Aquella noche el taxista no me cobró el viaje
El día había empezado antes de las seis, en el aeropuerto, y terminó sin que yo supiera exactamente cuándo. Tres reuniones en edificios distintos de aquella ciudad del sureste que no visitaba desde hacía dos años, aire acondicionado de cadena hotelera que me resecaba la garganta, y unos zapatos de tacón que dejé de sentir como míos después del almuerzo. Me los quité en el ascensor del último edificio, el quinto piso de una torre de cristal anónima, y metí los pies en las bailarinas de repuesto que llevo siempre en el bolso de mano cuando viajo sola.
Eran cerca de las diez de la noche cuando salí a la calle. El vestíbulo del edificio estaba casi vacío: la recepcionista con los auriculares puestos, un guardia de seguridad mirando una pantalla pequeña. Pedí el taxi desde la app mientras esperaba que las puertas automáticas se abrieran y el aire caliente de la noche me golpeaba en la cara.
La blusa de lino blanco —fina, algo translúcida después de un día entero de calor y movimiento— se me pegaba a la espalda y al pecho. Sin sujetador desde el mediodía: me lo había quitado en el baño del restaurante después del almuerzo, harta de la presión, y lo había guardado en el bolso sin pensarlo dos veces. Bajo la tela fina y húmeda los pezones se marcaban lo suficiente para que yo lo supiera sin que nadie tuviera que decirlo. La falda de tubo oscura me ceñía las caderas y tiraba ligeramente con cada paso.
El coche llegó en cuatro minutos: un sedán negro, limpio, sin publicidad en los laterales. El conductor ya tenía la mirada puesta hacia la salida del edificio cuando abrí la puerta trasera y me senté.
—Hotel Gran Palacio, ¿verdad? —preguntó.
—Sí.
Lo observé por el espejo retrovisor antes de que arrancara. Cincuenta años, quizás algo más. Pelo oscuro con canas en las sienes, recortado a los lados. Barba de varios días que le oscurecía la mandíbula cuadrada. Brazos tatuados que asomaban por la camisa de algodón arremangada hasta el codo, manos anchas y quietas sobre el volante. Ojos negros que se detuvieron en el espejo exactamente un segundo y luego volvieron a la calle.
Me acomodé en el asiento. Crucé las piernas. La falda subió unos centímetros por encima de la rodilla.
Aquí empieza siempre de la misma manera, pensé. Ciudad desconocida, habitación de hotel vacía al final del trayecto, y esa especie de hambre sorda que me entra cuando estoy sola y cansada y sin nadie con quien hablar de verdad.
Solté el tercer botón de la blusa, despacio, sin prisa, mirando por la ventanilla como si estuviera pensando en los correos del día siguiente. Luego el cuarto.
La mandíbula del conductor se apretó ligeramente en el espejo.
Me incliné hacia delante con el pretexto de buscar algo en el bolso que estaba en el suelo. Las tetas salieron casi del todo de la blusa abierta, pesadas y blancas, balanceándose con cada bache del asfalto. Me quedé en esa posición dos segundos de más. Cuando me incorporé, le sostenía la mirada directamente en el espejo.
—¿Cuánto tardamos? —pregunté, como si nada.
—Unos veinticinco minutos —respondió, con la voz ligeramente más grave que antes—. Hay corte de carril en la avenida del centro.
—Perfecto —dije.
Me aparté la blusa hacia los lados. Las tetas quedaron al descubierto, la piel tibia y húmeda brillando bajo las luces de la calle que pasaban de largo por encima. Las agarré con ambas manos, despacio, apretándolas sin apresuramiento. Me pellizqué un pezón.
Un sonido corto escapó desde el asiento delantero.
—Joder —murmuró—. Qué tetas.
—¿Te gustan?
—¿Vas a ir así todo el camino? —preguntó, con la voz tensa pero controlada.
—Depende de lo que me digas que haga.
Semáforo en rojo. Se giró a medias desde el asiento delantero, sin soltar del todo el volante. Los ojos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo, sin prisa.
—Quítate lo de abajo. Abre las piernas y enséñame cómo estás por dentro.
Obedecí sin decir nada. Me subí la falda hasta la cintura, metí los pulgares en el elástico del tanga y lo bajé por los muslos hasta que cayó al suelo del coche. Me arrodillé en el asiento, de espaldas a él, y me abrí con ambas manos.
Escuché el gruñido profundo desde el asiento delantero.
—Dios… estás empapada. Mira cómo estás.
—Llevo así un rato —dije—. Desde que te vi.
El semáforo cambió. Arrancó, pero los ojos volvían al espejo cada pocos segundos.
—¿Qué quieres? —preguntó.
—Lo que puedas darme. Sin cortarte.
Giró hacia una zona de polígono industrial sin avisar, sin preguntar. Calles anchas y vacías, naves cerradas con persianas metálicas bajadas, ningún tráfico, ninguna luz. Apagó el taxímetro con un clic. Detuvo el coche junto a una pared sin iluminación y apagó el motor.
Salió y abrió la puerta trasera desde fuera.
—Sal.
Salí al asfalto descalza, la falda enrollada en la cintura, la blusa abierta. El aire de la noche estaba quieto y templado. No había ningún ruido salvo el eco lejano de una autopista.
Se abrió el pantalón sin ningún teatro. Lo bajó lo justo. Tenía la erección completa, gruesa, curvada ligeramente hacia arriba. Me puso la mano en el hombro con firmeza y me empujó hacia abajo.
—Primero en la boca. Quiero que esté bien mojado antes.
Me puse de rodillas en el suelo. El asfalto me raspó la piel de las rodillas. Lo tomé con la mano, lo acerqué a la boca y lo metí despacio, apretando los labios alrededor del tronco, sintiendo el peso y el calor y el sabor salado de la piel. No hice ningún ruido dramático. Succioné con ganas, moviéndome al ritmo que marcaba la presión de su mano en la nuca.
—Así —dijo en voz baja—. Sin apresurarte. Quiero sentir bien esa boca.
Abrí más la garganta. Él respiró largo, hondo, controlándose.
—Qué boca tan caliente tienes, joder.
Le lamí la base, despacio, de abajo arriba, y luego volví al mismo ritmo. Lo dejó continuar un rato, solo con la mano en mi pelo. Después se paró.
—Para. Levántate.
Me incorporé. Me giró hacia el capó del coche, me puso las manos sobre la chapa fría y me levantó las caderas con un movimiento firme. El metal frío bajo las palmas contrastaba con el calor de su cuerpo detrás del mío.
Él apoyó la punta en mi entrada sin forzar todavía.
—Dime que lo quieres —dijo.
—Lo quiero —respondí, sin adornar.
Empujó hacia adentro. Lento primero, midiendo cómo cedía el cuerpo, luego más fondo con el siguiente movimiento. Grité. Un sonido corto y crudo que se perdió en el silencio de la calle vacía. Las tetas golpearon contra el capó frío. Él metió las manos por debajo y las agarró, apretando con los dedos en la carne blanda.
Cogió un ritmo profundo y largo, sin prisas, que me llegaba hasta el fondo. Cada embestida era exacta y deliberada, como si hubiera encontrado el ángulo correcto y no tuviera intención de abandonarlo.
Me pellizqué un pezón entre los dedos, duro, sin aviso.
—¿Te duele? —preguntó.
—Sí.
—¿Y?
—Y no pares.
Se rio en voz baja. Una risa corta, satisfecha. Cambió ligeramente el ángulo y la siguiente embestida llegó a un punto diferente, más directo. Solté un grito que no pude controlar.
—Ahí —dijo, tranquilo—. Es ahí.
Siguió exactamente ahí. Metódico, sin variar. Yo dejé de pensar en el vuelo de mañana, en los correos sin responder, en el nombre del hotel. Solo había el frío del capó bajo las manos, el calor de él detrás, el sonido de la calle vacía y el de nuestra piel golpeando.
—Date la vuelta —dijo—. Quiero verte la cara.
Me giró. Me levantó del capó con las manos en las caderas y me puso de frente a él. Entró de nuevo desde ese ángulo y yo le rodeé la cintura con las piernas. Las tetas le golpeaban en el pecho con cada movimiento.
—Así —murmuró—. Perfecto.
Le miré a los ojos. Los tenía entrecerrados, el cuello tenso, la mandíbula apretada. Vi exactamente el momento en que el control se le acabó.
Gruñó, profundo, y se quedó quieto adentro mientras yo sentía el calor expandirse. Respiró pesado contra mi cuello, las manos todavía aferradas a mis caderas.
***
Después me ayudó a bajar del capó sin hacer gran cosa de ello. Me alisé la falda. Abroché dos botones de la blusa. El tanga había quedado en el suelo del coche y lo dejé ahí sin pensarlo.
Arrancó. El taxímetro siguió apagado. Ninguno de los dos dijo nada en los diez minutos que quedaban de trayecto.
En la puerta del hotel, antes de que saliera del coche, me miró por el espejo una última vez.
—La próxima vez que vengas a esta ciudad —dijo—, avísame directamente. No uses la app.
Saqué una tarjeta de visita de mi bolso y la dejé en el asiento delantero.
—Esa es la mía —dije—. Por si eres tú el que viene primero.
No esperé a ver si la cogía.
Subí a la habitación, me tumbé en la cama con la falda todavía subida y los pies descalzos apoyados sobre la colcha blanca. El olor de la noche seguía pegado a mi piel, mezclado con el olor del asfalto y del metal frío del capó. Las manos fueron recorriendo el cuerpo despacio, reconstruyendo cada detalle en orden: el primer semáforo en rojo, su mandíbula apretada en el espejo, el asfalto rugoso bajo las rodillas, el frío del capó bajo las palmas.
No me dormí hasta que terminé.