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Relatos Ardientes

El vigilante del club me vio venir desde el principio

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Le vi por primera vez un martes a mediodía, sentado en la barra de una cafetería que daba directamente al paseo marítimo de la costa. Era el tipo de bar donde paran los trabajadores del puerto turístico: poca luz, taburetes de plástico y una televisión encendida que nadie miraba. Él no encajaba con nada de eso.

Llevaba un pantalón de licra oscuro que le marcaba los muslos desde la distancia y una camiseta sin mangas con unas aberturas laterales tan generosas que dejaban ver el torso casi entero: músculo sobre músculo, sin un gramo de grasa visible. Era rubio, casi blanco, con los ojos claros y la mandíbula cuadrada de alguien que viene del norte de Europa. Mediría uno noventa largo. De pie, habría ocupado el marco de cualquier puerta sin esfuerzo.

Tenía una cerveza delante y un bocadillo a medias. Comía con la calma de alguien acostumbrado a tomarse las pausas en serio. Yo me quedé un momento en la entrada sin que él me viera, mirándole la espalda y los hombros, que eran tan anchos que la camiseta le cruzaba de lado a lado como si fuera una bandera desplegada.

Entré al baño sin pensar demasiado en si era buena idea o no. Al salir, el taburete estaba vacío y la botella de cerveza sin terminar sobre la barra. El camarero la recogió sin mirarme. Me quedé parada un momento con la bolsa en la mano, sintiéndome estúpida por haberlo dejado escapar sin siquiera acercarme.

Me prometí volver.

Esa misma noche, al salir de la tienda de moda donde trabajaba para la temporada, lo vi de nuevo. Estaba de pie frente a la entrada del club más grande del paseo, con un traje oscuro y una camisa de botones de color claro abierta hasta el centro del pecho. La placa en la solapa decía SEGURIDAD. A su alrededor la gente pasaba mirándole de reojo o sin disimulo, según la valentía de cada una. Yo crucé su mirada durante un segundo y seguí caminando.

Tenía una forma de estar parado que no encajaba con el local: demasiado tranquila, demasiado segura. Como alguien que no necesita demostrar nada porque lo que tiene ya se ve sin esfuerzo. Eso era lo que me había enganchado desde el primer momento en la cafetería: no era solo el cuerpo, era esa actitud de quien no tiene nada que probar.

En casa, bajo la ducha, ya estaba tomada la decisión.

***

Al día siguiente, antes de salir de la tienda, fui al baño y me cambié de ropa. Me puse una falda vaquera que me quedaba a unos diez centímetros del muslo, una camiseta de tirantes blanca tan fina que sin sujetador dejaba ver el movimiento de los pechos con cada paso y marcaba los pezones bajo la tela, y unos zapatos de tacón de aguja que hacía meses que no usaba. Lo guardé todo en una bolsa y salí a la calle pensando exactamente en lo que estaba haciendo.

La terraza del bar estaba llena a esa hora. Le vi en cuanto entré: en la barra, con otra cerveza, mirando la pantalla sin demasiado interés. Elegí una mesa frente a él, de lado, con las piernas visibles desde donde estaba sentado. Un camarero joven vino a atenderme casi de inmediato, con los ojos bajando al escote antes de que yo dijera nada. Le pedí una cerveza y, mientras le pedía, le pregunté si el hombre de la barra era del local.

—Es el responsable de seguridad de los dos locales —me dijo con una sonrisita—. La cafetería y el club de la puerta de al lado.

Cuando el camarero se fue a buscar la cerveza, vi que los dos hablaban un momento. Vi que él giraba la cabeza hacia mi mesa. Aproveché ese segundo para cruzar las piernas despacio y volver a abrirlas, dejándole ver el tanga rojo que llevaba. Una fracción de segundo. Con eso bastaba.

El camarero volvió con la cerveza y yo bebí un sorbo sin apartar la vista de la barra. Cuando el camarero se alejó, él cogió su botella, se bajó del taburete y cruzó la distancia entre la barra y mi mesa con la misma calma con que hacía todo lo demás. No sonrió. No dijo nada hasta que estuvo justo a mi lado.

—Me llamo Yuri —dijo, tendiendo la mano.

—Sara —respondí.

Se sentó a mi lado, no frente a mí, y acercó la boca a mi oído. Me cubrió un pecho con la mano sin preámbulos, como si eso fuera lo más normal del mundo.

—¿Te gusta el sexo duro? —me preguntó en voz baja.

—Lo que no me gusta es el sexo sin imaginación —dije.

Bajó la mano por mi costado hasta ponerla en el muslo. Fue ascendiendo poco a poco sin apartar la mirada de mis ojos. Cuando llegó al pubis, cerré las piernas sobre su mano. Cogí la cerveza y me la terminé de un trago. Él hizo lo mismo con la suya. Se levantó, me tendió la mano y señaló la puerta con la cabeza. No dijimos nada más.

No fuimos lejos. Sacó un manojo de llaves del bolsillo del pantalón y abrió una puerta lateral del club marcada como acceso de personal. La cerró con llave a mi espalda. Subimos unas escaleras hasta un despacho en el piso superior.

Una pared entera de cristal ahumado daba al paseo marítimo y a la playa. A esa hora de la tarde, con el sol todavía alto, se veía el agua y la gente caminando por la arena sin que ellos pudieran vernos a nosotros. Era el tipo de ventana que hace que uno se sienta al margen del mundo.

Me colocó con la espalda contra el cristal. Me subió la falda hasta la cintura con las dos manos, pasó un dedo por el borde del tanga y metió la mano dentro del tejido elástico. Me exploró despacio, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Mientras lo hacía, yo le levanté la camiseta y le lamí los pezones, que me quedaban justo a la altura de la cara. Se los mordí con cuidado y le palpé por fuera del pantalón, donde ya notaba bastante firmeza.

Metió un dedo dentro y lo sacó enseguida. Luego dos, con el pulgar presionando hacia arriba. Sus manos eran fuertes y sus dedos eran gruesos, y la sensación era la de llenura que no siempre se consigue. Me quedé quieta con los ojos cerrados, intentando no hacer ningún ruido todavía.

No lo conseguí.

Cuando me escuchó, me cogió por la cintura y me levantó del suelo sin ningún esfuerzo aparente. Me puso sobre su hombro con un brazo entre mis piernas, me giró hacia el cristal y me aplastó contra él con la otra mano abierta en el culo. Metió la lengua dentro y la movió en círculos lentos. El cristal era frío en la espalda. Él era caliente y preciso ahí abajo, y la combinación resultaba difícil de soportar.

—Quiero que te corras una sola vez ahora —me dijo, despegándose un momento—. Solo una. No quiero que te agotes antes de tiempo.

Intenté aguantar. No duré lo que debería. Cuando no pude más me dejé ir, y él aprovechó ese momento para morderme con cuidado, lo suficiente como para extender el orgasmo más allá de donde yo creía que podía llegar.

Me deslizó por su cuerpo hasta que los pies me tocaron el suelo. Tardé unos segundos en recuperar el equilibrio. Entonces me dijo que se la chupara antes de continuar.

Le bajé los pantalones y los calzoncillos de una vez. También tenía el vello depilado, lo que no esperaba. Me arrodillé y empecé despacio, subiendo por abajo sin ninguna prisa. Era grande y ya estaba completamente duro, y lo que quería era tenerlo dentro cuanto antes, pero me forcé a tomármelo con calma. Cuando noté que se tensaba, me puso de pie cogiéndome por los hombros.

Sacó un preservativo del bolsillo del pantalón y se lo puso sin decir nada. Me colocó de espaldas al cristal y me adelantó las caderas con una mano. Me penetró de golpe, sujetándome antes de que perdiera el equilibrio. Empezó a moverse sin pausa, tirando de mis caderas hacia él en cada empuje, y el cristal a mi espalda vibraba levemente con cada sacudida.

Desde fuera, alguien que mirara hacia arriba me habría visto ahí, con la falda subida y la camiseta corrida, sin margen de duda sobre lo que estaba pasando. Eso lo hacía todo más intenso de lo que ya era.

Empezó a retorcerme los pezones sobre la tela, y cuando los pellizcos se hicieron más fuertes noté el hormigueo bajando hasta el vientre. Dio unas palmadas abiertas sobre los pechos, no muy fuertes pero suficientes para que el calor se extendiera por la piel. Me sujetó antes de que las piernas cedieran.

Esperó a que me recuperara. Me cogió de la mano y me llevó a una silla que había junto a la mesa del despacho. Me dijo que me arrodillara encima, de espaldas, apoyada en el respaldo con las dos manos.

Se puso detrás y empezó con la lengua en las nalgas. Metió un dedo en el sexo, lo sacó y lo usó para prepararme la entrada por detrás, despacio y con atención, comprobando que no hubiera resistencia antes de avanzar.

Cuando estuvo convencido me colocó de nuevo contra el cristal, esta vez con las manos apoyadas en el frío de la superficie y el culo hacia fuera. Empezó a darme azotes en las nalgas, alternando los lados, sin apresurarse, hasta que la piel ardía con cada palmada. Entonces me penetró por detrás, con la misma brusquedad de la primera vez pero más pausado en el fondo, dejando que el cuerpo se adaptara antes de continuar.

Si alguien del paseo hubiera mirado hacia arriba en ese momento, no habría necesitado imaginarse nada.

No aguanté mucho antes de notar la presión en el vientre. El orgasmo llegó en oleadas y él usó los últimos segundos para empujar con más fuerza, llevándome hasta el límite. Cuando dejé de temblar, me sacó y me sentó en la silla.

Se quitó el condón. Se puso de pie frente a mí y me pidió que terminara lo que había empezado antes. Lo tomé con las dos manos y continué donde lo había dejado, con más calma esta vez, mientras él apoyaba una mano en la pared. Llevábamos más de media hora y aún no se había corrido.

La eyaculación fue larga. Tuve que apartar un momento para respirar, y parte se me escapó por la comisura de los labios. Pasé la lengua recogiendo lo que pude. Cuando se retiró me dolía la mandíbula.

Me señaló el baño y esperó fuera. Me limpié lo suficiente para salir a la calle sin que nadie notara nada. Tardé cinco minutos. Cuando salí, él ya estaba de pie junto a la puerta con el traje perfectamente en orden, como si la última hora no hubiera ocurrido.

Bajamos juntos. En la calle, me dio un beso corto en los labios. Era la primera vez que me besaba en toda la tarde.

—Ha sido un placer —dijo.

Caminé hasta el coche con el culo dolorido y las piernas un poco flojas, pero completamente satisfecha. No le volví a ver ese verano. Tampoco lo busqué. Hay momentos en que salir a buscar exactamente lo que quieres resulta ser tan bueno como esperabas, y la única forma de no estropearlo es no repetirlo.

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Comentarios (8)

Daniloop87

Increible!!! me encanto desde el primer parrafo, se lee solo

rosameler

Por favor que haya segunda parte, no puede quedarse así nomás

Marcos_99

Me gustó la voz que tiene el relato, se siente autentico. No es el típico, tiene personalidad. Seguí escribiendo

lauchita_73

Esa sensacion de saber algo antes de que pase... demasiado real. Me recordo a algo que viví hace unos años. Gracias por compartirlo

taxi_fan99

Y despues del club se volvieron a ver? me quede con esa duda jaja

Rodrigo_Sur

El titulo me vendio de entrada, muy bueno jaja

Andresito_BA

Muy bien escrito, sin rodeos y con actitud. Espero leer mas relatos así

NocheLibre

Categoria Confesiones y se nota, tiene esa cosa de vivido que los inventados no tienen. Muy bueno!!

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