Los celos de mi esposo esa noche en la cocina
La reunión anual de directivos de la empresa de Marcos se celebraba en el salón del hotel Meridian, con esa atmósfera peculiar de los eventos corporativos: trajes planchados, sonrisas calculadas y conversaciones que no llegaban a ninguna parte. Mi presencia no era negociable. Llevaba tres años en el departamento de diseño, demasiado cerca de la dirección como para inventarme una excusa convincente.
Me senté donde me indicaron, frente a la mesa principal, con la copa de vino que no pensaba terminar y la conversación justa para parecer presente. Marcos estaba tres sillas más allá, entre el director financiero y un socio externo que reía demasiado fuerte con cada chiste que hacía.
El problema empezó a los veinte minutos.
El nuevo ejecutivo se llamaba Adrián. Lo habían contratado de una consultora rival hacía tres semanas, y tenía esa clase de seguridad que da saber que eres la incorporación reciente de la que todo el mundo habla. Me miró desde el otro extremo de la mesa con una calma que no era inocente. Una vez, podía ser distracción. Dos veces, descuido. Pero siguió mirando durante toda la velada con esa insistencia que no deja lugar a interpretaciones generosas.
Yo llevaba un vestido azul marino de corte conservador, los pendientes pequeños de siempre, el pelo recogido. No era un atuendo diseñado para llamar la atención. Pero hay miradas que eligen su objetivo con independencia del esfuerzo que uno haga por pasar inadvertida.
Marcos lo notó antes de que retiraran el primer plato.
Conozco a mi marido mejor de lo que él cree que lo conozco. Sé leer la tensión en su mandíbula cuando aprieta sin darse cuenta, la forma en que sus ojos se enfrían cuando algo lo molesta de verdad. No dijo nada durante la cena. No hizo ningún gesto visible. Simplemente encontró mi mirada desde el otro lado de la mesa con una expresión que me dejó sin apetito.
Inventé un dolor de cabeza a las diez y media. Me despedí con la sonrisa de siempre, besé a Marcos en la mejilla —él me sostuvo la mano un segundo más de lo necesario— y me marché antes de que nadie pudiera preguntar nada.
***
En casa me duché con calma, me sequé el pelo y saqué del cajón el camisón de encaje negro que había comprado en un viaje y apenas había usado. Me lo puse. Me miré en el espejo del baño un momento, evaluando lo que veía. Después bajé a la cocina, me preparé una infusión y me senté en la barra con las piernas cruzadas a esperar que se enfriara sola.
No sabía exactamente qué esperaba. Sí sabía que Marcos no vendría tranquilo.
El reloj de la cocina marcaba las tres y cuarto cuando la cerradura hizo clic.
Entró con la misma contención que habría usado en una junta de accionistas: pasos lentos, postura controlada, la chaqueta colgando de un hombro como si acabara de recordar que la llevaba. La corbata estaba aflojada a medias. Olía a whisky de malta y a esa combinación de irritación y agotamiento que se instala cuando uno lleva horas conteniéndose.
Me buscó con los ojos en cuanto cruzó el umbral.
Me encontró.
Permanecí exactamente donde estaba: sentada en la barra, con la taza entre las manos, las piernas cruzadas, sin moverme. La luz del extractor iluminaba la cocina en ángulo bajo y el encaje negro recogía esa luz de una manera que yo había calculado sin calcularlo del todo.
—Sigues despierta. —Su voz tenía la aspereza característica del alcohol y la rabia contenida.
—No tenía sueño.
Se acercó despacio. No era la lentitud de alguien que duda; era la de alguien que quiere llegar de una forma específica.
—¿Sabes lo que es estar sentado en esa cena mirando cómo uno de mis propios ejecutivos actúa como si tú no vinieras conmigo? —Apoyó una mano en la barra a mi lado, sin tocarme todavía. Sus ojos oscuros recorrieron el encaje de arriba abajo antes de volver a mi cara. —Ya no trabaja en la empresa.
Levanté una ceja.
—¿Esta noche?
—Antes de que sirvieran el postre.
Algo recorrió mis venas que no era exactamente sorpresa. No debería gustarme tanto que hiciera eso. Pero me gustaba.
—¿Y eso te calmó?
Su boca dibujó una sonrisa sin humor.
—No especialmente. —Sus dedos rozaron mi cintura, apenas, tanteando el terreno. —¿Te pusiste esto para mí?
Dejé la taza sobre la barra.
—¿Para quién más iba a ponérmelo?
Las pupilas de Marcos se oscurecieron. Era esa fracción de segundo que conozco bien, ese momento en que deja de pensar y empieza a decidir. Me tomó por la cintura con ambas manos y me levantó hasta sentarme en la barra de un movimiento limpio, colocándose entre mis rodillas. Sus manos eran firmes y cálidas sobre mis caderas, los pulgares trazando el borde inferior del camisón con una presión que no era accidental.
—Me estás volviendo loco desde las ocho de la tarde —murmuró, inclinándose hasta que sus labios rozaron el lóbulo de mi oreja. —Y detesto que me vuelvan loco en público.
—¿Y en privado? —dije, notando que mi voz había bajado un registro.
Se separó lo justo para mirarme.
—En privado hago lo que quiero.
Me besó antes de que pudiera contestar. Marcos besa con intención, sin pausas innecesarias, como si supiera exactamente adónde va. Enredé los dedos en la parte de atrás de su nuca y me acerqué al borde de la barra, atrayéndolo hacia mí. Noté la rigidez de su cuerpo, la tensión acumulada de horas que iba convirtiéndose en otra cosa.
Se apartó para bajar por mi cuello con los labios, despacio, sin ninguna prisa.
—Quiero recordarte a quién perteneces —murmuró contra mi piel.
Yo no contesté. Lo dejé.
Deslizó los tirantes del camisón por mis hombros. El encaje cayó hasta la cintura y el aire frío de la cocina me rozó los pechos en contraste con el calor de sus palmas. Me tomó con firmeza, los pulgares describiendo círculos lentos que me hicieron arquear la espalda de manera involuntaria. Bajó la cabeza y tomó uno de mis pezones con los labios, con esa calma metódica que aplica a todo lo que considera importante.
—Marcos. —Su nombre salió solo, sin que yo lo decidiera.
Siguió hacia abajo, apartando el encaje, hasta que yo estaba completamente abierta ante él sobre la barra de la cocina. Su aliento caliente me llegó antes que su boca, y el contraste hizo que me estremeciera. Cuando su lengua me encontró, me recosté sobre los codos para no caerme hacia atrás.
Sabía exactamente lo que hacía. Siempre lo sabe. Trabajó con esa paciencia suya, sin apresurarse, explorando con una precisión que no dejaba nada al azar, hasta que mis piernas empezaron a temblar y el borde del orgasmo estuvo tan cerca que podía sentirlo en la punta de los dedos. Entonces levantó la cabeza.
—Todavía no —dijo, incorporándose.
Me deslicé de la barra con las piernas inestables y me arrodillé. Le desabroché el cinturón sin que me temblaran los dedos, lo liberé de la ropa y lo tomé primero en la mano, midiendo lo que ya sabía, y después con la boca. Escuché cómo detuvo la respiración un segundo antes de soltarla despacio.
Sus dedos encontraron mi pelo con una suavidad que no duró demasiado. Guiaba el ritmo, los ojos fijos en mí a pesar de tenerlos entrecerrados, siguiendo cada movimiento con esa atención concentrada que ponía en lo que consideraba valioso. Me gustaba saber que lo que había ocurrido esa noche —los celos, la rabia contenida, el ejecutivo despedido— todo se estaba condensando en este momento en la cocina a las tres de la madrugada.
—Levántate —dijo, con la voz completamente cambiada.
Me alzó nuevamente a la barra. Esta vez se colocó en la entrada sin preámbulos y avanzó despacio, dejando que yo me acomodara antes de seguir. Cuando estuvo completamente dentro, apoyó la frente en la mía y se quedó quieto un momento, con los ojos cerrados.
—Joder —murmuró.
Comencé a moverme yo antes de que él lo hiciera. Eso le arrancó un sonido que no esperaba. Se sujetó a mis caderas y empezó a marcar el ritmo: largo y deliberado, cada embestida llenándome de una manera que hacía imposible pensar en otra cosa. Apoyé las manos detrás de mí sobre la barra y crucé los tobillos alrededor de su cintura.
—Eras la única persona que me importaba en esa sala —dijo, sin dejar de moverse.
—Lo sé.
—Él actuaba como si eso no existiera.
—Tú nunca eres invisible para mí, Marcos.
Algo en su cara cambió. Apretó mis caderas con más fuerza y aumentó el ritmo. La cocina se llenó del sonido de los dos, el roce de la barra fría, nuestros jadeos mezclados en el silencio de la madrugada. Metió la mano entre nuestros cuerpos y encontró el punto exacto con el pulgar, sin perder ni un instante el ritmo principal.
Ahogué un grito.
—No te contengas —dijo.
—Los vecinos —contesté, sabiendo que era una objeción absurda a esas alturas.
—Me importan bastante poco los vecinos.
Sus dedos se volvieron más precisos y la combinación me llevó al límite antes de lo que esperaba. Me aferré a sus hombros, hundí los dedos en su camisa arrugada y me dejé ir. La sacudida me recorrió desde los pies hasta la nuca y el sonido que salió de mi garganta no tuvo nada de discreto.
Siguió moviéndose, aprovechando cada contracción, hasta que yo empecé a empujarlo suavemente para que aminorara.
—Todavía no —repitió.
Cambió el ángulo. Me tomó por las caderas con las dos manos y buscó un punto diferente, más profundo, con un movimiento más lento que me hizo tensar cada músculo del cuerpo de golpe. Sus pulgares se desplazaron hacia atrás, y la exploración que siguió —deliberada e imparable— me hizo clavar las uñas en su antebrazo sin darme cuenta.
—Marcos. —Esta vez sí era una advertencia.
—Sé lo que hago —respondió, sin detenerse.
Lo sabía. La presión nueva y el movimiento principal al mismo tiempo me hicieron arquear la espalda hasta que solo las palmas de mis manos tocaban la barra. Sus pulgares continuaron con esa firmeza paciente que me resultaba imposible resistir, abriéndome despacio, y la sensación doble me llevó a un lugar donde ya no existía nada más que eso.
El segundo orgasmo llegó de otra dirección, más hondo y más lento que el primero, y me tomó tan por sorpresa que grité su nombre dos veces antes de poder controlar nada.
Él llegó inmediatamente después, con un sonido gutural que resonó en las baldosas, las caderas pegadas a las mías hasta que terminó del todo.
El silencio que siguió tenía peso propio.
***
Nos quedamos quietos un momento, enredados sobre la barra, recuperando el aliento. Marcos tenía la frente apoyada en mi hombro. Yo seguía con las piernas colgando y el camisón convertido en un trapo de encaje a la altura de las caderas.
—Deberías haberme avisado cuando te fuiste —dijo.
—Te mandé un mensaje.
—No lo vi.
—Lo sé.
Levantó la cabeza y me miró con esa expresión que usa cuando ha reconocido algo que preferiría no reconocer.
—No voy a disculparme por cómo soy.
—No te lo pedí.
Algo en su cara se asentó.
Me levantó en brazos con la facilidad de quien está acostumbrado a hacerlo, y empezó a caminar hacia el baño. Yo apoyé la cabeza en su hombro y me dejé llevar.
—Mañana tengo reunión a las ocho —dije.
—Hoy —me corrigió. —Son las cuatro pasadas.
—Hoy, entonces.
—Hay tiempo de sobra. —Abrió el grifo de la ducha con el codo. —Pero primero descansa. —Me dejó de pie en el borde de la bañera y me miró un segundo. —Porque si me pasé toda la noche pensando en ti, el día de hoy tampoco va a ser sencillo.
Me reí. No pude evitarlo.
Se metió conmigo bajo el agua sin quitarse los calcetines. Era tan típico de él que resultó más tierno que ridículo. El agua caliente empezó a lavar las horas acumuladas y Marcos me sujetó por la cintura sin decir nada, de pie bajo el chorro, los ojos cerrados.
—La próxima reunión de empresa —dije al cabo de un momento—, me quedo en casa.
—No —dijo, sin abrirlos. —Vienes. Pero te quedas a mi lado toda la noche.
—¿Eso es una orden?
—Una sugerencia firmemente expresada.
Apoyé la frente en su pecho. El agua caliente caía sobre los dos y afuera la ciudad seguía su ritmo de madrugada, completamente ajena a todo lo que había pasado en nuestra cocina.