perro callejero que ensucia la alfombra.
El cuchillo se me clavó en el pecho sin avisar.
Miré el número de la casa, el felpudo, las macetas de geranios, todo, queriendo que fuera un error. No lo era. Era su casa. Y esa mujer estaba ahí dentro, a las tres de la mañana, vestida de esa manera.
Dejé de luchar. El guardia me arrancó del picaporte y me llevó a rastras hasta la entrada del condominio, donde ya parpadeaban las luces de una patrulla. Caminé con las manos en la espalda, descalza, mientras los vecinos salían en pijama a juzgarme con la mirada.
Me subieron al móvil. Y a través del vidrio empañado lo vi. El señor Mendoza, en pantalón de pijama y remera, abriéndose paso a empujones entre la gente para llegar al oficial. Hablaba acelerado, con las manos. No alcanzaba a oírlo. Solo veía cómo gesticulaba, cómo señalaba la patrulla, cómo se llevaba las manos a la cabeza.
El oficial abrió la puerta y me clavó el dedo en la cara.
—¿Conoces a ese hombre, niña?
Asentí.
—¿Venías a ver a su hija?
Volví a asentir, aunque era mentira.
—¿Sabes la hora que es? ¿Sabes el escándalo que armaste?
Bajé la vista. Tenía los ojos llenos de lágrimas pero ya no me quedaban fuerzas para llorar.
—Bájate. Él se hace cargo. Vete antes de que me arrepienta.
***
El señor Mendoza me agarró de la nuca como a una perra que se hubiera portado mal y me llevó a su casa sin decir una palabra. Sus ojos verdes lanzaban dagas a cualquier vecino que se atreviera a comentar algo a nuestro paso.
Cuando entramos, la mujer del escote esperaba con los brazos cruzados.
—¿Quién es esta cría? —susurró, sin disimular la rabia.
—Es amiga de Lucía.
—¿De tu hija? ¿Y qué hace aquí a esta hora, sola, así?
—Renata, déjame manejarlo. Por favor.
—¿Manejarlo? ¡Mírala! Está sucia, ensangrentada, no sé qué le pasa. Llama a sus padres y que se la lleven.
—La situación en su casa es complicada. No puedo mandarla así.
—Hoy era la noche. Después de tres meses, hoy iba a ser la noche.
—Ya lo sé. Te juro que te compenso. La próxima semana, donde quieras. Pero ahora no puedo. Es como si fuera mi hija.
—Entonces hubieras dejado que se la llevara la policía. Pero claro, ella es la prioridad. No yo.
Pasó por al lado mío con una mueca de asco que me deshizo lo poco que me quedaba por dentro. Agarró su cartera, abrió la puerta y la cerró de un golpe que sacudió los cuadros.
El señor Mendoza se quedó parado en el medio del living, mirándome. Yo no podía levantar la cara. Las medias rotas se me iban pegando a los cortes, y para colmo me di cuenta de que en algún momento del susto me había hecho un poquito encima. Estaba húmeda. Si me lo hubieran dicho dos horas antes me habría querido morir; ahora lo sumaba a la lista.
—Te llevo al hospital y después a tu casa —me soltó.
No me moví. Ni siquiera levanté la vista. Lo escuché maldecir bajito y salir del living. Volvió con un botiquín y se sentó frente a mí en la mesa ratona.
—Quítate las medias.
Obedecí con dedos torpes, intentando que el vestido no se me subiera más de lo necesario. Él se calzó unos guantes, abrió un frasco de antiséptico y me tomó la pierna derecha. La levantó, la giró hacia un lado y hacia el otro, sin mirarme a la cara. Tenía el ceño fruncido.
—Acuéstate boca arriba.
Lo hice. El sofá olía a su perfume. Me concentré en eso para no temblar.
Empezó por las heridas más bajas, las de las pantorrillas. Limpiaba, secaba, ponía gasa. Yo apretaba la falda entre los muslos para mantener la dignidad que me quedaba. Cada vez que pasaba el algodón con alcohol, me mordía el labio para no gemir de ardor.
—¿Me vas a decir qué se te metió en la cabeza? —preguntó sin mirarme.
Yo abrí la boca. Cerré la boca. No tenía ninguna respuesta que no fuera la verdad, y la verdad no podía decirla. Todavía no.
—Date la vuelta.
Me giré. Sentí el calor de su mano subiendo despacio por la pantorrilla, después por el muslo, deteniéndose justo antes del límite del vestido. La voz se me había ido a algún rincón de la garganta y no salía.
—¿Tienes más arriba?
—No… no estoy segura —mentí. Tenía un ardor punzante en la nalga derecha, sabía exactamente dónde.
—Tócate y dime.
Me llevé la mano hacia atrás, fingí palpar, mantuve el silencio.
—No… no sé…
—A ver, déjame revisar.
Me subió el vestido sin preguntar. La brisa de la ventana me erizó la piel. Quedé con el calzón blanco a la vista, una ropa interior simple que cualquier otro día me habría parecido ridícula. Cerré los ojos y mordí el antebrazo.
—Sí, hija. Tienes una aquí.
Sentí el algodón frío sobre la piel ardida, después la presión suave de su pulgar para limpiar alrededor. Para acomodarse mejor, corrió un poco la tela del calzón hacia el centro. Apenas un centímetro. Pero ese centímetro me cortó la respiración.
—Te hiciste un moretón en la espalda baja. Tremendo. ¿Pero en qué estabas pensando, niña?
No respondí. No podía. Sentía el roce de su mano enguantada y mi cuerpo entero respondía de una manera que no debía. Me odié por eso. Y al mismo tiempo no quería que parara.
—¿Y qué tomaste? Dime la verdad.
—Un licor de mi mamá.
—Por Dios. ¿Por qué hiciste algo así?
—Estaba triste.
—¿Triste por qué? ¿Triste a tal punto de cruzar la ciudad de noche, borracha, y casi matarte saltando una reja? Mírame. ¿Sabes en qué problemas me puedes meter? ¿Sabes en qué problemas te puedes meter tú?
—Lo sé. Lo siento. Fui una imbécil.
Me ayudó a sentarme. Bajó el vestido, me cubrió las piernas con una manta de polar que tenía doblada en el respaldo. Se sacó los guantes, los tiró en una bolsita y se sentó a mi lado, con las manos en las rodillas. Me miraba de costado, esperando.
—¿Qué era tan urgente, niña? ¿Por qué tenías que verme?
El corazón me latía en la sien. Una voz adentro me gritaba: «Dilo de una vez, dilo, no vas a tener otra oportunidad». La otra voz me suplicaba que me callara. Tomé aire.
—Yo… siento cosas por usted, señor Mendoza.
Se hizo un silencio que duró siglos. No me animé a abrir los ojos. Sentí cómo se acomodaba en el sofá, cómo apoyaba los codos sobre las rodillas, cómo se pasaba las dos manos por la cara.
—¿Cosas… en qué sentido?
Lo miré. Me ardían los ojos.
—En el sentido en el que se mira a alguien que te gusta.
—Hija, no. La cabeza juega malas pasadas. Estás confundida.
—No estoy confundida.
—Mírame. No es posible. Lo sabes. Eres amiga de Lucía. Yo te conozco desde hace años. Te vi crecer, por Dios.
—Sé todo eso. Sé cada uno de los motivos. Los repito todas las noches en mi cabeza. No me importan.
Suspiró largo. Apoyó una mano sobre la mía, en mi rodilla, como un padre que quiere consolar a una hija que perdió un examen.
—Hay un montón de chicos allá afuera que están a tu altura. Solo tienes que ser paciente.
Empecé a llorar. No el llanto controlado de una chica que se hace la fuerte: el llanto que sale de adentro y rompe todo. Me puso la mano en la nuca, me atrajo hacia su pecho. Olía a jabón y a algo que no supe nombrar, algo de hombre. Lo abracé con los brazos rotos que me quedaban.
—Cálmate, está todo bien.
Pero a él la voz también se le quebraba.
—Yo soy un tipo viejo, ya gastado. Tú estás empezando. Te mereces a alguien fresco, no a esto.
Quise gritarle que no me importaba la edad, que tampoco me importaba lo que dirían, que no quería a un chico fresco, lo quería a él. Pero la voz no me salió. Me dejé acostar contra él, sobre su brazo, mientras una de sus manos me acariciaba la espalda baja con esa presión tibia que solo dan los hombres grandes.
—Lo amo, señor Mendoza.
—Ay, mi pequeña. No te compliques más. Estás sufriendo por algo imposible.
Lloré con más fuerza. Él me apretó más fuerte.
—Por favor, niña, me vas a hacer llorar a mí también.
—Dígame que no estoy loca. Dígame que sintió algo. Aunque sea poquito. Se lo suplico.
—Hija…
—Dígame que no me abrió la puerta solo por lástima. Dígame que no lo haría por cualquiera. Por favor. No puedo más con la duda.
Suspiró otra vez, hondo. Y entonces, con una voz que no tenía nada de paternal, me soltó cuatro palabras.
—No estás equivocada, hija.
El aire me volvió de golpe a los pulmones.
—Sí, siento cosas por ti también. Pero es imposible. Te juro que es imposible.
Lo apreté con todas las fuerzas que me quedaban. Era la única respuesta que me importaba esa noche. Después podríamos hablar de imposibles, de edades, de la mejor amiga, de lo que fuera. Esa noche solo necesitaba una cosa, y la había escuchado.
Le acaricié la mejilla con el pulgar. Le rocé la comisura del labio. Él me miraba con los ojos brillantes, sin apartarlos.
—Es imposible, mi pequeña. Es imposible —repitió con la voz rota.
Sonreí por primera vez en toda la noche.
Por primera vez en mucho tiempo tenía un motivo para ser feliz, aunque fuera uno imposible.