Mi confesión sobre el portero del séptimo piso
Me llamo Carolina, tengo treinta y tres años y vivo en un séptimo piso del centro de Barranquilla, donde el calor pega como un golpe seco apenas cruzas la puerta del edificio. La gente de aquí dice que llevo el Caribe en las caderas, y yo no me esfuerzo por desmentirlo. Bailo bien, río fuerte, y este cuerpo que tengo, con la cintura estrecha y todo lo demás generoso, no pasa desapercibido en las fiestas familiares. Me cuido con la comida, eso sí, pero ¿quién dice que no a una butifarra a media tarde o a una cerveza fría cuando el sol se cuela entre las persianas?
A mi edad ya aprendí que un buen hombre no se mide por la estatura ni por los abdominales marcados, sino por cómo te trata cuando bajas de la nube y le pides un vaso de agua. Eso no quita que, en la cama, me guste un secreto bien guardado bajo la tela del jean. Esos hombres rudos, callados, que cuando se desabrochan el pantalón te sacan una polla que no te esperabas, gruesa, pesada, de esas que te hacen abrir los ojos y tragar saliva antes de metértela en la boca. Esa sensación de quedar rendida al día siguiente, con las piernas pesadas, el coño irritado y una sonrisa estúpida, para mí es una forma de poesía.
Por eso, aunque ando soltera, mi vida no es exactamente tranquila. ¿Para qué ponerle nombre a las cosas? Tengo a Mateo los miércoles, que es bruto y rápido, que me tira boca abajo, me abre las nalgas y me folla el culo sin preguntar mucho; y tengo a Esteban los domingos, que es lento como un bolero, que me chupa el coño durante media hora antes de metérmela. Entre los dos me organizan la semana mejor que cualquier agenda. Y ya. Eso me pareció suficiente hasta que pasó lo del ascensor.
Era un martes cualquiera, de esos días en que la humedad se pega al vestido y el centro huele a sancocho y a alcantarilla a partes iguales. Yo llegaba del trabajo con los pies hinchados, una bolsa de mercado en cada mano y los tacones clavándose en mí. El ascensor llevaba averiado tres días. Tres días.
—¡Don Hernán! —grité desde el lobby, sudando como si me hubieran rociado con manguera—. ¿Otra vez este aparato malparido? ¿Es que aquí cobran administración para qué?
Don Hernán salió de su cuartito junto a la entrada, esa especie de cubículo que olía siempre a café tinto y a tierra mojada. Es un hombre cincuentón, espigado, de hombros anchos por años de cargar mudanzas y muebles. Tiene la piel curtida por el sol, las manos grandes, y una sonrisa torcida porque le falta una muela del lado izquierdo. Conmigo siempre fue amable, pero respetuoso, sin pasarse.
—Tranquila, doña Carolina. Ya llamé al técnico. Dice que viene mañana.
—¡Mañana! —exclamé, exagerando el acento, porque sé que la gente del Caribe nos ponemos más caribes cuando estamos cabreadas—. ¡Mañana yo amanezco con las piernas hechas pedazos!
Él se rascó la nuca y miró el piso. Yo no soy ciega: sé cuándo un hombre intenta no mirar. Y don Hernán intentaba con todas sus fuerzas no mirarme las piernas.
—¿Le ayudo con las bolsas?
—Ay, sí, por favor. Que Dios se lo pague.
Tomó las dos bolsas más pesadas, las de la papa y la yuca, y empezó a subir conmigo detrás. Yo iba delante a propósito, sintiendo su mirada en la espalda, en las caderas, más abajo. No voy a fingir que me molestaba. Una mujer sabe cuándo le están midiendo el contorno. Y a mí, a los treinta y tres, todavía me gusta saber que no se me ha apagado la luz.
Cuando llegamos al séptimo piso, yo iba jadeando y a él se le había marcado la camisa del uniforme empapada. Saqué un billete grande de la cartera.
—Tome.
—No, doña Carolina. Para eso estoy.
—No sea tonto, coja —insistí, y se lo metí yo misma en el bolsillo del pantalón.
Nuestras manos se rozaron. Fue medio segundo. Pero en ese medio segundo pasó algo. Lo miré. Me miró. Vi cómo se le tensaba la mandíbula, cómo le brillaba la frente, cómo se le marcaban los antebrazos bajo la tela. Y noté algo más: al meterle el billete en el bolsillo, mis nudillos habían rozado un bulto duro, grueso, que no era su cartera. Aparté la mano despacio, pero él vio que yo había visto. Hubo un silencio raro, espeso. Él tosió, desvió los ojos y bajó las escaleras casi trotando.
Yo me quedé en el pasillo, con la llave en la mano, el corazón un par de pulsaciones por encima de lo normal y una humedad tibia entre los muslos que no era del calor de Barranquilla.
***
Después de eso, todo se puso extraño. Don Hernán empezó a saludarme mirando el piso, o el techo, o la maceta del lobby. Cualquier cosa menos a mí. Y yo, hijueputa que soy, en lugar de dejarlo en paz, empecé a apretar la tuerca. Por aburrimiento, por ver hasta dónde aguantaba, por probar que todavía tenía la mecha encendida.
Bajaba con vestidos más cortos, sin bragas debajo algunos días, sabiendo que si me agachaba lo suficiente se le iba a llenar la vista del coño depilado. Me agachaba a recoger correo dejándole ver el escote hasta el pezón. Le preguntaba por el partido del domingo solo para escucharlo tartamudear. Él se ponía rojo como un tomate pasado, se acomodaba disimuladamente la polla que se le engrosaba dentro del pantalón, y respondía con monosílabos.
Una tarde llegó una caja enorme a mi nombre. Una mesa de centro que había pedido por internet.
—Doña Carolina, ¿la dejo en la portería para que después le suban?
—Ay, no, don Hernán, ayúdeme usted. Yo no puedo cargar eso sola.
Él suspiró, resignado. Subió los siete pisos con la caja al hombro y yo detrás, mirándole la espalda ancha, los brazos tensos, el cuello brillante. Cuando llegamos al apartamento, le señalé la sala.
—¿Le sirvo agua? Se lo ganó.
—No se preocupe, doña Caro… —se cortó en seco. Caro. Nunca me había dicho Caro. Siempre Carolina, doña Carolina, todo en su sitio. Fue un desliz pequeño y enorme a la vez.
Nos miramos. El aire de la sala se volvió denso. Solo se oía el zumbido del aire acondicionado y el goteo lejano del tráfico de la avenida.
—¿Caro? —repetí, sonriendo de medio lado—. ¿Y de cuándo acá tan familiar, don Hernán?
Se puso colorado y miró la puerta como si calculara la distancia hasta la salida.
—Perdón. Disculpe. Fue sin querer.
Iba a salir disparado. Yo me le adelanté, cerré la puerta y oí el clic del pestillo como si fuera un disparo en una película.
—No se disculpe —dije, en voz baja—. A mí me gustó.
Se quedó inmóvil, como si lo hubieran clavado al piso. Le veía el pulso latir en el cuello. Olía a sudor mezclado con jabón barato y, Dios mío, eso me prendió. Me prendió ese hombre fornido, callado, nervioso, parado en la entrada de mi sala como si hubiera entrado a una iglesia.
—Doña Carolina… esto no debería… —murmuró, sin moverse.
—¿No debería qué? —avancé, hasta quedar a un palmo de él. Le quité una mota de polvo imaginaria del hombro—. Usted es un hombre trabajador. Honrado. Fuerte.
Mi mano se quedó en su brazo, en ese bíceps duro. Cerró los ojos y exhaló temblando. Yo bajé la mano por el antebrazo, por la cadera, y sin pensarlo demasiado la posé sobre su bragueta. Ahí estaba: dura, gruesa, palpitando bajo la tela del uniforme. Se le escapó un gruñido ronco cuando le apreté por encima de la ropa.
—Llevo semanas viéndolo mirarme —seguí, con la boca cerca de su oreja, sin soltarle la polla—. ¿Le gusta lo que ve?
—Doña Carolina, por favor… —y la voz le salió a medio camino entre súplica y rendición.
—Sí o no, don Hernán.
Abrió los ojos. Ya no había nervios. Había hambre. La misma hambre que yo tenía y que me sorprendió encontrar tan a flor de piel.
—Sí —gruñó—. Sí me gusta. Me vuelve loco. Llevo semanas haciéndome pajas pensando en usted.
Esa confesión fue como soltar el cierre de algo apretado durante semanas. Le agarré la mano callosa y la puse sobre mi cadera, sobre la curva que llevaba tanto tiempo midiendo en silencio. Me apretó con una fuerza que me cortó la respiración. Enseguida bajó y me agarró una nalga entera por debajo del vestido, apretando con esa mano bruta de cargar muebles. Gruñó al descubrir que no llevaba bragas.
—Hija de puta —masculló—, ¿bajaste así?
—Bajé así toda la semana —le dije, mordiéndole el labio.
La otra mano me enganchó por la cintura y me atrajo de un tirón. La boca le supo a café y a hombre cansado, y nos besamos con la urgencia de dos personas que llevan demasiado tiempo aguantando. Su lengua era gruesa, pastosa, entraba en mi boca sin pedir permiso, y yo la chupaba como si fuera un adelanto de lo que iba a chuparle después.
Sus manos me recorrieron sin permiso y sin paciencia. Me bajó el escote del vestido de un tirón y me sacó las dos tetas afuera. Se quedó mirándomelas medio segundo, como quien descubre un tesoro, y se agachó a chupármelas con hambre. Me metió un pezón entero en la boca, lo mordió, lo lamió, mientras con la otra mano me apretaba la otra teta hasta hacerme quejar. No había ternura en lo que hacía: había necesidad acumulada y un cierto estupor de no creer que estuviera pasando.
—Llevo soñando con estas tetas —masculló contra mi pecho—. Cuando se agacha a recoger el correo, me la pongo dura viéndoselas. Después me encierro en el baño y me la casco pensando en usted.
—Cuéntame más —jadeé, agarrándole la cabeza contra mi pecho, moliéndome contra el bulto duro que empujaba entre mis piernas.
—Me imagino metiéndotela por detrás en el ascensor —siguió, con la boca llena de mi teta—. Con las manos en el espejo y el vestido levantado. Toda la puta noche pienso en eso.
—Cállate y hazlo.
No hizo falta repetírselo. Me dio media vuelta, me apoyó las manos contra la pared cerca de la entrada y me subió el vestido por encima de las caderas. Soltó un gruñido ronco al ver que ahí no había nada, solo mis nalgas y el coño ya empapado brillando entre los muslos. Se agachó de golpe, me abrió las nalgas con las dos manos y hundió la cara. La lengua me entró de una, gruesa, mojada, lamiendo de abajo hacia arriba, del coño al ojete y de vuelta. Yo pegué la frente contra la pared y solté un gemido largo, temblando sobre los tacones.
—Ay, hijueputa —jadeé—, así, así, no pares.
Me comió el coño como si tuviera hambre atrasada de meses. Metía la lengua entera, la sacaba, chupaba el clítoris con los labios, volvía a meterla. Me clavó dos dedos gruesos mientras me chupaba, curvándolos adentro, buscando ese punto que a mí me hace subir las rodillas. Yo le empujaba el culo contra la cara, sin vergüenza, cabalgándole la boca contra la pared.
—Métemela ya —le supliqué—, métemela ya, no aguanto más.
Se enderezó, se desabrochó el pantalón con dedos torpes y se lo bajó a medio muslo. Yo miré por encima del hombro y se me escapó un «uy» sin querer. La tenía gruesa, morena, con las venas marcadas, pesada. Se agarró la polla con una mano, se la restregó de arriba abajo por el coño empapándose de mis flujos, y con la otra mano en mi cadera me tomó de una sola vez. Profunda, brutal, sin antesala. Se me escapó un grito que no era solo de placer: era de sorpresa, de la pura crudeza del momento, de sentir cómo me abría por dentro hasta el fondo.
—Ay malparido, qué grande la tienes —jadeé, arqueando la espalda.
—Y toda pa' ti —gruñó, agarrándome de las caderas con las dos manos.
Empezó a moverse con un ritmo firme, cada empuje haciéndome chocar contra la pared, mis tetas rebotando afuera del vestido. Salía casi entera y volvía a entrar de golpe, hasta el fondo, hasta pegar sus huevos contra mi coño. Yo me mordía la mano para no gritar, los tacones clavados en la madera del piso. Se oía el ruido húmedo de la carne chocando, el chapoteo del coño empapado, sus jadeos guturales pegados a mi oreja.
—Llevo semanas queriendo hacerte esto —me hablaba al oído, sudoroso, sin dejar de embestir—. Cuando te agachas en el lobby, cuando pasas con esos vestiditos, cuando me sonríes… te iba a partir en dos, malparida.
—Pártela entonces —le contesté, empujando el culo hacia atrás—, pártela hasta el fondo.
Me agarró un puñado de pelo y me tiró la cabeza hacia atrás, sin dejar de follarme contra la pared. Con la otra mano me buscó el clítoris y me lo empezó a frotar en círculos mientras me clavaba la polla hasta las bolas. Fue cuestión de un minuto: sentí la corriente subiendo por las piernas, el temblor en el vientre, y me corrí gritándole en la mano, apretándole la polla adentro con espasmos que él sintió y le hicieron soltar un rugido.
—Me estás apretando toda —gimió—, me voy a correr, dónde te la echo.
—Adentro —le dije sin pensar—, córrete adentro, malparido.
Bastó eso. Me hundió los dedos en las caderas, me clavó la polla hasta el fondo tres, cuatro veces, y terminó con un rugido contenido en mi hombro. Sentí el chorro caliente golpeándome dentro, latido a latido, mientras él seguía empujando, vaciándose entero. Me temblaron las piernas. Nos quedamos pegados a la pared, jadeando, su pecho empapando mi espalda, su polla todavía dura enterrada en mí.
Cuando se salió, un hilo espeso de semen y flujo me bajó por la cara interna del muslo. Él lo vio y le vi los ojos oscurecerse otra vez, como si quisiera empezar de nuevo. Pero el silencio fue terrible. Se acomodó el uniforme rápido, evitándome la mirada, y la vergüenza le volvió a la cara como una marea.
—Yo… yo me voy.
Y casi huyó del apartamento sin mirar atrás.
Me deslicé por la pared hasta quedar sentada en el piso, con el vestido arrugado a la cintura, las tetas todavía afuera, el coño chorreando encima del parquet. Las piernas temblando, la cabeza vacía. ¿Qué carajo había hecho? ¿Con el portero? ¿En la sala? Me dio un ataque de risa y un sofoco al mismo tiempo.
***
Los días siguientes fueron un infierno educado. Don Hernán volvió a saludarme con una formalidad exagerada, ahora teñida de miedo. Yo lo entendía y no lo entendía. Lo que había pasado había sido salvaje, calientísimo, pero también vacío. Y, contra todo pronóstico, yo quería más. Quería ver si detrás del hombre nervioso del cuartito había algo más que una culpa católica y un cuerpo bien dispuesto con una polla que me había dejado el coño marcado tres días.
Una semana después, bajé con la excusa de preguntar por el agua. Él estaba dentro, viendo un partido en una televisión pequeña sobre una repisa. Al verme, se puso tieso.
—Doña Carolina.
—Don Hernán. Tenemos que hablar.
—Mire, lo que pasó… fue un error. Yo no debí. Usted es una señora y yo soy…
—Cállese —dije, entrando y cerrando la puerta detrás de mí.
El cuartito era diminuto. Una cama angosta, una mesita, una silla y, en una esquina, un ventilador desvencijado. Olía a él por todas partes: a jabón barato, a sudor honesto, a tinto recalentado.
—¿Usted cree que lo hice por lástima? ¿O por estar caliente y no tener a otro a mano?
No supo qué responder.
—Lo hice porque me gustó —dije—. Me gusta cómo me mira. Me gusta su fuerza. Y me gustó lo que pasó en mi sala, aunque después usted saliera corriendo como si yo fuera una santa ofendida. Llevo una semana con esa polla suya metida en la cabeza, ¿me oye?
Se le iluminaron los ojos un segundo. Después se le nublaron de nuevo.
—Doña Carolina, esto no puede ser. Usted y yo somos de mundos distintos.
—¿Mundos? Por favor, don Hernán. Aquí los únicos mundos son el séptimo piso y este cuartito. Y a mí este cuartito me parece más interesante.
Me arrodillé frente a él, que estaba sentado en la silla con las manos agarradas a los brazos de madera. Me miró como si yo fuera una aparición.
—¿Me va a decir que no ha pensado en eso desde aquel día? ¿Que no ha querido que pase otra vez?
Tragó saliva. No mintió.
—Todos los días —dijo, casi en susurro—. Todas las noches. Me hago la paja pensando en cómo apretabas.
—Bueno. Entonces deje de hacerse el loco.
Le bajé el cierre del pantalón con una calma que a mí misma me sorprendió. Metí la mano y le saqué la polla afuera. Ya estaba medio dura, gorda, tibia contra mis dedos. Él no protestó. Solo soltó un gemido bajo, como un quejido medio rendido medio agradecido, y los dedos se le tensaron contra la madera de la silla. Le pasé el pulgar por la punta, jugando con esa gota clara que ya asomaba, y se la extendí por todo el glande.
—Doña Caro… aquí no… pueden vernos… —murmuró, con el pánico y el deseo entremezclados en la voz.
—Cállese —le dije, suave, y me incliné.
Cuando lo tomé en la boca, lo recorrió un temblor de pies a cabeza. Soltó un gruñido gutural que no parecía suyo. La punta me llenó la boca de un sabor a piel y a sal, y yo bajé despacio, hundiéndomela hasta donde me daba, sintiéndola crecer contra la lengua hasta ponerse dura como una piedra. El televisor seguía narrando el partido, un contrapunto absurdo a lo que estaba pasando a sus pies. Yo trabajaba con una determinación que no me conocía, saboreándolo, subiendo y bajando con la boca entera, apretando los labios en el aro del glande, escupiéndole encima para lubricar y agarrarle la base con la mano.
La chupé despacio primero, luego más rápido, haciendo ruido a propósito, dejando que el hilo de saliva le cayera por los huevos. Le lamí la vena gruesa de abajo hacia arriba, le besé la punta, le metí toda la polla adentro hasta que se me clavó en la garganta y solté una arcada. Él soltó un jadeo largo, tembloroso.
—Malparida, así no… así no aguanto…
Me saqué la polla de la boca y le sonreí, con los labios brillantes.
—Ese es el punto, Hernán.
Le agarré los huevos con una mano, se los amasé despacio, y me la volví a meter en la boca. Le chupé la punta como si fuera un dulce, con la lengua dándole vueltas al glande, y después me la tragué entera otra vez. Sentí cómo se le tensaban los muslos. Él levantó las manos dudoso y las posó en mi cabeza, no para guiarme, sino para confirmar que la escena era real y no otro de sus sueños. Después, ya rendido, me agarró del pelo y empezó a empujarme la cabeza suave, marcando el ritmo.
—Así, mamita, así —gemía, casi para sí—, chúpamela así.
Le vi la cara transformada. Ya no era el portero tímido. Era un macho a punto de acabar en la boca de una mujer que se le había arrodillado sin pedirlo. Aceleré. Le pasé el dedo por debajo, entre los huevos y el ojete, apretando ahí, y él soltó un rugido apagado.
—Voy a… —alcanzó a decir.
No se apartó. Yo lo apreté con más fuerza, aceleré el ritmo, hasta que se le tensó el cuerpo entero. Sentí el primer chorro golpeándome contra el paladar, espeso, caliente, y después otro, y otro, mientras él soltaba un gemido largo, sofocado, atrapado entre los dientes para no levantar al edificio. Me tragué todo lo que pude. Un poco me chorreó por la comisura y le cayó en el pantalón. Le seguí chupando la punta hasta que le sacaba las últimas gotas y él tuvo que apartarme la cabeza porque ya no aguantaba.
Se desplomó contra el respaldo, jadeando, mirando el techo con una cara de absoluto asombro.
Me limpié la boca con el dorso de la mano y me incorporé. Le vi asomar la vergüenza otra vez. Me adelanté.
—Si me pides disculpas, me enojo de verdad, Hernán.
El sonido de su nombre, sin el «don», lo hizo parpadear. Se enderezó y se abrochó el pantalón con dedos torpes.
—Es que… no entiendo, señora. ¿Qué quiere conmigo?
—Para empezar, quiero que dejes de decirme señora cuando estamos a solas —dije, sentándome en el borde de la cama. La colcha era áspera y olía a suavizante de bolsa amarilla—. Y, segundo, quiero saber qué hay detrás del hombre callado de la portería.
Por primera vez le vi una sonrisa de verdad. Tímida, un poco torpe, pero le suavizaba la cara entera.
—No hay mucho, doña… Caro. Trabajo, duermo, a veces miro el partido.
—Y piensas en empotrarme contra la pared de mi sala —completé, con la cara más seria que pude poner.
Se le subió el rojo hasta la raíz del pelo, pero esta vez me sostuvo la mirada.
—Sí. Eso también. Y en cogerte por detrás en el ascensor. Y en montarte encima de mí en esta cama.
—Uy, cuidado con lo que dices —le dije, cruzándome de piernas y dejando que el vestido se me subiera lo suficiente para que viera que seguía sin bragas—, mira que te lo cobro.
El hielo se rompió ahí. A partir de ese día empezamos a buscar excusas para vernos. Yo bajaba a «revisar el buzón» a horas raras, o a preguntar por un paquete que sabía perfectamente que no había llegado. Él, con valentía creciente, a veces subía con el cuento de revisar un grifo que goteaba o una lámpara que parpadeaba, y terminaba con la cara enterrada entre mis piernas encima de la mesa de la cocina, o conmigo montada encima suyo en el sofá, cabalgándole la polla con las tetas rebotándole en la cara. Los encuentros en su cuartito eran cortos, llenos de la urgencia de no ser descubiertos. Rápidos y sucios: yo apoyada boca abajo en la cama angosta, él detrás metiéndomela hasta el fondo con la mano tapándome la boca para que no gritara mientras algún vecino pasaba por el lobby. Pero ya no eran solo sexo crudo contra la pared.
A veces, después, nos quedábamos cinco minutos hablando. Él me contaba de su pueblo, de un hijo grande que vivía lejos con la madre, de los inviernos en Bogotá cuando trabajó de celador. Yo le contaba lo aburrida que era la oficina, lo vacías que se sentían las noches en el séptimo piso cuando apagaba la lámpara y oía el silencio del edificio entero.
Y a veces, ahí, sentada desnuda en una cama angosta que olía a jabón barato y a nosotros dos, con su semen todavía escurriéndome entre los muslos, sentía que esa confesión que no podría hacerle a nadie era, por una vez, mía.